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Miedo al compromiso: un fenómeno posmoderno


A medida que se consolidaba el matrimonio por amor, más se esperaba de la pareja y aumentaba el divorcio. En esta sociedad inmediatista, hedonista e individualista, las relaciones fuertes se perciben como un peligro para la autonomía o bien se pretende tener el control sobre el otro. Surge tanto el miedo a las ataduras sin límite temporal como a la entrega afectiva; en el fondo, existe pánico a perderse uno mismo dentro de la relación.

Una de las mayores transformaciones en el área de la pareja, la cual se fue consolidando durante el s. XIX, fue el “matrimonio por amor”, tanto así que hoy en día se condena al que considera otros motivos para casarse que no sean el amor. Paradojalmente, a medida que se consolidaba el amor romántico como requisito para unirse en pareja, iban incrementándose los índices del divorcio. Si casi lo único que mantiene ensamblado al matrimonio moderno es el amor, cuando este se extingue (o se cree que se extingue), el vínculo tiende a deshacerse muy fácilmente.

Es así como se fue poniendo un énfasis cada vez mayor en la satisfacción de las necesidades afectivas, sexuales y de comunicación, conduciendo a exigencias inéditas y a que se cruzasen antes los umbrales de decepción o frustración. A este incremento de expectativas y demandas al interior de la relación, se le fueron sumando las complicaciones derivadas del matrimonio hasta que la muerte nos separe, dado el nuevo contexto socio-cultural “marcado por la inmediatez del eterno presente y por el consumismo hedonista, donde el individualismo y su correspondiente exagerada individuación característica de la Segunda Modernidad, lleva a que se perciban las relaciones fuertes como un peligro para los valores de autonomía personal” (Bauman). El para toda la vida suena como un plazo demasiado largo.

Para complicar aún más esta problemática, en los últimos años pareciera haberse ido modificando el auto-concepto que la pareja occidental tenía de si misma. Ahora existiría una nueva disposición emocional, con sus fantasías inconscientes correspondientes, orientada a tener el control sobre el otro (Campuzano). Este fenómeno podría formar parte de la actual ilusión de poder, en que pretendemos estar asegurados contra todo, dado las tantas inestabilidades e incertidumbres imperantes en el ambiente social. Por tanto, uno de los primeros retos sería lograr construir una vinculación profunda y duradera, con acuerdos estables y responsabilidades recíprocas, entre dos individualidades que defienden sus necesidades y proyectos, donde se deben tener en cuenta tanto los intereses colectivos de ambos como los personales de cada uno. Las personas se mueven entre el deseo de estar en pareja y la necesidad de ser independiente, entre el temor a la soledad y el miedo a quedar atrapado. Por lo tanto, el gran desafío sería poder conciliar el proyecto de vida propia con el anhelo de amor.

Dadas estas condiciones, la díada solo puede mantenerse si logran un entendimiento tanto en el plano verbal como en el sexual, si tienen paciencia y sensibilidad hacia el otro, si desarrollan la destreza de poder llegar a acuerdos gracias a una continua negociacióny si es capaz de aprender a gestionar los sentimientos, la distribución de funciones y tareas, la balanza de poder, el establecimiento de solidaridades y prioridades, etcétera. Una labor que, como afirma Castro, puede ser angustiosa pero también muy satisfactoria y que generará tanto estrategias como respuestas que reconstruirán las dinámicas de la relación y que, seguramente, desembocará en un escenario de pareja diferente y complejo que no apuntaría hacia la desaparición de la pareja, pero sí a una crisis consistente en la ruptura de los modelos tradicionales.

Así llegamos a que uno de los fenómenos más característicos de esta época, según la mayoría de los especialistas, sea justamente el pánico al compromiso, no solo en hombres, sino que también – e incluso más – en mujeres. Uno de los índices en que se refleja este miedo al compromiso radica en el regular aumento de la cantidad de solteros en todo el mundo. Según Kaufmann, hay períodos más favorables a la soltería que otros y, si bien hoy existe una sensación de mayor fragilidad en la que se busca más protección y en que, por tanto, repuntan los valores familiares, para muchos jóvenes el vivir juntos sin mayor compromiso presenta un atractivo del que carecerían otros vínculos. En este tipo de lazos, las intenciones son modestas, no se hacen promesas ni declaraciones y, cuando las hay, éstas “no son solemnes, ni están acompañadas por música de cuerda ni manos enlazadas; casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Se pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, los costos a cancelar son menores y el plazo del pago es menos desalentador (Bauman).

