Ya desde hace un tiempo estamos junto a Alejandra discutiendo los que observamos en la actual. Y no es una mera conversación teórica, ni un análisis psico-sociológico alejado de la actualidad, sino una necesaria reflexión ante lo inusitado de ciertas sintomatologías presentes en las parejas que consultan. Sean la sexualidad, las rupturas tempranas de parejas matrimoniales, o la dificultad para involucrarse en una relación de pareja estable, hemos pensado que puede ser una forma de mostrar el descontento en las relaciones íntimas, en una cultura inconsistente. Y es el deseo sexual hipoactivo en hombres la expresión más notable de nuestro contexto actual.
Ya hemos discutido acerca de los cambios en los roles, cómo es que la identidad femenina y masculina ya no operan como hace unas décadas atrás. Aquí quisiera exponer nuevas reflexiones acerca de este tema.
Pues bien, ser ya no está asociado a las labores tradicionales de antaño: ser dueña de, y una esposa devota. A partir de los efectos de la segunda guerra mundial la mujer estuvo obligada a enfrentar nuevos roles, ante la ausencia y muerte de sus esposos. Con esto logran percatarse que pueden autovalerse, logran generar el poder de mantenerse económicamente y más aún, tener tanto éxito como los hombres. Aún cuando ellas viven en un contexto cultural patriarcal, han adquirido más poder (aquí podemos utilizar el concepto “falo”, que desde lo freudiano expresa claramente el “lugar de lo masculino”), acercándose a aquellas características propias de los hombres. Esto es lo que puede definirse como “masculinización”. Ellas hoy no sólo son profesionales de igual a igual con los hombres, sino que incluso están en la posición de prescindir de ellos como proveedores…y también pueden estar en la posición de mantenerlos. El poder asociado histórica y culturalmente al hombre y su falo masculino se empieza a diluir. Mujeres con poder pueden o ser férreas competidoras de los hombres, o simplemente ser «los hombres de la casa». Y no es una frase peyorativa, sino la expresión de una de las formas de relación más comunes entre los seres humanos: la complementariedad, eso sí, desde un nuevo prisma social.
El hombre por su lado no ha sabido reinventarse. La evolución de la mujer nunca ha estado de la mano de la evolución del hombre, simplemente parecieran ser procesos paralelos sin conexión. Dado que el ser pareja es una tendencia social, humana y emocional, como en un efecto sistémico, uno de ellos se debiese adaptar a un nuevo lugar o rol. En este caso, son los hombres, que por la «nueva educación» dada por madres progresistas, o por elección de pareja, han adaptado ciertas de sus características a estas mujeres liberales. Por esto es que no ha sido poco común encontrar mujeres fuertes y explosivas junto a hombres pasivos y emocionales. Siguen siendo hombres, pero son menos «fálicos» que los machos tradicionales. Aquí es donde los estilos de vivir pueden chocar con las expectativas sociales. Se espera socialmente que los hombres sean fuertes, protectores, que definan y que se hagan cargo de diversas situaciones en la pareja, sin embargo, esto conllevaría a que el lugar de la mujer sea ser la protegida, la aceptadora de sus definiciones, y quien necesite ser guiada. Si seguimos este discurso, la cultura patriarcal en lo público se mantiene casi intacta como parte de lo instituido, sin embargo en lo privado se vive una realidad completamente distinta. No es que el hombre de por sí se vuelva o débil o se anule, sino que para hacer viable una relación debe modificar parte de su identidad. Ante lo activo de uno, se requiere de la pasividad del otro. En lo privado ambos desean definir, ambos se pueden proteger, y esto puede llevar a que se expresen conflictos de poder, de rol y de relación en general. Sin embargo esto ocurre en una contradicción no menor, entre estos disjuntos dominios de existencia. Y esto se expresa de múltiples formas en la actualidad: El deseo sexual hipoactivo, el miedo al compromiso, la infidelidad, etc. ¿Cómo ser hombre si ambos en la pareja comparten la masculinidad establecida desde los marcos culturales? Esto genera parejas «muy iguales», pero con individuos de distinto carácter: uno fuerte y otro débil. ¿pueden coexistir en el amor dos personas fuertes o dos personas débiles? Aunque existen parejas con estas características, tienden a ser escasas.
