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Apatía sexual en hombres jóvenes

Hace años que observo el paulatino aumento de problemas sexuales en el grupo etario que bordea los 30 años, siendo la inapetencia sexual el motivo de consulta más frecuente en estas parejas; pero, a diferencia de lo que ocurría antiguamente, actualmente pareciera que son los hombres los más afectados.

En publicaciones extranjeras, los artículos sobre este tema tienen títulos muy sugestivos: La libido en crisisHoy no tengo ganas ¿y mañana?, tampoco; La falta de deseo sexual de los hombres. Cuando a él le duele la cabeza.Por otra parte, en Chile se ha publicado Parejas jóvenes: aumentan consultas por problemas sexuales; Vida en Pareja: Poco sexo a los 30.Este problema fue también abordado en una Teleserie Nocturna años atrás (Atinachile.cl  Los Treinta: problemas de deseo sexual en hombres).

Las alteraciones asociadas a una disminución del deseo sexual han recibido nombres tales como anafrodisia, inapetencia o penuria o apatía o anorexia sexual, aunque el más usado en los manuales es Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) o Inhibido (DSI), aunque este último ha sido dejado de lado.

Esta disfunción pertenece a alteraciones en la Fase del Deseo de la Respuesta Sexual Humana. Se trata de un bloqueo de la libido que se manifiesta en un desinterés por iniciar o por responder a la estimulación erótica, a pesar de que la persona pueda funcionar sexualmente sin problemas.

En los últimos tiempos se ha ido produciendo, en nuestra sociedad Occidental, un notorio aumento general del DSH de una magnitud tal que se lo está anunciando como la inminente epidemia sexual del siglo XXI.

Dentro de dichos casos, proporcionalmente los más afectados serían hoy en día las personas que bordean el rango de edad entre los 30 a los 40 años, siendo más los hombres quienes consultan por este problema (incidencia aprox. de 15%). Llama la atención investigaciones en donde los varones de 50 años declaran una mayor satisfacción sexual que aquellos de 30 años.

Por otro lado, recientemente se ha encontrado que el llamado DSH diádico (dentro de una relación de pareja), es más frecuente que el total (pérdida general del deseo): 22% versus 13%. En otras palabras, es mayor la incidencia de inhibición del deseo exclusivamente con la pareja estable (DSH selectivo), por lo que no equivaldría a una pérdida del impulso sexual propiamente tal, lo cual queda reflejado en la presencia de fantasías sexuales, masturbación y eventual deseo por otra persona.

Aunque las parejas afectadas afirman quererse mucho, compartir intereses, llevarse muy bien entre ellos y rechazan la posibilidad de separrase, reportan una escasa o nula vida sexual; o bien, sostienen que sus esporádicas relaciones sexuales son además de baja calidad y que no logran una sensación de conexión.

Aprox. el 25% de dichas parejas confiesan que no hacer el amor durante meses (e incluso años) no les preocupa, que el deseo ha disminuido tanto, que ya ni lo intentan, estando absortos en otros problemas. Es así como, actualmente, la típica queja de los pacientes por incomunicación ha sido superada por la insatisfacción sexual. Ahora bien, la pérdida del deseo, la sensación de indiferencia y la evitación del acto sexual se están evidenciando últimamente más en los varones que en las mujeres.

¿Cuánto dura el amor?

¿Cuánto dura el amor?

Cuándo se acaban las maripositas en el estómago, el aceleramiento del corazón, las ansias locas por estar todo  con ese  tan amado?

Según la Psicología Evolutiva, para poder sobrevivir como especie, los humanos desarrollamos la capacidad de permanecer juntos como pareja, al menos el tiempo necesario como para criar a un hijo (período de gestación y lactancia). Por su parte Helen Fisher, después de  muchas culturas y tribus, encontró dos tendencias que se repetían: se tenían hijos cada cuatro años y la  probabilidad de divorcio se producía a los cuatro años del matrimonio. La antropóloga concluye entonces que, en el  de pareja, se tiende a producir un ciclo consistente en una etapa inicial de enamoramiento con exclusividad sexual relajada, pasando por una fase de crianza de un hijo y culminando en la separación. Como dicho secuencia se solía dar durante la vida fértil con una periodicidad de aproximadamente cuatro años, denominó a su teoría como el “ciclo reproductor de 4 años”.

