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Reglas de comunicación en parejas: una propuesta decente

Las siguientes “reglas” no son reglas; no pretenden  impositivas ni ser necesariamente las correctas. Las verdades absolutas no existen, menos en las relaciones humanas. Se trata solamente de algunas sugerencias que se han ido co-construyendo a lo largo del tiempo con la ayuda de los mismos pacientes que han estado en terapia. Están aun en construcción y espero que sigan llegando  aportes para seguir enriqueciéndolas. Se aceptan correcciones y nuevas sugerencias.

Si ambos miembros de la  están de acuerdo y las han aceptado como tal, estas sugerencias pasarán a ser una  para esa pareja en particular. ¿Qué les parece?

Ideas Previas

Ponerle  a la canción: explicitar el tema a que van a conversar o negociar. Centrarse en lo actual y puntual. No sacar el pasado, ni irse por las ramas, ni generalizar.

Acordar una cita: definir lugar, hora y el tiempo límite máximo que le van a dedicar a la conversación. En lo posible que no sea en el dormitorio.

Validación de lo subjetivo: el ser humano no puede percibir la realidad objetivamente (realidad entre paréntesis y auto-construcción de la realidad). Si un tema es muy importante para un miembro de la pareja, inevitablemente afectará a la relación, por lo tanto, ese tema es importante para los dos.

Definición de amor: “Amor es aceptar al otro como un legítimo otro distinto de mí” (Maturana)…….. pero con quien quiero compartir mi vida.

El IPC de la relación de pareja: existe un trípode conformado por las tres áreas más fundamentales de una relación de pareja, que la hacen diferente a otras relaciones humanas.

Intimidad (amor), Pasión (sexualidad) y Compromiso (proyección)

 

Reglas

No interrumpir: se pueden tomar notas para contestar luego.

Hablar en idioma “yoico” y no “tuico”: empezar las frases con “yo” y no con “tú”. Evitar el uso del “nosotros” (asumiendo que la postura del otro es la misma que la mía); del “uno” (amparándose en la normalidad estadística); del “se” (…se hace así, se estila así, etc”; amparándose en verdades absolutas); del “me-me-me” (tú me hiciste sentir…. tú me obligas a….. mi infancia me….. mis condiciones actuales me….” (asumiendo el rol de víctima pasivo y/o implicando una imposibilidad de cambio)

Forma de expresarse: no culpar, atacar, reprochar, descalificar, chantajear, amenazar, llorar ni quejarse. Ya que sino el otro se justificará, atacará de vuelta, se taimará o se distanciará, cerrándose a escuchar abiertamente.

Evitar una guerra santa: no emitir juicios o normas estadísticas ni valóricas como si se fuese dueño de la verdad o de lo práctico o lógico, o de la bondad o sanidad. Mientras más convencidos estemos de nuestra verdad, mayor será  la posibilidad de caer en una guerra para “salvar” al otro de los riesgos de su equivocación.

No decir lo que se piensa sino lo que se siente ante la acción u omisión del otro (no emitir una opinión). No cuestionar lo que el otro siente. No “leer” la mente ni sentimientos del otro (“no, lo que tú realmente piensas o sientes o te pasa es….”).

Lo que uno siente no es responsabilidad del otro: No asumir el rol de víctima. No porque alguien sienta algo, el otro es responsable de lo que uno siente: “ella me hizo enojar”; “él me hizo llorar”.

Pedir como “neurotiquito”: solicitarle al otro, por favor, lo que uno quisiera, asumiendo que es una necesidad subjetiva y muy particular nuestra.

Respuesta al pedido: contestar si se acepta o no, sin contra-argumentar, ni culpar, ni quedarse en silencio, ni distanciarse o irse. Tampoco cuestionar ni descalificar al otro preguntándole “pero, ¿por qué quieres eso? o ¿para qué?”, justificándolo con un “es que quiero comprenderte (o conocerte)”.

Derecho al “no” como respuesta: permiso para que el otro rechace el pedido, ya sea porque no puede o porque no quiere. Validar el no-ceder. No insistir en el pedido, ya que posiblemente se caerá en errores de forma. Evitar manipulación o extorsión emocional si se ha rechazado el pedido. Simplemente se acepta que hay que negociar y se pasa a las reglas de la negociación.

La tercera fase de una Relación de Pareja: del Amor Romántico al Amor Sexual Maduro

La tercera fase de una Relación de Pareja: del Amor Romántico al Amor Sexual Maduro

Los vínculos amorosos son dinámicos debido, en parte, a que son influenciados por las modificaciones en la  neuronal correspondientes al paso del . Efectivamente, con el transcurso de la convivencia, nuestro estado de alerta ante el potencial peligro o la novedad que inicialmente representaba el  amado, se ha ido reduciendo en forma natural. Como nuestro cuerpo no puede absorber cantidades ingentes de dopamina y norepinefrina – que son las que producían las emociones de anticipación gozosa y ansiedad privativas de los primeros  – van disminuyendo sus efectos e inexorablemente decae la intensidad de nuestras reacciones bioquímicas. Se han calmado nuestros deseos más apremiantes, el predominio de la obsesión, euforia, manía y ansiedad ha sido paulatinamente reemplazado por otros sentimientos tales como bienestar, placidez, comodidad, adaptación, pertenencia y seguridad; aunque, por otro lado, tanto el romanticismo como lo irracional han ido perdiendo fuerza y ya no estamos tan ciegos a los defectos del otro, apareciendo asimismo diferencias de gustos y de intereses.