Pero, ¿qué podríamos discutir acerca de la expresión sexual de este conflicto de poderes en la relación? Si pensamos que en el devenir de los cambios de la mujer ella se ha percatado de sí misma, puede adquirir autonomía, también se percata de sus derechos. Esto es, a tener lo que considera necesario en su vida para «estar bien», así sea una estabilidad económica (exigir que la pareja «rinda» como ella), emocional (que sea capaz de decirle lo que siente) y la satisfacción sexual. Hoy la mujer exige sus derechos, no como antaño, donde debía adaptarse a lo que tenía. Y, ¿cuál es el campo de poder que puede dar equilibrio ante tanta exigencia? Generalmente, los seres humanos buscamos maneras de resolver tanto conciente como inconcientemente este tipo de dilemas, y en este caso, es muy probable que no nos percatemos que hoy existe un serio desnivel en las expectativas de pareja (dada la contradicción antes expuesta). La frustración de alguna de las exigencias en la relación está históricamente relacionada a los equilibrios de la dinámica de toda interacción diádica. La intensidad de estas relaciones tiende muchas veces a la búsqueda de límites que protejan la propia identidad. «Dar todo lo esperado por otro, puede hacerme desaparecer como individuo». Es decir, si la satisfago por completo, me transformo en ella o en un «objeto para ella», tal como solía ocurrirle a la mujer.
Las diferencias de género y de roles sociales y sexuales nos daban una necesaria distinción, diferenciación. Sabíamos quienes éramos y no temíamos ser deborados por el otro. Hoy esto nos confunde, tanto a hombres como a mujeres, y expresamos nuestro descontento con lo instituido. La sociedad no ha sabido escuchar nuestras diferencias y no ha sabido escuchar el cambio de la mujer. No es menor que hoy podamos decir que la expresión del descontento esté ocurriendo en la sexualidad, pues es por definición lo más privado de nuestro mundo de a dos.
En los Tiempos Modernos, desde el Renacimiento hasta la Revolución Francesa de 1789, se inicia el lento tránsito hacia el Romanticismo. Después de la desintegración del mundo medieval surgieron nuevas ideas que transformaron profundamente a la civilización occidental tanto en lo material como en lo cultural y moral, afectando decisivamente las costumbres sexuales. En esta etapa nace una nueva concepción del mundo respecto al ser humano y a la naturaleza, caracterizada por ser secular, individualista, utilitaria, científica y mundana. Uno de los acontecimientos más trascendentales fue el poderoso desarrollo de las ciencias, toda vez que originó una verdadera revolución en la actitud del individuo ante la historia y la naturaleza (incluyendo la sexualidad).
El renacimiento surge al término del tumultuoso s.XIV y finaliza en el s.XVI. La transición al mundo moderno fue larga, compleja y sangrienta. La gran síntesis feudal se descalabra, decayendo la mayoría de las instituciones y siendo ridiculizados los ideales escolásticos. Punto de quiebre fundamental fue la crisis de autoridad de la Iglesia, tanto en el orden intelectual como en el político. La Reforma impugna el poder de Roma y cuestiona sus dogmas, culminando en profundos procesos que conducen a la disolución de la unidad verdad revelada- conocimiento, lo que posibilita el desarrollo de la tolerancia y el pluralismo como principios de convivencia social.
El pensamiento renacentista representa la transición entre una interpretación teológica de la realidad y una interpretación científica propia de los tiempos modernos. La llamada “revolución científica” de los siglos XV y XVI aumenta la sensibilidad ante los grandes cambios dentro de la vida social, valorándose y acelerándose las grandes transformaciones. Se van creando espacios para los valores de la Antigüedad y para otros totalmente nuevos. Se desafían las actitudes monásticas y agustinianas de introspección así como el apartamiento de los asuntos del mundo; se defiende la libertad de pensamiento y hay oposición a las leyes restrictivas. Esta época justamente se caracteriza por la independencia intelectual de filósofos, escritores, pintores y escultores; quienes se apartaron del yugo moral impuesto por las doctrinas ascéticas. Mientras el pensamiento medieval era dogmático y teológico, el moderno es escéptico, crítico y secular. Todo lo anterior culmina en una relativa liberación de la sexualidad respecto de la religión.
