por Ceppas | May 26, 2010 | Sin categoría |
En el Seminario acerca de la Exploración de la Mente (mayo, 2006) me llamó la atención que el Dalai Lama recalcase la importancia de lo que denominó como realismo para la salud en general, especialmente para la salud mental y para evitar el sufrimiento. Con su sonrisa maliciosa nos explica que es nuestra propia inteligencia la que nos hace enredarnos enesperanza irrealistas.
Este mismo es el planteamiento que subyace en la teoría que el psicólogo estadounidense Albert Ellis defendió toda su vida. Según este autor, existen ciertas creencias irracionales – altamente comunes en la Sociedad Occidental – que causan, sustentan y mantienen a todas las neurosis. En un post anterior, Una vuelta de tuerca al mito de Sísifo, me refería a una idea similar. Ahondemos en cómo se relacionan estas dos posturas provenientes de ámbitos tan distintos como lo son la filosofía budista y la ciencia cognitiva.
El Dalai Lama comienza explicando que se interesa por la salud mental debido al rol tan esencial que cumple para la salud del cuerpo. Muchas enfermedades físicas se asocian a estados mentales como el estrés, la ansiedad, la preocupación, la frustración y la insatisfacción. Nuestro cuerpo se afecta por emociones originadas en preocupaciones innecesarias. Según el budismo, nuestra mente posee una enorme capacidad para recordar, incluso de generaciones pasadas. Nuestra inteligencia, llena de tantos contenidos remotos, lleva a que nos enredemos en las impresiones que nos formamos de los objetos, culminando en la construcción de una imagen irrealista de la vida.
Este fenómeno puede manifestarse de dos modos diferentes. Primero, se puede originar una exageración en la forma de apreciar la realidad, lo que llevaría a que se tengan demasiadas esperanzas puestas en lo que es dable esperar en la vida. O bien, en una denigración o especie de repudio ante la realidad, lo que se evidencia en una estimación de la vida como siendo feao incompleta. Como la salida para ambas situaciones es el realismo (o una visión racional de la realidad), el Dalai Lama recalca la importancia de conocer la vida como de verdad es y de seguir tanto al corazón como a la cabeza.


Albert Ellis, pionero de la Revolución Cognitiva tan en boga actualmente, es el creador de la Terapia Racional Emotiva. Para construir su teoría, recurre a las ideas de varios filósofos y psicólogos occidentales tales como Epícteto, Marco Aurelio, Emerson, Dewey, Freud, Rusell, Watson y, específicamente, a la tiranía de los deberías de Horney. Pero, en su enfoque también se pueden encontrar las influencias de antiguas filosofías orientales como las de Confucio y Buda.
Aunque recalca la importancia de las emociones y de la conducta, Ellis pone un marcado énfasis en las imágenes mentales que nos vamos formando acerca de la realidad, es decir, en las creencias. En relación con las Tres Partes del Alma, si bien toma en cuenta la inteligencia proveniente del corazón y del cuerpo, este autor se centra en la de la cabeza. Concluye que, casi cualquier perturbación emocional tiene una alta probabilidad de asociación con alguna típica imagen mental inadecuada. En sus primeras formulaciones menciona las siguientes expectativas irracionales:
1.- Para un adulto es absolutamente necesario, ser amado o aprobado por prácticamente todas las personas significativas que lo rodean en casi cualquiera actividad.
2.- Uno debería poner atención a las conductas problemáticas de los demás, ya que existen ciertas personas que son viles, malvados o perversos, los que deben ser severamente rechazados y castigados.
3.- Es dañino, horrible y catastrófico cuando las cosas no son como nos gustaría que fueran, a pesar del esfuerzo puesto en lograrlas.
4.- El sufrimiento y la miseria humana son causadas invariablemente porfactores externos, ya sea por lo que nos impone la gente o por eventos extraños de mala suerte.
5.- Frente a algo que es o podría llegar a ser peligroso o aterrador, deberíamos preocuparnos seriamente y estar permanentemente atentos a la posibilidad de que ocurra.
6.- Es mejor evadirse que enfrentar ciertas dificultades y responsabilidades personales de la vida, puesto que con el paso del tiempo de alguna forma se van a solucionar solas.
7.- Uno debería imprescindiblemente tener algo o a alguien más grande o más fuerte que uno mismo donde poder apoyarse y que nos proteja.
8.- Uno podría sentirse valioso, siempre y cuando sea competente, eficiente, inteligente, adecuado y ambicioso en todos los aspectos.
9.- Nuestro pasado tiene una influencia decisiva en nuestra conducta presente y, si algo nos afectó intensamente, permanecerá influenciándonos por el resto de nuestra vida.
10.- No tenemos control sobre nuestras emociones, no podemos eludir sentirnos alterados con respecto a las cosas de la vida y no podemos evitar expresar nuestras emociones negativas.
11.- Deberíamos tener un control preciso sobre las cosas, ya que cada problema humano tiene una única solución, aquella que es la absolutamente correcta y perfecta.
12.- La felicidad humana puede lograrse a través de la inercia y la inactividad, dejándose fluir a medida que pasa el tiempo.
13.- En el matrimonio uno debería poder satisfacer las principales necesidades del ser humano: afectivas, sexuales, de felicidad, de comunicación, de amistad, recreacionales, preservar de la soledad y del aburrimiento, religiosas, ideológicas, intelectuales, etc.
