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Otra vuelta de tuerca al mito de Sísifo

Otra vuelta de tuerca al mito de Sísifo

En forma muy resumida, esta fábula de la mitología griega narra la tragedia de Sísifo, quien fue condenado por los Dioses no sólo a perder la vista sino que a un castigo de por vida mucho peor: debe subir, con las manos y la cabeza, un peñasco enorme por la abrupta pendiente de una montaña, cuya cumbre no ha de alcanzar jamás. En otras palabras, está obligado a empujar a perpetuidad esa enorme roca cuesta arriba, a sabiendas de que antes de que alcance la cima, ésta siempre rodará hacia el valle y deberá volver a empezar todo de nuevo desde el principio.

Como Homero no especifica el motivo por el cual Sísifo fue castigado, se han elaborado diversas teorías interpretativas, entre ellas, que desafió a Júpiter a cambio de agua para su pueblo o que su osadía consistió en revelarles a los mortales los designios de los Dioses, lo cual obviamente evoca al sacrificio de Prometeo. ¿Pero, estas posibles acciones de nuestro héroe se debieron a una suerte de generosidad auto-destructiva o reflejan más bien un modo de expresar que no le tenía ni respeto ni miedo a los Dioses?.

Lo que sí se sabe es que Sísifo tenía fama de ser el más astuto de los hombres, así como el más sabio y el más prudente, según Homero. Algunos suponen que fueron estas cualidades las que hicieron enfadar a los habitantes del Olimpo, aunque especialmente insoportable debe haber sido su extraordinaria astucia, ya que le permitió escapar de los Infiernos. En efecto, gracias a su inteligencia logró engañar al dios de la Muerte, encadenándolo y paralizando su accionar, por lo que Plutón tuvo que enviar al dios de la guerra para liberarlo (¿la guerra deja en libertad de acción a la muerte?). Pareciera que son varios los delitos punibles de este mortal tan particular.

A la temprana edad de 25 años, Albert Camus reinterpreta el mito de Sísifo. Para este filósofo existencialista, el que haya preferido la bendición del agua a los rayos celestes, lo transformaría en el héroe de lo absurdo, sumido en una sensibilidad absurda. Aquel que vive perpetuamente consciente de la completa inutilidad de su vida, es decir, a sabiendas de que el Ser está dedicado a no acabar nunca nada. Siendo el mundo tan fútil, donde la mayor tragedia del hombre absurdo radica en estar cabalmente consciente de su miserable condición, Camus se pregunta: ¿qué alternativa hay al suicidio?.

Sin embargo, según la tesis de Camus, el mismo hecho de saber que nunca lo logrará, el no tener esperanzas, lleva a Sísifo a sentir que su destino le pertenece y ahora, sin amo, experimenta la sensación de libertad durante aquellos períodos en que ha terminado de empujar el peñasco y aún no comienza a subirlo de nuevo, con lo que el descenso puede hacerse con alegría. Es decir, justamente la clarividencia que debía constituir su tormento, consuma al mismo tiempo su victoria. Camus termina su ensayo con la frase «hay que imaginarse a Sísifo dichoso», sugiriendo así que se salva de cometer suicidio.

El castigo consistente en tener que realizar eternamente un trabajo inútil e inalcanzable, había sido entendido antes como la simbolización de la vana lucha del hombre por alcanzar la sabiduría. No obstante, para Camus representa más bien la metáfora del esfuerzo inútil e incesante del ser humano moderno que consume su vida en fábricas y oficinas sórdidas y deshumanizadas, haciéndolo sentir que su destino es estéril y fútil. En otras palabras, como filósofo existencialista cuestiona el valor de la vida y plantea la opción del suicidio.

El suplicio de estar condenado ad infinitum a realizar un esfuerzo monótono que se sabe sin sentido e inútil, junto a la ausencia total de esperanza escapatoria, simbolizaría una de las mayores angustias existenciales contemporáneas inmersas profundamente en el inconsciente. De este modo, la fábula de Sísifo puede relacionarse, por un lado, con fenómenos tan actuales como los trabajos rutinarios representados tan bien por Chaplin en Tiempos Modernos; los pseudo trabajos inventados para paliar la cesantía; las labores domésticas inacabables; la incertidumbre y la frustración; la ilusoria búsqueda del sentido de vida y de la sensación de seguridad. También puede condecirse con darle al pueblo pan y circo (la TV actual), al mismo tiempo que controlar la educación que se le entrega, con el objetivo de que no se percate de lo absurdo de su vida.

Por otro lado, podríamos darle otra vuelta de tuerca a las conclusiones de Camus en torno a este mito. Aplicado como metáfora de la vida, aunque nuestra existencia individual sea insignificante, nosotros mismos podemos crearle un valor, teniendo presente que el esfuerzo mismo para llegar a la cima basta para llenar el corazón de un hombre y que, paradojalmente, la sensación de dicha emerge cuando todo ello se torna consciente.