Durante el Renacimiento se van flexibilizando las normas sexuales gracias a la confluencia de una serie de acontecimientos. El clasicismo resucita antiguas costumbres; el humanismo recalca la importancia de estudiar al ser humano y a la sociedad; se adopta un enfoque científico en el análisis de cualquier fenómeno, inclusive la sexualidad; las artes incorporan la anatomía y la mujer gana algo de protagonismo como ícono sexual; la imprenta lleva a un auge de la literatura, la que se transforma en vehículo de propagación de la sexualidad a gran escala; las novelas exaltan el amor, el sexo y la figura femenina; y finalmente, la reforma protestante desencadena una verdadera revolución al afirmar que la función del sexo dentro del matrimonio no era sólo el procrear, sino que también debía servir «para aligerar y aliviar las preocupaciones y tristezas de los asuntos domésticos o para mostrar cariño”. Caso emblemático fue el casamiento “por amor” entre Enrique VIII y Ana Bolena en 1530, posible gracias a que la doctrina Protestante aprobó el divorcio del rey.
Sin embargo, debido a la unión Iglesia-Estado, la mayoría de la población permanecía bajo una marcada represión sexual, reflejada en las restricciones a una serie de prácticas, posturas y tiempos respecto del sexo dentro del matrimonio, todo con el fin de evitar caer en el vicio o pecado de la lujuria. A partir del concilio de Trento en el s.XVI se establece la obligación legal del casamiento público ante un sacerdote y la Iglesia continuaba exaltando la continencia, circunscribía el sexo a la procreación, consideraba que el placer sexual era pecaminoso y dictaminaba la frecuencia sexual al presionar por las numerosas semanas de abstinencia asociadas a las celebraciones religiosas y a la menstruación; además, prohibía la práctica de caricias y el sexo oral, sólo aprobaba la posición del misionero y se oponía a cualquier intento de impedir la concepción.
Empero, la sexualidad se solía ejercer en medio de un discurso socio-religioso de doble moral: por una parte la gente pretendía vivir apegada a la religión y por otra se practicaba la lujuria; en ese contexto, lo aceptado socialmente era lo lícito. Por ejemplo, los métodos anticonceptivos y el aborto reflejaban una gran contradicción; por un lado, eran acciones censurables; aunque por otro lado, en los manuales médicos abundaban las explicaciones de técnicas para prevenir los embarazos o para favorecer la pérdida del feto; y, era habitual que la gente recurriese al coitus interruptus como método anticonceptivo. Buscando prevenir el contagio de enfermedades de transmisión sexual frecuentes en esa época, se extendió el uso de preservativos fabricados con piel de cordero o lino. Especialmente la sífilis y gonorrea fueron consideradas como un castigo divino a los excesos sexuales y, como la sífilis fue importada de América, en la colonización del Nuevo Mundo se normó una adherencia estricta al sexo matrimonial, el que deja de ser considerado el resultado de la naturaleza malvada del hombre, sino que pasa a ser un mandamiento celestial.
La infidelidad y la convivencia sexual entre grupos religiosos también revelaban incongruencias. El llamado Fuero de Tudela exigía el pago de una multa cuando un hombre cristiano, casado, tuviera relaciones con una mujer que no fuera su legítima esposa; no obstante, el adulterio de un judío con una gentil, irremisiblemente se castigaba con la hoguera y los tribunales regios no reprimían la prostitución (considerada como un “mal necesario), siempre y cuando no se ejerciera con judíos.
Por último, la mujer continúa recibiendo un trato discriminatorio durante el Renacimiento. Por ejemplo, en los crímenes sexuales lo más común era que procesaran y castigaran a la mujer y no al hombre; si una dama casada sostenía relaciones con un varón que no fuera su consorte, se le acusaba de adúltera; mas, si el que cometía el desliz era el hombre, él recibía sólo la denominación de ‘amancebado’ o ‘amigado’. Especialmente en España reinaba una moral de dos caras, la que obliga a la mujer a permanecer fiel mientras el marido adquiría relevancia social si mantenía a mancebas o queridas; y, como se valoraba que la mujer llegase virgen al matrimonio, la virginidad se convierte en algo tan importante que los hombres incluso exigían que se la asegurase por escrito.
Al inicio de la Alta Edad Media (entre el s.V al s.IX), la Iglesia recoge lo que quedaba del Imperio Romano, acumula tierras y aglutina a la gente, convirtiéndose en un pilar fundamental para cualquier estado o sociedad, sea este cristiano, judío o musulmán. En este período el Cristianismo llega a consolidar su poder a tal grado, que la teología se hace equiparable a la ley civil y fue tal su nivel de implicación, que osaban explicar desde fenómenos meteorológicos, pasando por procesos evolutivos, enfermedades con sus respectivos tratamientos hasta invadir los espacios más privados como las relaciones familiares y sexuales. Los clérigos pasaron a ser los consejeros espirituales y morales, siendo los únicos capaces de marcar la diferencia entre el Bien y el Mal.
