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Terapia Sexual: ¿Cómo saber si necesitas consultar un@ sexólog@?

Terapia Sexual: ¿Cómo saber si necesitas consultar un@ sexólog@?

Seguramente todos ustedes – o sus parejas – han tenido alguna vez algún problema en el área sexual y se habrán preguntado si ameritaría consultar con un especialista. Cualquier conclusión a la que arribemos va a depender de lo que cada uno de  nosotros entienda por “sexualidad normal”, lo que – a su vez – dependerá de quiénes somos y dentro de cuál contexto sociocultural nos movemos. Cada vez que nosotros – en nuestra condición de seres humanos – emitimos un juicio acerca de la anormalidad, deberíamos aclarar “desde dónde” vamos a evaluar una determinada conducta (u omisión de esta). Y, la respuesta que nos demos puede afectar – obviamente – a nuestra vida de pareja. Personalmente, nosotros estamos convencidos de que la interpretación que hagamos de los hechos es más importante que los hechos en sí mismos. Así es como vemos que algunas parejas llegan a consultar porque, aunque sea solo “a veces”, no funcionan sexualmente “tan bien”.

Tengan presente que, si prestamos demasiado oído a lo que dice la gente, podríamos concluir – erróneamente – que no somos “normales” o que nuestra pareja no lo es. Sin darnos cuenta estaríamos basándonos en comparaciones con estándares no realistas o, simplemente, en las mentiras que a menudo cuentan los otros acerca de su supuesta maravillosa vida sexual. Así que ¿cómo saber si lo que nos ocurre es realmente un problema? ¿Cómo saber si solamente estamos viviendo cambios en nuestra relación de pareja y/o en nuestra sexualidad que son propios de nuestra naturaleza humana, de nuestros procesos evolutivos normales o de nuestros límites personales?. Quizás lo único que sí sabemos – dejándonos perplejos y preocupados – es que ya no todo es como era antes y que ya no sentimos esa satisfacción subjetiva de otrora.

Pero, al final de cuentas: ¿qué es lo normal en el área sexual?. Intentar responder esta interrogante es uno de los temas más peliagudos para la psicología clínica en general y, lo es más aún, en este campo tan subjetivo que es la sexología. Como en nuestra evaluación de la sexualidad entran en juego desde políticas socio-económicas hasta la moralidad, pasando por las modas y lo políticamente correcto, se tiende definir la anormalidad mediante la combinación de varias normas, donde es imprescindible incorporar el contexto vital y factores individuales tales como edad, estado civil, status de pareja, estado de salud, educación, cultura, sociedad, raza, nacionalidad y medio ambiente en que se desenvuelve.

Sin embargo, a pesar de estas ambigüedades, existen ciertos criterios diagnósticos que sí son lo bastante útiles como para servirnos de referencia. En la sexología actual se considera normal aquello que sea conducente al goce sexual con miembros de la misma especie, dentro de los límites culturales del marco antropológico y que no sea dañino ni para nosotros ni para los otros. Se apunta a un modo de relacionarnos – entre adultos – que no nos haya sido impuesto, donde no haya mediado la violencia ni forma alguna de sometimiento o daño físico o mental, sino que – como cualquier otro acto libre – haya ocurrido con el total consentimiento de los participantes y que, en lo posible, haya sido satisfactorio.

Según nuestra visión, aquello que se conoce como lo no-natural, lo anormal, lo disfuncional o lo patológico son definiciones que – si bien pueden parecer análogas – hablan de parámetros distintos que apuntan a magnitudes diferentes. Es por ello que hemos elaborado una suerte de continuum imaginario, donde en uno de sus polos hemos colocado lo que denominamos como una “queja”, que indicaría el primer atisbo de una inconsistencia entre nuestras expectativas y lo que estamos experimentado. Por ejemplo, no sentir tanto placer como el esperado o no obtener la frecuencia sexual deseada. Una queja aparecería de forma puntual y sólo alteraría muy acotadamente la sensación de bienestar subjetivo. Suelen ser cuasi universales y consisten en inconvenientes menores, por lo que frecuentemente son fenómenos transitorios o pasajeros que no ameritan consultar, salvo que se compliquen y se extiendan demasiado en el tiempo.

A continuación vendría lo que hemos llamado una “dificultad”. Este nuevo grado se refiere a una pauta que perdura en términos relativos y que va más allá de los típicos altibajos propios de cualquier relación, por lo que conlleva una mayor sensación de malestar subjetivo. No obstante, esta dificultad no alcanza a alterar mayormente la convivencia, sino que se presenta como un malestar. Por ejemplo, que uno de los miembros de la pareja insista en querer tener relaciones sexuales a una hora o lugar determinados; o bien, que evite casi siempre los besos eróticos. Salvo excepciones, estos casos generalmente tampoco requieren terapia sexual, aunque a veces sí una acotada intervención en la relación de pareja.

El grado siguiente representa un salto cualitativo, ya que se trata de una disfunción sexual propiamente tal. Al hablar de “disfunción erótica”– como se las menciona más recientemente – estamos entrando derechamente en otro marco de referencia, donde se evalúa de acuerdo a ciertos criterios diagnósticos preestablecidos. Aunque no existen definiciones plenamente aceptadas por la mayoría de los especialistas, se suele describirlas como problemas de funcionamiento de índole muy diversa – entre los que se incluyen aspectos fisiológicos, cognitivos, afectivos o motores – que son recurrentes y persistentes (de una duración de al menos seis meses), los que se presentan en una o en varias fases del ciclo de la Respuesta Sexual Humana (la del Deseo, de la Excitación y la Orgásmica) al mismo tiempo.

Estos trastornos nos dificultan o incluso nos impiden disfrutar de la actividad sexual del modo en que quisiéramos – no nos estamos refiriendo sólo al coito – por lo que no logramos una satisfacción objetiva o bien subjetiva. Se trata de situaciones o vivencias más evidentes y continuas de malestar, las que han motivado a que los afectados hayan buscado – infructuosamente – maneras de resolverlo. En estos casos sí sería conveniente consultar con un especialista que no solamente sea sexólogo sino que también terapeuta de pareja.