Entonces nos encontramos ante la disyuntiva de creer que el amor se nos está muriendo – distanciándonos de nuestra pareja hasta eventualmente separarnos – o bien, podemos apelar a la madurez emocional y darnos el tiempo necesario como para que se establezcan nuevas rutas neuronales que nos generen otras sensaciones propias de los vínculos de larga data las que, si bien son más suaves que las anteriores, son mucho más profundas, duraderas y beneficiosas para nuestra salud. Todos los cambios que se van suscitando no significan que el amor esté desapareciendo, que ya no estemos enamorados, sino que son indicativos de una transformación, de que lentamente vamosevolucionando hacia otro tipo de amor, hacia una afectividad más serena, apacible, en que se siente que todo está bien, donde se disfrutan otras vivencias, domina una mayor confianza, complicidad, comunicación más fluida y compromiso con proyección a futuro.

A medida que la relación avanza, el sistema apetitivo de nuestros centros del placerha ido perdiendo supremacía a favor del sistema de saciedad – regulado por sustancias relacionadas con los opiáceos – que induce estados de bienestar y paz provenientes del deseo satisfecho. Consiste en una suerte de placer calmante que corresponde neurobiológicamente al tercer circuito cerebral, el cual se va desarrollando de forma relativamente independiente al de la atracción sexual e interpersonal, poniéndose imperceptiblemente en funcionamiento cuando la pareja está por alcanzar dos años o más de relación; es decir, cuando se están empezando a superar las fases temporales de la lujuria y del romanticismo, las que químicamente tienen fecha de vencimiento.

  • Fase: cariño
  • Impulso: pertenencia, estabilidad  y seguridad
  • Tipo de amor: sexual maduro    
  • Función: mantener a largo plazo la unión de pareja
  • Duración: indeterminada, puede prolongarse toda la vida
  • Circuito: sistema del apego
  • Estructura y Zona Cerebral: Sistema de Recompensa, Centro del Placer de la saciedad
  • Regulación: oxitocina
  • Sustancias bioquímicas: endorfinas, vasopresina

Este tercer circuito se refiere al sistema del apego, a la fase del cariño y de la ternura, motivados por nuestra necesidad fisiológica básica de desarrollar profundos lazos afectivos, sensación de pertenencia y estabilidad a largo plazo. Se trata de un impulso natural, el que nuestra especie – a través de la historia – ha elaborado y reelaborado culturalmente, modulándolo y enriqueciéndolo mediante la acción de la corteza cerebral. Cumple la función de promover el deseo de permanecer unido a la persona amada, lo que permite la continuidad del vínculo amoroso más allá de la pasión. En términos evolutivos, esta fase es necesaria en la medida que posibilita el que la pareja de padres crie a sus hijos en forma conjunta.

Entre los mamíferos, solo un 3% establecen uniones diádicas de larga data y, en nosotros, los seres humanos, se supone que predominan los vínculos amorosos más bien sucesivos y que aquellas parejas que siguen juntos, generalmente ya no están enamorados. Sin embargo, últimamente se ha demostrando científicamente que algunos matrimonios logran que el sistema apetitivo de recompensa del cerebro continúe activándose a pesar del paso del tiempo, manteniéndose algunas de las manifestaciones típicas de las primeras etapas de la relación.

Efectivamente, investigaciones con resonancia magnética en que se les mostraba fotos del ser amado a parejas recientes y a otras que declaran estar más de 20 años enamoradas,  encontraron que las regiones que se activaban eran muy similares. No obstante, mientras que en las primeras predominaba el funcionamiento de las áreas relacionadas con la obsesión y la ansiedad, en las otras sobresalían las zonas asociadas a la calma y supresión del dolor. Los autores concluyen que, los que llevan décadas juntos, van desarrollando aquellas regiones concernientes a un apego profundo; pero, sin que dejen de movilizarse aquellas otras asociadas al amor romántico. Las que se activan no son exactamente las mismas que en la atracción sexual, sino que las particulares correspondientes al enamoramiento, aunque algunas sean comunes en ambos casos. Más específicamente se ha constatado que en una relación de amor sexual maduro, la mayor actividad se produce en el pallidum ventral y en parte de los ganglios basales, regiones en que juegan un rol fundamental los receptores de vasopresina.

Dentro de la misma línea, en la revista Nature se publicó un interesante estudio con dos especies de ratones muy diferentes: los de la pradera – quienes son monógamos, forman pareja para toda la vida y cuidan a sus crías junto a la hembra – y los del pantano – los que son promiscuos, individualistas y se desentienden de su descendencia. Solamente los primeros poseen muchos receptores de vasopresina. El experimento consistió en transferir un único gen – precisamente el que codifica dichos receptores – del ratón monógamo al promiscuo, con el resultado de que los del pantano cambiaron su comportamiento y mantuvieron exclusivamente sexual por el resto de su existencia.