Inicialmente, su principal objetivo fue erradicar ciertas costumbres provenientes de los bárbaros quienes, entre otras prácticas, no habían constituido un matrimonio legal, uniéndose y separándose libremente, aceptaban el concubinato, adulterio e incluso incesto (con primas, hermanas o sobrinas). Con miras a alcanzar sus metas y reafirmarse, la Iglesia declara al instinto sexual como demoníaco sembrando el camino para la Santa Inquisición (la que, junto a las Cruzadas fueron usadas como herramientas de conversión), en tanto que la amenaza del juicio divino y de la excomunión, servían de coto para mantener a la gente relativamente alejada de la intrincada lista de pecados.
La sexualidad, entonces, pasa a considerarse como algo sucio, vergonzoso y digno solo de grupos de baja calaña. Consecuentemente, había que combatir la lujuria como fuese, así que, por ejemplo, un tratado medieval recomendaba como antídoto meter un dedo en agua hirviendo o caminar desnudo por un campo de ortigas. Sin embargo, la propia autoridad eclesiástica caía en conductas “pecaminosas”, tal como el Papa León VII, quien murió fornicando con una mujer adúltera en el 939; o el Papa Clemente II en 1046, que cobraba impuestos a las prostitutas aún después de muertas, consistente en ceder la mitad de su herencia a la Iglesia; o el Papa Juan XII que fue asesinado en 1334 por un marido celoso que lo encontró con su mujer.
Por otro lado, la Iglesia asienta al matrimonio como LA institución que conduciría al orden social deseado, mientras que al mismo tiempo refutaban hábitos “contraproducentes” articulando una serie de principios que, supuestamente, corroboraban las teorías divinas acerca de la pareja y la sexualidad: homosexualidad, prácticas sexuales efectuadas fuera del matrimonio, infidelidad y pérdida de la virginidad. Así, refrenda el matrimonio monógamo, donde cada cónyuge tenía funciones y cotas diferentes – la privada para las mujeres y la pública para los hombres. Los varones debían mantener a la familia y las esposas cuidar de la familia y de la casa, asegurando la armonía de la convivencia. Los tratados de la época recalcaban que el coito solo se debía realizar con fines reproductivos, evitando el placer. Por tanto, casi toda la Edad Media se caracterizó por una lucha enconada contra la sexualidad en todas sus manifestaciones, ya fueran normales o anormales.
Durante la Edad Media y hasta el s.XVI, los matrimonios eran alianzas por conveniencia, no se concertaba basándose en el amor, sino que los casamientos sellaban acuerdos que tenían como objetivo garantizar el linaje, mantener el patrimonio familiar y estrechar los lazos económicos. Pero, paulatinamente, fueron dejándose de lado dichos acuerdos basados en intereses económicos y sociales, pasando a ser el afecto entre los contrayentes un aspecto importante a considerar. []En efecto, el amor románticofue reemplazando los tratos matrimoniales entre las familias, especialmente en la población con menores recursos que defender.
El modelo de amor romántico que prevalece hoy en día en nuestra sociedad occidental procede, entonces, de la Edad Media y su surgimiento se ha asociado a las transformaciones sociales que dieron lugar al nacimiento de la intimidad, a cierto grado de liberación de la mujer, a la relativa superación de las barreras morales o convencionales y a la literatura medieval, cuna de la novela, donde uno de los temas preferidos fue el llamado amor cortés que surge en el s.XI en la región francesa de la Provenza y que se generalizó en los s.XII y XIII. Este tipo de amor se caracterizaba por desarrollarse fuera del vínculo conyugal, ser platónico, desligado de la procreación y secreto. Consistía en una concepción mística del amor, expresándolo en forma noble y caballeresca, donde la mujer era elevada a una imagen mítica tornándola inaccesible, el varón le rendía culto y se empeñaba en ser merecedor de su dama; en el fondo, era sólo un juego lúdico de la aristocracia sin ninguna incidencia en la elección del cónyuge. El amor cortesano sólo podía sobrevivir fuera del matrimonio, apartado de la rutina diaria y muy pronto encontró la oposición de la Iglesia.