Recientemente las neurociencias han aportado una explicación científica al fenómeno anterior. Al inicio de una relación de pareja se suscitan sensaciones de tan alto nivel de intensidad – como resultado de la activación de ciertos circuitos cerebrales y de la acción de determinadas sustancias bioquímicas – que se habla de la presencia de una suerte de “borrachera de amor” confundible, incluso, con una psicosis en la que se mezclarían síntomas de manía, demencia, obsesión y extraños comportamientos. Pero, biológicamente, nuestro organismo simplemente no puede soportarlas en forma continuada y permanente, so pena de correr riesgos de locura, agotamiento físico y de quedar exhaustos sin energía para otras actividades, por lo que esa urgente atracción bioquímica inevitablemente va a decaer con el transcurso del tiempo.

Aunque nuestro cerebro sea un órgano muy flexible, la bioquímica y la neurofisiología no permiten variaciones demasiado marcadas de un individuo a otro, por lo que se presuponen determinados lapsos de tiempo y el organismo no puede alargar mucho el plazo durante el cual se secretan en abundancia las hormonas asociadas a la etapa del enamoramiento romántico e, indefectiblemente, toda la locura de la pasión se va desvaneciendo gradualmente. Se estima que el período en el que vivenciamos tan marcadamente esas sensaciones que normalmente identificamos con el Amor (con mayúscula) dura, en general, un promedio de solamente dos o tres años, con un máximo de los “famosos” cuatro años, lo cual estaría determinado orgánicamente y tendría un sentido evolucionista. En este sentido se ha descubierto que la molécula proteínica conocida como factor de crecimiento nervioso (NGF) presenta niveles elevados cuando nos enamoramos de una nueva persona, pero vuelve a sus niveles previos al cabo de un año; por lo tanto, esa tan alta intensidad física y emocional, sólo sucede una vez en los inicios de una relación de pareja. Por supuesto que se seguirán produciendo momentos de placer y alegría – ambas definidas necesariamente como emociones pasajeras – pero serán menos frecuentes y menos abundantes.

En términos biológicos lo que sucede, en el fondo, es que cuando una pareja se estabiliza en el tiempo, va desarrollando una suerte de acostumbramiento a la presencia del otro. Aunque la unión sea muy satisfactoria, se irá generando una tolerancia similar a la que experimentan los drogadictos, haciéndonos resistentes a los estímulos repetidos. Es decir, si la relación se ha vuelto rutinaria se debe a que nuestro cerebro está menos sensible a su “propia” anfeta (para que se secrete dopamina se requiere de la novedad). Por tanto, cuando las parejas monógamas desarrollan dicha tolerancia mutua y se pierde la euforia romántica, no significa que nos hayamos equivocado de persona ni que la relación sea aburrida, sino que nuestros cerebros plásticos se han adaptado tan bien el uno al otro que nos resulta mucho más difícil estimular los centros del placer, para lo cual ayuda el realizar juntos nuevas actividades). No obstante, esto no significa que sea imposible mantener un tipo de amor con componentes pasionales y románticos, eventualmente, durante toda la vida.

En efecto, los trabajos con resonancia magnética han demostrado que se puede lograr que el sistema de recompensa del cerebro continúe activándose y que sigan apareciendo algunas de las manifestaciones típicas de los comienzos. En dichos estudios se compara el funcionamiento neuronal, al mostrarles la foto del ser amado, de matrimonios casados hace décadas con parejas que llevan menos de dos años juntos. En el primer caso se pudo observar que – no solamente habían desarrollado las zonas del cerebro coligadas al apego, calma y supresión del dolor – sino que también presentaban actividad en aquellas regiones asociadas al amor romántico, las que no eran las mismas que se activan en la atracción sexual (aunque algunas sean comunes en ambos), sino que eran áreas específicas del enamoramiento. Mientras que aquellos casos que aún no habían llegado a los dos años de relación, fuera de las zonas ligadas al romanticismo, presentaban también mayor actividad en las relacionadas con la obsesión y la ansiedad. En conclusión, el mantenimiento de la pasión durante décadas parece ser minoritario pero no inasequible, no se trata de una entelequia, sino que es realizable.

