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Test de Apego

Test de Apego

¿Quieres saber cuál es tu modo de amar

y de relacionarte con tu pareja?

 

Por Alejandra Godoy H.

Lee estas tres descripciones y elige con cual te identificas mejor:

Estilo I: No me gusta pasar mucho tiempo sin estar en una relación. Cuando no tengo pareja me siento un poco sólo, ansioso, inseguro y a veces hasta perdido. Busco muy luego otra relación y a veces me he vuelto ha enamorar muy rápido. Si alguien me rechaza o si han terminado conmigo en el pasado, quedo devastado y me pregunto en qué me equivoqué. Muchas veces siento que mi pareja no me quiere y que no me valora tanto como yo a ella y por eso me preocupa mucho que algún día me abandone. En general me gustan las relaciones en que ambos nos sintamos cercanos, en que haya mayor entrega afectiva y pasemos mucho tiempo juntos, pero no es la primera vez que siento que me ponen distancia y que mi pareja no está dispuesta a ello. Reconozco que no puedo evitar molestarme si mi pareja no me pone la atención que necesito o si prefiere estar con otra gente u ocupado en sus cosas. A veces me pillo presionando para que se comprometa más y para que me muestre lo que realmente siente por mí, a pesar de que me doy cuenta de que esto le asusta. Parece que soy un poco dependiente, quiero estar siempre en contacto, saber dónde está, espero que me ayude con mis problemas y necesito que me segurice confirmándome su amor constantemente.

Estilo II: Me gusta mi libertad y me cuesta comprometerme en una relación porque me siento amarrado. Me es muy importante ser independiente y autosuficiente. Prefiero no depender de otros, no me siento cómodo si siento que necesito a mi pareja y tampoco me agrada que dependan de mí. En general no confío mucho en los demás ni en que exista el amor verdadero, tampoco creo mucho en que las relaciones realmente funcionen a largo plazo. He tenido algunas relaciones pero, salvo al comienzo, no han sido muy satisfactorias y a veces no estoy seguro si me he enamorado verdaderamente alguna vez. Me pongo incómodo cuando mi pareja quiere intimar demasiado conmigo, cuando quiere hablar de cosas muy personales, cuando quiere hurguetear en mi interior y que le muestre lo que siento o lo que me pasa. Así que me cierro y evito pasar mucho tiempo a solas con ella, prefiriendo que tengamos sexo o que salgamos con amigos.

Estilo III: Necesito estar profundamente unido a alguien, pero las relaciones de pareja me generan miedo, me cuesta mucho intimar y entregarme totalmente a alguien porque me siento fácilmente rechazado y no confío en nadie. Trato de convencerme que estoy mejor sin pareja, pero sé que no es cierto. Me ha tocado pasar largos períodos solo y no me siento bien. Si me han abandonado me insegurizo y me obsesiono tratando de descubrir por qué soy distinto a los demás, qué hay de malo en mí. Cuando tengo pareja tampoco me siento muy tranquilo. A veces siento que me ama, pero otras veces lo dudo y también dudo que la relación vaya a funcionar, por lo que temo que al final termine dañado y sufriendo. Me siento muy mal si me critica y me frustro si no está disponible para mí. Reconozco mi dependencia emocional, hasta quisiera fusionarme con mi pareja y si se aleja me pongo muy ansioso, celoso y me da mucho miedo perderla. Así que me protejo evitando que note todo lo que la necesito y poniendo una cierta distancia, intentando mantenerme en un punto medio entre la autonomía y la dependencia. Ello me lleva a veces a sentirme inmovilizado y siento resentimiento hacia mi pareja justamente por amarla tanto.

RESULTADOS

Estilo I = Apego Inseguro Ansioso

Estilo II = Apego Inseguro Evitativo

Estilo III = Apego Inseguro Ambivalente

¿Cómo saber si es amor verdadero?

¿Cómo saber si es amor verdadero?