Aunque los aspectos amorosos y sexuales estaban claramente obstaculizados por el peso de la religión y el temor a la condenado eterna, una cosa era la teoría y otra la práctica. La sexualidad, el amor y las relaciones de pareja no fueron vividos de la misma manera a lo largo de los diez siglos que duró la Edad Media, ni las doctrinas ascéticas operaron por igual en las distintas capas sociales o esferas intelectuales; originándose prácticas amorosas muy diversas. El contexto o las circunstancias son las que determinaban el cómo, el cuándo y el con quién. A pesar de la fuerza de las creencias religiosas y del gran poder de las leyes jurídicas y eclesiásticas, durante el Medioevo hubo cierta promiscuidad y el sexo impregnaba muchas actividades de la vida cotidiana, a modo de válvula de escape, de desahogo ante una existencia muy corta y sin comodidades, sometida a continuas guerras, hambre y epidemias. Por otra parte, las personas más cultas o de clases más privilegiadas, solían hacer caso omiso de las prescripciones teológicas en virtud de su ateísmo, mientras que los que tenían menos educación se sometían a la autoridad del clero.
Asimismo, la idealización de la mujer, que se había originado en la Baja Edad Media, no era la misma en todos los estratos sociales y culturales. El Cristianismo había cambiado laimagen de la mujer como simple objeto sexual en la Temprana Antiguedad, a ser admirada e incluso idealizada (aunque en la Biblia secreta de Santo Tomás dice que «María debe ser excluida por ser mujer, no merecedora de la Vida»); no obstante, la circunscribe a su rol de mujer-madre, santificando sus atributos maternales, nurturantes, de cuidado y de expresividad de sentimientos positivos.
Los Indoeuropeos habían influido en el proceso de modelar los roles masculinos y femeninos. Estos pueblos ganaderos eran peleadores, guerreros, basando su economía en la fuerza, dominación, violencia y machismo. Las mujeres eran casi esclavas, marginadas de la educación, de las esferas de decisión y hasta sujetas a ritos de violación sexual, aunque al mismo tiempo, se tenía especial cuidado en mantener la “virtud” de la mujer mediante el cinturón de castidad, invento procedente de Oriente que databa de la Europa del s.XII, para garantizar la fidelidad en las continuas y largas ausencias del marido. Aunque ni los judíos ni los musulmanes sufrieron tanta presión como los cristianos en la reglamentación del matrimonio y las relaciones carnales, en todos los casos hicieron del matrimonio una dominación mucho mayor del hombre respecto a la mujer, situándola en una posición de inferioridad y considerándola poco más que una esclava del varón, e incluso en el concilio de Macón se llegó a debatir si tenía o no alma.
Por otro lado, el islamismo también reprimió ferozmente a las mujeres, como lo continúa haciendo hasta nuestros días. En el año 711 los árabes invadieron la Península española y la mayoría de sus habitantes se convirtieron al Islam, religión que, si bien toleraba el placer sexual, relegaba de nuevo a la mujer a vivir para el hombre, a procurarle satisfacción y cuidar de sus hijos. Más aún: se llegaba incluso a considerarla como un instrumento de servidumbre o un simple vegetal. Averroes lo expresa así: «No se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales; su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado de los maridos.» Como algunas se rebelaban recurriendo al adulterio, se impuso como drástico remedio la extirpación del clítoris (esta práctica se sigue realizando en la actualidad en algunos países islámicos cuando la mujer cumple nueve años). Si en el s. XI se relajaron las costumbres y la sociedad española se tornó más tolerante y permisiva, con la caída del califato, los beréberes reimpusieron una estricta moral y una intensa vigilancia que evitara todo contacto entre hombres y mujeres que predispusiese a la «fornicación».
Con el paso de los siglos, las rígidas prohibiciones en materia sexual a toda la sociedad, se fueron relajando en el caso de los hombres, cayendo solamente sobre la mujer la responsabilidad de castidad, única forma de estar seguro de la paternidad. En tanto que ellos sí podían disfrutar del sexo, si ellas lo hacían se las discriminaba y se las acusaba de viciosas. Los mayores castigos y penitencias por el adulterio femenino vienen a corroborar el doble criterio reinante y, además, el marido se va convirtiendo, imperceptiblemente, en el garante del cuerpo de su mujer, aumentando más aun el control que tenía sobre ella.
Hace años que observo el paulatino aumento de problemas sexuales en el grupo etario que bordea los 30 años, siendo la inapetencia sexual el motivo de consulta más frecuente en estas parejas; pero, a diferencia de lo que ocurría antiguamente, actualmente pareciera que son los hombres los más afectados.
