+569 2066 4735 (am) +569 5808 7763 (pm) - Badajoz 130 of. 1101, Las Condes, Santiago consulta@ceppas.cl

El sexo en la Prehistoria

«Hablar de sexualidad humana es hablar de la esencia misma del ser humano» M. Merleau Ponty

Lo que solemos entender como sexualidad humana ha ido variando consecuentemente con la evolución de nuestra mentalidad. Una revisión histórica y antropológica nos permite concluir que nuestras creencias respecto del comportamiento sexual dependen tanto de la cultura como del contexto histórico y socio-económico en que nos desenvolvemos, factores que siempre han incidido en la vida privada intentando reglamentar las prácticas sexuales, el placer, la reproducción e incluso las formas de expresión del amor.

Las culturas sexuales hegemónicas fueron construyendo ideologías y políticas basándose en autoridades filosóficas, religiosas y médicas. En otras palabras, nuestras vivencias en torno a la sexualidad, a las relaciones de pareja y al amor son construcciones propias de cada época, civilización, religión e incluso organización económica; por lo tanto, han ido variando a través del tiempo.

Es así como hoy en día, “en determinados aspectos, estamos ligados por una herencia sexual que se ha transmitido de generación en generación; pero en otros ámbitos las ideas modernas sobre el sexo y la sexualidad ifieren sustancialmente de los modelos de antaño” (Masters, Johnson y Kolodny).

Prehistoria:

Las expresiones culturales de la sexualidad a lo largo de la historia de la humanidad han sido múltiples. Sin embargo, aun cuando se cuenta con antecedentes históricos que datan desde hace más de diez mil años, en general, la información disponible es más bien escasa con anterioridad al año 1000 a.C. Entre los ejemplos más antiguos se pueden mencionar las Venus auriñaciences y los graffiti paleolíticos de las cuevas de Abri Castanet, representando vulvas. Otros ejemplos lo constituyen manuales sexuales chinos de hace más cinco mil años.

En las primeras comunidades cavernarias, cuando aún se desconocía su función reproductiva, la conducta sexual se realizaba para la satisfacción inmediata del impulso y se ejercía una promiscuidad sexual primitiva asociada a la inseguridad de la vida cotidiana. En aquella época la supervivencia era la prioridad absoluta, había que buscar el sustento día a día y el hogar eran apenas refugios transitorios. Aunque también se ha sugerido que los contactos sexuales estaban organizados de alguna manera, al parecer la promiscuidad sexual era la regla común para el varón, quien solía emprender el cortejo de una forma activa, e inclusive dominante, hacia cualquier hembra que no figurara bajo la protección de otro hombre. El ritual sexual empezaba con una danza rítmica y con palmadas sobre cráneos de animales, señal que informaba a los presentes sobre el deseo de copular. Durante el Paleolítico se inicia la diferenciación entre la sexualidad humana y la de los animales: se realiza el coito frente a frente.De la penetración por detrás se pasa al abrazo, a las miradas y a la comunicación como ingredientes de los contactos sexuales.

En la Prehistoria se han distinguido dos etapas principales: la primera correspondería a la llamada monogamia natural, durante la cual el ser humano practicaba una vida sexual regulada por los períodos de acoplamiento, de forma muy similar a la de los animales; así como por los constantes cambios de habitación debidos a los requerimientos de la búsqueda de flora y fauna para subsistir.

Gracias al descubrimiento de la agricultura y la ganadería, las tribus debieron establecerse por largo tiempo en territorios fijos dando lugar al sedentarismo con sus consecuentes modificaciones socio-económicas, lo cual conduce al advenimiento de la propiedad privada; mientras que, al mismo tiempo, se descubre la asociación entre coito y embarazo. Todo lo anterior repercute en una drástica transformación de las relaciones sociales y de las interacciones entre los género, surgiendo una segunda etapa, donde la sexualidad adquiere un lugar fundamental para la civilización y la monogamia pasa a cumplir la finalidad de asegurar el patrimonio familiar a largo plazo.  

Por otro lado, se empieza a representar la genitalidad en el arte: danzas fálicas en las pinturas, vulvas grabadas en piedras, grandes falos en estatuas, etc. No obstante, no se realizaba desde una perspectiva erótica, sino como símbolo de fecundidad, de fuente de vida, como un modo artístico de practicar la veneración a las Diosas de la fertilidad y del sexo. Esta tríada compuesta por la religión, el arte y la sexualidadpresentes desde el origen de los tiempos, se han nutrido recíprocamente generación tras generación. 