Con cuántas de las siguientes frases se identifican tú y tu pareja?:

1.- Ambos sentimos que hemos encontrado a la persona que esperábamos

2.- Estamos seguros que seguiremos amándonos así toda la vida

3.- Ninguno de los dos nos sentimos atraídos por otras personas

4.- Cuando estamos juntos nos olvidamos del resto del mundo

5.- Queremos pasar el máximo de tiempo el uno con el otro y tratamos de hacerlo todo juntos

6.- Nuestro amor no variará haga lo que haga el otro

7.- Nuestro amor es tan fuerte que ningún obstáculo se interpondrá entre nosotros

8.- Sabemos sin palabras lo que le pasa a nuestra pareja

9.- Los dos hacemos lo posible por evitar que el otro se frustre

10.- Ambos estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio el uno por el otro

Muchos creen que si realmente es un amor de verdad deberían fluir de forma natural estas diez condiciones. Pero todas ellas no son más que expectativas irracionales  provenientes de nuestra visión idealizada del amor romántico, las que inevitablemente perjudicarán tarde o temprano nuestra relación de pareja. En el fondo todas estas frases están reflejando distintos mitos en torno al amor, mitos que hasta tienen su propio nombre:

1.- Mito de la Predestinación: creer que existe una única persona correcta en nuestro destino (Alma Gemela), de la que nos enamoraremos a primera vista y con la cual compartiremos fluidamente gustos y valores

2.- Mito de la Eternidad: creer que todo lo que sentimos hoy permanecerá exactamente igual e inalterable a lo largo de toda nuestra vida, que la magia será eterna

3.- Mito de la Monogamia: creer que por estar enamorados desearemos todo el tiempo exclusivamente a nuestra pareja y que no nos atraerá nadie más

4.- Mito de la Alienación: creer que amar significa estar tan compenetrados con el otro que todo el resto del mundo pasa a ser secundario

5.- Mito de la Simbiosis: creer que deberíamos priorizar siempre el estar con el ser amado y preferir hacer todo lo que sea posible juntos

6.- Mito de la Incondicionalidad: creer que deberíamos amarnos cualquiera sea el comportamiento del otro, ya que deberíamos aceptarnos plenamente tal como somos

7.- Mito de la Omnipotencia: creer que nuestro amor es tan poderoso que juntos podremos superar sin mayores dificultades todos los problemas de la vida

8.- Mito de la Omnisapiencia: creer que deberíamos conocernos tan bien que podamos adivinar automáticamente lo que el otro quiere, o lo que le disgusta o le hace sufrir

9.- Mito del Altruismo: creer que deberíamos generosamente darnos mutuamente todo lo que necesitamos para ser feliz, cuidarnos, apoyarnos y evitarnos las frustraciones, sin pedirnos nada a cambio

10.- Mito de la Inmolación: creer que deberíamos estar dispuestos a hacer abnegadamente cualquier esfuerzo el uno por el otro, aunque sea a nuestro propio costo

Pareciera entonces que estuviésemos atrapados en el Mito de la Equivalencia, el cual nos lleva a creer que aquello que sentimos en una primera etapa de una relación de pareja debería perdurar igual toda la vida y que, si se desvanece con el paso del tiempo, significa que no era amor verdadero o que somos incompatibles. En otras palabras, confundimos las intensas Sensaciones propias de la fase del Romance inicial con el Sentimiento profundo de Amor que es propio de la etapa siguiente.

Arrastrados por esta confusión son muchos los que abandonan a su pareja cuando la intensidad romántica decae, frustrados por continuar dentro de una relación que ahora les parece mediocre. Emulando al Mito de Sísifo (ver artículo en el Blog), están convencidos que la próxima vez sí que encontrarán a ese alguien tan especial con el cual podrán seguir eternamente sintiendo esas mágicas maripositas en el estómago. Y en ese afán corren esperanzados en pos de una nueva ilusión que ineludiblemente también les será elusiva.

¡Ámame como debe ser!

¡Ámame como debe ser!