14.- En el matrimonio, nuestra pareja debería ayudarnos y evitarnos toda frustración, ya que las frustraciones son dañinas para el ser humano.
15.- En el matrimonio, nuestra pareja debería amarnos con un amor incondicional, independientemente de nuestro comportamiento y de las problemáticas que se vayan suscitando.
A pesar de que se afirme que la ciencia y el budismo – al menos hasta ahora – manifiestan intereses complementarios que siguen por dos pistas paralelas, es decir, que no convergen ni divergen; ambos recalcan la relevancia que tiene el modo en que suponemos que es la vida. Aunque en esta ocasión se señalan como ejemplo las ideas irracionales de Ellis, los planteamientos del Dalai Lama concuerdan también con uno de los enfoques más relevantes hoy en día, como lo es el constructivismo radical.
por Ceppas | May 19, 2010 | Sin categoría |
¿Cuán importante es la vida sexual para la relación de pareja? ¿El “buen sexo” contribuye a la satisfacción con la relación, precave de la separación? ¿El “mal sexo” o la ausencia de sexo ocasionan consecuencias negativas, influye en la posibilidad de divorcio?
Gracias al significativo avance de la sexología y de la medicina sexual en los últimos años, hoy en día se pueden mencionar ciertas tendencias en las que coinciden las encuestas, los estudios y las investigaciones:
- La inmensa mayoría de la población sostiene que el sexo es un aspecto muy importante en sus vidas, especialmente entre los que están casados
- La inmensa mayoría de los hombres y de las mujeres casados o que bien en pareja sostienen que les importa mucho tener una vida sexual satisfactoria
- La inmensa mayoría de las personas sostienen que una vida sexual placentera aumenta su calidad de vida
- La inmensa mayoría de las personas sostienen que una vida sexual insatisfactoria puede acarrear numerosos problemas tales como depresión y, especialmente, llevar al rompimiento de la relación de pareja
- La inmensa mayoría de las investigaciones transversales concluyen que el bienestar sexual subjetivo se correlaciona positivamente con el nivel general de felicidad, tanto en hombres como en mujeres; y que, por el contrario, las disfunciones sexuales están altamente asociadas a experiencias negativas en la relación de pareja y en el bienestar general, así como con problemas de salud física y emocional
- Existen evidencias de una estrecha relación entre disfunciones sexuales y estados depresivos, los que se influyen mutuamente
- La inmensa mayoría de los estudios transversales y longitudinales han comprobado repetidamente que, quienes viven en pareja, tienen mejor salud, viven más años, se sienten más en paz y están más satisfechos con sus vidas que quienes no lo hacen
- La inmensa mayoría de la población vive en pareja o desearía vivir en pareja
La medicina sexual plantea que la sexualidad forma parte de nuestra salud integral y que una vida sexual satisfactoria conlleva significativos beneficios para nuestro bienestar físico y emocional, incrementando la satisfacción con la vida en general, actuando como un antídoto relativo contra síntomas mentales y estabilizando el humor. En Chile también se ha reportado que la gente deposita gran parte de sus esperanzas de autorrealización en la sexualidad, junto al amor y a la vida en pareja (Encuesta Bicentenario).
Evidencias empíricas coinciden en que bienestar sexual y satisfacción subjetiva con la pareja van de la mano para ambos sexos. Por ejemplo, incluso matrimonios con hijos chicos, finanzas inestables y horarios extenuantes, afirman que tienen una unión muy fuerte, lo cual atribuyen parcialmente a su placentera vida sexual. Aquellos que se declaran complacidos tanto con su matrimonio como con su vida sexual señalan que sus relaciones sexuales son frecuentes, que no desean tener sexo con otras personas, que no suelen rehusar sexualmente a su pareja y que, si ésta les rechaza, son tolerantes y comprensivos. En matrimonios “sanos” de larga data, ambos ven al sexo como una manifestación de sensualidad, pasión, ternura, afecto, amor y juego. Lo satisfacen dentro de la relación y no lo emplean para manipular ni para solucionar conflictos.
En cambio, la insatisfacción sexual afecta negativamente la percepción del otro y de la relación como un todo. La falta de sexo por periodos largos se ha correlacionado con disminución de la satisfacción personal y mutua, con desánimo y apatía en la comunicación, con rutina, aburrimiento, inercia y desinterés. En la mayoría de las parejas sexualmente insatisfechas, la vida se vuelve complicada y los problemas sexuales repercuten en otros planos, manifestándose en descomunicación, reproches y malestar emocional, entre otras. Por otra parte, la satisfacción sexual ayuda a mantener la ilusión, gatilla el mecanismo de acercamiento, de disfrute, crecimiento y erotismo; en otras palabras, es un importante factor motivacional y lúdico que contribuye a tener ganas de resolver dificultades que se tengan en otras áreas, aclarando que no se debe caer en creer que los problemas de convivencia puedan solucionarse a través del sexo o que la mayoría de las desaveniencias se deban al sexo.