Identificando a la mujer – como la dadora de vida – con la tierra – dadora de frutos – nace unculto a la Gran Diosa, a la sexualidad femenina, el que terminaría de ser erradicado definitivamente con la llegada de las religiones monoteístas como el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Pareciera que cuando las sociedades eran cazadoras recolectoras, los ciclos de la luna, identificados con la mujer, eran de suma importancia, Algunos antropólogos plantean que el matriarcado fue la forma predominante de organización social. Como no había pruebas de la paternidad, el rol de la madre era fundamental y se fue convirtiendo en la cabeza del grupo familiar.

Empero, cuando nuestros antepasados se volvieron agricultores, pasó a ser más decisivo el culto al sol y a otros dioses masculinos, empezando a desvalorizarse lo femenino, tal como lo revelan estudios de los monolitos celtas de Hedgestone. Con el descubrimiento del Bronce, entre mil y dos mil años antes de Cristo, se inventaron las armas, se produjeron las primeras guerras y se impuso definitivamente el dominio masculino en Occidente. Finalmente, con la destrucción de la momia de Nefertiti, desapareció toda huella del reinado y del culto a la diosa que impusiera junto a su esposo el Faraón, en el s. XIV a.C., defenestrando a los antiguos sacerdotes que rendían culto masculino al sol.

Disfunciones de la fase del Deseo Sexual: Diagnóstico y Subtipos

Disfunciones de la fase del Deseo Sexual: Diagnóstico y Subtipos

Las disfunciones sexuales se pueden definir operacionalmente como problemas recurrentes y persistentes, presentes en una o más fases del ciclo de la respuesta sexual humana y que ocasionan sensación de malestar o sufrimiento. Generalmente se delimitan evaluando promedios estadísticos y tomando en cuenta su efecto sobre la persona afectada y sobre la relación de pareja.

Tradicionalmente la respuesta sexual humana ha sido dividida, con fines prácticos, en fases. Masters y Johnson delimitaron cuatro fases: excitación, meseta, orgasmo y resolución. No obstante, el modelo más usado hoy en día es el trifásico de Helen S. Kaplan: deseo, excitación y orgasmo. El desorden conocido actualmente como Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) es una disfunción sexual que se enmarca dentro de la Fase I del modelo de Kaplan.

La primera fase se iniciaría previamente al contacto sexual propiamente tal, ante algún estímulo adecuado. Consiste en un apetito o impulso producido por la activación de centros cerebrales que son específicos para tal fin y que normalmente, no habiendo interferencias o inhibiciones, ponen en marcha la respuesta sexual.

La libido varía no solamente de una persona a otra – probablemente siguiendo una curva de distribución normal – sino que en una misma persona cambia a lo largo del tiempo en función de la edad, del estado psicológico y físico, de la etapa de vida en que se encuentra, del nivel de atracción por la pareja, de la etapa de la relación, de los conflictos de pareja y de la presencia o ausencia de disfunciones sexuales.

Cuando existe alguna alteración de la Fase I, los síndromes pueden ser los siguientes:

1.- Deseo sexual hipoactivo (o inhibido), hipoerosias o hipolibidinosis

2.- Deseo sexual hiperactivo (o adicción compulsiva sexual),Hipersexualidad, hiperlibidinosis o erotomanía (satiriasis o don-juanismo/ninfomanía o mesalinismo

3.- Aversión al sexo, alibidinosis o sexofobia

Los criterios diagnósticos específicos para el Deseo Sexual Hipoactivo son:

Criterio A: ausencia o declinación del deseo de actividad sexual y de las fantasías sexuales, de forma persistente y recurrente.

Criterio B: inhibición que provoca marcado malestar y dificulta las relaciones interpersonales

Criterio C: esta inhibición no se explica mejor por la presencia de otro trastorno del Eje I (excepto otra disfunción sexual) y no se debe exclusivamente a los efectos fisiológicos directos de una sustancia, drogas o fármacos, o a una enfermedad médica.

En otras palabras, el DSH puede ser descrito como una inhibición persistente de la libido que bloquea la apetencia sexual, ocasionando que las relaciones sexuales disminuyan considerablemente o que desaparezca.

Si recurrimos al criterio de normalidad estadística, sin diferenciar por edad ni por duración de la relación de pareja, los estudios han mostrado consistentemente una frecuencia de relaciones sexuales – en nuestra sociedad occidental – de 2 a 3 veces por semana con un promedio anual de 103 coitos. Como el rango de variabilidad es muy amplio, los investigadores prefieren trabajar con los conceptos de frecuencias altas, medias y bajas. Para definir los casos de DSH generalmente se señala un estándar de menos de 20 relaciones sexuales al año y se consideran “parejas blancas” o  “Matrimonios sin Sexo” propiamente tales si se producen menos de 10 veces al año.