En publicaciones extranjeras, los artículos sobre este tema tienen títulos muy sugestivos: La libido en crisis; Hoy no tengo ganas ¿y mañana?, tampoco; La falta de deseo sexual de los hombres. Cuando a él le duele la cabeza.Por otra parte, en Chile se ha publicado Parejas jóvenes: aumentan consultas por problemas sexuales; Vida en Pareja: Poco sexo a los 30.Este problema fue también abordado en una Teleserie Nocturna años atrás (Atinachile.cl Los Treinta: problemas de deseo sexual en hombres).
Las alteraciones asociadas a una disminución del deseo sexual han recibido nombres tales como anafrodisia, inapetencia o penuria o apatía o anorexia sexual, aunque el más usado en los manuales es Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) o Inhibido (DSI), aunque este último ha sido dejado de lado.
Esta disfunción pertenece a alteraciones en la Fase del Deseo de la Respuesta Sexual Humana. Se trata de un bloqueo de la libido que se manifiesta en un desinterés por iniciar o por responder a la estimulación erótica, a pesar de que la persona pueda funcionar sexualmente sin problemas.
En los últimos tiempos se ha ido produciendo, en nuestra sociedad Occidental, un notorio aumento general del DSH de una magnitud tal que se lo está anunciando como la inminente epidemia sexual del siglo XXI.
Dentro de dichos casos, proporcionalmente los más afectados serían hoy en día las personas que bordean el rango de edad entre los 30 a los 40 años, siendo más los hombres quienes consultan por este problema (incidencia aprox. de 15%). Llama la atención investigaciones en donde los varones de 50 años declaran una mayor satisfacción sexual que aquellos de 30 años.
Por otro lado, recientemente se ha encontrado que el llamado DSH diádico (dentro de una relación de pareja), es más frecuente que el total (pérdida general del deseo): 22% versus 13%. En otras palabras, es mayor la incidencia de inhibición del deseo exclusivamente con la pareja estable (DSH selectivo), por lo que no equivaldría a una pérdida del impulso sexual propiamente tal, lo cual queda reflejado en la presencia de fantasías sexuales, masturbación y eventual deseo por otra persona.
Aunque las parejas afectadas afirman quererse mucho, compartir intereses, llevarse muy bien entre ellos y rechazan la posibilidad de separrase, reportan una escasa o nula vida sexual; o bien, sostienen que sus esporádicas relaciones sexuales son además de baja calidad y que no logran una sensación de conexión.
Aprox. el 25% de dichas parejas confiesan que no hacer el amor durante meses (e incluso años) no les preocupa, que el deseo ha disminuido tanto, que ya ni lo intentan, estando absortos en otros problemas. Es así como, actualmente, la típica queja de los pacientes por incomunicación ha sido superada por la insatisfacción sexual. Ahora bien, la pérdida del deseo, la sensación de indiferencia y la evitación del acto sexual se están evidenciando últimamente más en los varones que en las mujeres.
En la década de los 70 del s. XX nació una nueva disciplina llamada medicina sexual. Dentro de ella se incluyen definiciones efectuadas por la OMS, tales como:
Sexualidad sana: «la aptitud para disfrutar de la actividad sexual y reproductiva, amoldándose a criterios de ética social y personal. La ausencia de temores, de sentimientos de vergüenza, culpabilidad, de creencias infundadas y de otros factores psicológicos que inhiban la reactividad sexual o perturben las relaciones sexuales. Y la ausencia de trastornos orgánicos, de enfermedades y deficiencias que entorpezcan la actividad sexual y reproductiva«.
Salud sexual: la integración de los elementos corporales, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual, por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación y el amor».
En otras palabras, el concepto de salud sexual hace referencia a la experiencia sexual como un proceso de bienestar físico, psicológico y sociocultural, la cual se expresaría en forma libre y responsable; no se trata sólo de ausencia de disfunción, enfermedad o discapacidad. Por lo tanto, se concibe por sexualidad un fenómeno que va más allá de lo que comúnmente entendemos por sexo. Se ha mencionado también, que: Toda persona tiene derecho a recibir información sexual y a considerar que las relaciones sexuales sirven para el placer además de servir para la procreación.
Una sexualidad sana implicaría:
Conocimiento, valoración y aceptación del propio cuerpo
Aceptación de que cada persona pueda expresarse tal como es y pueda realizarse de la manera que desee, sin someterse a patrones rígidos que limiten su potencial humano
Poseer una concepción desinhibida, afectuosa y lúdica de la Sexualidad
Saber que todos somos diferentes y que, por lo tanto, tenemos gustos y deseos diferentes
Ser capaz de expresar estos deseos y respetar los de los demás
La Organización Mundial de la Salud entrega una definición muy completa de la sexualidad humana:
“Un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida. Abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual. Se vivencia y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, no obstante, no todas ellas se vivencian o se expresan siempre. La sexualidad está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.