Cabe aclarar que dicho miedo al compromiso no se ha generalizado a todos los grupos etarios, sino que se encuentra entendiblemente concentrada entre los que bordean los 30 años, quienes parecieran tratar de eludir las problemáticas que implican un vínculo amoroso estable en el cual va surgiendo la interdependencia. Para esta generación, el hecho de entregarse se asocia a la pérdida del control sobre sus propios afectos, a quedar bajo el poder del otro y, por ende, a terminar sufriendo – tanto – que culmine en un daño a su salud, asunto que ha adquirido una inusitada importancia en la sociedad en los últimos años. En otras palabras, esta tendencia no consiste solamente en una elusión de las reglas y responsabilidades que implican un acuerdo formal, sino que también entraña algo más sutil e insidioso, un temor a la entrega total, en el sentido de “poner todos los huevos en la misma canasta”, en hacer converger los tres pilares fundamentales de una relación de pareja en una misma persona: intimidad emocional, sexo y compromiso.

Entonces, por un lado existe una suerte de fobia a las uniones comprometedoras, a las ataduras sin límites temporales y, por otro lado, se teme a la entrega afectiva, a caer en la dependencia, a perder el control; en el fondo, existe pánico a perderse uno mismo dentro de la relación. Singly acuñó una expresión muy decidora Libres ensemble (Libres juntos) para referirse principalmente a los jóvenes que se resisten a disolver su individualidad en el singular común «pareja» y donde el mayor problema ahora ya no es mantener la independencia, sino encontrar qué hacer juntos.

Para Bauman, los nuevos vínculos de menor compromiso que han ido surgiendo se caracterizarían por ser narcisísticos, deteriorantes, frágiles, efímeros, precarios y con escasos proyectos vitales compartidos; donde se busca sólo el contacto para lograr los suministros afectivos y eróticos imprescindibles. La pareja es reemplazada por contactos íntimos circunstanciales, operatorios, de descarga, sin compromiso en lo afectivo profundo, acordando solo niveles sexuales, intelectuales o de amistad (Bruno), tal como se refleja en nuestros términos de “andar” o “salir con”, o en las interacciones por Internet. Estas últimas se han convertido en una especie de modelo que estaría infiltrando al resto de las relaciones interpersonales, donde más que relaciones se buscan conexiones que no necesiten una mayor implicación ni profundidad, en que cada uno decide cuando y como conectarse, en que siempre se puede pulsar la tecla Suprimir.

Coherentemente con el liberalismo económico imperante, existiría una mentalidad inmediatista y consumista ante las relaciones de pareja, en el sentido que el resto de personas pasan a ser consideradas como una especie de mercancía con la cual satisfacer alguna necesidad y el amor se convierte en una suerte de consumo mutuo guiado por la racionalidad economicista, donde el ethos económico invade las relaciones personales. Dentro de este contexto, los vínculos afectivos estables se convierten en una hipoteca (Bauman), sin que los afectados se percaten que esta ideología produce cualquier cosa menos una auténtica libertad. Bruno es especialmente duro con estos jóvenes dominados por el miedo al compromiso. Según este autor, faltaría una consistencia personal y una coherencia con las responsabilidades asumidas, todo debe acomodarse al interés actual del sujeto, pero es “sacrílego” pedirle que se atenga a sus compromisos. El horror al “sujeto sujetado” conduciría al posmoderno hacia una existencia amorfa y voluble, a ser un “flan” moral, a practicar “éticas de bolsillo” desechables a gusto del consumidor.

Sin embargo, los límites al compromiso emocional que erigen hoy los jóvenes, parecieran tener más bien la función de preservar del sufrimiento De acuerdo con Sabatini, para evitar el riesgo de sufrir – propio de la investidura de otro – se impone una “desnutrición vincular”, un empobrecimiento afectivo en las interacciones. En efecto, en los nuevos estilos de vínculo, el otro es fácilmente intercambiable, lo que reaseguraría de este modo contra la pérdida, el abandono y el doloroso duelo posterior. Todo este proceso implica unadeslibidinización y un descompromiso emocional, cuyo consecuencia inevitable es una sensación de vacío difícilmente tolerable, el cual se intenta paliar de múltiples maneras, como por ejemplo, buscando ansiosamente emociones intensas que creen encontrar en una nueva pareja, originándose un círculo vicioso.