En cuanto a los tipos de DSH en el hombre – aunque en términos netamente teóricos puedan existir más categorías – típicamente se suelen diagnosticar tres subtipos:

1.- Primario o de toda la vida/generalizado o global: criterio de temporalidad que hace referencia al momento de inicio de la disfunción. El hombre afectado tiene y ha tenido siempre desde la pubertad escaso o nulo deseo de estimulación sexual (ya sea con una pareja o solo). En general se trata de personas que prácticamente no piensan en el sexo de modo placentero, evitan las relaciones sexuales no porque les produzcan ansiedad o rechazo, sino por falta de interés. El funcionamiento sexual suele ser deficiente, tanto en lo que respecta a la fase de excitación como a la del orgasmo.

2.- Secundario o adquirido/generalizado o global: en este caso, el síntoma se presenta en toda situación sexual. El hombre afectado estuvo previamente interesado en el sexo y sintió deseo sexual por su pareja actual, pero ahora no manifiesta motivación por ningún tipo de actividad sexual, ni solo ni con otras mujeres.

3.- Secundario o adquirido/parcial o situacional, selectivo solo con su pareja estable: es parcial o situacional si el síntoma no se presenta en toda circunstancia (p.e. no aparece en la masturbación pero sí con la pareja); es selectivo si se presenta solo con una pareja en particular y no con otras. El hombre afectado estuvo previamente interesado sexualmente por su pareja actual, pero ahora el deseo por ella es muy escaso o nulo; no obstante, se masturba o presenta deseo sexual por otras mujeres (lo practique o no). Un síndrome especial es el que se conoce como el de La Dona y la Putana: este hombre se entusiasma sexualmente (con o sin actividad concreta), pero solamente con aquellas mujeres con las que no consideran posible una relación con intimidad emocional. Su mujer, con la cual existe una cercanía íntima y afectiva, ya no le despierta interés sexual.

En este punto cabe agregar otra diferenciación:

Presencia de deseo sexual espontáneo: la persona siente deseo sexual sin requerir una determinada estimulación previa.

Deseo responsivo o reactivo: la persona no presenta un deseo activo o espontáneo de sexo, pero puede responder eróticamente bien y funcionar sexualmente en forma normal en contextos donde hay estimulación previa adecuada.

En conclusión, los trastornos de bajo deseo sexual en el hombre no representan una entidad única sino que reflejan una heterogeneidad que constituye la trayectoria final común a diversos desórdenes, cuyos orígenes cubren el espectro desde lo psicosociocultural a lo biológico. Aunque en algunas ocasiones puede ser difícil distinguir entre estos subtipos, no necesariamente presentan una misma etiología. A veces las hipótesis causales se derivan de evidencia empírica, pero en muchos casos se basan solamente en observaciones clínicas. En muchos casos, las causas del DSH son simplemente desconocidas.

Deseo Sexual Hipoactivo (DSH): Aspectos Históricos

A partir de la obra clásica de Masters y Johnson a finales de los sesenta, la terapia sexual o sexología fue cambiando, en las dos décadas siguientes, hacia una perspectiva en que se entremezclan visiones conductuales, cognitivas y sociales. Entre los tantos aportes de los que se consideran padres de la sexología moderna, es haber establecido que los problemas sexuales deben considerarse como problemas de pareja. A partir de estos autores, la ciencia sexológica ha avanzado a grandes pasos, constituyéndose como un dominio independiente de conocimiento, y como una rama muy importante de la psicología y la medicina.

Sin embargo, Masters y Johnson se centraron en sus estudios exclusivamente en aquellas disfunciones sexuales que se relacionaban con el funcionamiento de los órganos genitales. Por lo tanto, prácticamente no fueron mencionados los problemas de la fase del deseo. Es así como la investigación del Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) se ha concentrado solamente en las últimas tres décadas.

En 1974, Helen Singer Kaplan, en su libro «La nueva terapia sexual», profundiza y rediseña las técnicas terapéuticas propuestas inicialmente por Masters y Johnson, formulando efectivas terapias breves. No obstante, su mayor contribución consistió en sus observaciones respecto del significativo papel que juegan los significados personales (actitudes, emoción, cognición) y los culturales (estereotipos, expectativas). Esta autora fue también la que primero etiquetó como tal al Deseo Sexual Hipoactivo.