Se señalan las siguientes funciones de la sexualidad:
Reproducción: puede ir encaminada a tener hijos
Placer: la búsqueda del placer se halla en la base de muchas de las expresiones y comportamientos sexuales. Pero se refiere no sólo el placer asociado a la excitación y al orgasmo, sino que también al placer de dar, de recibir y comunicarse en una relación sexual positiva y satisfactoria
Expresión de sentimientos: la sexualidad es un cauce privilegiado de expresar cariño, afecto o amor hacia otras personas, dado que la relación sexual es una de las formas más íntimas y excitantes de relacionarse y comunicarse con la persona que se quiere
Refuerzo de la autoestima: nos ayuda a mejorar nuestra autoimagen, a sentirnos más vitales, a protegernos de otros factores negativos como el estrés, la competitividad etc…, ya que vivir positivamente la Sexualidad nos hace estar más relajados física y psicológicamente
Años después, Sheree Conrad y Michael Milburn, idearon el concepto de inteligencia sexual, siguiendo los estudios de inteligencia emocional de Daniel Goleman. Afirman los autores: “Una persona puede saber si es inteligente sexualmente por la forma como vive su sexualidad, si esta experiencia es saludable, agradable y placentera tanto para sí misma, como para su compañero sexual”
Inteligencia sexual: habilidad particular, dentro de la inteligencia general, que nos permite visualizar la sexualidad humana como una compleja condición complementaria de nuestro ciclo vital y que, por tanto, implica el aprendizaje de diversas otras habilidades. La inteligencia sexual sería un componente de la inteligencia emocional, dado que gracias a ella aprendemos a disfrutar plenamente de la actividad sexual, de manera más integral y sana. En el mismo sentido, una persona con inteligencia emocional y sexual prefiere una relación monógama y con compromiso afectivo; en cambio, las personas que tienden a ser promiscuas son poco inteligentes sexualmente.
Se han mencionado algunos pilares muy generales que podrían ayudar a alcanzar la inteligencia sexual:
Leer libros y artículos y aprender sobre las características de la sexualidad femenina y masculina
Vivir la sexualidad como un derecho, pero con la suficiente responsabilidad como para evitar embarazos no deseados
Saber discriminar cuando alguien se interesa por toda la persona o sólo la utiliza como un objeto sexual
Evitar prácticas sexuales que causen vergüenza o repulsión solo por agradar a la pareja, consultar prontamente a un especialista, en caso de presentar cualquier disfunción
Es importante cultivar no sólo el atractivo físico, sino otros aspectos que harán a la mujer o al hombre interesante como persona
Finalmente, Al Link y Pala Copeland, en su libro “Sexo en pareja” invitan a “despojarse de la armadura corporal”, siguiendo los siguientes consejos:
Afirmar que el placer, el contacto físico y el sexo son necesidades biológicas emocionales y espirituales, es decir, son nutrición sensual
Sostener la idea de que yo soy el responsable de mi placer
Debo hacerle saber a mi pareja lo que me gusta y lo que necesito
Ser consciente de que el contacto no-sexual es tan íntimo como el sexual
Aprender a disfrutar de un sexo con calidad, a pesar del paso de los años
Aceptar que el sexo más placentero combina las técnicas físicas con la conexión emocional y energética
«Si Ud. Cree que las mujeres son las únicas que le dicen no al sexo, reconsidérelo. Millones de hombres tienen poco deseo de intimar con sus mujeres. El problema es que nadie habla acerca de ello. Hasta ahora. Este valioso libro revela la verdad sobre lo que sucede detrás de las puertas cerradas y lo que las parejas pueden hacer.” (John Gray, autor de Los Hombres son de Marte y las Mujeres son de Venus)
The Sex-Starved Wife: What to Do When He’s Lost Desire by Michele Weiner Davis(Simon & Schuster; January 2009)
La psicóloga Michele Weiner Davis, quien trabaja con parejas hace casi 30 años, publica en su último libro una lista de preguntas orientadas a que las mujeres delimiten si están padeciendo los problemas asociados al deseo hipoactivo de sus hombres:
¿Anhela desde hace largo tiempo más contacto y cercanía física?