Además se observó que los de la pradera segregaban oxitocina y vasopresina al copular, mostrándose fisiológicamente abatidos si se los separaba de su pareja. La funcionalidad de dichas sustancias ha sido repetidamente probada en aquellas especies de animales que son monógamos, como por ejemplo, en algunos pingüinos que tienen una sola pareja de por vida. En investigaciones donde se les inyectó oxitocina a las hembras de una especie de roedor, éstas necesitaron un período muy corto de convivencia con algún macho para «elegirlo» como su compañero. Y, al inyectárseles vasopresina a los machos, éstos manifestaron una mayor urgencia de anidar. Ambos, macho y hembra, fueron capaces de crear lazos estables incluso sin aparearse.

Asimismo, en nosotros también se liberan las mismas sustancias cuando acariciamos a alguien y, particularmente, en el coito. Durante el orgasmo se produce una especie de descarga eléctrica y neuroquímica (dopamina, oxitocina y endorfinas) en el sistema límbico, justo en el núcleo de los centros del placer, elicitándose un estado de placer y de euforia. Tras el mismo, sobreviene una sensación de relajamiento provocada por la secreción masiva de oxitocina – conocida como la hormona del amor al ser la responsable del sentimiento de apego que contribuye a estrechar los lazos en la pareja – y que es la misma que se segrega durante el parto, siendo clave en los intensos lazos afectivos permanentes que se forjan entre madre e hijo. Cuando estamos junto al ser amado, especialmente después de cada vez que hemos hecho el amor, vivenciamos una placentera sensación de confianza y de pertenencia, nos sentimos generosamente felices al notar que nuestra pareja es feliz, desaparecen las emociones de miedo y el estrés, todo gracias a la oxitocina, la vasopresina y las endorfinas.

Bioquímicamente, entonces, los vínculos monógamos de larga data son regulados – principalmente – por la oxitocina, aunque también juegan un rol importante la vasopresina y las endorfinas (todas las cuales también están presentes en las relaciones de corto plazo, pero en cantidades significativamente menores). Ahora bien, la oxitocina y la vasopresina, a su vez, aumentan los niveles de dopamina y esta combinación es la que actúa como un poderoso cemento químico que es fundamental en las uniones duraderas, aquellas que van más allá de las oleadas emocionales y que corresponden al tercer circuito cerebral.

Recapitulando, en la vida sexual y afectiva de una pareja se distinguen tres fasesprogresivas consecutivas – aunque parcialmente sobrepuestas – cada una más compleja que la anterior, las cuales utilizan circuitos neuronales relativamente independientes, pero interconectados de manera tal que pueden interactuar entre sí y funcionar en forma conjunta. Consisten en tres mecanismos emocionales básicamente disímiles, regulados hormonalmente por distintas sustancias químicas. Los hallazgos mencionados han permitido responder a aquella larga interrogante histórica relativa a si el enamoramiento y el amor son lo mismo. Lo que se ha podido demostrar es que se trata de condiciones sustancialmente diferentes; es decir, la pasión sexual y el amor romántico no son estados equivalentes al amor perdurable.

En conclusión, gracias a las neurociencias ahora sabemos que sí es factible mantener un amor durante toda la vida – no atribuible a procesos de autoengaño – al cual Kernberg denomina amor sexual maduro. El factor madurez se refiere a estar dispuestos a darse el tiempo para que se establezcan nuevas rutas neuronales gracias a la masiva secreción de otras hormonas y a estar abiertos a pasar a una etapa siguiente, sin aferrarse a mantener artificialmente a pulso las sensaciones del inicio de la relación, aunque tampoco resignándose a que ya nunca se van a volver a experimentar ninguna de las satisfacciones anteriores. Dicha madurez emocional también podría incluir la concepción budista de los venenos del alma; en este caso, el ser capaz de superar el veneno de la ignorancia, en el sentido de haber aprendido que nuestro organismo biológicamente no puede mantener funcionando mucho tiempo sus centros apetitivos del placer induciendo esas sensaciones de tan alta intensidad como en la fase de la lujuria y del romanticismo, sin caer inevitablemente en un estado de tolerancia.

En la medida en que se difundan adecuadamente toda esta información, posiblemente aumente la cantidad de parejas que logren cimentar ese amor más sosegado donde seconsolidan los sentimientos más duraderos y donde se puede alcanzar una profunda intimidad emocional. A este tipo de amor es al que se refiere el término amor sexual maduro, el que Capponi describe como el haber podido “construir relaciones personales de calidad, especialmente una relación de pareja auténtica, comprometida, que integre todos los elementos importantes de la vida personal: las pasiones, los instintos, el deseo sexual, en una relación simétrica, respetuosa, en libertad y profunda”.