En las revisiones de la literatura encontramos que, al menos desde 1972, se han ido reportando casos de bajo deseo sexual, pero no fueron etiquetados como tal hasta 1977, cuando dos investigadores, aunque en forma independiente, identificaron y describieron este fenómeno como un cuadro diferente a los reconocidos clásicamente. Por un lado, Kaplan lo denominó como Deseo Sexual Hipoactivo, en tanto que Lief, por su lado, le puso el nombre de Deseo Sexual Inhibido.

En los modelos previos de la terapia sexual se asumía que las personas tenían interés sexual y que el problema se centraba exclusivamente en un funcionamiento anormal o en la presencia de alta ansiedad. No obstante, fueron comprobando que en estos casos, las técnicas sexuales existentes a la fecha no tenían ningún efecto sobre el deseo sexual.

Al año siguiente, en 1978, Lief y Kaplan juntos propusieron a las APA (a la cual ambos pertenecían) que se incorporara esta disfunción en el próximo DSM. Es así como el DSI fue agregado al DSM de 1980. Sin embargo, en la revisión del DSM-III, publicada in 1987 (DSM-III-R), se cambia el término inhibido por el de hipoactivo, ya que el comité que revisó los desórdenes psicosexuales consideró que el término «inhibido» sugería una etiología psicodinámica (es decir, que la condición de deseo sexual existía, pero que la persona, por alguna razón, estaba inhibiendo su propio interés sexual). Entonces, el término «hipoactivo», si bien no era el más apropiado, era más neutral con respecto a sus posibles causas. El DSM-III-R estimaba que cerca de un 20% de la población tenía DSHy fue subdividido en dos categorías: Deseo Sexual Hipoactivo y Trastorno de Aversión Sexual. En el DSM-IV (1994), en los criterios diagnósticos se agrega la condición de provocar unmarcado malestar y que dificulta las relaciones interpersonales.

Para poder entender cómo se llegó a esta nueva etiqueta diagnóstica, es importante tener en cuenta el contexto sociológico en el cual fue creado. Sabemos que, en algunas culturas, un deseo sexual bajo puede ser considerado normal y un alto deseo algo problemático. En otras culturas, puede ser al revés. En tanto que en algunas partes tratan de restringir el deseo sexual, en otras se lo enaltece. Por lo tanto, el concepto de nivel “normal” de deseo sexual es culturalmente dependiente y raramente tiene un valor neutro.

En la década del 70 se produjo una avalancha de mensajes que apuntaban a que el sexo era algo “bueno” y que “mientras más, mejor”. Dentro de este contexto, la gente habitualmente desinteresada en los aspectos sexuales y que antes no lo habían visto como un problema, comienzan a sentirse inadecuadas y aumentaron las personas que iban al terapeuta a quejarse de bajo deseo sexual.

La falta de deseo es uno de los problemas sexuales más escurridizos que existe, tanto para poder establecer un diagnóstico como para conocer los datos de incidencia real en la población. El deseo, como toda emoción, es muy difícil de medir. Por otra parte, el DSH constituye uno de los trastornos más complejos de la clínica sexológica, no existiendo aun un consenso concerniente ni a los aspectos etiológicos ni a los de su terapéutica.

En conclusión, actualmente existen muchas orientaciones teóricas y terapéuticas respecto al DSH, pero escasos datos científicos respaldan su validez. Hasta hoy subsisten solo modestas evidencias empíricas que validen los tratamientos, en parte debido a que las investigaciones no suelen utilizar una metodología rigurosa.

Terapia de Pareja: ¿Cuándo consultar?

Terapia de Pareja: ¿Cuándo consultar?

Las parejas están acudiendo a terapia con mayor frecuencia que antes. En esta época posmoderna, las expectativas (muchas veces irracionales) son muy altas y los vínculos son muy frágiles. Dada la nueva ética de la necesidad a ultranza de felicidad y, como han ido desapareciendo las amarras externas, actualmente el único adhesivo que las hace permanecer unidas es lo interno: amor, satisfacción, gratificación y apoyo mutuo.

Cabe señalar que, casi todas las parejas discuten, se distancian, la pasan mal juntos o han pensado en separarse. Así que no hay que salir corriendo a terapia si de vez en cuando se presentan estas dificultades. Las crisis o impasses seriales no serían patológicos. Por su misma naturaleza, las relaciones de pareja están cargadas de dificultades y vulnerabilidades.