Para finalizar cabe agregar que, en esta compleja época en que se busca una pareja teniendo como telón de fondo la autonomía y la evitación a ultranza del dolor, dentro de una sociedad en que se sobrevalora la equidad, el consumismo y la inmediatez, donde se exige el derecho a la felicidad y existe una escasa tolerancia a la frustración, donde todo es revisable entre dos personas que están ahora en igualdad de poder; la personalidad y la madurez emocional de sus integrantes, pasan a ser fundamentales.

Cuestionarios de evaluación de la relación de pareja

Cuestionarios de evaluación de la relación de pareja

John Gottman (1942), Profesor Emérito de Psicología, director del Laboratorio de Investigación de la Familia de la Universidad de Washington es reconocido como experto mundial en estabilidad marital. Gracias a sus años de experiencia analizando el ecosistema matrimonial, Gottman ha logrado tal precisión que, sostiene, puede predecir con una exactitud del 94% cuáles parejas recién casadas terminarán separándose en los próximos tres a seis años.

Entre los instrumentos de estudio que utiliza se encuentran ciertos cuestionarios cuyo objetivo es evaluar determinados aspectos del funcionamiento de la pareja. Los profesionales los consideran como una primera aproximación que, a grosso modo, iluminan aquellas áreas de la relación que ameritan una mayor profundización.

Dichos cuestionarios han sido difundidos como autotest para el público en general en distintos medios de comunicación. Los puntajes obtenidos, que supuestamente serían indicativos del estado de la relación, son muy cuestionables y pueden prestarse para malosentendidos, especialmente si no se cuenta con un especialista a quien recurrir para aclarar las dudas que puedan surgir.

En primer lugar, cabe recalcar que los resultados que se obtienen no son, en absoluto, indicadores fehacientes de la calidad de la relación, sino que solamente corresponden a la percepción subjetiva de uno de los miembros de la pareja y, usualmente, estarían midiendo cómo esa persona evalúa su relación en este momento en particular.

En segundo lugar, quisiera advertir que, a los cuestionarios que se presentan a continuación, les hice algunas pequeñas modificaciones de redacción y de graduación:

1) Conozco las más importantes aspiraciones y esperanzas vitales de mi pareja.

2) Conozco las principales preocupaciones actuales de mi pareja.

3) Conozco los tres momentos más importantes de la vida de mi pareja.

4) Puedo fácilmente señalar los 3 aspectos que más admiro en mi pareja.

5) Procuro tener tiempo libre para disfrutarlo con mi pareja.

6) Nuestras relaciones sexuales son generalmente satisfactorias.

7) Mi pareja es una de mis mejores amistades.

8) Mi pareja me confiesa cuando ha tenido un mal día.

9) Normalmente beso y acaricio con afecto a mi pareja.

10) Estoy verdaderamente interesado/a en las opiniones de mi pareja.

11) Aprendo mucho de mi pareja, incluso en las cosas en que no estamos de acuerdo.

12) Siento que lo que digo es importante para mi pareja cuando tomamos decisiones.

13) Soy capaz de admitir que me he equivocado.

14) Incluso cuando estamos en desacuerdo puedo mantener el sentido del humor.

15) Mi pareja es capaz de calmarme cuando estoy enfadado/a.

16) Siento que mi pareja y yo hacemos un buen equipo.

17) Cuando discutimos, ganar no es el objetivo para ninguno de los dos.

18) Acepto que hay cosas que nunca resolveremos.

19) Compartimos valores similares en cuanto a los roles de cada uno.

20) Siente que ambos tenemos y compartimos muchos recuerdos agradables.

Puntaje: sumar todas las respuestas afirmativas

13 o más: es altamente probable que la relación va a ser estable en el tiempo

7 a 12: pareciera que están pasando por un momento crucial y sería conveniente que ambos reflexionaran qué podrían hacer para facilitar que la relación permanezca en el tiempo.

6 o menos: el riesgo de separación parece alto y sería recomendable que conversaran seriamente

 

Entre sus hallazgos, Gottman ha encontrado que la amistad es una de las características más importantes de una relación de pareja estable y satisfactoria. El siguiente cuestionario apunta a enterarse cuánto conocemos a nuestra pareja y su mundo interior:

1. Puedo nombrar el mejor amigo de mi pareja.

2. Conozco cuáles son los momentos estresantes que mi pareja tiene que enfrentar.

3. Conozco los nombres de las personas que han irritado a mi pareja en el último tiempo.

4. Puedo nombrar algunos de los sueños que tiene mi pareja para su vida.

5. Estoy enterado de la filosofía de vida de mi pareja.

6. Puedo listar los parientes con quienes mi pareja tiene conflictos.

7. Siento que mi pareja me conoce muy bien.

8. Cuando estamos separados, recuerdo y pienso en mi pareja.

9. Normalmente le expreso mi cariño a mi pareja besando y acariciando.

10. Siente que mi pareja realmente me respeta.

11. Siento que hay pasión en nuestra relación.

12. Intentamos que algo de romance forme parte de nuestra relación.

13. Mi pareja aprecia las cosas que yo hago en la relación.

14. A mi pareja le gusta mi personalidad en general.

15. Nuestra vida sexual es mayoritariamente satisfactoria.

16. Al final del día a mi pareja le agrada verme.

17. Mi pareja es uno de mis mejores amigos.

18. Nos encanta conversar entre nosotros.

19. En las discusiones que tenemos, los dos tenemos influencia sobre el otro y damos nuestros argumentos.

20. Mi pareja me escucha respetuosamente, aunque no concuerde conmigo.

21. Mi pareja es una gran ayuda al momento de resolver problemas.

22. Generalmente concordamos en nuestros valores y metas en la vida.

Puntaje: sumar todas las respuestas afirmativas

15 o más: existe una gran fortaleza en la relación

8 a 14: pareciera que están pasando por un momento crucial. Hay muchas ventajas que pueden aprovechar, pero también existen deficiencias que requieren su atención.

7 o menos: la relación puede tener problemas serios. Sería altamente recomendable que trataran de solucionar los conflictos.

 

Otra forma de evaluar el estado de la relación de pareja y, eventualmente, enfrentar preventivamente la situación, es identificar las posibles señales iniciales de deterioro:

1) Cuando estoy con mi pareja, muchas veces quisiera estar en otro sitio.

2) Muchas veces siento que existe tensión entre nosotros.

3) Creo que mi pareja apenas conoce mis pensamientos.

4) Siento que deberíamos estar más cercanos en estos momentos.

5) Mi pareja ha deseado estar sola últimamente.

6) Hemos estado peleando más últimamente.

7) No siento que haya habido mucha diversión en nuestra vida últimamente.

8) Pequeños problemas tienden a entrar en una escalada.

9) Siento que hemos estado dañando nuestros sentimientos últimamente.

10) Siento que realmente deberíamos hablar.

Puntaje: más de dos afirmaciones podrían estar indicando la existencia de algunos problemas

Pareja y Sociedad: el impacto de los cambios culturales y socio-psicológicos

Pareja y Sociedad: el impacto de los cambios culturales y socio-psicológicos

Las transformaciones ocurridas en las últimas décadas tuvieron efectos psicológicos más globales en la sociedad, afectando no sólo nuestra forma de vivir y de relacionarnos, sino que también desembocó en una profunda revisión de nuestras creencias y valores. La cultura en general se fue desacralizando, se hizo más abierta al cambio, más libre e informal, menos rígida y menos autoritaria. Se intensifica el inconformismo y el rechazo a las normas prescritas, impuestas por una autoridad o moralidad institucional externa – sea social, religiosa o política – respecto al comportamiento personal. Lo que ha ocurrido, en el fondo, es una metamorfosis del conjunto de los valores contemporáneos, renovándose los fundamentos de la ética así como las nociones de “verdad”, “bien” y “justicia”.

La moralidad universal de antaño va desapareciendo; los valores cuasi sagrados se secularizaron o fueron rechazados livianamente, sin mayor análisis y surgen códigos éticos fragmentados. Ahora, cada uno construye sus propios valores personales, dentro de una cultura donde reina una infinita pluralidad de alternativas y una ilimitada tolerancia, donde casi nada nos genera culpa, ni nos es tabú ni nos escandaliza, nada es mejor ni peor, ni bueno ni malo. Sin criterios valorativos objetivos, sin juicios sobre lo verdadero o justo, sin requerirse justificaciones racionales; todas las opciones nos parecen igualmente válidas y terminamos amparándonos en lo cuantitativo, en la opinión mayoritaria o consensual. Esta nueva postura ética es producto de una actitud a-crítica, casuística y situacional; como dice Bruno, se trata de una soberbia antropocéntrica revestida con términos elegantes tales como individuación e independencia, donde las posiciones son volubles y acomodaticias. Caímos en una relatividad moral, en una permisividad en la que adaptamos nuestros valores a la conveniencia de los requerimientos del sobredimensionado presente (Vattimo).