Las disfunciones sexuales más frecuentes en las mujeres son la anorgasmia (antigua frigidez), el deseo sexual hipoactivo, la dispareunia (dolor en el coito) y el vaginismo. En los hombres son cada vez más frecuentes y serían: deseo sexual hipoactivo, eyaculación precoz, disfunción eréctil (antigua impotencia), dispareunia y eyaculación retardada. Cada una de ellas puede clasificarse de acuerdo con tres grandes categorías: cronología, intensidad y contexto. Cronológicamente hablando, algunas se manifiestan al comienzo de nuestra vida sexual (primarias) o después de haberse funcionado bien por años (secundarias); y, pueden surgir paulatina o súbitamente. En cuanto a la intensidad, la disfunción puede ocasionarnos una incapacidad total o bien una parcial (a veces podemos funcionar normalmente o con una cierta dificultad). Concerniente al contexto, algunas se presentan en toda ocasión y ante cualquier persona (generalizadas) o solamente en determinadas circunstancias (situacionales) o con determinadas personas (selectivas).

Los casos que más consultan actualmente son aquellas disfunciones para las cuales hemos acuñado el nombre de “selectivas-relacionales”. Consiste en hombres o mujeres que han funcionado bien por largo tiempo y en quienes permanece intacta la actividad masturbatoria; sin embargo, al intentar mantener alguna actividad sexual con la pareja estable a quien aman, el funcionamiento falla, ya sea total o parcialmente. Ambos miembros de la pareja perciben la disfunción sexual como un entrampe que – cualitativamente – altera visiblemente su vida o algún aspecto importante de la misma. Especialmente cuando se trata de un trastorno selectivo-relacional, el terapeuta debe ser sexólogo y terapeuta de parejas.

Cuando yo tengo ganas, tú no tienes o viceversa: discrepancia sexual en las parejas

Cuando yo tengo ganas, tú no tienes o viceversa: discrepancia sexual en las parejas

Mauricio está molesto con Catarina. El sostiene que ella tiene un “problema”, que no puede ser normal que ella “casi nunca” tenga ganas o, sino, significaría que ella lo rechaza sexualmente “sólo para llevarle la contra”. Catarina, por su parte, insiste en que su deseo es normal y que no porque no quiera hacer el amor tantas veces como él quisiera, ella estaría “enferma”.  Por él, lo haría todos los días, especialmente en las mañanas antes de levantarse para ir a trabajar. Para ella está bien un “rapidito” de vez en cuando, pero su mejor momento son los fines de semana a la hora de la siesta. Este caso nos recordó la escena de una película de Woody Allen, en la que el hombre decía que “no hacemos el amor casi nunca, solo tres veces por semana” y ella retrucaba que “pero si hacemos el amor casi todos los días, cuatro veces por semana”.

Una de las formas más comunes en que se evidencian los problemas de deseo sexual dentro de una pareja y que ellos pueden confundir con alguna patología del deseo sexual son las discrepancias respecto a la frecuencia con que querrían tener relaciones sexuales. Dichas discrepancias no aparecen en los manuales, no son categorizadas como un “desorden” y los autores suelen usar indistintamente como sinónimos, los términosdisritmia y discronexias para referirse a estos desacuerdos. Nosotros optamos por hacer una distinción entre ambos conceptos.

Preferimos el vocablo disritmia para subrayar, tal como su nombre lo indica, que las diferencias presentes implican pautas rítmicas disímiles en los niveles de apetencia sexual y también al contexto en que ocurren, por ejemplo, la hora, los días y otras condiciones en las que cada uno prefiera tener relaciones sexuales. Al igual que si a uno le gusta hacer el amor por la mañana y otro por la noche, uno puede desearlas con más frecuencia que el otro. En estos casos, entonces, no se trataría de distintos niveles de deseo sexual, sino que no coinciden en sus ritmos. En tanto que usamos la denominación de discronexia para referirnos a aquellas situaciones en que un miembro de la pareja regularmente parece “necesitar” una mayor o menor frecuencia de relaciones sexuales. Dentro de esta misma línea, Weeks (2005) propone el término asincronía sexual para aquellas parejas que repetidamente no coinciden en el tener ganas al mismo tiempo.

Todas estas discrepancias pueden llevar a que la pareja se acuse mutuamente de “enfermo” (por defecto o por exceso). Lo más probable en estos casos es que a ambos sí les interese el sexo y que ninguno presente niveles patológicamente bajos de deseo sexual, sino que uno de ellos tiene más ganas que el otro. En otras palabras, ellos se encuentran ubicados en polos opuestos del continuum del deseo sexual normal: uno en el “normal alto” (deseo sexual alto, buena respuesta sexual y búsqueda de estímulos sexuales) y el otro en el “normal bajo” (buena respuesta sexual, presencia de fantasías sexuales aunque menos frecuentes, escaso deseo sexual espontáneo, por lo que no toma la iniciativa, pero sí existe deseo sexual receptivo).

De acuerdo con Maurice y Bowman (1999), hay casos en que una persona acusa a su pareja de sufrir de deseo sexual inhibido cuando lo que puede pasar es que ella tenga un deseo sexual hiperactivo y ser muy exigente sexualmente. Pero también se dan situaciones en que el afectado con DSH, en vez de reconocerlo como un síntoma, posiblemente niegue que tenga un problema y lo explica con que su pareja pide demasiado.

En la realidad, sobre todo en la cotidianidad que sobreviene a los años de relación, muy raramente ocurre que ambos presenten el mismo grado de deseo sexual. Esta es más bien una regla que una excepción. Un aspecto importante son las diferencias en el funcionamiento sexual entre el hombre y la mujer. Mientras ellos tienen más ganas en las mañanas debido a que su tasa de testosterona aumenta un 30% a esa hora, ellas están aún medio dormidas o preocupadas de que se les va a hacer tarde. Las mujeres necesitan sentirse relajadas para poder concentrarse. Para algunas la mejor hora es en la noche, cuando los niños ya están durmiendo. Los biorritmos también son distintos según la época del año. En los hombres aumenta más el deseo a principio del verano, en tanto que en las mujeres sucede al llegar la primavera, ya que en ése período se incrementa el nivel de estrógenos.