Entonces, si finalmente Sísifo acepta lo fútil de su ilusión de ganarle a la roca: será que su contento deviene de haber cambiado su perspectiva? Hubo en él un cambio de actitud tal que mejoró su estado anímico y su calidad de vida? Consiguió vislumbrar más respuestas en su mundo interno que en el externo? Pasaron a ser sus propias expectativas más relevantes que las impuestas por los demás?. Le encontró un sentido a su vida apartándose de los logros y de las comparaciones?. Logró experienciar la vida como un proceso evolutivo sin fin donde son más interesantes las interrogantes que las certezas, donde se puede gozar del camino – incluso del ascendente – aunque no se cumplan las metas ni se llegue a verdades absolutas?

Será que Sísifo dejó de perseguir aquellos logros que supuestamente eran necesarios para alcanzar la tan ansiada felicidad? Será que tomo conciencia que campea la entropía, la incertidumbre y la relatividad, que nada es absoluto, que no podemos percibir la realidad objetivamente, que el ego nos envenena el alma, que construimos expectativas irracionales, pero también se enteró que nuestro cerebro cambia constantemente, que se hace camino al andar, que estamos condenados a ser libres, que paradojalmente podemos encontrar alegría en el proceso de búsqueda de sentido y realización en esforzarnos en pos de ilusiones y utopías.

Despues del incendio…

Despues del incendio…

Luego de que el 28 de Enero nos llamaran a las 4 am, pues un incendio se había declarado en el Edificio Médico Alcántara, donde atendíamos a nuestros pacientes,  fuimos inmediatamente para ponernos al tanto de lo sucedido.

Y las noticias no fueron auspiciosas. El edificio había perdido toda la red eléctrica y le tomaría al menos un año volver a funcionar normalmente. Ante este escenario, al inicio de las vacaciones, fuimos gestando cómo renacer de las cenizas.

Luego de varias semanas viendo alternativas, por fin encontramos un lugar donde seguir nuestra labor diaria en CEPPAS.

Stitched Panorama

Nuestra nueva ubicación es en el Edificio Oficinas de Córdova, en Badajoz 130, esquina Alonso de Córdova, of. 1101, a pasos del Metro Manquehue.

Los esperamos!

Alejandra y Antonio Godoy, Directores CEPPAS

Ahora en librerías: «Te amo, pero no te deseo»

Ahora en librerías: «Te amo, pero no te deseo»

La disminución del deseo sexual en la pareja pareciera haberse transformado en una verdadera epidemia. Personas que se aman, pero que no se desean, sufren un sinfín de negativas y dolorosas consecuencias.

¿Qué está ocurriendo en el plano de la intimidad? ¿Cómo ha cambiado la sexualidad de las mujeres y los hombres en el último tiempo? ¿Será que los cambios en nuestra sociedad han traído nuevos desafíos a las parejas?

Dos psicólogos de renombre —Alejandra y Antonio Godoy— abordan este complejo tema de pareja con el objetivo de ofrecer respuestas sobre la sexualidad de hoy. Y lo hacen con un libro profundo, informado y llano que nos ayudará a vivir el amor más plenamente.

«Un excelente libro para quienes estén interesados en adentrarse en los misterios del sexo y la emocionalidad. Los autores nos hacen reflexionar sobre el sentido de la vida, su quehacer, y el lugar de la sexualidad y el deseo en una época de transición hacia una mayor igualdad entre los sexos. Un esfuerzo notable y bien logrado, de integración entre la teoría y la práctica psicoterapéutica.» Diana Rivera Ottenberger, PhD, Escuela de Psicología, Pontificia Universidad

GRIJALBO, CHILE
Lanzamiento en Noviembre de 2013

El sexo en las Civilizaciones de la Antigüedad

El sexo en las Civilizaciones de la Antigüedad

En la Prehistoria, al instalarse el sedentarismo y la propiedad de la tierra, el matrimonio llega a ser una de las maneras más socorridas para aumentar el patrimonio. Es así como el ser humano pasa de la elección de pareja por motivos exclusivamente de atracción erótica, a incorporar por primera vez un elemento reflexivo: el cálculo de conveniencias. Este “amor convenido” predomina en la antigüedad greco-romana y durante toda la Edad Media. La unidad central es la familia patriarcal, cuyo jefe tiene el deber de establecer alianzas de parentesco que mantengan y acrecienten el patrimonio familiar. La pasión erótica deviene en un estado emocional peligroso para elegir y sostener a la pareja, lo cual era avalado por la doctrina católica. «Nada más infame que amar a la esposa como a una amante», decía San Gerónimo.

En la cultura mesopotámica, cuna de la civilización occidental, aparecen las primeras reglamentaciones de la sexualidad en el Código de Hammurabi y se rendía culto a Astarté, diosa protectora de la sexualidad, a quien las mujeres jóvenes le ofrecían su virginidad entregándose a un forastero en el templo. En Babilonia, se castigaba cruelmente el adulterio de la mujer, a la que se arrojaba al río junto con su amante, o bien se le cortaba a ella la nariz y él era castrado.