Hecha esta aclaración, tampoco se trata de esperar excesivamente antes de consultar, ya que como bien afirma una colega española: “a nadie se le ocurre llevar un cadáver al médico para que lo cure”. Las investigaciones muestran que, cuanto menor sea el tiempo de evolución de la queja, mejor será el pronóstico y que la terapia de parejas es generalmente más exitosa que la individual. Sin embargo, incluso si han decidido separarse, una terapia puede ser útil para el futuro bienestar emocional de todos los implicados, ayudándolos a elaborar dicho doloroso proceso. Y, en ese sentido, nunca es demasiado tarde para consultar.

Una de las razones que llevan a posponer el inicio de una terapia es la renuencia de uno de ellos. Si bien lo ideal es que ambos participen, no es una condición indispensable. Si consideramos que la pareja es un sistema, el cambio en uno de ellos indefectiblemente producirá cambios en el otro y, por ende, en la interacción.

Entonces, cuándo consultar?. En términos específicos, existen ciertos indicadores de un potencial proceso de deterioro y que ameritarían una terapia. Para detallarlos es muy útil guiarse por el trípode que sustenta a una relación de pareja: amor, pasión y compromiso.

Intimidad (Amor y Comunicación):

A esta categoría pertenecen no solo la afectividad, sino que también la comunicación y la intimidad emocional. El sentimiento de amor (no el enamoramiento), se demora tanto tiempo en crearse como en extinguirse e incluye el apego, demostraciones de cariño, amar y sentirse amado (aunque no sea de la forma que preferiríamos). No obstante, con el amor no basta para hacer viable una relación. Los recursos emocionales son una condición necesaria, pero no suficiente. Una marcada disminución de las muestras de afecto y del interés por el otro; frialdad y distanciamiento de larga data; sentirse rechazados, solos, vacíos, sin trascendencia ni identidad y vivir la relación más bien como un sistema administrativo, serán obviamente condiciones negativas.

Por otro lado, si bien una adecuada comunicación es un importante indicador de bienestar y su déficit se correlaciona con insatisfacción (sobre todo para la mujer), ha sido sobrevalorada. Las parejas afirman que “lo que nos pasa es que tenemos una mala comunicación”, “nos amamos mucho, pero vivimos discutiendo”.

La comunicación se encuentra implicada en la validación del otro (respeto, aceptación, admiración), en el humor, distribución del poder, capacidad de negociar y de resolver problemas. Por tanto, serán señales negativas el sentirse incomprendidos, descalificados, desvalorizados; compartir en forma escasa e insatisfactoria; eludir las crisis en vez de enfrentarlas o desgastarse infructuosamente en intentos de solución; hostilidad, repetidas discusiones y riesgo de violencia física o psicológica. Mención aparte merece el manejo del poder, el que se ha convertido en una de las áreas más frecuentes y fundamentales de conflicto.

A diferencia de la comunicación, el factor de intimidad emocional es poco conocido, a pesar de su relevancia. Apunta a la delicada danza de cercanía-alejamiento, a la comprensión y empatía, al confiar como para mostrarnos tal cual somos, especialmente nuestros miedos y falencias. Aquellos que se quejan de “no logramos entendernos”, deberían tener claro que la comprensión pasa por la aceptación de la individualidad y peculiaridad del otro como persona.

 Pasión (Sexualidad):

Se refiere al aspecto sexual de la relación e influye en la motivación general. Satisface la necesidad de contacto, de caricias físicas y de intimidad sexual. Como la respuesta sexual humana es altamente sensible a un gran número de estímulos aversivos, muchas parejas presentan algún problema en esta área, manifestándose en desavenencias en torno a la iniciativa, condiciones previas, horario, frecuencia y forma de expresión. Asimismo se quejan de que las relaciones sexuales son rutinarias y predecibles, que ha disminuido el contacto físico en general – no solo el coito – que la pasión ha ido desapareciendo y que parecen hermanos. En efecto, entre las disfunciones sexuales, el Deseo Sexual Inhibido en mujeres y hombres, es una de las más frecuentes en el grupo etario que bordea los treinta años.

Compromiso:

Sería el aspecto formal de la relación y se encuentra asociado a la necesidad de seguridad y apego. Incluye la decisión de formar una pareja, explicitada al otro y públicamente; proyectar una estabilidad a futuro; disposición a enfrentar juntos las situaciones adversas sin poner en cuestión la relación ante cada dificultad. Ejemplos tradicionales eran el casarse por “las dos leyes”, tener hijos, comprar bienes en conjunto. Actualmente el compromiso puede adquirir formas muy diversas. Indicios negativos se reflejan en proyectos de vida sin elementos en común e incluso divergentes; dudas en dar el próximo paso de compromiso; discrepancias en el deseo de mantener la unión; pensar con frecuencia en separarse, fuera de las amenazas abiertas de separación.