La segunda fase de una relación de pareja: del enamoramiento al amor romántico

La segunda fase de una relación de pareja: del enamoramiento al amor romántico

El segundo circuito cerebral del amor se pone gradualmente en funcionamiento – sobreponiéndose al primero – cuando un individuo en particular empieza a adquirir un significado especial más allá de la atracción sexual y del apareamiento. Corresponde a la pasión o eros, proceso biológico que se desarrolla de forma independiente a la primera fase de la lujuria y que consiste en una necesidad fisiológica básica de concentrar toda la energía libidinal y reproductora en una única persona. Se desarrolla un deseo más individualizado y romántico por un determinado candidato específico. Sentir una atracción intensa por una persona en particular es un impulso humano – muy difícil de reprimir – de carácter universal, lo cual ha sido confirmado en observaciones antropológicas en más de 140 culturas, por lo que aspirar a un vínculo afectivo que nos haga sentirnos queridos, protegidos y seguros es un fenómeno absolutamente natural.

Todo este proceso se inicia en la corteza cerebral, pasa a las neuronas y de allí al sistema endocrino, produciéndose intensas respuestas fisiológicas resultantes de la combinación de reacciones cerebrales, hormonales y genéticas.

  • Fase: enamoramiento
  • Impulso: emparejamiento pasional con una persona en particular
  • Tipo de amor: romántico
  • Función: estabilizar la unión de pareja
  • Duración: entre aproximadamente 18 meses hasta un máximo de 4 años
  • Circuito: sistema de atracción interpersonal selectivo
  • Estructura y Zona Cerebral: Sistema de Recompensa, Centro del Placer Apetitivo
  • Regulación: dopamina (neurotransmisor de la recompensa)
  • Sustancias bioquímicas: feniletilamina (PEA, molécula del amor); norepinefrina, serotonina, feromonas

Recientes estudios con resonancia magnética indican que, cuando a las personas que están inmersas en la etapa del amor romántico se les presenta la foto del ser amado – un indicador visual – se ponen en funcionamiento aquellos receptores que liberan dopamina en grandes cantidades, activándose varias regiones de su cerebro, aunque también hay otras que se inhiben. Entre las que se activan  se encuentra el núcleo septum, la amígdala cerebral, la corteza cingulada anterior y la corteza temporal de los dos hemisferios. Sin embargo, las áreas que más se activan son aquellas que han sido denominadas popularmente como el “circuito del amor”:

  • Núcleo Accumbens: neuronas del encéfalo, cuyas principales aferencias se dirigen hacia la amígdala, área ventral tegmental y pálido ventral. Desempeña un papel importante en respuesta de recompensas tales como el placer sexual y la risa; aunque también en el miedo.
  • Pálido ventral (VP): se activa a medida que la pareja se estabiliza y sus proyecciones van hacia el núcleo medio dorsal, el que a su vez se comunica con la corteza prefrontal, especialmente con la asociativa. Desempeña un rol clave en el surgimiento del cariño, en los vínculos a largo plazo y en la disminución del estrés.
  • Núcleo dorsal del rafe: conjunto de neuronas localizadas a lo largo del tronco encefálico, alrededor de la formación reticular. Facilita la detección y respuesta ante estímulos externos, siendo el principal segregador de serotonina.
  • Centros del Placer: forman parte del Sistema de Recompensa y se ubican dentro del sistema mesolímbico dopamínico, región del cerbero que procesa las emociones. Para el enamoramiento, son importantes principalmente dos zonas: núcleo caudado y área tegmental ventral (ATV). El primero es una región primitiva asociada con la excitación sexual y las sensaciones placenteras, así como con la motivación para conseguir objetivos; es capaz de integrar gran cantidad de información a nivel inconsciente, tal como recuerdos de infancia o gustos personales. Pero, más clave es el ATV, ubicado debajo del hipotálamo y ligado al deseo, motivación y concentración. Veta madre de las células que producen la dopamina, se activa en la elección de pareja y durante el cortejo. En el ATV del hemisferio izquierdo se procesan los fenómenos inconscientes y en el derecho se procesa la información sexual a nivel consciente, valorándose el atractivo físico de parejas potenciales.

En términos bioquímicos lo que sucede es que, a medida que una persona se enamora, su cerebro se va inundando de feniletilamina (PEA). Al anticipar que se puede lograr lo que se desea, se activa el sistema apetitivo del centro del placer. Comienzan a secretarse dopamina, norepinefrina y serotonina, las que – al actuar en forma combinada – suscitan una especie de “borrachera de amor” compuesta de sensaciones muy intensas, tales como aumento del ritmo cardiaco, energía, fortaleza, atención, memoria, profundo bienestar, optimismo, euforia y exaltación, así como una disminución del apetito y del sueño. El enamorado suele andar obsesivamente concentrado en ese ser tan especial, se pone muy posesivo, siente una intensa ansia por estar con él todo el tiempo y a cualquier precio.