Dentro de la cultura egipcia cabe destacar los siguientes aspectos: se practicaba la poligamia (la que se prohibió recién en la Roma de antes de Cristo); el incesto estaba permitido e incluso el heredero al trono debía casarse con su hermana para ser considerado un rey legítimo, así protegían su patrimonio y lograban mayor poder político; la circuncisión tenía un carácter ritual en la ceremonia de iniciación de la adolescencia y se ejercía una prostitución sagrada, asociada a la religión. En general, el sexo se aceptaba como una realidad más de la vida cotidiana.

Con el advenimiento de la civilización greco-latina y judeo-cristiana se terminan de consolidar, perdurando posteriormente durante siglos, dos tendencias fundamentales muy vinculadas entre sí, reflejando la interinfluencia entre cultura, religión y sexualidad. La primera se refiere a la exaltación del potencial sexual masculino como reflejo de la dominación general del hombre y de la represión de la sexualidad femenina. Aún hoy los Judíos Ortodoxos agradecen a su dios no haber nacido mujeres y en el Muro de los Lamentos se tiende a segregar a las mujeres de los hombres. La segunda tendencia apunta al dominio de la religión sobre el comportamiento sexual, reduciéndolo casi exclusivamente al proceso de reproducción.

En las culturas griega y romana se exaltaba la potencia sexual masculina a través de las imágenes divinas de Zeus y, especialmente, de Apolo. En la mitología se relatan las aventuras eróticas del padre de los dioses y de su hijo predilecto. Se prefería y se veneraba más a Apolo como un dios pleno de belleza física y espiritual, así como de fortaleza y valor. De él proviene el concepto de belleza apolínea, que hasta la actualidad se considera el prototipo del hombre viril y sensual. Entre los mortales, el criterio de tres coitos seguidos marcaba haber dejado la infancia y alcanzado la juventud. Dentro de la misma línea, en el manual Taoísta del s. II, se afirmaba que después de 1,200 relaciones sexuales el emperador se volvía inmortal.

La religión Canaanita pre-judaica, en la que había prevalecido la veneración de dioses de ambos sexos, incluyendo a diosas de la fertilidad y a sacerdotisas, sufrió una profunda modificación con la llegada de las religiones monoteístas, las que creían en un dios masculino, tal como el dios judío Jahvé. Según la mitología, Eva fue una diosa de la fertilidad muy reverenciada, quien luego devino en maldita al asociársela al pecado original, acusándosela de causar la muerte y el mal, siendo supuestamente castigada por Dios condenándola a parir con dolor.

También en Turquía, Egipto, África, Roma, las Islas del Pacífico o las llanuras de Norteamérica, los dioses dejaron de ser masculinos, femeninos o bisexuales, dando paso al único dios de las religiones nacidas en el Cercano Oriente: el Judaísmo, el Islamismo o el Cristianismo (una excepción fueron los Cristianos Gnósticos, cuyo dios es tanto hombre como mujer). La dominación masculina puede también rastrearse a la invasión de los rusos en Asia y Europa, y desde la India a Irlanda. Los grupos de poder político y religioso quedaron limitados a los hombres.

Los principios básicos de la religión judía han afectado a la sexualidad occidental hasta nuestros días. La cultura hebraica fue una de las primeras en reprimir la sexualidad, particularmente la de las mujeres, las que eran considerabas simples objetos sexuales. Sin embargo, en el Cantar de los Cantares la sexualidad era representada como un impulso creativo y placentero, que no era considerado malo en sí mismo ni se restringía únicamente a fines de procreación.

En el Antiguo Testamento, donde se incluyen los Diez Mandamientos de Moisés, difundidos hacia el 1300 a.C., se encuentran las normas que deberían regular la conducta sexual de la época. En general, se califica como impuros el adulterio, la fornicación, la prostitución, la sodomía y la homosexualidad. Es así como encontramos el “no fornicarás” (aunque se sabe que, siglos después, el Rey Salomón tuvo 700 parejas estables además de innumerables amantes); en Éxodo (XX, 14) se prohíbe el adulterio, reforzándose en Levítico (XVII, 20): «no pecarás con la mujer de tu prójimo ni te contaminarás con tal unión». Se proscribe también la homosexualidad en Levítico (XVIII, 22): «no cometerás pecado de sodomía porque es una abominación»; aparece el tabú de la desnudez en Levítico (XVIII, 7) y la prohibición del incesto en Levítico (XVIII, 6): «nadie se juntará carnalmente con su consanguinidad, ni tendrá que ver con ella». También en Corintios (I, 1-5) se hace evidente la prohibición del incesto.

En Israel, la finalidad del matrimonio era la procreación y el mantenimiento del poder del clan; la monogamia es estricta y el matrimonio indisoluble, al tiempo que se prohíbe tajantemente toda relación extramarital. El sexo, enmarcado en el matrimonio, era considerado tanto una obligación como una alegría. La unión legal tenía como finalidad la descendencia, con miras a la conservación del patrimonio que era traspasado de una generación a la otra mediante la práctica del mayorazgo.