Así que, en efecto, difícilmente los dos miembros de la pareja tendrán el mismo nivel de deseo sexual y cualquiera de ellos puede pasar por etapas de menor interés, lo que no significa que esté sufriendo de ningún trastorno. Recordemos que no existe lo “normal” o anormal sino lo satisfactorio o no para cada persona o pareja. Algunos autores proponen que las discronexias sexuales forman parte de otra fase de la RSH, la de la Satisfacción.

Pero, además, es muy difícil que en la agitada vida actual de los “ejecutivos de película que corren tras el éxito”, como diría Serrat, ambos miembros de la pareja tengan al mismo tiempo ganas de tener relaciones sexuales. Si además se trata de una familia con 3 hijos, que viven con alguno de los padres que quedó viudo y con una Nana puertas adentro, la situación es mucho más complicada. Como nos decía un paciente con gran sentido del humor, “nosotros no hacemos el amor cuando tenemos ganas, sino cuando podemos, aunque no tengamos ganas”. Lo cual demuestra que se puede muy bien iniciar una relación sexual sin que se haya hecho presente previamente el deseo espontáneo, que gracias a las caricias y los besos el deseo reactivo se despertará de forma natural.

Las diferencias en los niveles de deseo sexual pueden provocar malos entendidos y conflictos en la pareja, incluso antes se las atribuía a “incompatibilidad de caracteres”. Cuando a uno de ellos no le apetece, el otro se siente rechazado, no querido o poco deseado. En algunos casos este tipo de desacuerdos tienen mucho en común con otras dificultades que manifiesta la pareja, tal como la educación de los hijos, cuánto gastar en vacaciones, etc. Levine (2010) postula que la etiología detrás son las conflictivas interpersonales. El deseo sexual variará a lo largo de la historia de la pareja dependiendo de varios factores, siendo las variables contextuales las más importantes.

A veces los matrimonios que llegan a consultar por estas discrepancias se han enfocado en este problema sexual como una manera de ocultar otro tipo de tensiones, en el sentido que no están preparados para lidiar con conflictos más profundos. En estos casos el historial de la relación evidenciará que en algún momento se produjo un marcado cambio en el interés sexual de alguno de ellos. Por el contrario, si la historia de la discrepancia se remonta a los primeros tiempos de la relación, Maurice (1999) indica que el clínico debe preguntarse por qué esas dos personas han sido incapaces de lograr aquello que la mayoría de las parejas consiguen. Es decir, generalmente las parejas se van adaptando mediante la aceptación y/o la negociación a un cierto ritmo de frecuencia que les acomoda relativamente a los dos. Responder esta interrogante es fundamental para la terapia.

Mitos en torno a la masturbación: resabios de culpa en el siglo XXI

Mitos en torno a la masturbación: resabios de culpa en el siglo XXI

Al releer Retrato del Artista Adolescente me surge la interrogante de si todavía la masturbación provoca sentimientos de culpa asociados a la doctrina judeocristiana. La maestría de James Joyce nos transmite el sufrimiento moral de un púber por la reaparición de la libido después del llamado periodo de latencia. A través de sus introspecciones autobiográficas nos comunica la inicial extrañeza de Stephen Dédalus – estudiante de un colegio jesuita – ante la intensidad de sus impulsos, sus vanos intentos por autocontrolarse y la sensación final de ser un pecador empedernido, de ser un degenerado indigno de Dios. Aunque comienza a escribirlo en 1904, el autor está describiendo lo que sucedía a finales del siglo XIX, cuando tanto en la sociedad general como en la medicina, se condenaba a la masturbación por ser pecaminosa y perjudicial para la salud física y mental.

Basándose en supuestas «verdades científicas», se creía que la masturbación ocasionaba agotamiento, perdida de memoria, melancolía, diversos ataques, epilepsia, ceguera, sordera, esterilidad, impotencia, imbecilidad, reblandecimiento cerebral y parálisis, entre otra larga lista de etcéteras. ¡Que diferencia con el «lamento» autobiográfico de Phillip Roth de mediados del siglo XX, respecto a otro púber – esta vez judío – Portnoy, un fanático de la masturbación y sin culpa alguna!.

Se sabe que el instinto sexual – presente desde que nacemos – es una necesidad corporal normal que compartimos con los animales. Recordemos que pertenecemos primero al reino animal y después al humano. No obstante, concerniente a los impulsos sexuales y a la masturbación, nosotros nos comportamos en forma muy diferente a los animales. La sexualidad es el único instinto biológico que no requiere ser satisfecho para que podamos seguir subsistiendo. Se trata de un impulso que se puede controlar, frenar y postergar. Incluso, es posible que esté en estado de inhibición y sumido en el inconsciente, sin que la persona sienta su presencia, tanto así que hasta puede «olvidar» que existe. En todos los procesos señalados anteriormente juegan un rol fundamental factores de índole psico-emocionales junto a otros cultural-religiosos.

En la consulta he podido observar que aún persisten resabios de prejuicios anacrónicos, los que se reflejan en la actitud ambivalente que se tiene hacia la masturbación. Aunque la persona sea agnóstica o atea, aunque afirme estar consciente de que no es perjudicial ni algo pecaminoso, aunque acepta a un nivel teórico-intelectual que no tiene «nada de malo», continúa sintiéndola como fuente generadora de tensión, ambigüedad y perplejidad. Mujeres mayores que evitan o se niegan a practicarla sin saber por qué, o lo atribuyen vagamente a que les da «lata» hacerlo, o aducen que «no les resulta», que no sienten «nada», o confiesan que se sienten inhibidas.

En las mujeres más jóvenes, incluso aquellas que dicen orgullosamente «no creer en Dios ni estar ni ahí con los pecados, ni con la Iglesia Católica», reconocen una cierta sensación de vergüenza, de incomodidad, de que «de alguna forma» sienten que es un acto de naturaleza sucia. Algunas jóvenes afirman que nunca lo han intentado; otras, que lo hicieron por un corto tiempo en la pubertad y después nunca más. En cambio, en los hombres, la situación es muy diferente. Efectivamente, casi no se encuentran casos como los antes mencionados, aunque en los últimos dos años me han llegado consultas por mail de varones jóvenes que se sienten “en pecado” por no poder dejar de masturbarse.