Pero, en las correlaciones mencionadas anteriormente ¿qué es primero, el huevo o la gallina?;¿un vínculo positivo de pareja incrementa la satisfacción sexual o es al contrario?. Los datos apuntan a que si la persona está descontenta con su matrimonio, difícilmente se sentirá complacida con su vida sexual; similarmente, si está frustrada con algún aspecto importante de su vida sexual (frecuencia, grado de sensualidad, higiene, etc.), lo más probable es que no perciba que su relación de pareja sea adecuada. En consecuencia, la sexualidad y la relación de pareja guardan una estrecha relación; dificultosamente podrá subsistir en el tiempo una de estas satisfacciones si no está presente también la otra. Los problemas sexuales influyen en la relación de pareja, de la misma forma que los conflictos en la relación de pareja influyen en la relación sexual.
El bienestar sexual juega un rol significativo en el ajuste diádico. Existe una elevada correlación entre estabilidad marital, por un lado, y satisfacción sexual, sentimientos de amor y expresión emocional, por otro lado. Se ha concluido que, para que un matrimonio funcione relativamente bien, tiene que haber un mínimo de gratificación sexual; y que la sensación de confianza que se genera con la vida sexual incrementaría, a su vez, el éxito matrimonial. Según estudios transversales de matrimonios “felices y duraderos” (más de 25 años casados), el 90% sostiene que la sensación de cercanía es un aspecto imprescindible en la satisfacción marital y que, entre los factores que determinan dicha cercanía, una vida sexual satisfactoria es esencial en general, puesto que es necesaria para generar la sensación de estar en compañía, de compartir y de compañerismo.
Ahora bien, ¿cuán importante es el bienestar sexual respecto de otras variables? En una encuesta reciente se encontró que, para el 57% de los participantes, el sexo ocupaba un lugar preferencial en sus vidas en general y el porcentaje sube al 80% respecto a la relevancia que le asignan dentro de su vida de pareja (para el 39% representaba casi la mitad de toda la relación y solo un 4% lo relega al último plano, otorgándole un 20% de importancia). Similarmente, al comparársela con otro factores, mientras que la satisfacción sexual explicaría aprox. el 60% de la varianza en satisfacción marital, el temperamento explicaría aprox. el 20% y la personalidad aprox. el 10% (concretamente las dimensiones de Neuroticismo y Extraversión). Además, las dimensiones positivas del temperamento y personalidad están mediatizadas por lo sexual, es decir, inciden en la satisfacción marital siempre y cuando exista un bienestar sexual (no obstante, aunque los rasgos individuales sean menos significativo, la actividad sexual está influida por la personalidad). Otros hallazgos apuntan a que la significación que la pareja le asigna a su vida sexual no disminuye con los años de convivencia, sino que permanece constante y que el sexo tendría el potencial de evolucionar a algo inclusive más satisfactorio con el paso del tiempo.
¿Existen diferencias por género?. Cada persona y cada pareja vive su propia sexualidad de modo diferente, sin que existan normas ni recetas para vivirla y puede tener, para cada miembro, tanto un valor como un significado distinto: para algunos es básicamente un placer físico, mientras que para otras es un componente emocional de la unión con el otro. Hasta hace relativamente poco tiempo atrás, la significación que los hombres le atribuían al sexo en la satisfacción marital era mayor que en las mujeres. Sin embargo, en los últimos años se ha produjo un vuelco, siendo para ellas más prioritario (70%) que para ellos (56%). La nueva generación de féminas afirman que necesitan una vida sexual activa para sentirse bien, que influye en su autoestima y en su satisfacción personal; y que, por el contrario, sin placer sexual se sienten necesitadas, nerviosas y frustradas.
¿Tiene importancia la frecuencia de las relaciones sexuales? La mayoría de los estudios concluyen que éste es un factor decisivo en el ajuste marital, mientras que a medida que sean menos asiduas, mayor será la probabilidad de inestabilidad – independiente de la variable de acuerdo en la frecuencia – sobretodo para los varones, quienes se reportaban más contentos con su matrimonio cuando existía una mayor actividad sexual y una menor masturbación. En cambio, en las mujeres, una sexualidad plena estaba antes más ligada al afecto positivo hacia el cónyuge, al bienestar emocional y al placer, más que a la cantidad de las relaciones. Empero, recientemente se ha encontrado que la frecuencia está siendo especialmente significativa en la satisfacción subjetiva de ellas con su pareja, sosteniendo que, entre más frecuentes y placenteras, más quieren hacerlo. El placer al hacer el amor, alimenta el deseo en sí.
Un experto en la felicidad de los chilenos (Tironi) plantea que la frecuencia sexual tiene un importante reporte de felicidad para las personas y que quienes tienen pareja estable tienen más sexo que el resto de la población, por lo tanto, son más felices. Y que esto se agudiza entre quienes han tenido acceso a una buena educación; es decir, mientras más educadas las personas, más felices las hace la mayor frecuencia sexual. Aunque otros autores sostienen que la cantidad sería menos trascendente que la sensación subjetiva de satisfacción con la vida sexual, donde la profundidad de la intimidad juega un rol muy relevante.
¿Por qué es tan importante la satisfacción sexual? Entre las hipótesis posibles se puede recurrir a la teoría triangular del amor, la que postula que la pasión sexual y la intimidad son dos de los tres pilares fundamentales de toda relación de pareja y, para otros autores, las manifestaciones sexuales formarían parte de la intimidad y su práctica la potenciaría aún más. Los datos indican repetidamente que la intimidad (junto a la empatía) ocupa el primer lugar entre los objetivos que se buscan en el matrimonio y dicha intimidad se asocia tanto a la satisfacción sexual como a la marital.