Javier se queja que Amara “tiene muy descuidados a los suyos, a los niños y a mí, todo porque, según ella, tiene mucha pega. Pero yo la veo egocéntrica, piensa sólo en ella, no sabe en qué ando ni qué me pasa. Le he insinuado varias veces que la siento lejos y que la necesito, pero se mantiene distante. Está claro que ya no le intereso!.” Amara a su vez dice que Javier “nunca se interesa por lo que yo estoy viviendo, sólo habla de sus cosas y de sus problemas. Hace tiempo que me tiene muy botada y ya me cansé de pedirle que sea más cariñoso y que me conquiste. Si él cree que así es el amor en el matrimonio, no me interesa”.

Otros ejemplos de reclamos que escuchamos a menudo en la consulta: Tú no sabes amar como se debe; así no se muestra el amor; tú forma de amar no sirve; tú eres incapaz de amar; tú manera de amar es egoísta; si realmente me amaras me lo demostrarías así … y no asá ….

Seguramente que han escuchado más de alguna vez frases como las anteriores. Y es que solemos estar seguros de que hay una única manera correcta de amar y, por supuesto, esa es la nuestra. Solemos sentirnos con el derecho a exigir no sólo que nos amen, sino que lo hagan de una determinada manera y no de otra. Cuando ello no ocurre así, lo que sucede muy a menudo, concluimos que no nos aman como se “debería”, lo cual a su vez significaría que no nos aman lo suficiente y como eso duele, muchos sucumben al reproche. Pero, ¿cómo fue que alcanzamos tal grado de convencimiento como para que cuando no se cumple lo que esperábamos caigamos incluso en el sufrimiento?

En nuestra sociedad campean implícitamente una serie de mitos y expectativas irracionales en torno a los afectos en general y al amor de pareja en particular, todos los cuales fuimos incorporando sin darnos cuenta – de acuerdo con nuestras características individuales específicas – a partir de nuestras interacciones durante la infancia con nuestro medio socio-cultural, especialmente según el estilo de querer de nuestra familia y después, cuando adultos, según lo que observamos en los entornos y personas con los que elegimos relacionarnos, así como en los distintos sistemas dentro de los cuales nos ha tocado movernos.

De este modo vamos co-construyendo nuestra visión de cómo suponemos que tendría que ser una vida afectiva ideal o apropiada, arribando a determinadas construcciones mentales que, por lo tanto, no provienen precisamente de información científica replicada, sino que simplemente se basan en lo que hemos preferido ir aprendiendo a lo largo de nuestra vida. Mas en nuestro transitar olvidamos que sólo se trata de nuestras creencias particulares y las transformamos en una suerte de dogmas universales de acuerdo con los cuales todos deberíamos comportarnos para poder relacionarnos mejor.

Es desde estas miradas que nosotros los humanos interpretamos la realidad y emitimos juicios. Si la forma de querer de nuestra pareja no se condice con nuestra visión subjetiva de cómo tendría que hacerlo, probablemente nos invada el temor a que nuestra relación no funcione. En otras palabras, lo que sentimos es resultado de lo que pensamos. La lectura que hagamos del supuesto significado de las acciones u omisiones del otro es lo que al final determinará nuestras sensaciones y se sabe que quienes sean dominados por emociones negativas justamente hacia una persona que quieren, sufrirán y la harán sufrir.

Como los miembros de una pareja muchas veces provienen de estilos familiares y personales distintos, es muy alta la probabilidad de que su forma de amar sea diferente y que inevitablemente surjan conflictos. Entonces, lo que nos dificulta las relaciones con los demás serían nuestras convicciones más profundas del “cómo se debe querer”, lo cual nos puede generar emociones tales como la pena y/o la rabia. Cuando la pareja nos frustra, sentimos que – para salvar la relación – necesariamente tiene que cambiar, siguiendo la lógica de las guerras santas. El panorama se complica aún más debido a que solemos fijarnos más en lo que el otro NO nos da, en vez de centrarnos en lo que sí hemos obtenido y en si estamos siendo recíprocos. Pero veamos ahora algunas de las creencias más comunes en el campo del amor.