Aunque se sabe que la masturbación ha existido desde siempre, en todo periodo histórico, en toda cultura, en toda clase social, a cualquiera edad, en ambos géneros y en los animales; y, aunque se reconoce que es una actividad inofensiva, continúa teniendo mala reputación y siendo despreciada. Sobre cuáles mitos se sustenta esta actitud? Persiste cierta ignorancia y confusión, incluso en los términos que se usan: onanismo, masturbación, auto-estimulación, auto-erotismo, abuso de uno mismo. El pecado de Onán se confundió con el coitos interruptus, pero se sigue ocupando onanismo como sinónimo y como “prueba” de la condena de Dios a quienes desperdician su semilla en vez de procrear. Y hay tres traducciones distintas para la raíz etimológica latina del vocablo masturbación.

La actitud ante la masturbación ha variado a lo largo de la historia de la humanidad. Consecuentemente con el reinado dionisiaco, fue apreciada durante un tiempo. La mitología cuenta que Hermes se la enseñó a Pan para aliviarlo del sufrimiento por su inaccesible Eco y que éste la traspasó a los pastores. En el antiguo Egipto se la celebraba por haber permitido al dios Sol concebir a la pareja original. En Grecia, Diógenes se masturbaba en público riéndose de que así se habría evitado la guerra de Troya. Entre los pueblos americanos, el mito del indio pícaro es igualmente muy antiguo. En la actitud condenatoria, las religiones jugaron un rol fundamental. Para el Talmud, el hombre que fornica con sus manos no tiene excusas. Para el Zóhar, la masturbación es el peor de los pecados. Con el advenimiento del cristianismo se agrava esta postura y desde la Alta EdadMedia predomina la visión agustiniana apolínea culpógena que perduraría durante siglos: La naturaleza humana siente sin duda vergüenza de esta voluptuosidad.

Aunque cabe señalar que, por un tiempo, al menos no se la prohibió y que, hasta principios del Renacimiento, se fue indulgente con las mujeres que la practicaban. La situación mejora con La Ilustración. Los filósofos se muestran tolerantes. Diderot escribe un extenso artículo liberal sobre la manustupracion (concepto usado como verbo por Montaigne en 1580) en su Enciclopedia. Rousseau, con bemoles, se declara a favor en El Emilio. Empero, en 1758, el médico francés Tissot provoca un grave retroceso al incorporar la ciencia en la construcción de mitos, atribuyendo a la masturbación cualquiera afección de origen desconocido, argumentando que un delito tan enorme inevitablemente involucra un castigo terrible. Sostuvo que toda actividad sexual agotaba los nervios, poniendo en peligro la cordura, por lo que hasta mediados del s. XIX, se recurría a atormentadores procedimientos físicos para curar la masturbación.

A pesar de que a inicios del s. XX aún se creía que originaba gangrena, algunos médicos realizaron un salto interpretativo: los trastornos mentales serían reactivos a la culpa y no a su práctica. Freud asocia la histeria con la represión sexual victoriana, donde una mujer decente no tiene deseo sexual. Más relevante fue su descubrimiento de la naturaleza autoerótica en los niños. Otros avances se deben a Shekel, Groddeck y Reich, hasta llegar al impacto producido por Kinsey y por la Revolución Sexual.

Pero, hubo que esperar años para que no sólo se desvirtuasen los aspectos negativos, sino que se destacasen los positivos. Hoy, los científicos consideran que la masturbación es beneficiosa para la sexualidad individual y de pareja, para la realización del amor y la creatividad, usándola como técnica terapéutica en las disfunciones sexuales. Incluso la Enciclopedia Británica menciona su naturaleza agradable, sedativa e hipotensa. La prestigiosa revista The Lancet propuso que, en esta época del sida, masturbarse sería como hacer el amor con una sola persona cuya historia sexual es perfecta y realmente conocida (hace pocos días, el cardenal emérito Martini defendió el uso del condón como un mal menor para prevenir el sida) y Woody Allen epata con su frase: es como hacer el amor con la única persona que amamos verdaderamente.

Pareciera que se ha superado la condenación, sin embargo, en el catecismo de 1992 se la vuelve a indicar como pecado. Al revisar en internet la postura más actual, encontramos que aún se dice que para Dios es muy importante que no abusemos de nuestro cuerpo que (éste) se contamina y se corrompeMientras más masturbación más deseo (ya que) no satisface realmente ni saciaEs ahí donde Satanás nos tiene en sus manos. Lo peor es que envuelve fantasías, visualizacionesLos actos que se imaginan son más pecaminosos y lujuriosos todavíaToda la inmoralidad sexual empieza con un pensamiento (Pastor D. Ureña, 2005).

Se insiste en la prohibición del preservativo, ya que éste bloquearía el único propósito del semen: la procreación. En el Confesionario se hacen detalladas preguntas para “pillar” este pecado y, hasta hace poco, eran condenadas hasta las poluciones nocturnas. Los sacerdotes deben ser célibes (el padre Jolo tuvo que pedir la dispensa) y practicar la abstinencia total (incluida la masturbación). Tal como afirma Bantman, la Iglesia. Agrega que la herencia puritana quedó en evidencia cuando el mismo Clinton (con que cara!!) destituyó a su ministra de Salud, la pediatra Jocelyn Elders, por haber alabado públicamente los meritos de la masturbación y sugerir que se debía enseñar en los colegios e institutos. continua persiguiendo con toda su furia a contraventores y adeptos a cualquier clase de masturbación

Entonces, aún persisten resabios de las actitudes condenatorias de la doctrina judeo-cristiana y no hay que olvidar que el Estado se separa definitivamente de la Iglesia recién en el siglo XIX. Las consecuencias de las estructuras represivas del pensamiento sobre la sexualidad han sido magistralmente analizadas por Foucault. Si la masturbación se acompaña de sentimientos de inquietud, culpabilidad y desesperación, no puede ser disfrutada sinceramente y pasa a ser una experiencia agridulce. Esta forma de placer que debería estar exenta de cualquier ansiedad o conflicto emocional, continúa produciendo ambivalencia y los mitos brillan con su presencia. Esto queda reflejado en las preguntas con que se encontraron en el último Report del Instituto Kinsey (1990):

¿La masturbación produce granitos?