En la cultura greco-romana así como en la helenística (donde se fusionan los elementos orientales con los griegos), se exalta al ser humano como la criatura más importante del universo, glorificándose el alma y el cuerpo; y, el acto sexual llegó a ser una suerte de manifestación religiosa. Por ejemplo, una extendida costumbre religiosa la constituía laprostitución sagrada, mediante la cual se pretendía atraer los favores de las diosas protectoras de su pueblo. En Grecia se adoraba a Afrodita, en cuyo honor se realizaban ritos de amor y fecundidad. La mujer debía ofrecer su virginidad y fertilidad a la diosa Venus u a otras diosas, a través de la unión con un sacerdote o un extranjero. En este último caso, el forastero debía pagar, a su vez, con una ofrenda en especie o en metálico para costear los cuidados del templo de la diosa. (En la antigua India, los templos también obtenían ganancias generadas por las sacerdotisas al tener sexo). Esa costumbre ritual degeneró en la simple venta del cuerpo femenino. Etimológicamente, fornicación deriva de forno (arcos de los puentes), donde ejercían las trabajadoras sexuales romanas. En Atenas, las mujeres no podían andar solas, privilegio exclusivo de las hetairas (prostituta fina), en tanto que las pornoi eran las prostitutas de más bajo nivel (vocablo del que deriva la palabra pornografía).

La prostitución sagrada y otras manifestaciones, que supuestamente tenían como finalidad la unión del sexo con lo sagrado, simbolizaban el vínculo del hombre con la naturaleza y con los dioses. Pero, además, suponían una forma de mantener o incrementar los bienes familiares, lo cual se refleja en los antiguos casamientos de Babilonia, Grecia y Roma, donde existía como norma el intercambio de regalos o entregar a la hija con una dote, para contribuir así a su seguridad durante el matrimonio. La mujer comenzó a ser una mercancía de intercambio, al tiempo que se instituyó la familia como algo sagrado y el matrimonio se convirtió en un ritual.

Con la instauración del patriarcado, imperó la dominación sobre la mujer bajo el pretexto de la protección de la familia. Durante toda su vida, la mujer se hallaba sometida a la autoridad omnímoda del pariente masculino más cercano y, en general, ella era un ciudadano de segunda categoría cuya función principal era ser «gyne», es decir, «portadora de hijos». La función de la mujer era procrear, perpetuar, y servir a los hijos, teniendo el dudoso «privilegio» de compartir los favores del esposo con otras esposas secundarias (pero, si ella era la infiel, solía ser apedreada). Las tareas femeninas en Atenas consistían exclusivamente en perpetuar la raza y ocuparse de los hijos, mientras los hombres recurrían a las hetairas para saciar sus impulsos sexuales e intercambiar ideas sobre cultura y arte, pues se trataba de cortesanas que no sólo vendían su cuerpo, sino también su encanto, conocimientos y amistad. Similarmente, la estructura familiar romana se caracterizaba por la clara distinción de los roles asignados, donde destacaban las funciones del pater familia, de la esposa, de los hijos, de los esclavos y hasta de los clientes. En los tiempos de la República aún se mantenía la estructura de familia patriarcal y el respeto a la religión.

Con el surgimiento de la familia patriarcal se generan una serie de dualidades en lo sexual:

  • En el plano social, la esfera privada era restringida al ámbito a la mujer, quedando a su cargo la educación de los hijos y, la esfera pública, quedaba a cargo de los varones
  • Doble estándar: permisividad sexual al varón y represión a la mujer, a quien se le exige la virginidad y serle fiel al marido, sin importar su propio placer
  • Doble imagen de la mujer: la «buena» es la madre dedicada a la casa o la virgen; la «mala» es la mujer pública dedicada al placer (inicios de la disociación amor-sexo)
  • Doble significado de la sexualidad: la reproductiva como la forma lícita y socialmente aceptada dentro el matrimonio; el placer como la forma válida para el hombre fuera del ámbito conyugal

En el siglo V a. C., en Grecia, la construcción de las ciudades y el desarrollo de las actividades artesanales y comerciales condujo a que las personas comenzaran a perder el contacto con la naturaleza y se dedicara más al ocio y al arte. Al mismo tiempo, la sexualidad va perdiendo su sentido profundo y se empiezan a realizar orgías que suponían, simplemente, una liberación de índole personal. Se sustituyó el culto de Afrodita por el de Dionisos o Baco, dios de la sexualidad y del vino; pero, al mismo tiempo, crearon al dios Apolo, que se caracterizaba por su sabiduría y por su tendencia a la moderación de los instintos; con ello, se intentaba lograr un equilibrio entre ambos extremos. Dichas orgías dedicadas a Baco fueron, en un inicio, verdaderos rituales del amor en que se rogaba por la fertilidad, de la mujer y de la tierra. No obstante, con el correr del tiempo esta creencia perdió su base religiosa y se fueron transformando en excesos de índole hedonista.