En términos evolutivos, como las crías mamíferas son incapaces de sobrevivir sin los cuidados parentales, tuvieron que generarse las condiciones indispensables para ello. La intensidad de las sensaciones durante el cortejo – gran despliegue de energía, prosecución, protección y celos ante posibles rivales – tendría la función de actuar como inhibidor temporal de la búsqueda de otra pareja. En este sentido, sería una condición fisiológica necesaria para la continuidad de la especie humana con el fin de optimizar el proceso de apareamiento. Tal como lo expresa la antropóloga Helen Fisher, «en los humanos el atractivo con base sexual ha evolucionado hacia el amor romántico o pasional, una forma de lazo o unión que, en perspectiva evolutiva, tiende a asegurar la estabilidad de la pareja para garantizar el cuidado paternal de la prole».

Es así como el cerebro original de los reptiles fue evolucionando hasta desarrollarse la estructura límbica que actualmente forma parte de nuestro cerebro emocional, que es donde se encuentra cableado el instinto que nos hace particularmente sensibles a las necesidades de nuestros hijos y que constituye – en los seres humanos – la base de nuestra capacidad para vincularnos profundamente con los demás. Investigaciones en psicología comparada, etología y psicología animal han sido concluyentes en confirmar que, para todos los mamíferos, la afectividad es una auténtica necesidad biológica, tanto como lo son los alimentos y el oxígeno. Sin amor las crías literalmente se mueren. Ella postula que el amor romántico no debe ser entendido como una emoción sino que como un impulso que se origina en la región cerebral del ansia y que sería más poderoso que el impulso sexual.

Dicho impulso, que sería básico en los mamíferos, funciona en forma mucho más compleja y contradictoria en la especie humana gracias al desarrollo de la corteza cerebral, pasando a a jugar un rol muy significativo la toma de conciencia y los factores culturales. Dado que ciertas respuestas fisiológicas – tales como palpitaciones, sudor y respiración entrecortada – pueden elicitarse igualmente ante emociones tan diversas como ira, amor, celos o ansiedad, la distinción entre estas sensaciones dependerá de cómo interpretemos lo que se está experimentando. Somos seres híbridos determinados por lo biológico y lo ambiental; no podemos reducir el amor romántico a ninguno de estos dos dominios y, si menospreciásemos cualquiera de estas influencias, nuestros análisis pasarían a ser solo construcciones delusorias y artificiosas.

Por siglos se afirmó que el amor romántico pertenecía al dominio del corazón, posteriormente, en cambio, se sostuvo que está condicionado por el dominio del cerebro debido a la acción de ciertas hormonas. Sin embargo, hoy sabemos que se encuentran involucrados componentes motivacionales instintivos, emocionales, cognitivos y psicosociales influenciados por la cultura en la que estamos inmersos. Todos estos factores de índole tan diversa contribuyen tanto a originar como a mantener el atractivo por un individuo en especial. Para que el enamoramiento culmine en un amor estable de larga data, tienen que darse, en mayor o menor medida, una serie de circunstancias comunes, tales como atracción física, apetito sexual, afecto y apego.

¿Cuánto dura el amor?

¿Cuánto dura el amor?

Cuándo se acaban las maripositas en el estómago, el aceleramiento del corazón, las ansias locas por estar todo  con ese  tan amado?

Según la Psicología Evolutiva, para poder sobrevivir como especie, los humanos desarrollamos la capacidad de permanecer juntos como pareja, al menos el tiempo necesario como para criar a un hijo (período de gestación y lactancia). Por su parte Helen Fisher, después de  muchas culturas y tribus, encontró dos tendencias que se repetían: se tenían hijos cada cuatro años y la  probabilidad de divorcio se producía a los cuatro años del matrimonio. La antropóloga concluye entonces que, en el  de pareja, se tiende a producir un ciclo consistente en una etapa inicial de enamoramiento con exclusividad sexual relajada, pasando por una fase de crianza de un hijo y culminando en la separación. Como dicho secuencia se solía dar durante la vida fértil con una periodicidad de aproximadamente cuatro años, denominó a su teoría como el “ciclo reproductor de 4 años”.

Recientemente las neurociencias han aportado una explicación científica al fenómeno anterior. Al inicio de una relación de pareja se suscitan sensaciones de tan alto nivel de intensidad – como resultado de la activación de ciertos circuitos cerebrales y de la acción de determinadas sustancias bioquímicas – que se habla de la presencia de una suerte de “borrachera de amor” confundible, incluso, con una psicosis en la que se mezclarían síntomas de manía, demencia, obsesión y extraños comportamientos. Pero, biológicamente, nuestro organismo simplemente no puede soportarlas en forma continuada y permanente, so pena de correr riesgos de locura, agotamiento físico y de quedar exhaustos sin energía para otras actividades, por lo que esa urgente atracción bioquímica inevitablemente va a decaer con el transcurso del tiempo.