¿La masturbación es mala para la salud?

¿Afecta la masturbación la capacidad de convertirse en madre o padre?

¿Puede causar locura la masturbación?

¿Puede la masturbación agrandar el tamaño del pene de forma permanente?

¿Puede la masturbación reducir o acortar el pene de forma permanente?

¿Cambia la masturbación la forma o la curva del pene?

¿Altera la masturbación de manera permanente el tamaño, forma o color de cualquier zona de los genitales femeninos?

¿La masturbación causa alguna enfermedad?

¿La práctica de la masturbación durante la adolescencia reduce la capacidad de reaccionar sexualmente con un compañero más adelante?

¿Es normal masturbarse si se esta casado (a)?

¿Cuál es la frecuencia normal de masturbarse?

¿Cuál sería la frecuencia de una adicción a masturbarse?

Las dudas que se tienen en 2011 no son muy distintas a las mencionadas en las preguntas anteriores. En distintos sitios de internet, algunas de las preocupaciones actuales son:

¿Hay algo físicamente malo en masturbarse?

¿Soy un perdedor si me masturbo?

¿Puede ser demasiado?

¿Cuánto es lo normal?

¿Es normal sólo en púberes y adolescentes?

¿Pocos adultos lo hacen?

¿Sólo los hombres se masturban?

Suman y siguen: hace que crezcan pelos en la palma de la mano, es mala para la vista, produce acné, cáncer, causa enfermedades de transmisión sexual, se acabará el semen?. Esta última inquietud viene de la antigua creencia de que existía una cantidad finita de semen, así que no había que desperdiciarlo ni en la masturbación ni antes del matrimonio.

Una simpática anécdota muestra cómo nuestra prejuiciosa mente puede llegar a diagnosticar a un perrito macho que, en una estirada cena formal, se masturbó en la pierna de un caballero. Si hubiese sido un hombre humano, lo hubiesen etiquetado de onanista, gay, exhibicionista y fetichista. Pobre perrito!! No sabe lo enfermito que está, lo degenerado que es!!

Frecuencia y espontaneidad en las relaciones sexuales: la ley de Fisher

Frecuencia y espontaneidad en las relaciones sexuales: la ley de Fisher

Deja la lujuria un mes y te dejará ella tres (Refrán popular)

Sabemos que el deseo sexual generalmente disminuye – hasta cierto punto – con la edad y con la duración de la relación. Sin embargo, también sabemos que, después de haberse alcanzado esa disminución relativa, muchas parejas se estabilizan en una frecuencia de aproximadamente dos coitos semanales y mantienen dicha periodicidad por décadas. Una posible explicación la encontramos en la denominada “ley de Fisher”.

Según B. Fisher, destacado investigador canadiense, mientras más relaciones sexuales tengamos, mayor será la cantidad de sexo que nos pida nuestro cuerpo y, viceversa, mientras menor sea la frecuencia, menor será el deseo sexual (Smith, 2006). Cuanto más interactuemos con nuestra pareja de una manera sensual, táctil y afectiva, mayor será nuestra predisposición neuronal a sentir deseo. En este sentido, la sexualidad no funciona como otras apetencias físicas. Por ejemplo, si ingerimos alimento bien seguido, nos sentiremos saciados y, por el contrario, si pasamos mucho tiempo sin comer, tendremos una sensación de hambre que no disminuirá precisamente con el paso del tiempo. En cambio, hombres y mujeres tienden a masturbarse más frecuentemente cuando están practicando sexo más seguido con su pareja, en vez de cuando lo han realizado n formas más distanciada.

En otras palabras, nuestro organismo tiende a condicionarse a la cantidad de actividad sexual a la que lo habituemos. Si estábamos acostumbrados a una cierta cantidad y ésta disminuye abruptamente, sentiremos inicialmente un acrecentamiento de nuestro apetito sexual; sin embargo, si no lo satisfacemos, a la larga nuestro cuerpo se ajustará a la nueva frecuencia. Si no practicamos ninguna actividad sexual por un largo período,incluso el deseo sexual puede llegar a virtualmente desaparecer. Similarmente, si hemos aumentado la periodicidad usual, en vez de sentir menos apetencia, ésta será mayor después de un breve período de saciedad. Es decir, no solo nos adaptaremos a dicha mayor frecuencia, sino que nuestro cuerpo nos pedirá más. Al analizar la fisiología del deseo sexual podemos comprobar que los centros cerebrales que lo desencadenan son los mismos que se activan al consumir cualquier droga (Doidge, 2008). Por lo tanto – en términos fisiológicos – el grado de deseo sexual va a depender de su «consumo»; es decir, a más relaciones sexuales (satisfactorias) mayor deseo.

Por lo tanto, si por algún motivo se ha producido un distanciamiento relativamente prolongado en la pareja, la libido tenderá a disminuir. Puede que, inclusive, aunque sean superadas las condiciones que provocaron la distancia, el deseo no vuelva, como si el sexo hubiese dejado de estar presente en sus vidas. Es posible que ellos se amen, se comuniquen y la pasen muy bien juntos, pero no reaparece la pasión.

Si la ley de Fisher fuese correcta, entonces se podría reconsiderar la mala fama que tiene el sexo programado y “rutinario”. Hemos escuchado hasta el cansancio que el sexo espontáneo es mejor y que hay que huir de la rutina, innovar lo más posible, por lo  que hay que variar los días, horas y lugares en que se tiene relaciones sexuales. Sin embargo, la opinión de la mayoría de los sexólogos apunta a que la sobrevalorada espontaneidad es más bien un atributo de la adolescencia y juventud temprana, así como de los primeros tiempos de vida de la pareja. Hay quienes además ponen hasta ésto en duda y sostienen que en los inicios de la relación en realidad se planificaba con detalle cada encuentro sexual para que fuese más placentero (p.e. cuando se ponían de acuerdo en ir a un motel).