Quizás las letras de esos viejos boleros y tangos son las que reflejan más notoriamente determinados mitos aún muy difundidos en nuestra época, como por ejemplo, encontrar a la persona predestinada a nosotros, que nos demostrará su amor tal como yo lo necesito y no a su modo, ese amor que todo lo puede, que si es real será no sólo generoso sino que además esforzado y dispuesto al sacrificio, que será incondicional y que debe ser para toda la vida, so pena de que – si no es así – puede ser catalogable de “perfidia”.

Más concretamente, esperamos que nuestra pareja – siempre o casi siempre – sea cariñosa, esté cerca pero sin ahogarnos, nos considere, nos comprenda, sea empática, esté dispuesta a escucharnos, nos ayude, nos apoye en nuestros proyectos, que no ande con mala cara, que no responda mal … y así podríamos seguir con otra larga lista de expectativas.

Manifestaciones más sofisticadas son aquellas creencias que apuntan a que ciertos ritos, costumbres y modalidades deberían ser practicados de una determinada manera y no de otra, ya que ese sería EL modo en que se debe querer y demostrar el cariño. Si ello no se cumple querría decir que ese amor o no es tanto o no es tan verdadero, olvidando que hay personas que, por temperamento o carácter, son más propensas a aferrarse a estas convicciones y a pasarlo mal cuando éstas se frustran. Por ejemplo, el Eneagrama muestra que tal como existen eneatipos que tienden a creerse superiores, ya sea en el plano intelectual o en el moral, hay otros que se siente superiores en el plano afectivo. No olvidemos lo que dice el proverbio: ¡Vive y deja Vivir!

¿Qué es la Intimidad Emocional en Pareja?

¿Qué es la Intimidad Emocional en Pareja?

El término ‘intimidad emocional’ es reciente y ambiguo. ‘Amistad muy estrecha’ es una de sus acepciones y su antónimo sería ‘distancia’. Suele asociarse a características tales como seguridad, llaneza, franqueza, naturalidad, cariño, camaradería, afinidad y familiaridad. Apunta entonces a sentirnos profundamente conectados con un otro.

Alcanzar dicha conexión en pareja requiere de una atmósfera tal de cariño, confianza, entrega y comprensión gracias a la cual sentimos que lo que digamos no será usado en nuestra contra en otros momentos. Así osamos traspasar esas barreras que nos impiden vincularnos mejor pudiendo ir más allá de una comunicación superficial, atreviéndonos a exponer nuestras partes más frágiles, vulnerables y carentes, estando dispuestos a mostrarnos mutuamente nuestros respectivos pensamientos, emociones, anhelos y miedos tanto respecto de uno mismo como de la relación.

Una auténtica intimidad nos permite conocernos más profundamente y fortalece el vínculo afectivo, permitiendo que pueda emerger esa mágica sensación de sentirnos realmente cerca, compenetrados, comprendidos, apoyados, compartiendo lo luminoso y lo oscuro de la vida. Para ello hay que generarnos espacios de ocio que nos facilite entrar en ese estado de complicidad, aunque hay que tener siempre presente que es imposible permanecer inmersos en esa sintonía tan intensa y además que no todas las parejas están en condiciones de lograrlo, lo cual no significa que sean inviables.

Desde que empezamos a casarnos por amor a mediados del siglo XIX, tanto la comunicación como últimamente la intimidad emocional se han ido tornando cada vez más significativas para quienes queremos vivir en pareja. Las deficiencias o carencias en estos dos planos pueden hoy originar una sensación de vacío, una suerte de soledad o aislamiento de a dos, a pesar de que estemos físicamente cerca. Y aunque las estadísticas muestren a la infidelidad como el principal motivo de divorcio, al analizar estos casos más a fondo se puede constatar que el factor común detrás de casi todos es esa distancia insalvable que se fue instalando progresivamente entre ellos.