Otra explicación se puede encontrar en las teorías neurobiológicas, las que destacan el papel del placer sexual en el refuerzo natural del vínculo en parejas con relaciones estables y persistentes. Concretamente postulan que, cada vez que la pareja experimenta un encuentro sexual satisfactorio, se libera tal cantidad de oxitocina en el cerebro y en el cuerpo que incrementa la sensación de unión entre ellos, de pertenencia y seguridad. Por tanto, mientras más sexo satisfactorio tenga una pareja, más fuerte será el vínculo entre ellos, se sentirán más cercanos y apegados el uno al otro, sintiéndose más felices en su matrimonio.
Entonces, cuando hablamos de sexualidad, no nos referimos únicamente al coito o al mero placer sexual. Somos seres sexuales cuando tocamos, besamos y abrazamos, pero también cuando nos reímos y nos divertimos juntos. La experiencia erótica implica mucho más que una simple interacción genital, implica expresión de emociones, vinculación afectiva, complicidad y una forma muy íntima de comunicación, donde podemos sentirnos tan en confianza como para atrevernos a mostrarnos vulnerables, pedir ayuda y expresar miedos sin sentirnos juzgados. El ser humano, como organismo altamente complejo y desarrollado, requiere de un nivel de satisfacción que abarque distintos componentes para poder alcanzar una sensación de armonía y plenitud. Es decir, una sexualidad positiva e integral supone una gratificación mucho más elevada y completa que la meramente biológica y, es en este sentido que, si se la realiza dentro del contexto de pareja afectivamente adecuado, nos permitirá satisfacer tanto las necesidades de orden físico como las psico-emocionales y las psicosociales.
En conclusión, existe consenso en que la sexualidad es un pilar fundamental en sí mismo de la relación de pareja, más allá de los sentimientos y de la comunicación. No obstante, como en muchas otras situaciones de la vida humana, no es ni tanto, ni tan poco y depende de muchos otros factores intervinientes. Lo que sí es que, en definitiva, el sexo es un vínculo que une poderosamente a la pareja y que representa una forma de estar de a dos que es cualitativamente muy diferente a como se puede estar con otras personas.
por Ceppas | May 6, 2010 | Sin categoría |
En una entrevista a Elisabeth Bandinter, la filósofa plantea ciertos argumentos que se corresponden bastante bien con un fenómeno que vengo observando repetidamente desde hace algunos años en mi consulta: el deseo sexual hipoactivo en hombres de alrededor de 30 años de edad.
Según explica la autora en su libro “XY”, los hombres están viviendo una crisis de identidad: “Cada niñito y cada adolescente necesita afirmarse como un pequeño macho. Necesita hacerlo con sus pares para estar seguro de que es hombre y, por lo tanto, distinto de las mujeres. Luego, una vez adquirida su identidad viril, se aleja de esos modelos infantiles y juveniles para llegar a la vida adulta en que deja de lado esa virilidad agresiva y bastante ridícula”.
Actualmente, sin embargo, esta condición se habría complejizado: “El modelo de la igualdad de sexos en la que no hay ninguna función reservada a los hombres y desconocida por las mujeres, hace que ellos ya no sepan cuál es su especificidad. Las mujeres, pase lo que pase y, aunque no sea fácil ser mujer hoy en día, saben que pueden hacer algo que los hombres no pueden hacer, es decir, un hijo. En cambio los hombres ya no tienen un área que les sea exclusivamente reservada. Eso crea una mayor dificultad en la adquisición del sentimiento de identidad masculina”.
Para la filósofa, habría otro factor muy relevante que complica aún más la situación: “Las mujeres esperan que los hombres tengan todas las virtudes del antiguo modelo y todas las del nuevo modelo; es decir, que sean a la vez protectores, que tengan toda la cortesía de antaño, aunque haya sido superficial; y, a la vez, que compartan lo que tienen con las mujeres, incluyendo las cargas tradicionales femeninas. Es demasiado. No se puede pasar de un modelo a otro en dos generaciones”.
por Ceppas | Abr 28, 2010 | Sin categoría |
Las relaciones interpersonales en general sufrieron, en un tiempo relativamente breve, una ruptura sustancial en la forma en que se conciben y se afrontan; construyéndoselas actualmente bajo condiciones objetivas y subjetivas muy diferentes a las de antaño. Es así como la familia, en particular, ha experimentado – en las últimas tres décadas – gran parte de las transformaciones que tuvieron lugar a lo largo de todo el siglo pasado (Cyrulnik) y los cambios continúan sucediéndose hasta el día de hoy.
Desde mediados del siglo pasado se fue produciendo un vaciamiento de sentido de muchas de las instituciones más tradicionales de la sociedad, entre las que la familia no fue precisamente una excepción. En efecto, como construcción histórico-social y como sistema humano abierto, se fue desinstitucionalizando y fue perdiendo sus funciones como unidad económico-educativa así como de fuente de asistencia. En épocas anteriores, ya se había instaurado totalmente el matrimonio por amor, descartándose otros motivos para casarse; la sexualidad había pasado de ser instrumental a ser una sexualidad afectiva; y, el placer sexual se había disociado de la reproducción gracias a la píldora anticonceptiva.