Así que estamos ante uno de los tantos nuevos mitos sexuales. Tal como lo expresa Esther Perel (2007), el mejor sexo en pareja es premeditado, voluntario e intencional. Si no se programa, puede que desaparezca, porque la época de la espontaneidad ya pasó. Efectivamente, fuera de que es muy difícil que los dos miembros de la pareja tengan deseo sexual al unísono, en la vida agitada y llena de actividades que solemos llevar, especialmente después de la llegada de los hijos, no queda otra que ponerse de acuerdo para encontrar los momentos más apropiados para hacer el amor, los que probablemente van a ser casi siempre los mismos, el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar. Así que una pareja que esté llevando a cabo ciertas prácticas y posiciones de un modo que les es satisfactorio a ambos, no tendría razones para tener que modificarlas. Las posibilidades de innovación o de idear formas de huir de la rutina, son generalmente finitas y muy acotadas (especialmente dentro de la vorágine de la vida actual), por lo que se agotan rápidamente.    

En este punto se puede retrucar que ¿cómo vamos a tener sexo si no tenemos ganas?. La respuesta está en que, si inician la actividad sexual aún sin deseo espontáneo, en la mayoría de los casos el deseo receptivo o reactivo se hará presente. Estamos así apelando a la capacidad de (auto)provocar(nos) la excitación. Recordemos que el mantener actividad sexual con cierta frecuencia favorece la conservación de las respuestas fisiológicas normales necesarias para su adecuado funcionamiento. Una actividad sexual frecuente eleva los niveles de hormonas sexuales (en los hombres la barba es más abundante durante los períodos en que en que está practicando una mayor actividad sexual) e, inversamente, cuando pasamos por momentos célibes o cuando nuestra salud está deficiente, los niveles de nuestras hormonas sexuales disminuyen, reduciéndose nuestra libido.

Pero volvamos a la ley de Fisher. Dado que nuestros organismos son maleables y el deseo sexual se ajusta a la frecuencia con que practiquemos los encuentros con nuestra pareja, es de suponer que, cuando se aproxima el momento en que estamos acostumbrados a tenerlos, nuestro cuerpo – previamente condicionado – se anticipe y empiece a sentir las ganas a priori, poniéndose en funcionamiento el sistema de recompensa apetitivo de nuestro cerebro, el del placer anticipatorio. (Como el deseo puede iniciarse al “pensar” en ello, cuantos más momentos dediquemos a fantasías o ensoñaciones eróticas, mayor será nuestra propensión cerebral a querer ese algo). En estudios tipo encuestas, la mayoría de los entrevistados que reportan estar muy a gusto con su vida sexual, afirman que la programan casi siempre en los mismos días y a la misma hora.

Doidge, Norman / El Cerebro se cambia a sí mismo / 2008

Perel, Esther / La inteligencia erótica: claves para mantener la pasión en la pareja / 2007

Smith, Tom / American Sexual Behavior: Trends, Socio-Demographic differences and risk behavior / 2006

«Te amo, pero no te deseo». Una epidemia del siglo XXI

«Te amo, pero no te deseo». Una epidemia del siglo XXI

Acude a la consulta una pareja joven, él tiene 31 años y ella 28 años; ambos profesionales con trabajos satisfactorios, ni excesivos ni estresantes y bien remunerados; pagan sin mayor esfuerzo el dividendo de un hermoso departamento y realizan las tareas domésticas en forma totalmente igualitaria. Pololearon dos años y llevan casados otros dos años; no tienen hijos. Afirman que están muy enamorados, que se proyectan a futuro juntos, que consideran que el matrimonio es para toda la vida, que tienen una muy buena comunicación, que se llevan bien entre ellos, que casi no pelean y que no tienen problemas en ninguna otra área salvo la sexual: durante el pololeo hacían el amor frecuentemente, pero hace casi dos años que no tienen relaciones sexuales. Se hacen cariño, se besan, caminan de la mano y se duermen abrazados, mas la pasión desapareció de sus vidas.

Cuando se pusieron de novios, él fue dejando de tomar la iniciativa sexual y evitaba estar a solas con ella; después de casados, se comportaba muy pasivamente cuando hacían el amor a pedido de ella, hasta que comienza a rechazar los avances sexuales de su mujer con distintas excusas, culminando en que ella se cansa de buscarlo inútilmente. Cuando solicitan ayuda profesional, él reconoce que no siente deseo sexual por su esposa, ella ha ido aceptando la situación, ambos se sienten incómodos ante la mera perspectiva de un encuentro erótico y acuden a consultar ahora porque desean tener un hijo. 

En las sesiones individuales, el marido sostiene que encuentra muy atractiva a su mujer, que la ama profundamente, que la volvería a elegir como su compañera y que para su desahogo sexual recurre a la masturbación, pero confiesa que a veces se tienta con la pornografía y que claramente sí siente deseos por otras mujeres, aunque nunca que le ha sido infiel ni siquiera virtualmente. Se declara muy preocupado y angustiado por estar fallándole a su esposa en algo tan importante.  

No comprende en absoluto lo que le pasa, ya que con sus parejas anteriores no le ocurrió nada parecido. No tenía ningún problema previo de funcionamiento sexual, si bien a veces eyaculaba precozmente; tampoco se siente ni deprimido ni estresado. Creyó que podría haber alguna causa física, pero el urólogo lo encontró sano y con un nivel adecuado de testosterona. Varios meses atrás, estuvieron separados por un corto tiempo y como él volvió a desearla apasionadamente como al inicio de la relación, creyeron que todo estaba arreglado; mas, al volver a vivir juntos, nuevamente surge la inapetencia sexual.         

Se describe a sí mismo como un hombre que rechaza el machismo, que le encanta que su esposa sea profesionalmente exitosa, que le cargan las discusiones, que cuando ella lo critica y se enoja, a él le cuesta ser asertivo y prefiere permanecer en silencio hasta que todo se vuelve a calmar, aunque reconoce con humor que parece “mina”, ya que le cuesta olvidar lo que sucedió y queda resentido. No tolera percibirla a ella molesta o distante, ni verla sufrir y llorar, se siente muy culpable, pero a pesar de ello, dice que sencillamente no podría soportar un acercamiento erótico.