Dado este presentismo, comenzamos a fijarnos en lo que el mercado nos inducía a valorar, tal como la fama, el poder, el dinero, el exitismo, etc. Nos sentimos impelidos a obtener status y logros, pero ojalá fáciles y rápidos,sin cuestionar el sentido de los mismos. La urgencia de resultados nos conduce a la inmediatez y a la superficialidad; todo tiene que ser instantáneo, no soportamos la espera, no toleramos la frustración y le tenemos pánico al fracaso. Vivimos comparándonos y compitiendo; hay que ganarle a otros para saber cuánto “valemos”. Y, sin resultados reales, recurrimos a las apariencias e incluso a las imposturas. Ya no importa el prestigio del buen nombre, sino la imagen que proyectamos, los oropeles. Buscamos figurar, ser conocido aunque sea por escándalos. Ser ignorado es ser un perdedor, no querido por nadie. Como si, en el fondo, tuviésemos una gran necesidad de ser amados y admirados, haciendo depender nuestra estima de la opinión externa. Nuestro psiquismo se fue volcado hacia fuera, nos fuimos identificando con lo externo, definiéndonos más por lo que primaba en el mercado, por el “hacer y parecer”, que por el “ser”. Nuestros límites se van desdibujando y caemos en una crisis de identidad, de la personalidad individual.

El individualismo nos fue invadiendo paulatinamente, sin darnos cuenta, hasta llegar a un cambio de tono cultural que se caracteriza por una gran exigencia de autonomía y por una exagerada individuación. Aspiramos a una libertad total y absoluta, a vivir sin represiones de ningún tipo, nada debe frenarnos ni amarrarnos. Antes se buscaban soluciones externas; hoy las soluciones pasan por la opción personal, se hace hincapié en la creatividad y expresión personal. Nuestros proyectos – cuando existen – son más bien efímeros y sin mayor significado; nuestros objetivos personales tienden a ser superficiales, facilistas y apuntan a lo externo; sin que estemos dispuestos, además, a conquistarlos mediante el esfuerzo y el sacrificio. Sentimos escasa empatía por los demás o nos son francamente indiferentes; la indiferencia misma nos parece una actitud cool. Fuimos relegando de nuestra existencia lo propiamente humanista. Apenas nos mueven los ideales colectivos, participar en lo público o las injusticias; carecemos de un proyecto común capaz de unificar las motivaciones y de otorgarnos un sentido de pertenencia; así, nos hemos ido aislando socialmente, replegándonos a nuestro pequeño mundo de la pareja, la familia, los amigos reales y virtuales.

Similarmente, nos hemos ido refugiando en nuestro interior, centrándonos en nosotros mismos, en nuestro yo; aspirando, como meta, a ser uno mismo y a lograr el equilibrio interno; mientras que a la vez, buscamos ávidamente satisfacer nuestras necesidades ególatras y narcisistas. No obstante, paradojalmente, paralelamente se fue produciendo un vaciamiento del yo. Al concentrarnos tanto en las apariencias, hemos descuidado el contenido real de nuestro ser y de nuestra existencia, dejando de lado la fidelidad a un proyecto de vida coherente. Se entiende así que tengamos dificultad para disfrutar la vida y que, especialmente cuando nos quedamos solos, nos invada unasensación de vacío (descrito inicialmente en 1983 por Lipovestky en “La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo”), el que experimentamos no como tal, sino como una suerte de ansiedad o angustia vagas, como una insatisfacción generalizada en que constatamos que lo tenemos todo, pero no somos felices.

Probablemente en el proceso de intentar calmar o al menos aminorar este vacío, nos fuimos orientando hacia dimensiones psicológicas narcisistas. Nos hemos ido poniendo egocéntricos y hedonistas; sobrevaloramos la juventud, le tememos a la vejez y le rendimos culto al cuerpo, invirtiendo en centros de estética, gimnasios, operaciones estéticas. Hay una aceptación implícita de dejarnos llevar por nuestros deseos y no por los deberes; pareciera que nuestra conciencia estuviese anestesiada, por lo que percibimos amortiguadamente las consecuencias de nuestros actos. Evitamos fóbicamente estar solos y nos abandonamos a nuestros impulsos inmediatos, como si estuviéramos bajo el imperio de los instintos básicos propios del reino animal; permitimos que prevalezca la acción por sobre la reflexión, la sensación por sobre la estabilidad y la profundidad, hipervaloramos al sexo y hemos desvirtuado su sentido; caemos en un polisensualismo, yendo constantemente tras emociones intensas que aturdan los sentidos, tal como la pornografía cibernética, las happy tour, etc.