Aunque nuestro cerebro sea un órgano muy flexible, la bioquímica y la neurofisiología no permiten variaciones demasiado marcadas de un individuo a otro, por lo que se presuponen determinados lapsos de tiempo y el organismo no puede alargar mucho el plazo durante el cual se secretan en abundancia las hormonas asociadas a la etapa del enamoramiento romántico e, indefectiblemente, toda la locura de la pasión se va desvaneciendo gradualmente. Se estima que el período en el que vivenciamos tan marcadamente esas sensaciones que normalmente identificamos con el Amor (con mayúscula) dura, en general, un promedio de solamente dos o tres años, con un máximo de los “famosos” cuatro años, lo cual estaría determinado orgánicamente y tendría un sentido evolucionista. En este sentido se ha descubierto que la molécula proteínica conocida como factor de crecimiento nervioso (NGF) presenta niveles elevados cuando nos enamoramos de una nueva persona, pero vuelve a sus niveles previos al cabo de un año; por lo tanto, esa tan alta intensidad física y emocional, sólo sucede una vez en los inicios de una relación de pareja. Por supuesto que se seguirán produciendo momentos de placer y alegría – ambas definidas necesariamente como emociones pasajeras – pero serán menos frecuentes y menos abundantes.

En términos biológicos lo que sucede, en el fondo, es que cuando una pareja se estabiliza en el tiempo, va desarrollando una suerte de acostumbramiento a la presencia del otro. Aunque la unión sea muy satisfactoria, se irá generando una tolerancia similar a la que experimentan los drogadictos, haciéndonos resistentes a los estímulos repetidos. Es decir, si la relación se ha vuelto rutinaria se debe a que nuestro cerebro está menos sensible a su “propia” anfeta (para que se secrete dopamina se requiere de la novedad). Por tanto, cuando las parejas monógamas desarrollan dicha tolerancia mutua y se pierde la euforia romántica, no significa que nos hayamos equivocado de persona ni que la relación sea aburrida, sino que nuestros cerebros plásticos se han adaptado tan bien el uno al otro que nos resulta mucho más difícil estimular los centros del placer, para lo cual ayuda el realizar juntos nuevas actividades). No obstante, esto no significa que sea imposible mantener un tipo de amor con componentes pasionales y románticos, eventualmente, durante toda la vida.

En efecto, los trabajos con resonancia magnética han demostrado que se puede lograr que el sistema de recompensa del cerebro continúe activándose y que sigan apareciendo algunas de las manifestaciones típicas de los comienzos. En dichos estudios se compara el funcionamiento neuronal, al mostrarles la foto del ser amado, de matrimonios casados hace décadas con parejas que llevan menos de dos años juntos. En el primer caso se pudo observar que – no solamente habían desarrollado las zonas del cerebro coligadas al apego, calma y supresión del dolor – sino que también presentaban actividad en aquellas regiones asociadas al amor romántico, las que no eran las mismas que se activan en la atracción sexual (aunque algunas sean comunes en ambos), sino que eran áreas específicas del enamoramiento. Mientras que aquellos casos que aún no habían llegado a los dos años de relación, fuera de las zonas ligadas al romanticismo, presentaban también mayor actividad en las relacionadas con la obsesión y la ansiedad. En conclusión, el mantenimiento de la pasión durante décadas parece ser minoritario pero no inasequible, no se trata de una entelequia, sino que es realizable.

Es así como la pasión va cediendo espacio a otras manifestaciones tales como el afecto, ternura, apego, pertenencia, seguridad, compañerismo y aceptación. Ello no supone la desaparición del amor, sino que comienza una nueva fase de la relación, más consolidada y más responsable. Se trata de un amor más sereno y calmado, donde la comunicación es más fluida, de mayor complicidad. Los circuitos cerebrales asociados a la adhesión, a la conservación y al compromiso a largo plazo se vuelven más dinámicos. Dichos circuitos se activan con la mayor afluencia de oxitocina y vasopresina, facilitada por ciertas experiencias gratificantes tales como caricias y el contacto físico en general. Estas dos neurohormonas, a su vez, aumentarán los niveles de dopamina y toda esta combinación actúa como una poderosa base química que mantiene unida a la pareja en una forma cualitativamente satisfactoria.

Para poder arribar a esta nueva fase, debe existir la disposición a estar abierto a estas nuevas transformaciones y rutas neuronales; a no quedarse aferrado tratando de mantener a pulso – artificialmente – las sensaciones de la época anterior y saber que tampoco se trata de resignarse a que ya no se van a suscitar ninguna de las sensaciones de antes. El amor sexual maduro, término acuñado por Kernberg, se refiere a la capacidad de darse el tiempo necesario para poder pasar a esta nueva etapa y así poder llegar a construir relaciones personales de calidad, “auténticas, comprometidas, que integren todos los elementos importantes de la vida personal: las pasiones, los instintos, el deseo sexual, en una relación simétrica, respetuosa, en libertad y profunda” (Capponi)

La primera fase de una Relación de Pareja: de la Atracción Sexual al Enamoramiento

El primer circuito cerebral del amor se pone en funcionamiento en la que – potencialmente – puede llegar a ser la primera etapa de una futura relación amorosa. Corresponde a la excitación sexual, fuerza autónoma que promueve la pulsión inicial a exponerse hacia los demás en la búsqueda y conquista de otra persona con miras a satisfacer el deseo erótico. Los modelos biológicos en torno al sexo postulan que, en nuestro cerebro, la lujuria se asemeja más a ciertos impulsos de los mamíferos, tales como el hambre, la sed o las ganas de consumir droga, que a estados de excitación emocional.