Por otro lado, la informalidad general de la vida social se fue extendiendo también al interior de las familias y parejas, consideradas como aquellas construcciones en las que organizamos nuestro mundo de vida más inmediato. Los controles sociales externos se fueron desgastando y las normas prescritas se hicieron menos efectivas. Las interacciones afectivas y sexuales, así como los modos de convivencia, se fueron estableciendo relativamente al margen de los modelos dictados por instancias o circunstancias externas y, simultáneamente, se fueron desmitificando los ritos familiares.
Las relaciones sociales pasan a ser mucho más amplias y flexibles que antes; la gente se mueve ahora en muchos ámbitos diferentes al mismo tiempo, por lo que forzosamente solo puede implicar parte de su actividad y personalidad en cada uno de ellos. Por su parte, la sensación de urgencia de mantenerse comunicado con otros va dificultando la perdurabilidad de los vínculos. En consecuencia, los lazos interpersonales se fueron limitando, originándose las tan mentadas interacciones fragmentadas, masificadas e impersonales. En cambio, la familia se ha ido encogiendo, replegándose sobre la pareja y, en segundo lugar, sobre los hijos.
Entre los cambios en las tendencias socio-culturales y demográficas cabe destacar los siguientes: iniciación sexual a menor edad; disminución del tabú de la virginidad y de la condena social a la madre soltera (la paternidad se ha disociado del matrimonio); aumento de las relaciones pre-matrimoniales y las convivencias a prueba antes de casarse (la sexualidad se ha disociado de las uniones legales), de los embarazos precoses y de la edad al casarse; menor número de matrimonios; postergación de la maternidad; decrecimiento del número de hijos por familia; menor presión sobre la perdurabilidad de la pareja; mayor permisividad social ante las separaciones; menor rechazo social ante el divorcio; flexibilización de las leyes del divorcio; significativo incremento de las convivencias no legalizadas a edad tardía, de las familias uniparentales y, especialmente, de las tazas de divorcio.
Una de las modificaciones socio-psicológicas que parecen haber tendido mayor relevancia es el proceso de individuación, el que ha sido interpretado como la extención del ideal de libertad desde la esfera pública al orden doméstico, especialmente a la familia y a la pareja. Actualmente, en esta sociedad en que predomina el individuo, se tienen márgenes de libertad y opciones mucho más amplios, de modo tal que cada uno pueda erigir a su modo su propia historia familiar, donde es factible formular y reformular permanentemente la identidad. Efectivamente, hoy en día a las personas les es posible autogestionar sus oportunidades, efectuar gran número de elecciones vitales para ir confeccionando su biografía, re-construir-se y cambiar, por ejemplo, de nacionalidad, aspecto físico, ocupación y hasta de género; pueden elegir vivir solos o en pareja, de manera ortodoxa o heterodoxa, tener o no tener descendencia, etc. Es lo que Beck denomina la «libertad biográfica«, cuyo angustioso costo sería hacerse responsable de su propia suerte, sin poder delegarla – como antaño – en instituciones, clases sociales o sistemas normativos rígidos.
Consecuentemente, ya no hay destinos individuales ni familiares decididos de antemano o definitivos, sino que son más bien andares indecisos, inciertos o precarios, donde nada está asegurado. Un individuo puede pasar del noviazgo a la cohabitación, volver a ponerse de novio y casarse, tener hijos, divorciarse, vivir sólo con los hijos, cohabitar con una nueva pareja y los hijos de ambos, etcétera. En cuanto a las relaciones familiares, éstas se han ido inclinando, en general, hacia una mayor autonomía, igualdad y democratizaciónentre sus miembros, tanto intergeneracionalmente como entre la pareja. Los roles asignados a cada género se han modificado extraordinariamente; la autoridad del padre y el espíritu de obediencia se han debilitado; los niños tienen hoy mas posibilidades de observar el mundo de los adultos, de presenciar conflictos que antes no podían ver. Por otro lado, como en general se aspira a la felicidad, importa el bienestar personal dentro de la pareja y familia, por lo que surgen múltiples preguntas acerca de su presente y su futuro, buscándose incansablemente más información (Kaufmann). Antes, uno se casaba y se mantenía así toda la vida, sin mayores cuestionamientos.
Ahora la vida familiar se construye más desde los intereses, preferencias, voluntades y deseos individuales, basándose en una aceptación general de los nuevos tipos de familia y en nuevas éticas; llegándose a la coexistencia de una pluralidad de arreglos de convivencias tanto afectivas como sexuales. Empero, las familias no sólo difieren entre sí por el tipo y el número de miembros de que constan, sino que también por las expectativas que éstos tienen respecto de ella. Decisiones tales como con quién se vive, cómo se cuidan los hijos, cómo se dispone del tiempo y del espacio, como hacer el reparto de las tareas o cómo son las relaciones con los parientes… son cuestiones para cuya resolución se acude menos a las normas y roles prescritos o preconfigurados socialmente, y más bien son zanjadas libremente en la acción recíproca entre los individuos involucrados, experimentando mediante ensayo-error, descubriendo nuevas obligaciones, provisionales e inseguras, inmersos en inevitables contradicciones y complejidades, donde un niño puede tener dos padres -uno biológico y un padrastro-, dos madres, ocho abuelos, medios hermanos y hermanastros.