Si se postergan nuestras gratificaciones, caemos en el infantilismo, nos irritamos e incluso nos ponemos hostiles o nos bajoneamos. Desde unaposición de victima, sea del sistema o de lo que sea, reclamamos un trato de favor que sentimos legitimado y que nos permitiría utilizar cualquier medio para obtener un fin. Hemos desarrollado una “cultura del placer”, una suerte de nueva ética epicúrea muy sui géneris, donde prevalece un mandato de que tenemos que pasarlo bien, nada debe ser fome, nunca deberíamos estar aburridos. En el fondo, buscamos afanosamente esa felicidad que creemos que se nos debe y a la que tenemos derecho. Pero, desde otra perspectiva, al estar preocupados por nuestra felicidad, también lo estamos por la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Hemos ido desarrollando un aparato psicológico sin mayor complejidad interna; aspiramos a un pasar despreocupado y a un continuo estado vivencial ausente de malestar, alentado por un credo terapéutico que refuerza el autoescrutinio psicológico y por una nueva cultura psicológica en la que se sobredimensiona, por ejemplo, la autoestima y la psicofarmacología cosmética. Nos volcamos hacia una vida light, en que se pretende ser divertido e intrascendente, nunca denso. Pasamos de cosmovisiones filosóficas fuertes y bien perfiladas, a modos de pensamiento estereotipados con un matiz nihilista, triviales y débiles, tal como la sensibilidad “psi”, propia de la cultura new age. Sin embargo, por otro lado, un pensamiento más débil posibilita considerar, al mismo tiempo, lógicas múltiples y contradictorias entre sí, fuera de que ayuda a frenar los intentos de imponer por la fuerza una “verdad” totalitaria.

Por tanto, si bien, por un lado, nuestra sociedad es mucho más desarrollada que antes en todo sentido, donde los adelantos tecno-científicos han sido espectaculares, la pobreza ha disminuido, la vida se ha alargado, muchas enfermedades están bajo control, nuestra libertad de pensamiento y acción es increíblemente mayor; por otro lado, casi todas nuestras certezas y esperanzas se fueron derrumbando, así como el sentido más profundo de la vida. Ya no tenemos referentes estables calificados, ya no podemos apoyarnos ni en la religión, ni en la tradición, ni en la ciencia, ni en la razón, ni en grandes líderes ni en proyectos con sentido. Sabemos que no existen las verdades absolutas, nada dura mucho tiempo, jamás podremos abarcar tanta información nueva.

Vivimos en un mundo de paradojas y complejidades, un mundo que nos parece riesgoso e incierto, caracterizado por la transitoriedad y la inestabilidad, donde predominan la velocidad y el olvido; donde la fe, la credulidad, la ingenuidad y la entrega están en retirada; donde reina una gran inseguridad en torno a los valores, los saberes y los vínculos; donde tendemos a la anhedonia, donde nuestra identidad está en crisis y donde la sensación de vacío nos amenaza en cada esquina. Se nos fue generando una sensación de incertidumbre en casi todos los ámbitos, unainquietud y ansiedad permanente, un desamparo tanto en lo personal como en lo socio-comunitario. Nos encontramos inmersos en una crisis personal y social. Hemos dejado atrás el tono esperanzado del Modernismo, apareciendo – a cambio – uno nostálgico o melancólico. Hasta en los menores podemos observar el escepticismo, la desesperanza y el negativismo.

A modo de conclusión, quizás como defensa ante tanto perplejidad, desorientación, frustración, desencanto y alienación – así como buscando escapar de la sensación de vacío e inseguridad – nos hemos ido aislando socialmente y encerrándonos en nosotros mismos, volcándonos hacia unavida individualista, egocéntrica, hedonista y light, con valores permisivos y relativizados, donde nos damos permiso para dejarnos llevar por nuestros impulsos en una búsqueda incesante de logros e intensidad. En sus aspectos más exacerbados, nos hemos inclinado a la egolatría y al narcisismo.

¿En qué tipo de cultura se mueve la pareja actual? Modernismo, Posmodernismo y Neomodernidad

Para poder entender el funcionamiento y los problemas de las  actuales es necesario analizar, previamente, los que ha sufrido nuestra sociedad en las últimas décadas. Las transformaciones socio-culturales influyen, por supuesto, en las relaciones interpersonales; pero, no hay que obviar que también las modificaciones en la manera de relacionarnos afectan, a su vez, a la sociedad.