Por su parte, ella tampoco entiende nada. En sus experiencias sexuales anteriores, nunca había conocido un hombre que no deseara sexo casi todo el tiempo. Al comienzo creyó que podía haber algo mal en ella o que estaba haciendo algo muy mal, en su apariencia física o en el desempeño de sus roles de esposa. Está convencida que si él dejó de desearla, significa que ya no la ama; o bien que tiene una amante e incluso se le ha pasado por la mente que él pudiese ser homosexual. Hoy en día cree que las causas están en la niñez de él, en la relación con sus padres o en subjetivos problemas en el trabajo. Tiempo atrás ella fue descubriendo en él defectos que no había visto antes, actitudes que no le gustaron y trató de conversarlo con él infructuosamente, pero al lado del problema sexual, ya no parecen importantes.   

Recientes investigaciones confirman que la falta de deseo sexual es uno de los motivos más frecuente de consulta a los sexólogos en los últimos años. No obstante, no se trata de una inapetencia sexual como la de antes, aquella que afectaba mayoritariamente a mujeres y que solía estar asociada a alguna otra disfunción sexual, generalmente a la anorgasmia. Tampoco se refiere a aquella que aparecía varios años después de casadas en madres de varios hijos que estaban agotadas, desilusionadas y sin otro poder que el sexual dentro de su matrimonio; ni a la natural disminución generalizada del deseo sexual después de los 60 años en ambos géneros.

Actualmente afecta a parejas entre 25 y 40 años, puede presentarse en la mujer, en el hombre o en ambos, aunque los casos que más se han incrementado son los de varones. Les sucede a parejas que se aman, que no tienen conflictos abiertos entre ellos, que quieren seguir juntos, formar una familia y que acuden muy motivadas a consultar. Se descartan causales orgánicas, trastornos del estado de ánimo, cansancio, estrés, problemas económicos o de privacidad, miedo al compromiso, desaveniencias maritales, falta de amor e infidelidad.

Los inicios pueden ser abruptos o paulatinos; puede manifestarse en dejar de tomar la iniciativa, en una marcada disminución de la frecuencia sexual o con el cese absoluto de las mismas. Puede aparecer al momento de ponerse de novios, al irse a vivir juntos, al poco tiempo de casados (o en matrimonios que llevan muchos años juntos), después del nacimiento del primer hijo o de los hijos posteriores, aunque también puede presentarse en parejas de pololos que ni siquiera viven juntos. Puede haber existido eyaculación precoz previa, pero generalmente no hay ninguna otra disfunción primaria.

Ante este panorama, las interrogantes que necesariamente surgen se refieren a por qué ha aumentado tan considerablemente el Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) en la última década, por qué aparece ahora en parejas que bordean los 30 años y por qué los más afectados son los hombres, siendo que antiguamente casi nunca consultaban por esta disfunción. El DSH masculino es un fenómeno especialmente interesante, dado que implica un comportamiento incongruente con lo socialmente esperado.

Tradicionalmente los especialistas intentaban delimitar – en términos individuales – los factores predisponentes, precipitantes y mantenedores que pudiesen estar afectando; sin embargo, con estos datos no es posible dilucidar adecuadamente la inquietud que nos ocupa. Se hace indispensable indagar en las relevantes transformaciones socio-culturales que se han evidenciado en nuestra Sociedad Occidental en las últimas décadas. Parece especialmente significativo analizar el verdadero terremoto que se ha producido en los roles de género y sus consecuentes confusiones e inseguridades propias de los períodos de transición.

Revisando la escasa literatura existente respecto al DSH masculino, nos encontramos con algunos resultados muy decidores. Varios de los factores mencionados son los que tradicionalmente se asociaban a mujeres con DSH. Entre los factores de riesgo hallados por los autores se pueden señalar los siguientes:

  • Incremento de las características de sumisión: tiende a percibirse a sí mismo como sumiso, traducido en conductas de abnegación, dependencia, conformismo, timidez y capacidad para soportar el sufrimiento.
  • Decremento en los niveles de auto-estima: se refiere al juicio personal respecto al grado de valía de sí mismo, expresado en las actitudes que tiene hacia sí mismo, así como en la experiencia subjetiva que se transmite a los demás.
  • Decremento de las características de masculinidad: se refiere a conductas instrumentales, es decir, aquellas dirigidas a una acción, orientadas a metas, agresividad, búsqueda de dominio y autoafirmación. Los varones sin disfunción sexual tienen una mejor autoimagen del rol masculino, lo que se asocia a pragmatismo y adaptación.
  • Decremento de las características de femineidad: se refiere a conductas llamadas de relación, aquellas encaminadas hacia los sentimientos y la abstracción, tales como involucrarse con los demás, expresar los afectos, desear dar protección y orientación hacia la crianza. Los hombres sin disfunción sexual puntean más alto en esta escala.
  • Incremento de los temores asociados a la sexualidad: se traduce en una percepción negativa de la autoeficacia sexual, lo que provoca temor al fracaso.
  • Decremento de la calidad de la comunicación entre los miembros de la pareja.
  • Incremento de problemas y conflictos de pareja.
  • Incremento de una dinámica de pareja donde la mujer es percibida como muy dominante y con excesivo poder dentro de la relación. La disminución del deseo sexual es interpretada como una forma de agresión pasiva y como una manera de mantener una distancia emocional.
  • Incremento de la percepción de sí mismo como alguien de estilo reservado, mientras que percibe a su pareja como alguien negativo y de un estilo violento.

Si bien se ha avanzado algo en el estudio de este fenómeno, aun quedan importantes aspectos por determinar. Efectivamente, en las investigaciones no se suelen diferenciar los casos separándolos por edad, por momento del inicio ni por la duración del síntoma. Tampoco se analiza la personalidad del hombre en relación con la personalidad de su pareja. Por nuestra parte, lo que hemos observado en la inmensa mayoría de los casos es una determinada combinación de tipos de personalidad del Eneagrama.