A consecuencia de todas estas transformaciones, los lazos sociales y afectivos se fueron flexibilizando y aflojando para poder amoldarse a las nuevas expectativas resultantes del individualismo y de este narcisismo contemporáneo de corte hedonista y seductor propio de la época de consumo de masas (Campuzano). Es así como los vínculos interpersonales se fueron tornando frágiles, vulnerables y precarios; cuyo ejemplo quizás más dramático sería el incremento de los índices de divorcio. Estimulada por nuevos valores tales como la «autorealización», «independencia» y la «vida propia» por encima de la fidelidad a clanes, linajes y tradiciones, surge una virtual «cultura del divorcio«, a modo de reflejo del privilegio del que goza hoy una persona, quien puede deshacerse livianamente de una unión que no le satisface.
En esta sociedad informatizada en que han desaparecido las fuentes tradicionales de certidumbre, en que existe inseguridad en torno a los valores, los deberes y los vínculos, en que la individuación en los modos de vida llevan a constantes mutaciones en las relaciones familiares y de pareja, en que las opciones a elegir son inagotables; debemos enfrentarnos a una serie de nuevos problemas: crisis y división de la familia, confusión en las relaciones entre los géneros, conflictos de parejas, separaciones, divorcios, luchas por la custodia de los hijos, etc. Entonces, no es de extrañar que el ‘esprit du temps’ ya no sea la liberación como lo era en décadas anteriores, sino que la inquietud, la angustia y la ansiedad permanente en la vida privada.
por Ceppas | Abr 26, 2010 | Sin categoría |
Dentro de las tradiciones de la práctica de la psicoterapia la Terapia de Pareja surge como una mirada teórica y metodológica particular. Ya sea desde el psicoanálisis, el enfoque cognitivo-conductual o la teoría sistémica, la praxis en terapia de pareja se ha enfocado de una manera específica al estudio de que es lo que sucede no sólo en los miembros de esta relación, sino también en la relación misma. Sin embargo cada una por sí sola abarca sólo una parte de una totalidad casi abismante de las variables intervinientes en un proceso humano que siempre deja más preguntas que respuestas.
Es ahí donde nosotros como terapeutas, en nuestra idiosincrática forma de adoptar una posición teórica, nos concentramos en aquellas partes de los fenómenos de pareja que hemos aprendido a ver. Sin embargo, ¿Qué sucedería en nuestra pragmática clínica si adoptamos más de una mirada para aproximarnos clínicamente a lo que sucede en la pareja? ¿Qué sucedería si incorporamos varias teorías para trabajar en lo clínico?
Mucho se ha hablado en los ámbitos académicos acerca de eclecticismo y la integración en psicoterapia, desencadenando una serie de discusiones que desembocan en cuestionamientos y descubrimientos. Con esto quisiera expresar que en lo avanzado en los últimos años en psicoanálisis intersubjetivo y las reflexiones de diversos maestros en psicoterapia constructivista sistémica se han abierto nuevas posibilidades epistemológicas y también una franca aceptación que nuestro ser terapeutas está inevitablemente influido por nuestra subjetividad, aunque parezca obvio a una primera vista. Quisiera esbozar esta discusión a partir de fragmentos de un artículo que presenté hace un tiempo:
Tomaré una definición de Boscolo y Bertrando para ilustrar una propuesta: “El eclecticismo se puede definir como la utilización indiscriminada de técnicas heterogéneas, provenientes de diversos modelos teóricos, sin correlacionarlas de vez en cuando con las diferentes hipótesis teóricas de esos modelos” (Boscolo y Bertrando, 2000, pag. 62). Es decir, según Norcross y Newman, el eclecticismo se relaciona con lo técnico, la divergencia, por aplicar lo que hay disponible y no hacer un sistema estructurado en psicoterapia, por ser ateórico, aunque empírico, y por seguir una orientación realista, entre otras cosas, pero sosteniéndose de una postura posmoderna (Caro, 1999). Uno de los mayores cuestionamientos a esta posición en psicoterapia es que incluso pueden situarse desde modelos epistemológicos incompatibles.
Integración en psicoterapia se define de una manera muy distinta. Se ha planteado que la integración refiere a la construcción de una teoría que permita dar a entender cómo actúan intervenciones y explicaciones previamente concebidas desde escuelas diferentes para combinarlas en el tratamiento de ciertas problemáticas clínicas, en torno a la eficacia de éste (Fernández, A. y Rodríguez, B, 2001). Desde este postulado, la integración se relaciona con lo teórico, la convergencia, la combinación entre muchas posibilidades, la unificación de las partes y por seguir una orientación idealista (Caro, 1999). Esta postura es compatible con una visión moderna en psicoterapia. Por otro lado, en España, Fernández y Rodríguez (2001) refieren a una notable confluencia de psicoterapeutas de diferentes escuelas en la idea que el desarrollo de conceptos unificadores se puede centrar en la actividad narrativa en terapia, como organizadores de nuestra experiencia a través del lenguaje. En otras palabras, se puede narrativizar los distintos modelos psicoterapéuticos (cognitivo-conductuales, psicoanalíticos) desde un estilo terapéutico de facilitador “no experto”, donde el paciente es el único experto en sí mismo, ofreciendo desde ahí, alternativas narrativas que disuelvan el problema (Fernández, A. y Rodríguez, B, 2001).