¿Se siente dañada, deprimida, resentida o enojada debido a la falta de interés sexual de su esposo?
¿Su resentimiento la insta a cerrarse emocionalmente?
¿Fuera de enojarse, ha reprendido a su pareja o lo ha tratado mal?
¿Se pregunta si él realmente la ama?
¿Se ha cuestionado su feminidad o su atractivo?
¿Siente que ha construido una pared en torno suyo para protegerse de los sentimientos de rechazo?
¿Se le ha generado una creciente exasperación por no haber sido capaz de lograr que su marido comprenda lo que está faltando en vuestra relación de pareja?
¿Se ha sentido tentada a dejar atrás su matrimonio para encontrar compañía y excitación sexual?
¿Está tan desesperada que ha considerado tener (o ha tenido) un affair?
Después que Michele Davis publicara en 2003 su libro The Sex-Starved Marriage, enfocado a aquellas parejas donde existía una significativa discrepancia en el interés por el sexo y donde reportaba que también había hombres que evitaban las relaciones sexuales, se suscitó una gran conmoción y una reacción totalmente inesperada. La autora fue literalmente inundada por mails, cartas y llamadas telefónicas de mujeres desesperadas por el apatía sexual de sus parejas. Como en nuestra sociedad impera el tabú implícito de tocar el tema del bajo deseo sexual masculino, ellas creían que eran las únicas que se encontraban en dicha situación.
Es así como su libro más reciente es una especie de continuación natural de su publicación anterior y allí Davis afirma que, “créase o no, existen millones de hombres quienes, por una variedad de razones, sencillamente no están de humor.” Y agrega: “En efecto, estoy convencida que el bajo deseo sexual en los hombres es el secreto mejor guardado de América”.
Durante la elaboración de su libro realizó una exhaustiva revisión bibliográfica, sin embargo se encontró con una abrumadora escasez de publicaciones en torno a esta problemática. En consecuencia, decidió averiguar entre sus colegas y efectuar ella misma una encuesta a nivel nacional, llegando a la convicción de que el deseo sexual hipoactivo en los varones ha ido en constante aumento en los últimos años, pero como en nuestra cultura la virilidad se encuentra indefectiblemente conectada a la masculinidad, es muy difícil determinar la real incidencia de esta disfunción.
De acuerdo con sus indagaciones, concluye que la mayoría de los hombres que padecen este problema se resisten a conversar sobre el tema con sus mujeres y se niegan a buscar ayuda profesional. Por otro lado, en estos matrimonios es el marido quien controla la frecuencia de las relaciones sexuales y quien tiene el derecho a veto. Pero más aún, ellos esperan que su esposa no solamente acepte esta situación, sino que además lo haga sin quejarse y sin caer en la infidelidad.
Si bien en los casos clásicos – en que es la mujer quien rechaza las relaciones sexuales – raramente los varones sienten que juegan algún rol en dicha problemática, cuando es el marido el que las evita, la esposa tiende a buscar su propia responsabilidad y suele culparse.
Según Davis, las causales de la disminución del deseo sexual en hombres van desde las biológicas hasta las personales y las asociadas a la relación de pareja. Entre los casos estudiados observó, por un lado, bajos niveles de testosterona, disfunciones erectiles o eyaculación precoz; y por otro lado, presencia de depresión, deficiente imagen corporal, cesantía, estrés, crisis de la edad media de vida, síndrome de ladonna e la putana, homosexualidad latente, exceso de actividad masturbatoria, uso de pornografía y cibersexo a través de Internet y casos de infidelidad.
No obstante, las anteriores son motivos hasta cierto punto tradicionalmente mencionados. Quizás el mito más relevante que logró derrumbar la autora se refiera a que las razones invocadas por los propios afectados no difieren de las señaladas comúnmente por las mujeres que evitan el sexo con su pareja: desconexión emocional, resentimiento soterrado, problemas de pareja no resueltos, depresión, estrés, etc. Empero, el motivo más frecuentemente aducido por estos hombres que rechazan los avances sexuales de sus mujeres, es que las sienten criticonas y mandonas. La autora concluye: “los reproches y los retos no son precisamente afrodisíacos”!
Sin embargo, ante esta situación cabe el cuestionamiento que efectúa Davis: qué es primero: ¿el huevo o la gallina? ¿Los hombres se apagaron sexualmente porque sus esposas se enojan o ellas están resentidas porque sus maridos están distanciados física y emocionalmente?
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