A modo de resumen y conclusión, en términos muy generales, sería aconsejable acudir a terapia cuando predominen notoriamente bajas tasas de conductas gratificantes y/o altas tasas de intercambios desagradables; o bien cuando, ya sea uno o ambos miembros de la pareja, subjetivamente han sentido – con cierta intensidad y por un tiempo determinado – insatisfacción, malestar o sufrimiento; o cuando han alcanzado un grado tal de infelicidad que ellos mismos se consideran incapacitados para realizar un análisis objetivo del conflicto y de encontrar soluciones alternativas.

Asimismo, ameritaría consultar si sienten que no logran lidiar con algunas situaciones puntuales o si presentan varias al mismo tiempo, tales como: celos, infidelidad, desadaptación frente a fases evolutivas (p. e. la llegada de los hijos); conflictos con las familias políticas y de origen, con los hijos, económicos, síntomas psicosomáticos o psíquicos de cierta recurrencia; problemas sexuales y si no pueden vivir “ni con ni sin el otro”.

No hay que olvidar que las parejas en conflicto tienen una menor expectativa de vida, mayor riesgo de enfermar y cuadros depresivos más frecuentes. Las parejas armoniosas se diferencias de las conflictivas en: la capacidad de afrontar y  resolver problemas de una forma aceptable para ambos; en la flexibilidad para efectuar los cambios deseables; en que ambos asumen su parte de responsabilidad sin buscar que el otro sea el que cambie; y en la alta motivación si deciden iniciar una terapia.

Mi marido no me desea, pero para él todo está bien: ¿de quién es el problema?

Mi marido no me desea, pero para él todo está bien: ¿de quién es el problema?

Problema es…. cuando quiero solucionarlo (Álvaro Godoy H.)

Él me ama mucho, nos llevamos muy bien y queremos pasar juntos el resto de nuestra vida, pero … Antes hacíamos el amor todos los días y a veces más, pero ahora ……. Lo tenemos todo para ser felices, somos jóvenes, nos gustan nuestros trabajos, no tenemos apuros económicos ni otro tipo de preocupaciones, podemos viajar porque todavía no tenemos hijos, pero …. Todo bien, salvo que él no me desea y que no reconoce que tiene un problema, así que no quiere ir adonde un especialista.

 Si es la mujer quien nos viene a consultar porque considera que su pareja sufre de una seria disminución de deseo sexual: ¿de quién es el problema?

Esta pregunta que parece tan simple implica otra serie de interrogantes muy difíciles de responder respecto al deseo sexual humano: ¿qué es lo natural, cuánto es lo normal, quién está “mal” o “equivocado”; o bien, solo son diferencias en el grado de deseo sexual? ¿Cómo saber si se trata de DSH? y, de ser así, ¿cuáles serían sus causas?. La ausencia de deseo: ¿a cuál subtipo corresponde, se presenta ante cualquier mujer y en todo momento, inclusive cuando se masturba; o bien, aparece exclusivamente ante su pareja estable? ¿Acarrea consecuencias para el hombre y/o para ella y/o para la relación?. Aunque no haya deseo: ¿es conveniente ceder y cuánto en pro del otro o de la relación?. ¿Compete solo al varón o bien éste carga el síntoma de un sistema de pareja disfuncional y/o de un sistema sociocultural “disfuncional”?

Al final de cuentas: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de un problema, qué es un problema, tiene solución? Y, ¿de quién es el problema: del que consulta, de su pareja o de la relación? Más importante aún: ¿por qué él no consulta: porque NO lo vive como un problema (egosintónico) y/o cree que el problema lo tiene ella; o bien, siente que “algo anda mal” (egodistónico), pero no quiere reconocerlo ante ella? No admite que sea un problema, pero ¿SI quiere que algo cambie?. ¿Estima que su falta de deseo no afecta a la relación o teme por su futuro – justamente – si van a terapia? ¿Sospecha qué es lo que le (les) está pasando o realmente no sabe?

Y qué pasa con ella: ¿Considera que tiene la culpa y que es ella la que está fallando en algo; o bien, supone que el problema es sólo de él y que ella no ha influido ni en el desencadenamiento ni tampoco en la mantención del problema? Si fuese así: ¿está dispuesta a asistir a una terapia o solo lo haría para “ayudarlo” a él? ¿Y si es ella la que se niega a participar? ¿Se puede intervenir terapéuticamente si él o ella no asisten a las sesiones? ¿Quién es – por último – nuestro paciente: el que consulta, el que no asiste, la relación de pareja o los tres?