Sin embargo, entre los múltiples aporte de la cultura grecolatina se incluye los primeros atisbos de educación sexual, formando a los niños en el conocimiento de las funciones sexuales. Reconocían la importancia de desarrollar una sexualidad plena y procuraban exaltar el erotismo. Como parte de esta apertura general, los griegos eran permisivos ante ciertas conductas homosexuales masculinas entre adultos y adolescentes púberes, pero siempre dentro de un contexto educativo, en el cual el adulto tenía la función de formar intelectual y éticamente a sus pupilos (paidegogous). Por otra parte, se consideraba que la homosexualidad masculina representaba una forma de búsqueda de la belleza y del amor. No se consideraba que la homosexualidad menoscabase la virilidad, siempre y cuando no afectasen su desempeño en las continuas guerras. A modo de ejemplo se pueden mencionar desde Zeus hasta Alejandro Magno. Los romanos adoptaron gozosamente esta práctica para excitar sus rutinarios placeres. No obstante, se desaprobaba la homosexualidad y los contactos sexuales si éstos eran de carácter exclusivo entre hombres adultos; así como actos homosexuales con muchachos impúberes, situación que era penada por la ley.

En Roma, con la corrupción de la clase dirigente, el desgaste social y las guerras coloniales a las que debía hacer frente el Imperio para mantener unidos a pueblos tan diversos, se va generando una ansiosa necesidad de disfrutar de variados placeres. Dicho hedonismo grecorromano ha sido asociado a la relativa aceptación de la homosexualidad, la bisexualidad y el aborto. En este nuevo contexto socio-económico, la unidad familiar se rompe y el panorama cambia por completo. La mujer se desentiende de los hijos, cuya educación es confiada a una sirvienta o a un esclavo; se extiende el aborto como método anticonceptivo y se recurre al sexo y a la lujuria para la realización personal, tanto masculina como femenina, pasando a ser la obtención del placer el valor supremo al que se sometía todo lo demás. El adulterio (preconizado por Ovidio en «El arte de amar») y el divorcio eran aceptados y practicados en numerosos casos.

Aunque el imaginario de desenfreno y perversión sexual con que se identifica a griegos y romanos resultan exagerados, efectivamente hubo excesos y avidez sexual en la última etapa del Imperio Romano, lo cual – a modo de contrapeso – llevó al surgimiento, en plena época imperial, de una corriente contraria, encabezada por filósofos estoicos y neoplatónicos. Con la cultura helenística habían arribado ideas orientales sobre el espíritu y la vida después de la muerte, trayendo como consecuencia una ansiosa preocupación por el comportamiento humano en la tierra, con lo cual el ascetismo cobró fuerza. En este sentido, la cultura helenística representa una especie de transición entre el período objetivo griego y el medieval subjetivo. Plotino destaca como el convertidor del pensamiento helénico, influyendo en los Padres de la Iglesia y en los fundamentos de la doctrina agustiniana. En efecto, en Grecia, durante la Antigüedad Tardía, habían florecido durante cortos períodos, un gran número de escuelas filosóficas. De las más interesantes, desde el punto de vista de la sexualidad, fueronlas escuelas estoicas y las epicúreas.

Los filósofos postaristotélicos sostenían dos grandes posturas dicotómicas respecto a la forma de encontrar la felicidad. Los epicúreos afirmaron que, como todos los conocimientos se originan en las sensaciones, la meta de la vida era gozar cuantos placeres fuesen posibles y, de manera consistente, preconizaban minimizar el dolor y el sufrimiento de los otros. Por su parte, los estoicos creían que la finalidad de la vida era alcanzar la serenidad espiritual y que la felicidad se debía encontrar dentro de uno mismo, una vez que se hubiesen dominado las pasiones, las que consideraban disposiciones del alma y no fuerzas extrañas. La virtud se lograba mediante la prudencia, la justicia, la templanza, el valor, la disciplina sobre uno mismo y el cumplimiento de los deberes.

En la polarización producida entre hedonismo y ascetismo, el Cristianismo encontró una tierra fértil para desarrollarse. La introducción de la moral estoica, condujo a varios pensadores y gobernantes a condenar varias prácticas sexuales de la época. Tras las invasiones bárbaras y el declive económico y territorial sufrido por los romanos, triunfa definitivamente el Cristianismo, imponiendo una ética sexual con ideas muy restrictivas en materia sexual, la cual tuvo significativos efectos y consecuencias sobre la sexualidad durante siglos.

El Cristianismo Primitivo, donde destaca el trascendentalismo patrístico, consistió en la fusión del judaísmo con el estoicismo griego, la estructura imperial y la normatividad jurídica romanas. Los antiguos textos del siglo I en Nag Hammardi, Egipto, evidencian las diferencias en las creencias y prácticas de los primeros grupos cristianos. Estos fueron considerados heréticos en el siglo III, por lo que fueron escondidos por los monjes benedictinos y finalmente quemados en el siglo V, con lo cual se pudo ensamblar el Antiguo y el Nuevo Testamento en laBiblia. Así, se logró institucionalizar una sola verdad, una ortodoxia que unió a los Cristianos frente a las persecuciones, pero también aparece la intolerancia ante versiones discrepantes. Esta fue una época de creencias, de autoridad, de sumisión y de aceptación, decisiva en la predominancia de una férrea y única moral sexual.