Es así como la pasión va cediendo espacio a otras manifestaciones tales como el afecto, ternura, apego, pertenencia, seguridad, compañerismo y aceptación. Ello no supone la desaparición del amor, sino que comienza una nueva fase de la relación, más consolidada y más responsable. Se trata de un amor más sereno y calmado, donde la comunicación es más fluida, de mayor complicidad. Los circuitos cerebrales asociados a la adhesión, a la conservación y al compromiso a largo plazo se vuelven más dinámicos. Dichos circuitos se activan con la mayor afluencia de oxitocina y vasopresina, facilitada por ciertas experiencias gratificantes tales como caricias y el contacto físico en general. Estas dos neurohormonas, a su vez, aumentarán los niveles de dopamina y toda esta combinación actúa como una poderosa base química que mantiene unida a la pareja en una forma cualitativamente satisfactoria.

Para poder arribar a esta nueva fase, debe existir la disposición a estar abierto a estas nuevas transformaciones y rutas neuronales; a no quedarse aferrado tratando de mantener a pulso – artificialmente – las sensaciones de la época anterior y saber que tampoco se trata de resignarse a que ya no se van a suscitar ninguna de las sensaciones de antes. El amor sexual maduro, término acuñado por Kernberg, se refiere a la capacidad de darse el tiempo necesario para poder pasar a esta nueva etapa y así poder llegar a construir relaciones personales de calidad, “auténticas, comprometidas, que integren todos los elementos importantes de la vida personal: las pasiones, los instintos, el deseo sexual, en una relación simétrica, respetuosa, en libertad y profunda” (Capponi)

La primera fase de una Relación de Pareja: de la Atracción Sexual al Enamoramiento

El primer circuito cerebral del amor se pone en funcionamiento en la que – potencialmente – puede llegar a ser la primera etapa de una futura relación amorosa. Corresponde a la excitación sexual, fuerza autónoma que promueve la pulsión inicial a exponerse hacia los demás en la búsqueda y conquista de otra persona con miras a satisfacer el deseo erótico. Los modelos biológicos en torno al sexo postulan que, en nuestro cerebro, la lujuria se asemeja más a ciertos impulsos de los mamíferos, tales como el hambre, la sed o las ganas de consumir droga, que a estados de excitación emocional.

  • Fase: lujuria
  • Impulso: apareamiento
  • Tipo de amor: Encaprichamiento   
  • Función: unión de la pareja en una primera instancia
  • Duración: como estado de excitación sexual dura muy brevemente, máximo horas; y, como fase dentro de una relación, no puede alargarse más de semanas o pocos meses
  • Circuito: sistema de atracción sexual indiscriminada
  • Estructura y Zona cerebral: Hipotálamo
  • Regulación: testosterona
  • Sustancias bioquímicas: hormonas sexuales (testosterona, estrógenos, progesterona), adrenalina y noradrenalina

Esta primera etapa ha sido la más profusamente hasta ahora, por lo que existe bastante información disponible. Las investigaciones indican que, ante estímulos tales como fotos de contenido erótico explícito, se activan determinadas zonas del cerebro, tanto en hombres como en mujeres. Al encontrar deseable a una persona es como si se disparase una señal de alerta y nuestro organismo entra en estado de ebullición, manifestándose en cuestión de segundos una serie de alteraciones neurofisiológicas. Por ejemplo, el corazón late con mayor fuerza, se liberan grasas y azúcares que aumentan la capacidad muscular, aumenta la presión arterial máxima (sistólica), se produce una cantidad de mayor de glóbulos rojos con el objeto de mejorar el transporte de oxígeno a través del torrente sanguíneo.

Neurológicamente, este proceso se inicia en el hipotálamo, el cual envía mensajes a través del sistema nervioso a diferentes glándulas que regulan la liberación de sustancias químicas. Las suprarrenales reaccionan aumentando la producción de adrenalina y noradrenalina; y la pituitaria envía hormonas a las glándulas sexuales, las que comienzan a producir principalmente testosterona y, en menor medida, estrógeno y progesterona. Este ‘high’ químico resulta en modificaciones del estado anímico, consistentes generalmente en sensaciones de bienestar, optimismo e ilusiones al estilo de cuentos de hadas. Dichas sensaciones serían las precursoras positivas de la fase siguiente. Sin embargo, cuando el hipotálamo no está funcionando correctamente, pueden aparecer comportamientos irracionales, ansiedad y obsesión.