  • Fase: lujuria
  • Impulso: apareamiento
  • Tipo de amor: Encaprichamiento   
  • Función: unión de la pareja en una primera instancia
  • Duración: como estado de excitación sexual dura muy brevemente, máximo horas; y, como fase dentro de una relación, no puede alargarse más de semanas o pocos meses
  • Circuito: sistema de atracción sexual indiscriminada
  • Estructura y Zona cerebral: Hipotálamo
  • Regulación: testosterona
  • Sustancias bioquímicas: hormonas sexuales (testosterona, estrógenos, progesterona), adrenalina y noradrenalina

Esta primera etapa ha sido la más profusamente hasta ahora, por lo que existe bastante información disponible. Las investigaciones indican que, ante estímulos tales como fotos de contenido erótico explícito, se activan determinadas zonas del cerebro, tanto en hombres como en mujeres. Al encontrar deseable a una persona es como si se disparase una señal de alerta y nuestro organismo entra en estado de ebullición, manifestándose en cuestión de segundos una serie de alteraciones neurofisiológicas. Por ejemplo, el corazón late con mayor fuerza, se liberan grasas y azúcares que aumentan la capacidad muscular, aumenta la presión arterial máxima (sistólica), se produce una cantidad de mayor de glóbulos rojos con el objeto de mejorar el transporte de oxígeno a través del torrente sanguíneo.

Neurológicamente, este proceso se inicia en el hipotálamo, el cual envía mensajes a través del sistema nervioso a diferentes glándulas que regulan la liberación de sustancias químicas. Las suprarrenales reaccionan aumentando la producción de adrenalina y noradrenalina; y la pituitaria envía hormonas a las glándulas sexuales, las que comienzan a producir principalmente testosterona y, en menor medida, estrógeno y progesterona. Este ‘high’ químico resulta en modificaciones del estado anímico, consistentes generalmente en sensaciones de bienestar, optimismo e ilusiones al estilo de cuentos de hadas. Dichas sensaciones serían las precursoras positivas de la fase siguiente. Sin embargo, cuando el hipotálamo no está funcionando correctamente, pueden aparecer comportamientos irracionales, ansiedad y obsesión.

Las áreas cerebrales que se activa en esta fase de atracción sexual no coinciden con las que lo hacen en la etapa siguiente, la del amor romántico, aunque algunas de ellas sean comunes; lo cual podría relacionarse con que el enamoramiento se focaliza en una sola persona, mientras que la lujuria puede dispersarse ante varias. En este sentido, cabe mencionar que latestosterona no se relaciona con los gustos preferenciales, sino más bien con los genéricos y difieren en distintos momentos. Muchos estudios han mostrado que los juicios acerca del atractivo de hombres o mujeres se encuentran afectados por las hormonas sexuales; pero, las variaciones de los altos niveles de testosterona se asocian también con la inclinación por características culturalmente asignadas como atractivas.

Las tres fases neurobiológicas del amor: de la Atracción Sexual al Amor Maduro

Las tres fases neurobiológicas del amor: de la Atracción Sexual al Amor Maduro

Helen Fisher (Universidad de Rutgers), antropóloga, académica e investigadora, es un referente obligado en foros internacionales por ser una experta mundial en la nueva ciencia del amor, es quien más se ha abocado a estudiar científicamente la biología de las relaciones de pareja. La autora recurre a las neurociencias para demostrar y defender sudefinición tripartita del amor postulando que, desde hace millones de años, los humanos, los mamíferos e incluso las aves, fueron desarrollando evolutivamente tres sistemas cerebrales de motivación-emoción relacionados con el apareamiento, emparejamiento y reproducción:

  • Lujuria o Atracción Sexual
  • Enamoramiento o Amor Romántico
  • Apego o Lazo Afectivo profundo propio de los vínculos perdurables

Según Fisher, estos tres impulsos, hondamente integrados en el cerebro humano, comparten una profunda raíz evolutiva y van a sobrevivir mientras sobrevivamos como especie, puesto que su balance controla la reproducción. En casi todas las especies mamíferas superiores, el cortejo se caracteriza por un despliegue de energía, persecución, prosecusión, protección y celos ante posibles rivales.

El impulso lujurioso habría evolucionado, desde un deseo sexual indiscriminado, hasta una atracción por alguien en particular de entre toda una gama de parejas potenciales. En efecto, el desarrollo del amor romántico, con su euforia, ansiedad y obsesividad, habría permitido enfocar toda la motivación de acoplamiento en un solo individuo a la vez, de forma tal de preservar tiempo y energía hasta que se produzca la gestación. Finalmente, la progresión hasta el apego habría sido necesaria para posibilitar que la pareja permaneciese junta al menos el tiempo suficiente como para criar a un hijo en equipo.

Desde esta perspectiva, el enamoramiento sería – en medio de toda una constelación de otros sentimientos – un mecanismo evolutivo para la perpetuación de la especie consistente en una compleja red de procesos bioquímicos que interactúan entre sí, influyendo sobre nosotros y sobre nuestro modo de relacionarnos. Se inicia en el cerebro, implicando la activación de glándulas, secreción de neurotransmisores y respuestas fisiológicas, todo con la finalidad de que podamos reproducirnos.