Cuando el Cristianismo pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano, se fue convirtiendo en una fuerza política y represiva; asumiendo la Iglesia la jurisdicción sobre el matrimonio, dejando éste de ser un asunto civil; y, pasa a dictar normas para la conducta sexual, basándose en la concepción del sexo como pecado. Se exalta la castidad como símbolo de pureza y el acto sexual es considerado como algo pecaminoso, incluso dentro del matrimonio; se admite porque es imprescindible para la procreación, considerada como un deber sagrado. Para conseguir que el placer fuese el mínimo y con el fin de evitar la visión del cuerpo desnudo, las mujeres debían ponerse un camisón que poseía a la altura de los genitales un orificio por el que el marido debía introducir el pene. En la Biblia se exhortaba a crecer y multiplicarse, siendo el sexo reproductivo una obligación y el sexo sin hijos, una ofensa o una maldición. Por otra parte, allí se condenaba la prostitución, la homosexualidad y la masturbación.

A diferencia del judaísmo, el cual no distinguía entre el amor físico y el amor espiritual, la doctrina cristiana se encaminó a continuar los pasos de las pautas griegas, planteando – por un lado – el eros o “amor carnal” y – por otro lado – el ágape o “amor espiritual”, no material. Se repudiaron los placeres mundanos y se fomentó el goce puramente espiritual.

San Pablo, de gran influencia entre los apóstoles, ya había propuesto el celibato y la abstinencia como ideales; pero, como reconocía que la mayoría no podía lograrlos, propuso el matrimonio como forma de legitimar la pasión y la lujuria. El mito de Adán y Eva sitúa a la mujer como foco de tentación, hasta el punto que llega a afirmar en la Epístola a los Corintios que «…bien le está al hombre el evitar el contacto con la mujer. Sin embargo, por evitar la fornicación, que cada hombre tenga su mujer, y cada mujer su marido. (…) Si no pueden guardar continencia, que se casen. Es mejor casarse que consumirse». San Jerónimo considera que cada contacto sexual aleja un poco más del Espíritu Santo y, por otro lado, el papa Gregorio el Grande en el siglo V indica que el pecado original es hereditario: «El apetito de nuestros padres por la carne es la causa de nuestra vida y por eso somos pecadores».

La rígida moral sexual se vio fuertemente influenciada por la doctrina agustiniana del siglo IV. San Agustín, el denominado padre de la Iglesia Católica, fue quien transformó a la psicología de ser el estudio de la conducta del individuo al estudio de las fuerzas o de los procesos intangibles de la conciencia. Libertino durante su juventud, posteriormente renegó de su pasado, llegó a considerar el sexo como algo deleznable, infernal, una podredumbre o pus. La renuncia al placer y el sacrificio deberían ser obligatorios. Afirmaba que, nada hacía descender tanto la mente viril, como las caricias de una mujer, evidenciando sus sentimientos de culpa debido a sus experiencias sexuales pasadas. Todo ello da lugar a que se extienda un sentimiento de culpabilidad y malestar entre los cristianos, obligados a avergonzarse de su cuerpo y a la represión de sus instintos naturales. Para él, la sexualidad y la procreación eran inseparables, sosteniendo que el deseo sexual era una tendencia animal que podría ser justificada y orientada hacia el bien, siempre y cuando el acto sexual tuviera como finalidad la procreación. Describía al acto sexual “como un fenómeno que se apodera completamente de uno, haciéndole perder el control, provocando sacudidas violentas que no corresponden al control de la voluntad”.

En otras latitudes y en otras religiones, tal como en el Antiguo Oriente, el Islam y el hinduismo, la actitud y los criterios que regían la sexualidad eran mucho más positivos que en Occidente. EnOriente, la sociedad buscaba el conocimiento y el desarrollo de las funciones sexuales. “En la sociedad hindú existía un segmento que aprobaba casi todos los comportamientos de índole sexual. En China, el sexo no era un hecho que inspirase temor, ni se conceptuaba como pecaminoso; antes bien, se estimaba como un acto de culto y veneración, e incluso como la senda que conducía a la inmortalidad” (Bullough).

En la antigua China y en el Japón ancestral, proliferaban unos manueales que cantaban el éxtasis del goce sexual y sus variedades. Los más conocidos se dieron a conocer en la India, tal como el libro sagrado del erotismo hindú, el famoso Kama Sutra, que enseñan las maneras de convertir el goce de la sexualidad en una experiencia casi mística. Esta obra es considerada como el trabajo básico sobre el amor en la literatura sánscrita. Cronológicamente se sitúa en el período Gupta (entre el 240 y el 550 d. C.) y se copiló aproximadamente en que san Agustín escribía sus Confesiones. Esto no quiere decir que en estas culturas el desarrollo de la sexualidad triunfara. Las conveniencias políticas y las concepciones machistas mantenían gran número de costumbres atroces y represivas contra las mujeres y las clases más humildes. Entre los peores aspectos de sus ideas sexuales, por ejemplo, se encuentra la costumbre del suti. Por ella, la viuda de un hombre debe incinerarse viva en la pira funeraria de su esposo. Esta práctica, afortunadamente, fue virtualmente erradicada por los cambios sociales experimentados – recién – en el s. XX.