Quisiera hacer un alcance: cuando no se tiene una teoría integradora, sino sólo un modelo epistemológico que permite el trabajo desde “hipótesis teóricas”, no se puede hablar de integración con propiedad. Recuerdo a Carlos Sluzki cuando relataba en el Primer Congreso Internacional de Terapia Familiar en 1990, que los terapeutas nos asemejábamos a los hechiceros, que sin buscar activamente sacaban de su morral todos los trucos que tenían a su disposición en los momentos pertinentes. ¿Qué pasa si nuestro saber no es articulado por una teoría, sino sólo por un SELF de terapeuta? Existen supuestos tanto epistemológicos como teóricos que plantean la posibilidad de fragmentación de nuestros modelos cognitivos (Kelly) sin la existencia de contradicción aparente. Cohabitan en nuestra mente explicaciones opuestas del mundo que no implican una visión global incoherente de éste (Maturana, 1984). Algunos autores desde el psicoanálisis plantean que los analistas pueden pensar que están transmitiendo una interpretación clara y con sentido cuando en realidad su verbalización incluye una variedad de conceptos y de teorías contradictorias. Para Canestri la base teórica sobre la que realmente trabajamos es el resultado de la interacción de las influencias teóricas, implícitas y explícitas. Muchas veces, cuando escuchamos a nuestros pacientes, podemos tolerar muchas teorías implícitas contradictorias. Sin embargo, cuando necesitamos entender y formular una interpretación, no podemos utilizar conceptos contradictorios con esa facilidad y eficacia (Silvan, 2006).
Entonces, puede ser pretencioso hablar de una “teoría personal” ya que ésta implicaría consistencia interna. Voy más allá. ¿Podríamos hablar de una epistemología del terapeuta? Hablar de una epistemología personal refiere a que todo terapeuta ordena su experiencia desde una manera particular que para su realidad como terapeuta, no emerge como cuestionamiento. De hecho, como sistema autónomo, tiene su propia forma de “leer” los acontecimientos clínicos… Y nuestra epistemología personal abarca nuestra humanidad, nuestra pasión por el cambio, nuestra visión y vivencia del sufrir y por sobre todo, quienes creemos que son nuestros pacientes. Eso, nuestro paciente no está “allá afuera”, y tampoco en un simple “aquí, adentro”. Puede estar en un interjuego entre su visión y mi visión, pero innegablemente inserto en mi particular dominio de coherencia, entendido desde ciertas reglas de distinción, dominio que al mismo tiempo enmarca nuestro aprendizaje futuro. Es decir, cada nueva lectura, supervisión y sesión de psicoterapia se ordena bajo una metapauta, propia a cada individuo-terapeuta, que podría nombrarse como “la explicación del sufrir humano”. Mi intención es abrir la posibilidad a la incertidumbre cuando hablamos acerca de lo que hacemos, que somos parte de un sistema complejo en continuo vaivén entre el caos y el orden…No tomo aquellos modelos o ideas teóricas que no están en consistencia con mi visión de mundo o de lo humano y por sobre todo con mi estilo terapéutico…A mi entender, lo importante es el acuerdo epistemológico que logro con mi paciente acerca de lo que hacemos juntos en terapia, un cierto marco de realidad. ¿Acaso eso no es también vínculo?
Me parece relevante entonces articular la idea de complementariedad teórica. De acuerdo con Fernández y Rodríguez (2001), nosotros como expertos conversacionales tenemos la responsabilidad de generar alternativas en la narrativa que ocurre en terapia, y por lo tanto generar un marco epistemológico desde donde el mi y el tú construyen un acuerdo básico de relación. “Que y cómo lo hablamos” genera un establecimiento de pautas o distinciones consensuadas con el paciente, donde el terapeuta invita al otro a conocer desde su conocer.
Una vez asentados los supuestos de la complementeriedad teórica, no como un paradigma unificador sino como un estilo idiosincrático de ver la terapia, quisiera plantear cómo es que “vemos” la relación de pareja.
El trabajo clínico en parejas muy comunmente se aborda en forma exclusiva desde una modalidad de terapia conjunta. Es decir, ambos asisten siempre a sesión, y no hay sesiones individuales en el proceso, bajo el supuesto de mantener equidistancia y no fomentar reacciones de desconfianza hacia el otro o al terapeuta. Sin embargo, esta metodología excluye un campo muy amplio de las vivencias de pareja: la propia individualidad, la personalidad y las vivencias históricas que muchas veces son inconciente o concientemente excluídas de las conversaciones conjuntas.
Una de nuestras propuestas es que para comprender una relación de pareja, el trabajo clínico debe también abarcar sus individualidades. Este primer supuesto radica en la necesidad del trabajo personal (y no sólo de pareja) en cuanto a que siempre hay aspectos muy relevantes de la propia historia en los conflictos de pareja. Es bien sabido que los sistemas terapéuticos son distintos en la medida de quienes lo integran. Ya en Terapia familiar se ha insistido que en una familia de 5 integrantes no es lo mismo que asistan sólo 3, pues se genera una conversación distinta. Así es cómo creemos que en la intimidad de una sesión individual pueden surgir conversaciones que quizás en pareja nunca aparecerían. Complementar estos espacios expande n sólo el conocimiento del otro, sino también de si mismos; por consiguiente, la comprensión del terapeuta de este sistema es aún mayor.