En muchas parejas suele ocurrir que uno de sus miembros quisiera una mayor intimidad emocional mientras que el otro interpone – generalmente inconscientemente – una cierta distancia que es la que supuestamente lo va a precaver de terminar sufriendo. Cada persona necesita subjetivamente una cierta distancia o proximidad y lucha por conseguirla. Pueden fluctuar – a veces abruptamente – entre el anhelo de más cercanía y el miedo a quedar vulnerables, así es como ambos van conformando una dinámica relacional en la que combinan pasos de aproximación y de alejamiento como en una especie de trance o danza hipnótica.

Algunas personas han desarrollado un intenso miedo a la profunda conexión emocional con otros, por lo que temen: mostrarse abiertamente; perder el control o su identidad, autonomía y libertad; sentirse ahogados o fagocitados; depender del otro, ser débil o vulnerable; no poder satisfacer las necesidades emocionales del otro o que su pareja sea incapaz de satisfacer las propias. Aunque quisieran relacionarse más profundamente con los demás, fueron tantas las barreras que construyeron a su alrededor que al final se volvieron emocionalmente planos e inaccesibles; no sabiendo cómo librarse de esa armadura que se les ha oxidado.

Entre los indicadores de dicho miedo podemos mencionar: dificultad de hablar abierta y francamente de si mismo; evitar estar a solas consigo mismo; obsesiones o adicciones; incomodidad ante silencios; hablar mucho pero de temas prácticos o muy generales; desconfianza general; defensividad y aislamiento; pasividad; temor al compromiso; dar demasiado en vez de entregarse afectivamente; hipercontrol de sí mismo y de los demás; sentirse ahogado, absorbido, invadido, presionado o exigido emocionalmente; dificultad para expresar rabia y/o pena; no solicitar reciprocidad en la relación; manejo voluntario de la información; olvidos inconscientes de las conversaciones más personales; minimizar o negar los conflictos; infidelidad; y, disociación amor-sexo (o demasiada ternura sin pasión o viceversa) ligada a un exceso de vigilancia consciente que impide abandonarse simultáneamente a la experiencia afectiva, sensorial y sexual.

Cuando se encuentran en una situación de cercana intimidad con la persona que aman o en grupos muy pequeños se elevan sus niveles de ansiedad ocasionándoles una molesta incomodidad. Entonces escapan recurriendo a una serie de maniobras elusivas tales como: eludir estar a solas con la pareja programando actividades o estando con más gente; acortando los tiempos de la interacción; boicoteando los momentos de intimidad con peleas sin importancia; cuando se conversa de forma más personal cambian el tema, hacen chistes, no dan feed-back, sus respuestas son monosilábicas, pre-fabricadas o formales; se sienten repentinamente cansados o con sueño; o simplemente se van a otro lugar; dan una solución concreta y rápida a un conflicto emocional, en vez de profundizar.

Las posibles causas de este miedo a la intimidad emocional son variadas: haber sufrido en la infancia una pérdida real o imaginaria, o haberse sentido descalificado o rechazado; carencia de modelo adecuado; no conocerse o aceptarse a sí mismo; escasa capacidad de empatía, egocentrismo o narcisismo; temor al rechazo, al ridículo, a ser criticado, a ser abandonado o a la pérdida de ese ser tan amado a quien en el fondo saben que necesitan. Sin embargo hay dos factores que consideramos especialmente relevantes: el grado de introspección y de apego afectivo.

En primer lugar, la intimidad con otro está subordinada a la capacidad de conocerse y aceptarse a sí mismo. Es decir, vivenciar la propia complejidad y convivencia de todas nuestras partes del self, incluyendo aquellas que nos parecen más obscuras. Intimar es abandonar la coraza que protege nuestro núcleo más profundo. Únicamente quien tenga una sana autoestima vivirá este «desnudarse» como una oportunidad y no como una amenaza. Por otro lado, las personas con apego inseguro se ubican en dos polos opuestos. Las de apego ansioso tienden a necesitar más intimidad insaciablemente y las de apego evitativo se sienten ahogadas o invadidas, incluso en situación de escasa intimidad.