Los tres Centros de Inteligencia o las tres Tríadas Básicas

Los tres Centros de Inteligencia o las tres Tríadas Básicas

Los 9 tipos de personalidad del Eneagrama se pueden agrupar en tríadas de acuerdo a determinados criterios. La agrupación más básica es la de los Centros de Inteligencia, la cual se fundamenta en los tres componentes clásicos de la psiquis humana: instintos, sentimientos y pensamientos. Platón utilizó la metáfora de un carro para ilustrar la interrelación entre los aspectos físicos (el carruaje), los emocionales (el caballo) y los mentales (el cochero). Gurdjieff también recurre a esta parábola, aunque agrega que, sentado en el asiento (el pasajero), se encuentra el Amo y Señor – el Ego – que es quien decide adónde se dirige el carro.

Dentro del símbolo del Eneagrama, en las aristas del triángulo equilátero se ubican las personalidades llamadas primarias, rodeadas a cada lado por las personalidades secundarias o laterales, que se conocen con el nombre de alas. En la arista superior está representada la Tríada Instintiva en torno al punto 9 (tipos 8, 9 y 1); a la derecha, en el punto 3, está la Tríada Emocional (tipos 2, 3 y 4); y, a la izquierda, la Tríada Mental en torno al punto 6 (tipos 5, 6 y 7). Los tres tipos de personalidad que conforman cada Centrocomparten una determinada forma de experienciar y percibir el mundo así como ciertos hábitos emocionales.

El Centro Instintivo (inteligencia visceral) está relacionado con el paleoencéfalo (cerebro reptiliano) y abarca aquellas funciones que ayudan a afirmar nuestro «territorio» y a reafirmarnos a nosotros mismo, tales como la energía, rabia y sexualidad. Nos entrega las sensaciones físicas de cómo lo estamos haciendo y nos informa de un modo natural lo que necesitamos. Precisamos de lo visceral para interactuar con el entorno y con los demás.

El Centro del Sentir (inteligencia emocional) está relacionado con el mesoencéfalo (cerebro mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a contactarnos con los demás, a sentirnos unidos, plenos y valiosos, dignos de ser amados. Nos entrega el sentido emocional de quién somos respecto a los otros y cómo lo estamos haciendo en las interrelaciones personales. Necesitamos lo emocional para la vida afectiva y para relacionarnos más íntimamente.

El Centro del Pensar (inteligencia intelectual) está relacionado con el telencéfalo (cerebro neo-mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a orientarnos y a sentirnos seguros. Nos entrega el sentido racional referente a de dónde venimos, a qué y adónde vamos. Nos permite encontrar dirección, propósito y significado en la vida, así como proyectarnos en cuanto a personas y eventos. Se necesita lo mental para discernir y decidir las acciones.

Debido a una multiplicidad de factores, desde la infancia nuestro ego se va desarrollando con más fuerza en torno a una de las tres funciones esenciales, aquella que nos sale más espontáneamente, con la que sentimos que lo hacemos mejor. Paulatinamente, el Centroque contiene a dicha función se transforma en el dominante, culminando en un resultado paradojal, puesto que justamente este será el componente de la psique menos capaz de funcionar libremente.

Al contrario de lo que pueda percibirse superficialmente, las mayores dificultades las tenemos en el área existencial correspondiente a nuestro centro predominante. Por ejemplo, si nuestro tipo de personalidad pertenece a la Tríada del Sentir, las problemáticas sobresalientes giraran en torno a nuestras emociones, estados de ánimo y relaciones afectivas, es decir, en torno a la necesidad básica del amar y ser amado. En otras palabras, el uso excesivo y compulsivo de nuestra función psicológica preferida hace que sobrecarguemos nuestro centro, a la vez que distorsionamos o deformamos sus cualidades esenciales. Terminamos siendo una especie de esclavo de nuestra inclinación natural hiperdesarrollada.

Consecuentemente, los tres tipos de inteligencia no pueden evolucionar equitativamente, produciéndose el predominio relativo de una de ellas en detrimento de las otras dos. En este estado de desequilibrio energético nos comportamos en forma no integrada, vale decir, buscamos la solución a nuestros problemas casi exclusivamente a partir de nuestro propio centro de pertenencia, desde donde hacemos operar a los otros dos (p.e. podemos pensar con nuestros sentimientos) mientras que, al mismo tiempo, intentamos evitar el uso de aquél centro que rechazamos o que nos produce desconfianza. Cuando uno de estos centros pretende hacer el trabajo de los otros dos restantes, nos desbalanceamos y actuamos demasiado impulsivamente, demasiado emocionalmente o demasiado racionalmente. En una situación ideal – en cambio – las tres inteligencias se utilizan de forma interdependiente y funcionan libremente, cada una en su ámbito de acuerdo a las circunstancias dadas. Lograr una armonía entre – lo que hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos – nos lleva a experimentar una sensación de plenitud, integración y equilibrio.