Ver a la pareja desde distintas modalidades y visiones teóricas permite no sólo incorporar a “la pareja” como un sistema de a dos, sino de a tres: yo, tu y nosotros, ámbitos del vivir que suponen distintos dominios de existencia. Además de esto, podríamos incorporar mayor complejidad a esta ecuación, ya que la complementariedad teórica muchas veces hace el efecto de una multiplicación de posibilidades terapéuticas.
Este es uno de los primeros artículos en esta línea, de hablar de la terapia de pareja misma, para paulatinamente mostrar cada una de sus partes y teorías a la base. Por supuesto, desde nuestra ideosincrática forma de ser terapeutas.
por Ceppas | Mar 31, 2010 | Sin categoría |
A finales de la década de los ochenta del siglo XX, el psicólogo Robert Sternberg elaboró una Teoría Triangular del Amor. De acuerdo con el autor, el amor estaría compuesto por tres áreas básicas: Intimidad, Pasión y Compromiso (IPC).
Sin embargo, por supuesto que las personas que vivencian el amor-sentimiento (opuesto al amor-enamoramiento) sostienen que lo que experimentan es una sensación unitaria global, un conjunto de sentimientos, deseos y pensamientos que, percibidos en su totalidad, las llevan a concluir que lo que sienten es amor.
Intimidad: se refiere al aspecto afectivo de la relación y está asociado a la necesidad existencial básica de relaciones sociales y de afecto (Inteligencia Emocional). Está compuesta por el sentimiento de amor, la comunicación y la intimidad emocional. Más específicamente incluye: amar y sentirse amado, apego, demostraciones de cariño, compartir, amistad, compañerismo, diversión, empatía, aceptación, admiración y crecimiento como persona.
Pasión: se refiere al aspecto sexual y está relacionado con la necesidad existencial básica de la reproducción de la especie, con la necesidad de contacto placentero, de caricias físicas e intimidad sexual (Inteligencia Instintiva). Incluye el deseo, atracción y la sensación de enamoramiento.
Compromiso: se refiere al aspecto formal de la relación y corresponde a la necesidad existencial básica de seguridad y apego (Inteligencia Mental). Incluye la decisión de formar una pareja, explicitada al otro y públicamente; proyectar una estabilidad a futuro; disposición a enfrentar juntos las situaciones adversas sin poner en cuestión la relación ante cada dificultad. Ejemplos tradicionales eran el casarse por “las dos leyes”, tener hijos, comprar bienes en conjunto. Actualmente el compromiso puede adquirir formas muy diversas.
Según Sternberg, las combinaciones posibles entre Intimidad, Pasión y Compromiso permitirían diferenciar siete tipos de amor:

1.- Amistad: se refiere a la presencia de amor o cariño íntimo, sin los componentes de pasión ni de compromiso. La Amistad se caracteriza por la sensación de que existe un vínculo cariñoso y una íntima cercanía con la otra persona.
2.- Encaprichamiento: se refiere a la presencia de pasión sexual sin que haya ni intimidad ni compromiso. Esta sensación podría producirse en lo que se conoce comúnmente como “Amor a primera vista”. Este tipo de amor dominado por el apasionamiento es un capricho que puede eventualmente desaparecer en cualquier momento.
3.- Amor Vacío: se refiere a la presencia de un compromiso, pero en ausencia de intimidad y de pasión. Un amor que fue fuerte puede deteriorarse e ir perdiéndose el cariño y la atracción sexual. En las culturas donde existen los matrimonios arreglados, las relaciones suelen comenzar con un amor vacío.
4.- Amor Romántico: se refiere a la combinación de intimidad con pasión, pero el compromiso no está presente. Las parejas románticas están unidas emocional y físicamente, pero no existe una proyección a futuro. Casos típicos son los de amantes casados con otras personas.
5.- Amor Sociable: se refiere a la combinación de intimidad con compromiso, pero donde la pasión está ausente. Predomina el apego. Este tipo de amor frecuentemente se encuentra en aquellos matrimonios que se tienen gran cariño y quieren seguir compartiendo la vida, pero donde no existe el deseo de contacto físico ni sexual. Es más fuerte que el Amor Amistad, ya que son compañeros que no solo pasan mucho tiempo juntos, sino que existe además un compromiso a futuro. El cariño que se encuentra en la familia es una forma de Amor Sociable.
6.- Amor Fatuo: se refiere a la combinación de pasión con compromiso, pero donde no existe la intimidad. Son parejas que se basan en la atracción sexual y que deciden comprometerse, aunque son vacuas ya que no hay afecto ni confianza. Es el caso de los noviazgos-relámpagos que se casan en pleno estado “lelo” de enamoramiento, sin conocer realmente al otro.
7.- Amor Consumado o Amor Pleno: se refiere a la combinación entre los tres componentes básicos de Intimidad, Pasión y Compromiso, los que están presentes sin mayores deficiencias. Es una forma de amor completa y madura que implica una entrega total al otro. No obstante, no significa que este amor consumado sea incondicional ni necesariamente permanente.
Una relación de pareja que se basara solamente en uno de estos tres pilares tendría una menor probabilidad de permanecer en el tiempo que aquellas que se apoyaran en dos o en los tres componentes. Los problemas y conflictos dentro de una relación de pareja rara vez se inician en las tres áreas al mismo tiempo, sino que suelen comenzar en una de ellas y, probablemente si no se los enfrenta, pueden extenderse a otras áreas y afectar la evaluación sujetiva del sentimiento global.
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