En el fondo, se trataría más bien de una motivación o meta-estado orientado a conquistar al ser amado y a mantener la relación, que de una condición emocional determinada. Si bien inicialmente predominan las regiones subcorticales del placer, posteriormente se activan la zona tegmental ventral (VTA) y el caudado del cuerpo dorsal, áreas correspondientes a los sistemas cerebrales que nos motivan a movernos para adquirir una recompensa.

En los últimos años, a través de estudios con resonancia magnética funcional, otros neurocientíficos también han concluido que, muchas de nuestras emociones básicas así como la manera en que nos desenvolvemos, son resultantes de la interacción entre distintos circuitos conformados por una constelación específica de conexiones neuronales que se asocian a un determinado repertorio conductual. Al igual que Fisher, sostienen que en la vida sexual y afectiva de una pareja se distinguirían tres fases progresivas consecutivas – aunque parcialmente sobrepuestas – cada una más compleja que la anterior, las cuales utilizan circuitos neuronales relativamente independientes, aunque interconectados de manera tal que interactúan entre sí y funcionan en forma conjunta.

Se podría hacer una matriz con cada etapa del amor, sus correspondientes manifestaciones específicas, sus mecanismos emocionales y su relación con determinadas sustancias químicas. Efectivamente, al principio de una potencial relación amorosa, la testosterona controla un apetito erótico indiscriminado; mas la acción de dicha hormona no es suficiente como para mantener el vínculo en el tiempo. La elección de una persona determinada, con su subsecuente involucramiento emocional – correspondiente a una segunda fase científicamente denominada “amor romántico” – se asocia a altos niveles de dopaminanorepinefrina y endorfinas, así como a bajos niveles de serotonina.

Al atraernos alguien específico, comenzamos a segregar feniletilamina, compuesto de la familia de las anfetaminas y precursora de la dopamina, desatándose sensaciones de euforia, pasión y ansiedad. Se ha puesto así en funcionamiento el primer sistema de loscentros del placer, el sistema apetitivo, que es donde se producen las sensaciones de anticipación gozosa. Cuando se ha practicado sexo satisfactorio, se produce lo que vulgarmente se conoce como el “subidón” de la dopamina, el cual lleva a querer repetir esa vivencia – ciclo «necesidad-acción-satisfacción» – sin que a nuestro organismo le importe demasiado la otra persona.

Ahora bien, si la experiencia ha sido particularmente placentera, la secreción deserotonina influye en que percibamos a ese individuo como alguien especial y comienza el enamoramiento propiamente tal. Por su parte, la dopamina se ha encargado de adormecer la objetividad, por lo que desarrollamos una cierta ceguera a los defectos del otro y vivimos el amor desde sistemas más complejos en los que la relación no depende de otras cualidades.

Como nuestro cuerpo no puede absorber cantidades ingentes de dopamina, al cabo de los meses deja de producirla, pero mientras ya ha entrado en juego la oxitocina, la que se libera en grandes cantidades durante el orgasmo. Esta llamada Hormona del Amor, responsable del sentimiento de apego, contribuye a estrechar los lazos en la pareja y torna afectivamente profunda la unión entre ellos.

Así, lentamente entramos en el estadio siguiente, cuando se ha puesto en funcionamiento el segundo sistema de los centros del placer, el de la saciedad. Con el paso del tiempo, ya calmados los deseos más apremiantes, los enamorados evolucionan hacia una relación más apacible y duradera. Cuando están junto al ser amado, especialmente después de hacer el amor, notan que disminuye el miedo y el estrés, aumenta el bienestar, la confianza, la seguridad y se va desarrollando una placentera sensación de pertenencia, todo gracias a la oxitocina y a la vasopresina.

En conclusión, la neurobiología ha avanzado hacia una definición tridimensional del amor, la cual vendría a corroborar, hasta cierto punto, la teoría de los tres componentes del amor de Robert Sternberg. La Pasión correspondería a la atracción sexual; la Intimidad al enamoramiento y el Compromiso al apego duradero.

También se podría efectuar un paralelo entre los tres circuitos cerebrales y los ancestrales tres componentes básicos de la psiquis humana, los que a su vez se corresponden con los tres centros de inteligencias del Eneagrama. Efectivamente, el primer circuito regulado por la testosterona se podría asociar con la función motora del actuar y con el centro instintivo; el segundo, regulado por la dopamina, con la función del sentir y con el centro emocional; y, el tercero, regulado por la oxitocina, estaría levemente asociado con lafunción del pensar y el centro mental.

Finalmente cabe mencionar que, si bien las relaciones de pareja responden hasta cierto punto a la ciencia, no debemos descuidar la significativa e inevitable influencia de factores psíquicos, afectivos, comunicacionales y culturales, todos los cuales interactúan entre sí, afectándonos a nosotros mismos así como a nuestro modo de relacionarnos con el ser amado.