Las áreas cerebrales que se activa en esta fase de atracción sexual no coinciden con las que lo hacen en la etapa siguiente, la del amor romántico, aunque algunas de ellas sean comunes; lo cual podría relacionarse con que el enamoramiento se focaliza en una sola persona, mientras que la lujuria puede dispersarse ante varias. En este sentido, cabe mencionar que latestosterona no se relaciona con los gustos preferenciales, sino más bien con los genéricos y difieren en distintos momentos. Muchos estudios han mostrado que los juicios acerca del atractivo de hombres o mujeres se encuentran afectados por las hormonas sexuales; pero, las variaciones de los altos niveles de testosterona se asocian también con la inclinación por características culturalmente asignadas como atractivas.

Las tres fases neurobiológicas del amor: de la Atracción Sexual al Amor Maduro

Las tres fases neurobiológicas del amor: de la Atracción Sexual al Amor Maduro

Helen Fisher (Universidad de Rutgers), antropóloga, académica e investigadora, es un referente obligado en foros internacionales por ser una experta mundial en la nueva ciencia del amor, es quien más se ha abocado a estudiar científicamente la biología de las relaciones de pareja. La autora recurre a las neurociencias para demostrar y defender sudefinición tripartita del amor postulando que, desde hace millones de años, los humanos, los mamíferos e incluso las aves, fueron desarrollando evolutivamente tres sistemas cerebrales de motivación-emoción relacionados con el apareamiento, emparejamiento y reproducción:

  • Lujuria o Atracción Sexual
  • Enamoramiento o Amor Romántico
  • Apego o Lazo Afectivo profundo propio de los vínculos perdurables

Según Fisher, estos tres impulsos, hondamente integrados en el cerebro humano, comparten una profunda raíz evolutiva y van a sobrevivir mientras sobrevivamos como especie, puesto que su balance controla la reproducción. En casi todas las especies mamíferas superiores, el cortejo se caracteriza por un despliegue de energía, persecución, prosecusión, protección y celos ante posibles rivales.

El impulso lujurioso habría evolucionado, desde un deseo sexual indiscriminado, hasta una atracción por alguien en particular de entre toda una gama de parejas potenciales. En efecto, el desarrollo del amor romántico, con su euforia, ansiedad y obsesividad, habría permitido enfocar toda la motivación de acoplamiento en un solo individuo a la vez, de forma tal de preservar tiempo y energía hasta que se produzca la gestación. Finalmente, la progresión hasta el apego habría sido necesaria para posibilitar que la pareja permaneciese junta al menos el tiempo suficiente como para criar a un hijo en equipo.

Desde esta perspectiva, el enamoramiento sería – en medio de toda una constelación de otros sentimientos – un mecanismo evolutivo para la perpetuación de la especie consistente en una compleja red de procesos bioquímicos que interactúan entre sí, influyendo sobre nosotros y sobre nuestro modo de relacionarnos. Se inicia en el cerebro, implicando la activación de glándulas, secreción de neurotransmisores y respuestas fisiológicas, todo con la finalidad de que podamos reproducirnos.

En el fondo, se trataría más bien de una motivación o meta-estado orientado a conquistar al ser amado y a mantener la relación, que de una condición emocional determinada. Si bien inicialmente predominan las regiones subcorticales del placer, posteriormente se activan la zona tegmental ventral (VTA) y el caudado del cuerpo dorsal, áreas correspondientes a los sistemas cerebrales que nos motivan a movernos para adquirir una recompensa.

En los últimos años, a través de estudios con resonancia magnética funcional, otros neurocientíficos también han concluido que, muchas de nuestras emociones básicas así como la manera en que nos desenvolvemos, son resultantes de la interacción entre distintos circuitos conformados por una constelación específica de conexiones neuronales que se asocian a un determinado repertorio conductual. Al igual que Fisher, sostienen que en la vida sexual y afectiva de una pareja se distinguirían tres fases progresivas consecutivas – aunque parcialmente sobrepuestas – cada una más compleja que la anterior, las cuales utilizan circuitos neuronales relativamente independientes, aunque interconectados de manera tal que interactúan entre sí y funcionan en forma conjunta.

Se podría hacer una matriz con cada etapa del amor, sus correspondientes manifestaciones específicas, sus mecanismos emocionales y su relación con determinadas sustancias químicas. Efectivamente, al principio de una potencial relación amorosa, la testosterona controla un apetito erótico indiscriminado; mas la acción de dicha hormona no es suficiente como para mantener el vínculo en el tiempo. La elección de una persona determinada, con su subsecuente involucramiento emocional – correspondiente a una segunda fase científicamente denominada “amor romántico” – se asocia a altos niveles de dopaminanorepinefrina y endorfinas, así como a bajos niveles de serotonina.