El delicado Arte de Comunicar y Negociar en Pareja

El delicado Arte de Comunicar y Negociar en Pareja

Muchas parejas que nos consultan se quejan de lo difícil que les es comunicarse con el otro o temen a su reacción si le cuentan sus cosas más íntimas. Y para qué decir lo que les cuesta resolver los desacuerdos, incluso los más cotidianos, desembocando en interminables conflictos y peleas.

A pesar de que ellos mismos dicen que estas peleas son por tonteras y no tienen importancia, como decimos en CEPPAS, un granito de arena, más otro, más otro…pueden hacer una playa. Pero además hay desacuerdos que son mucho más profundos, como aquellos que refieren a expectativas del proyecto vital de la pareja, o a decisiones relevantes en cuanto a la crianza de los hijos. Y no olviden que nosotros estamos siempre cambiando a lo largo de la vida, por lo que es muy posible que nuestra pareja ya no quiera lo mismo que antes y haya que volver a conversarlo todo detenidamente.

Quisiéramos recalcar que estas reglas tienen un trasfondo relacional, es decir, promueven la intimidad emocional, aquel espacio de respeto y confianza que permite una profunda comunicación entre la pareja.

Durante muchos años hemos utilizado con nuestros pacientes una serie de reglas concretas que han ayudado a que muchas parejas hayan podido alcanzar esos esquivos acuerdos puntuales que les hacían la vida compleja y a veces dolorosa. Este ha sido nuestro marco referencial para que ellos puedan hacerse una propuesta decente el uno al otro. Sin embargo, no son una panacea ni reemplazan necesariamente a una terapia.

Vayamos por parte. Lo primero sería que le muestren a vuestra pareja estas reglas de comunicación y negociación, para que así ambos estén de acuerdo en que las utilizarán en una cita especial cada vez que necesiten comunicarse más profundamente o resolver ciertos temas inconclusos.

Hagan click en el siguiente link para conocer estas reglas iniciales.

Reglas de la comunicación

Como verán, en una primera etapa se trata básicamente de un breve monólogo en que se le va a expresar al otro lo que sienten y/o lo que desean pedirle. Es recomendable que le hagan una pequeña descripción inicial del problema o tema sobre el que quieren conversar (p.e. “¿te acuerdas que te he pedido hace tiempo que llegues temprano a la casa? La última vez fue la semana pasada y terminamos discutiendo…”). Tengan presente que lo más importante es validar que nuestra pareja tiene una necesidad subjetiva de comunicarnos algo motivado por alguna insatisfacción personal. En otras palabras, fíjense que estas reglas son básicamente anti-argumentativas. Como dice Maturana, el recurrir a una supuesta objetividad suele ser una manera de obligar a otro a aceptar nuestra lectura de la realidad. Los argumentos “objetivos” o “lógicos” al momento de discutir se transforman en una forma solapada de invalidar la visión del otro. Y es por ahí que nos solemos perder y terminamos frustrados y enojados. En esos casos pareciera que todo se reduce a quién tiene el mejor argumento, sin que necesariamente sea “el mejor” o “más verdadero”, pues no hay tal cosa como “LA verdad” o el “tener la razón”. Nunca olviden esas frases mágicas que les enseñamos a nuestros pacientes: “Yo siento pena cuando llegas pasado las 21 horas en la semana”. Y esa otra: “te pido por favor, como una necesidad personal mía, que llegues al menos un par de días a las 20 horas. ¿Aceptas? ¿Qué quieres pedirme tú a cambio?”.

Una vez que el otro nos entrega una respuesta (sea un sí o un no), de todas maneras tendremos que dejar “ordenado” dicho acuerdo. Si nuestra pareja accede a nuestra petición (sin “peros”), la idea es escribirla y desarrollar los detalles de la solución.