En conclusión, a lo largo del proceso de personalización, nuestro ego – más ocupado ensobrevivir que en evolucionar utilizando flexiblemente las tres funciones – fue tomando el mando del sistema psíquico. Es así como fuimos construyendo una estrategia para enfrentar al mundo consistente en, por un lado, la preferencia por una determinada función y, por otro lado, en la evitación del uso de otra. Alrededor de dicha estrategia se va formando nuestro estilo de personalidad, con su visión de vida sesgada por la llamada función predisponente, aquella que nos inclina a percibir y responder a la realidad del modo en que lo hacemos.

Mitos sexuales: el rol de los Medios de Comunicación

Mitos sexuales: el rol de los Medios de Comunicación

Considerando que, por un lado, no son los hechos en sí – ya sea por omisión o comisión – los que nos afectan negativamente, sino la interpretación que nosotros mismos le otorgamos a dichos hechos; y, por otro lado, dado que los significados simbólicos son especialmente activos dentro de nuestra vida sexual, se comprende que nuestro grado de satisfacción subjetiva y, por ende, la calidad de nuestro funcionamiento sexual se encuentran inexorablemente influidos por las creencias culturales o mitología que hemos ido desarrollado en torno a nuestra sexualidad.

Por lo tanto, el papel que actualmente están jugando los medios de comunicación es muy relevante en la generación indirecta de muchos de los motivos de consulta que presentan las parejas hoy en día. En los pacientes observamos que el exceso de significados simbólicos ha contribuido a complicar los problemas sexuales, los cuales pueden manifestarse en forma de desilusiones, rabias, miedo, inhibiciones y “ansiedad por el desempeño”, lo que a su vez se podría convertir en una profecía que se realiza a si misma. Si transformamos nuestra conducta sexual en un desafío, prueba o tarea a cumplir, posiblemente nos auto-provoquemos un estado tensional contraproducente o incompatible con un adecuado funcionamiento fisiológico.

En los últimos años se fueron forjando elaboradas expectativas acerca de cómo supuestamente deberíamos funcionar sexualmente, construyéndose una serie de nuevos mitos, los que se han sumado a aquellos tan difíciles de erradicar que aun permanecen firmemente asentados dentro de nuestra mente.

Entre estos mitos se encuentra la creencia en que existen determinadas pautas absolutas y universales, dictadas por nuestra naturaleza más esencial, acerca de lo que es normal en la sexualidad humana, reglas mediante las cuales deberíamos regirnos so pena de sino ser “anormal”. No obstante, la pregunta que cabe formularnos es: ¿quién decide cuáles normas son “buenas” o “malas”?, ¿en base a qué criterios vamos s determinar si algo es “normal” o “anormal”?. Para complicar aun más el panorama, en la actualidad podemos observar la tendencia a que, mucho de lo que antes se consideraba “malo” hoy se ve como “bueno”; lo que era “insano” hoy se considera “normal”.

Lo que podríamos llamar la contradicción posmoderna consistiría en que, si bien ahora predomina lo relativo, por lo que supuestamente no existirían verdades absolutas; al mismo tiempo, el individualismo y el hedonismo llevan a que las personas suelan estar firmemente convencidas de saber cómo debería – al menos para ellos – funcionar el mundo para ser “normales “ y “felices”, a lo cual sienten que tienen pleno “derecho”.

Toda esta larga disquisición fue para fundamentar que, los medios de comunicación y los profesionales que somos entrevistados por ellos, deberíamos ser especialmente cuidadosos con nuestras respuestas para no transformarnos en agentes de nuevos mitos sexuales, tal como desgraciadamente contribuimos en el pasado reciente a generar expectativas irracionales. No debemos olvidar que información no es sinónimo de conocimiento.

A modo de ejemplo ilustrativo de lo anteriormente señalado, en el siguiente párrafo de un libro especializado destacaré ciertas palabras en rojo relacionadas con el mito del rol de la rutina en la vida sexual:

…..la diferencia entre los buenos amantes y los mediocres estriba en que los primeros ….no (están) prisioneros de un orden secuencial, la más de las veces rutinario……Para que la satisfacción sexual no sea un hecho instantáneo, sino permanente, se requiere de esta sensación de atención constante y de fluidez en las conductas…… Jugar es poner en acción la imaginación y la creatividad en cada contacto.

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Artículo publicado originalmente en Ligas Mayores: http://ligasmayores.bligoo.com/content/view/484449/Los-medios-de-comunicacion-y-la-sexualidad-normalidad-expectativas-y-nuevos-mitos-sexuales.html