Si la  Moderna correspondía a la Sociedad Industrial y la Posmoderna a la SociedadPostindustrial, la Neomodernidad sería la cultura correspondiente a nuestra contemporánea Sociedad Globalizada. En cada uno de estos períodos históricos se produjeron una serie de fenómenos demográficos, , culturales, económicos y científicos que han jugado un  muy significativo en nuestros modos de vida. Especialmente a partir de mediados del s. XX, nuestra sociedad ha estado sometida a tantas mutaciones y a tal velocidad, que hoy vivimos una existencia absolutamente distinta a la de una generación atrás.

En términos muy generales, durante el Modernismo se avanza de una economía de producción – del hacer – a una economía del consumo; las naciones se agrupan en bloques ideológicos, impera la Guerra Fría y el sobre-armamentismo; y se masificaron los medios de comunicación. La convulsionada década de los 60 fue especialmente decisiva en las dramáticas alteración de las costumbres y de las concepciones culturales, dado sucesos tales como el descubrimiento de la píldora, la revolución sexual, el ingreso masivo de la mujer a la fuerza laboral, las transformaciones en los estereotipos de género, la estética psicodélica, los hippies, la hierba y su “hacer el amor y no la guerra”. El tono cultural predominante, especialmente después de 1968, era dado por la idea de laigualdad y de la liberación: de las mujeres, de la sexualidad, de la familia, de la Iglesia, de las instituciones en general y de los homosexuales.

Durante esos años el panorama demográfico sufre modificaciones tan significativas que actualmente se habla de una segunda transición demográfica: envejecimiento de la población; decrecimiento de los nacimientos en general y del número de hijos por familia en particular; aumento de la edad al casarse; postergación de la maternidad; menor número de matrimonios; gran incremento de las convivencias sin lazos legales, de las familias uniparentales y del divorcio.

Con la Posmodernidad, cuyos primeros indicios se remontan a los albores de la década del 70, se van originando otra serie de cambios muy relevantes. Se implementa el mercantilismo y la globalización neoliberal, cuyas políticas económicas mejoran nuestra calidad de vida, aunque asimismo lleva a que se instaure el consumismo, se acrecienten los despidos y la inseguridad laboral, se vaya perdiendo el poder adquisitivo y, con un solo sueldo, ya no se alcanzan a satisfacer las nuevas expectativas. Por otro lado, se derrumban los grandes proyectos políticos; disminuye el idealismo, el compromiso social y la confianza en el progreso.

La revolución informática y el desarrollo vertiginoso del conocimiento llevan a tomar conciencia que la totalidad es inalcanzable e inabarcable; mana una avalancha de informaciones difíciles de organizar y de estructurar; como se tienen mayores conocimientos se reflexiona más y se cuestiona más. El Pasado y la Tradición dejan  de articular la existencia, la Historia ya no es fuente de conocimiento ni huella unitaria del acontecer (Vattimo); hay una menor ingerencia de la religión, se cuestiona a la Iglesia y se duda de la existencia de Dios. El futuro también pierde importancia, solo vale el aquí y el ahora; se desecha fácilmente lo “viejo” y se sobrevalora lo nuevo; el tiempo se reduce a una sucesión de presentes contingentes y desarticulados; se dificulta la visión de la linealidad y de lo cíclico, predominando una percepción fragmentada de la vida.

Se fue generando una crisis de fe, un escepticismo ante la razón y la ciencia; se deslegitima a la autoridad intelectual y científica. Se recela de los sistemas globales de pensamiento, de los meta-relatos y de los modelos de causalidad; ya no se cree en el determinismo ni en una ciencia con capacidad de predicción (Lyotard). Ahora se confía en teorías parciales o mediadoras; coexisten muchos métodos diferentes; no se cree en la percepción objetividad de la realidad, con lo que arribamos al subjetivismo, a la hiperrealidad y al construccionismo. Se acabaron las verdades absolutas y las certezas; lo que se valora ahora son los matices. La verdad depende del punto de vista del observador y lo importante ya no son los hechos, sino sus interpretaciones; se desvaloriza lo racional y se revalorizan las emociones y los sentimientos.

Más recientemente, ante los últimos procesos socio-culturales acaecidos en nuestra sociedad, se discute si el término Posmodernismo ha sido alguna vez adecuado, acuñándose otros dos conceptos. El primero, la Hipermodernidad (Lipovestky), apunta a que estamos viviendo en una cultura en que se ha exacerbado la Modernidad, en que reinan los excesos. El otro, la Transmodernidad (Rodríguez), afirma que lo que predomina es una continuidad, es decir, estaríamos dentro de una cultura que no ha sido realmente rupturista respecto de la Modernidad. Sin embargo, la opinión que parece prevalecer es que nos encontraríamos en otra fase cultural diferente, a la que se le han asignado varios nombres: Neomodernidad, Modernidad Tardía, Segunda Modernidad o Modernidad de Segundo Orden.