Si nuestra pareja nos dice que no, no nos quedará otra que negociar. Recuerden que un “no” no significa menos amor ni empatía, sino una diferencia en la visión de cómo vivir la vida. A veces pensamos que ceder es amar, pero no es así. Este es uno de los tantos mitos asociados al amor, siendo que a veces no ceder es amar. Acá van, entonces, las reglas de la negociación:

Reglas de la negociación

Una vez cerrado el trato, el gran broche de oro es escribirlo en un cuaderno o en una hoja que guardaremos en una caja especial, para que así representemos las negociaciones fundamentales que hemos logrado alcanzar en pro de una mejor convivencia de nosotros como pareja. No se olviden de escribir también las sanciones desde la ordalía (que deben ser aplicadas si hay alguna trasgresión al acuerdo), para que esta propuesta de vida tenga el lugar que merece en vuestras vidas.

Te quiero a ti, pero no quiero nuestra relación

Te quiero a ti, pero no quiero nuestra relación

SINCERAMENTE TUYO

No es el otro, ni siquiera es lo que él o ella hace lo que nos molesta y nos hace infelices: es la relación que como cómplices ayudamos a mantener todos los días.

Cuando ya tenemos poco que perder, podemos explorar y experimentar acciones que jamás nos atreveríamos hacer en otra circunstancia

 

No escojas sólo una parte

Tómame como me doy

Entero y tal como soy

No vayas a equivocarte

Nunca es triste la verdad

lo que no tiene es remedio

 

(“Sinceramente tuyo”, Joan Manuel Serrat)

 

En esta época del año proliferan las conversaciones en las cuales evaluamos el año.  En este año en particular me ha llamado la atención de la cantidad de personas que han confesado estar solas ya hace tiempo y estar “muy bien así”.  Declaran que no quisieran estar en pareja y mucho menos pensar en volver a vivir con alguien. Lo máximo, una relación esporádica, sin exigencias y por supuesto, totalmente “puertas afuera”. Cuando pregunto cuál es la razón para preferir evitar relaciones estables, la queja común son las “exigencias” de las parejas.

Un ejemplo de lo anterior; un amigo separado no hace tanto, había comenzado una relación que pretendía fuera de “amigos con ventajas”, pero al cabo de poco tiempo decidió dejar de verla definitivamente porque ella comenzó a pedir más. Prefirió cortar abruptamente todo de raíz antes que comunicarle momento a momento lo que no le gustaba.

No tiene nada de extraño que no queramos que nos exijan más de lo que podemos dar (como canta Alberto Plaza). Lo que llama la atención es que la respuesta sea callar-aguantar-ceder…y finalmente terminar la relación y muchas veces concluir que es preferible seguir solos en la vida.

¿Qué pasaría si en vez de eso aprendemos a poner límites?

NUNCA ES TRISTE LA VERDAD, LO QUE NO TIENE ES REMEDIO

Hagamos un ejercicio. Cuando sienta que ya no puede más con una relación (en su trabajo, con un su jefe, con su pareja, etc.) Piense lo siguiente. ¿Cuál es la solución más rápida y definitiva? Sin duda será terminar con esa relación, renunciar al trabajo; cortar por lo sano-como se dice habitualmente. Ahora pregúntese: ¿Qué otra cosa podría haber hecho un momento antes de tomar esta decisión radical y sin vuelta?: quizás una confesión sentida de “no poder más”, tal vez darse la media vuelta y salir de la situación que ya no soportamos, una advertencia clara y directa de las consecuencias de que la otra persona repita una vez más aquello que ya no queremos aceptar. En fin, la cantidad de acciones son muchas y son muy potentes, porque frente a la alternativa de que todo termine, la verdad es no tenemos mucho que perder Sin embargo, es curioso. La mayoría de las personas que declaran en las sesiones de coaching que “ya no pueden mas”, no se atreven enfrentar esta situación directamente con su pareja o su jefe. ((Ver: Mi cariño se me va: http://goo.gl/7Sx62X). Paradojalmente, están decididas a renunciar, pero no están dispuestas a soportar que el otro se enoje, se frustre o rompa con nosotros si decimos decirle nuestra verdad directamente. Están buscando otro empleo, pero no se atreven a decirle a su jefe que no están dispuestas a trabajar por ese proyecto el fin de semana (¿temerán que los despidan?). Están decididas a romper con una relación de pareja de muchos años y con hijos, pero no se atreven a decirle a su pareja que están disconformes con su vida sexual o que quizás deberían hacerse una terapia de pareja.