Las anteriores son solo algunas de las tantas complejas interrogantes cuyas respuestas, no solamente no pueden ser definitivas, sino que rebasarían los objetivos de este artículo. Cabe señalar que las dificultades asociadas al deseo sexual son uno de los dilemas más escurridizos y desafiantes para la sexología moderna, tanto respecto a su diagnóstico, etiología, terapéutica e incidencia como concerniente a su misma definición, coexistiendo diversas conceptualizaciones teóricas – con escasos datos científicos que las respalden – que generan diferentes interpretaciones acerca de la naturaleza del deseo sexual.

Una de las primeras preguntas que deberíamos contestar – en conjunto con los pacientes – es si se trata de una queja, de un problema o de una disfunción sexual. Si los inconvenientes son transientes, probablemente estemos ante una queja producto de alguna situación puntual, la cual comúnmente remite sin intervención terapéutica. Si, por el contrario, son de larga data y ambos concuerdan en que afectan a la relación, estaríamos ante un problema, dentro de los cuales el más común son aquellas discrepancias en el deseo sexual (discronaxias sexuales) que van más allá de los típicos altibajos propios de cualquier relación de largo plazo. En estos casos, podría ser recomendable una breve intervención terapéutica con la pareja.

Finalmente, las disfunciones sexuales serían más severas, indudablemente persistentes y cumplen con criterios diagnóstico preestablecidos, requiriendo frecuentemente algún tratamiento. No obstante, nos topamos con una serie de obstáculos que dificultan este proceso diagnóstico. En general, en el ámbito de la sexualidad, como toda conducta se produce dentro de un contexto y de un continuum, es muy engorroso delimitar lo que esnatural, normal o patológico, no existiendo ningún elemento aislado ni suficiente que lo defina como tal, sino que depende de la combinación de variadas condiciones de la persona y del sistema de pareja. Específicamente, concerniente al deseo sexual, dado su alta subjetividad coligada a la motivación y a otras emociones, dicha delimitación es aun más incierta y no se puede precisar un nivel universal estimado como «normal».

Si la conducta sexual humana representa una intrincada interacción entre factores biológicos, psicológicos, relacionales y socioculturales, una disfunción sería necesariamente un trastorno muy complejo y multicausado. En el caso de los desórdenes del deseo sexual, existe consenso en que su análisis y evaluación es más arduo que en las otras disfunciones, partiendo por las falencias en los criterios diagnósticos de los manuales de salud mental (DSM y CIE), cuyas imprecisiones solo permitirían un diagnóstico bastante arbitrario. Dichas falencias obstaculizan el distinguir entre una dificultad sexual menor manifestada por una persona individual como una queja y la presencia de problemas más serios asumidas como tal por la pareja.

Habitualmente, una disfunción sexual se determina de acuerdo con promedios estadísticos y evaluaciones subjetivas tanto de la persona supuestamente sintomática como de su pareja. En el DSM se define al DSH como una inhibición persistente y recurrente de la libido, ocasionando que disminuya la frecuencia de los encuentros sexuales. Empero, no se clarifica a qué se refieren con “persistente” o “recurrente” y tampoco toman en cuenta que se puede tener actividad sexual aunque no haya deseo.

En cuanto a lo subjetivo, tradicionalmente en el proceso diagnóstico se indaga si hay efectos sobre la relación de pareja y si el hombre vive su sexualidad como adecuada, suficiente y gratificante o si, por el contrario, se siente insatisfecho con su funcionamiento, quisiera tener más deseo pero no siente las ganas. En el fondo, si considera que “algo no anda bien” y quisiese que algo cambiase, entonces estaríamos ante un problema. En estos relativistas tiempos posmodernos lo “normal” o el “problema” es más provechoso que lo validen la o las personas subjetivamente, en vez de que sea una etiqueta impuesta desde afuera por un “experto”.

En aquellos casos en que el hombre insistiese en que, aunque reconoce su falta de deseo sexual, para él no es un problema y por tanto se niega a asistir a una terapia: ¿de quién es el problema?. Desde una mirada sistémica, quien se queja es quien tiene el problema y quien tendría que solucionarlo.

Ahora bien, si se ha concluido que estamos ante un problema, surge la siguiente interrogante: las dificultades sexuales son un problema de la persona individual o de la relación de pareja? Ya en los años setenta, uno de los tantos aportes de Masters y Johnson – padres de la sexología moderna – fue establecer que las disfunciones sexuales deben considerarse casi siempre como problemas de pareja.