Se considera que este nuevo período habría comenzado en los años comprendidos entre finales de la década del 80 y la mitad de la década del 90. Su inicio lo ha asociado Ulrich Beck a ciertos procesos que sitúan al riesgo como eje interpretativo de la sociedad, tales como la progresiva conciencia del peligro (desastre de Bhopal, 1984 y de Chernobyl, 1986); la creciente reflexividad acompañada de un incremento en la individuación y del desplome de la autoridad de varias instituciones (relacionado a la caída del muro de Berlín en 1989 y al genocidio de Rwanda en 1994); el aumento del informacionismo global (protocolo html de 1990 y la banda ancha de 1992) y el icono lo constituiría el derrumbe de las Torres Gemelas en 2001.

Se acaban las utopías así como las grandes figuras carismáticas, surgiendo una infinidad de pequeños ídolos; la ideología ya no determina la elección de un líder, sino su imagen. La toma de conciencia de la degradación del medio ambiente conduce a revalorizar la naturaleza y surgen los movimientos ecologistas. Hay una suerte de obsesión con losfragmentos y fracturas; se valora la diversidad, la hibridación, la cultura popular y el multiculturalismo; se desvalorizan los patrones culturales locales; existe un fuerte compromiso ideológico con las minorías en política, sexo y lenguaje. Mientras más se funciona en el presente, aparece otra forma de mirar hacia el pasado, consistente en acercarse a lo místico; especie de retorno a lo religioso, pero en su aspecto sobrenatural y de ciencias ocultas.

El concepto de liberación fue perdiendo su sentido inicial y actualmente tenemos claro que el individuo está cada vez más al centro de su propia vida. Este proceso de individuación se podría interpretar como una profundización de la democracia en la vida personal (Kaufman) o como una extención del concepto de libertad desde la esfera pública al orden privado (U. Beck). El mejoramiento del nivel de vida ha posibilitado mayores peticiones en educación, cultura, ocio, etc. y se acrecentaron los márgenes de actuación y de configuración de la propia vida; incrementándose las demandas por una total libertad de elección, por una autonomía personal. Las nuevas generaciones ya no se conforman con que la libertad sea un ideal o un anhelo lejano; sino que la pretenden de hecho en las situaciones cotidianas, poder elegir en todos los ámbitos de su vida, incluso elegir su moral y su verdad, lo cual implica un inevitable proceso de infinitos cuestionamientos.

En esta nueva etapa, las tecno-ciencias son el motor de las transformaciones y de las innovaciones (p.e. clonaje, ingeniería genética, conquista del espacio); dichas tecnologías así como las dimensiones actuales del mercado y la geopolítica, han conducido a que la Globalización se constituya como el nuevo Gran Relato totalizador, donde todo está interconectado (Rodríguez). Nos hemos dado cuenta que, ahora, la mayor parte de los peligros no provienen de la naturaleza, sino de las consecuencias de nuestras propias acciones humanas; y, entre los desafíos fundamentales, están aquellos que derivan de lacreciente diversificación de los estilos de vida y de los fenómenos de comportamientos estandarizados y colectivizados (Beck).

Las orientaciones normativas de la Segunda Modernidad son muy diferentes a las del Modernismo y a las del Posmodernismo. Mientras que antes la principal exigencia social era la igualdad y la liberación, ahora parecieran serlo la seguridad y la salud; p.e. se ha incrementado el número demandas por un entorno más seguro y más ecológico.

Los temas de salud han adquirido una importancia galopante y se ha pronosticado que la salud se va a convertir en un valor que transformará profundamente las costumbres y los comportamientos (Kaufman). Nos preocupa el calentamiento global, la contaminación, los productos tóxicos, etc. Pareciera que hemos caído en una especie de ilusión de poder, en que pretendemos controlarlo todo, estar asegurados contra todo. Nos cuestionamos permanentemente, nos hacemos miles de preguntas que quedan sin respuestas, ya que sabemos que incluso las dadas por la ciencia pueden ser solo provisorias. Desde la aparición del sida, nos hemos comenzado a cuidar ansiosamente haciendo ejercicios y poniendo atención a lo que comemos, tanto en cantidad como en calidad, ya no aceptamos cualquier alimento.