Al parecer muchos prefieren perderlo todo antes que poner límites o hacer una petición directa. Cualquier cosa, digo yo…antes que cambiar.

Estar a punto del dar el paso final en una relación es una situación que nos brinda una tremenda y dorada oportunidad de expandirnos y desafiar nuestras creencias sobre lo posible. Cuando ya tenemos poco que perder, podemos explorar y experimentar acciones que jamás nos atreveríamos hacer en otra circunstancia. En mi experiencia, el resultado es sorprendente para quienes dieron el paso al previo al paso final: la mayoría las veces se dieron cuenta que el otro nunca antes tuvo noción de lo que producía en nosotros.

También están los que siguen en pareja o continúan en sus trabajos resignados, llenos de quejas y con muy baja vitalidad. Son los que inspiran a los que están solos a decir, mejor solos que mal acompañados. Ambas alternativas- estar solos o tener una relación mediocre- están atrapadas en un mismo paradigma: confunden al otro con la relación.

La buena noticia es que podemos seguir con el otro y sin embargo, terminar con la relación.

No es el otro, ni siquiera es lo que él o ella hace, lo que nos molesta y nos hace infelices: es la relación que -como cómplices- ayudamos a mantener todos los días. Lo que realmente nos cansa – por ejemplo- no es que nuestra pareja sea como es; es el inútil esfuerzo que hacemos en tratar de cambiarla, la frustración de no poder lograrlo, la desilusión que deviene de interpretar que ella no cambia porque no nos quiere. Lo que realmente nos sofoca y daña nuestra autoestima no son las exigencias de nuestro jefe; es la falta de fuerza que vemos en nuestro interior para poner límites, el miedo que experimentamos de sólo imaginarnos haciendo respetar esos límites, el pavor de tener que hacernos cargo de la libertad que lograríamos si tenemos éxito (ya no tendríamos a quien culpar de nuestras desdichas).

En rigor, no es al otro al que estamos rechazando cuando no queremos seguir más en una relación, es la propia relación la que ya no queremos más. Más específicamente aun, lo que en definitiva rechazamos es el papel que nosotros mismos tenemos en esa relación. Tristemente empezamos a sospecharlo cuando cambiamos a de pareja y de trabajo, pero volvemos a sentir la misma desdicha, experimentamos el mismo síntoma, la misma fiebre. Porque lo que hacemos es cambiar al personaje y la escenografía, pero no el argumento de nuestro querido drama. Lo que olvidamos cambiar es la relación.

Pero aun así nos resistimos a la evidencia que el factor común en nuestros fracasos relaciones somos… nosotros mismos y escuchamos con frecuencia personas que explican sus recurrentes fracasos diciendo: tengo mal ojo para elegir mis parejas o todos los (hombres-mujeres, jefes) son iguales.

La otra buena noticia es que si bien no está en nuestro poder cambiar a nuestra pareja o a nuestro jefe, si podemos cambiarnos a nosotros mismos. Pero nada eso ocurrirá si elegimos huir de nuestro síntoma- el dolor- pensando que el causante es el otro. Nuestra sombra seguirá igual tras de nosotros y- ya lo sabemos- el infierno propio es transportable

Estar en pareja tiene sus beneficios pero también tiene sus riesgos, y el mayor de ellos es que si queremos seguir en pareja y ser felices al mismo tiempo, probablemente estaremos obligados a cambiar. Y cuando cambiemos nosotros, necesariamente aquello cambiara la relación.