Por último, ¿qué sucede si alguno de los dos no está dispuesto a participar en una terapia? Si consideramos que la pareja conforma un sistema, entonces cuando algo cambia en uno de sus miembros, inevitablemente influirá en el otro y, por ende, en la relación. Por lo tanto, aunque obviamente no sea la opción ideal, teóricamente es factible modificar el sistema mediante la intervención con uno solo de sus miembros.

Mitos sexuales: el rol de los Medios de Comunicación

Mitos sexuales: el rol de los Medios de Comunicación

Considerando que, por un lado, no son los hechos en sí – ya sea por omisión o comisión – los que nos afectan negativamente, sino la interpretación que nosotros mismos le otorgamos a dichos hechos; y, por otro lado, dado que los significados simbólicos son especialmente activos dentro de nuestra vida sexual, se comprende que nuestro grado de satisfacción subjetiva y, por ende, la calidad de nuestro funcionamiento sexual se encuentran inexorablemente influidos por las creencias culturales o mitología que hemos ido desarrollado en torno a nuestra sexualidad.

Por lo tanto, el papel que actualmente están jugando los medios de comunicación es muy relevante en la generación indirecta de muchos de los motivos de consulta que presentan las parejas hoy en día. En los pacientes observamos que el exceso de significados simbólicos ha contribuido a complicar los problemas sexuales, los cuales pueden manifestarse en forma de desilusiones, rabias, miedo, inhibiciones y “ansiedad por el desempeño”, lo que a su vez se podría convertir en una profecía que se realiza a si misma. Si transformamos nuestra conducta sexual en un desafío, prueba o tarea a cumplir, posiblemente nos auto-provoquemos un estado tensional contraproducente o incompatible con un adecuado funcionamiento fisiológico.

En los últimos años se fueron forjando elaboradas expectativas acerca de cómo supuestamente deberíamos funcionar sexualmente, construyéndose una serie de nuevos mitos, los que se han sumado a aquellos tan difíciles de erradicar que aun permanecen firmemente asentados dentro de nuestra mente.

Entre estos mitos se encuentra la creencia en que existen determinadas pautas absolutas y universales, dictadas por nuestra naturaleza más esencial, acerca de lo que es normal en la sexualidad humana, reglas mediante las cuales deberíamos regirnos so pena de sino ser “anormal”. No obstante, la pregunta que cabe formularnos es: ¿quién decide cuáles normas son “buenas” o “malas”?, ¿en base a qué criterios vamos s determinar si algo es “normal” o “anormal”?. Para complicar aun más el panorama, en la actualidad podemos observar la tendencia a que, mucho de lo que antes se consideraba “malo” hoy se ve como “bueno”; lo que era “insano” hoy se considera “normal”.

Lo que podríamos llamar la contradicción posmoderna consistiría en que, si bien ahora predomina lo relativo, por lo que supuestamente no existirían verdades absolutas; al mismo tiempo, el individualismo y el hedonismo llevan a que las personas suelan estar firmemente convencidas de saber cómo debería – al menos para ellos – funcionar el mundo para ser “normales “ y “felices”, a lo cual sienten que tienen pleno “derecho”.

Toda esta larga disquisición fue para fundamentar que, los medios de comunicación y los profesionales que somos entrevistados por ellos, deberíamos ser especialmente cuidadosos con nuestras respuestas para no transformarnos en agentes de nuevos mitos sexuales, tal como desgraciadamente contribuimos en el pasado reciente a generar expectativas irracionales. No debemos olvidar que información no es sinónimo de conocimiento.

A modo de ejemplo ilustrativo de lo anteriormente señalado, en el siguiente párrafo de un libro especializado destacaré ciertas palabras en rojo relacionadas con el mito del rol de la rutina en la vida sexual:

…..la diferencia entre los buenos amantes y los mediocres estriba en que los primeros ….no (están) prisioneros de un orden secuencial, la más de las veces rutinario……Para que la satisfacción sexual no sea un hecho instantáneo, sino permanente, se requiere de esta sensación de atención constante y de fluidez en las conductas…… Jugar es poner en acción la imaginación y la creatividad en cada contacto.

___________________________________

Artículo publicado originalmente en Ligas Mayores: http://ligasmayores.bligoo.com/content/view/484449/Los-medios-de-comunicacion-y-la-sexualidad-normalidad-expectativas-y-nuevos-mitos-sexuales.html