La expresión del descontento: Cambios en la pareja, cambios en la sexualidad

La expresión del descontento: Cambios en la pareja, cambios en la sexualidad

Ya desde hace un tiempo estamos junto a Alejandra discutiendo los que observamos en la actual. Y no es una mera conversación teórica, ni un análisis psico-sociológico alejado de la actualidad, sino una necesaria reflexión ante lo inusitado de ciertas sintomatologías presentes en las parejas que consultan. Sean la sexualidad, las rupturas tempranas de parejas matrimoniales, o la dificultad para involucrarse en una relación de pareja estable, hemos pensado que puede ser una  forma de mostrar el descontento en las relaciones íntimas, en una cultura inconsistente. Y es el deseo sexual hipoactivo en hombres la expresión más notable de nuestro contexto actual.

Ya hemos discutido acerca de los cambios en los roles, cómo es que la identidad femenina y masculina ya no operan como hace unas décadas atrás. Aquí quisiera exponer nuevas reflexiones acerca de este tema.

Pues bien, ser  ya no está asociado a las labores tradicionales de antaño: ser dueña de y una esposa devota. A partir de los efectos de la segunda guerra mundial la mujer estuvo obligada a enfrentar nuevos roles, ante la ausencia y muerte de sus esposos. Con esto logran percatarse que pueden autovalerse, logran generar el poder de mantenerse económicamente y más aún, tener tanto éxito como los hombres. Aún cuando ellas viven en un contexto cultural patriarcal, han adquirido más poder (aquí podemos utilizar el concepto “falo”, que desde lo freudiano expresa claramente el “lugar de lo masculino”), acercándose a aquellas características propias de los hombres. Esto es lo que puede definirse como “masculinización”. Ellas hoy no sólo son profesionales de igual a igual con los hombres, sino que incluso están en la posición de prescindir de ellos como proveedores…y también pueden estar en la posición de mantenerlos. El poder asociado histórica y culturalmente al hombre y su falo masculino se empieza a diluir. Mujeres con poder pueden o ser férreas competidoras de los hombres, o simplemente ser «los hombres de la casa». Y no es una frase peyorativa, sino la expresión de una de las formas de relación más comunes entre los seres humanos: la complementariedad, eso sí, desde un nuevo prisma social.
El hombre por su lado no ha sabido reinventarse. La evolución de la mujer nunca ha estado de la mano de la evolución del hombre, simplemente parecieran ser procesos paralelos sin conexión. Dado que el ser pareja es una tendencia social, humana y emocional, como en un efecto sistémico, uno de ellos se debiese adaptar a un nuevo lugar o rol. En este caso, son los hombres, que por la «nueva educación» dada por madres progresistas, o por elección de pareja, han adaptado ciertas de sus características a estas mujeres liberales. Por esto es que no ha sido poco común encontrar mujeres fuertes y explosivas junto a hombres pasivos y emocionales. Siguen siendo hombres, pero son menos «fálicos» que los machos tradicionales. Aquí es donde los estilos de vivir pueden chocar con las expectativas sociales. Se espera socialmente que los hombres sean fuertes, protectores, que definan y que se hagan cargo de diversas situaciones en la pareja, sin embargo, esto conllevaría a que el lugar de la mujer sea ser la protegida, la aceptadora de sus definiciones, y quien necesite ser guiada. Si seguimos este discurso, la cultura patriarcal en lo público se mantiene casi intacta como parte de lo instituido, sin embargo en lo privado se vive una realidad completamente distinta. No es que el hombre de por sí se vuelva o débil o se anule, sino que para hacer viable una relación debe modificar parte de su identidad. Ante lo activo de uno, se requiere de la pasividad del otro. En lo privado ambos desean definir, ambos se pueden proteger, y esto puede llevar a que se expresen conflictos de poder, de rol y de relación en general. Sin embargo esto ocurre en una contradicción no menor, entre estos disjuntos dominios de existencia. Y esto se expresa de múltiples formas en la actualidad: El deseo sexual hipoactivo, el miedo al compromiso, la infidelidad, etc. ¿Cómo ser hombre si ambos en la pareja comparten la masculinidad establecida desde los marcos culturales? Esto genera parejas «muy iguales», pero con individuos de distinto carácter: uno fuerte y otro débil. ¿pueden coexistir en el amor dos personas fuertes o dos personas débiles? Aunque existen parejas con estas características, tienden a ser escasas.
Pero, ¿qué podríamos discutir acerca de la expresión sexual de este conflicto de poderes en la relación? Si pensamos que en el devenir de los cambios de la mujer ella se ha percatado de sí misma, puede adquirir autonomía, también se percata de sus derechos. Esto es, a tener lo que considera necesario en su vida para «estar bien», así sea una estabilidad económica (exigir que la pareja «rinda» como ella), emocional (que sea capaz de decirle lo que siente) y la satisfacción sexual. Hoy la mujer exige sus derechos, no como antaño, donde debía adaptarse a lo que tenía. Y, ¿cuál es el campo de poder que puede dar equilibrio ante tanta exigencia? Generalmente, los seres humanos buscamos maneras de resolver tanto conciente como inconcientemente este tipo de dilemas, y en este caso, es muy probable que no nos percatemos que hoy existe un serio desnivel en las expectativas de pareja (dada la contradicción antes expuesta). La frustración de alguna de las exigencias en la relación está históricamente relacionada a los equilibrios de la dinámica de toda interacción diádica. La intensidad de estas relaciones tiende muchas veces a la búsqueda de límites que protejan la propia identidad. «Dar todo lo esperado por otro, puede hacerme desaparecer como individuo». Es decir, si la satisfago por completo, me transformo en ella o en un «objeto para ella», tal como solía ocurrirle a la mujer.

Las diferencias de género y de roles sociales y sexuales nos daban una necesaria distinción, diferenciación. Sabíamos quienes éramos y no temíamos ser deborados por el otro. Hoy esto nos confunde, tanto a hombres como a mujeres, y expresamos nuestro descontento con lo instituido. La sociedad no ha sabido escuchar nuestras diferencias y no ha sabido escuchar el cambio de la mujer. No es menor que hoy podamos decir que la expresión del descontento esté ocurriendo en la sexualidad, pues es por definición lo más privado de nuestro mundo de a dos.