Al atraernos alguien específico, comenzamos a segregar feniletilamina, compuesto de la familia de las anfetaminas y precursora de la dopamina, desatándose sensaciones de euforia, pasión y ansiedad. Se ha puesto así en funcionamiento el primer sistema de loscentros del placer, el sistema apetitivo, que es donde se producen las sensaciones de anticipación gozosa. Cuando se ha practicado sexo satisfactorio, se produce lo que vulgarmente se conoce como el “subidón” de la dopamina, el cual lleva a querer repetir esa vivencia – ciclo «necesidad-acción-satisfacción» – sin que a nuestro organismo le importe demasiado la otra persona.

Ahora bien, si la experiencia ha sido particularmente placentera, la secreción deserotonina influye en que percibamos a ese individuo como alguien especial y comienza el enamoramiento propiamente tal. Por su parte, la dopamina se ha encargado de adormecer la objetividad, por lo que desarrollamos una cierta ceguera a los defectos del otro y vivimos el amor desde sistemas más complejos en los que la relación no depende de otras cualidades.

Como nuestro cuerpo no puede absorber cantidades ingentes de dopamina, al cabo de los meses deja de producirla, pero mientras ya ha entrado en juego la oxitocina, la que se libera en grandes cantidades durante el orgasmo. Esta llamada Hormona del Amor, responsable del sentimiento de apego, contribuye a estrechar los lazos en la pareja y torna afectivamente profunda la unión entre ellos.

Así, lentamente entramos en el estadio siguiente, cuando se ha puesto en funcionamiento el segundo sistema de los centros del placer, el de la saciedad. Con el paso del tiempo, ya calmados los deseos más apremiantes, los enamorados evolucionan hacia una relación más apacible y duradera. Cuando están junto al ser amado, especialmente después de hacer el amor, notan que disminuye el miedo y el estrés, aumenta el bienestar, la confianza, la seguridad y se va desarrollando una placentera sensación de pertenencia, todo gracias a la oxitocina y a la vasopresina.

En conclusión, la neurobiología ha avanzado hacia una definición tridimensional del amor, la cual vendría a corroborar, hasta cierto punto, la teoría de los tres componentes del amor de Robert Sternberg. La Pasión correspondería a la atracción sexual; la Intimidad al enamoramiento y el Compromiso al apego duradero.

También se podría efectuar un paralelo entre los tres circuitos cerebrales y los ancestrales tres componentes básicos de la psiquis humana, los que a su vez se corresponden con los tres centros de inteligencias del Eneagrama. Efectivamente, el primer circuito regulado por la testosterona se podría asociar con la función motora del actuar y con el centro instintivo; el segundo, regulado por la dopamina, con la función del sentir y con el centro emocional; y, el tercero, regulado por la oxitocina, estaría levemente asociado con lafunción del pensar y el centro mental.

Finalmente cabe mencionar que, si bien las relaciones de pareja responden hasta cierto punto a la ciencia, no debemos descuidar la significativa e inevitable influencia de factores psíquicos, afectivos, comunicacionales y culturales, todos los cuales interactúan entre sí, afectándonos a nosotros mismos así como a nuestro modo de relacionarnos con el ser amado.

El Decálogo de los Separados

El Decálogo de los Separados

Después de justo un año participando en un espacio radial, he ido reconstruyendo ciertas pautas y temas relacionados con este dificil proceso de separación. No sólo he tenido la suerte de contar con las opiniones de los auditores, sus experiencias, sino también de una nutritiva conversación con sus locutores, amigos y familiares, a propósito de cada tema que hemos puesto en discusión.

Hoy puedo decir que mis explicaciones clínicas, mi forma de ver la separación se han enriquecido, contienen más vivencias y alternativas terapéuticas. Hoy quisiera reeditar el primer artículo del primer programa: 10 puntos sobre la separación.

Quisiera ser claro en que no hay mejores o peores maneras de separarse, cada uno va construyendo el propio camino, sin embargo, estas reflexiones son las que en mi experiencia se han ido repitiendo a lo largo de los años en mi práctica clínica.

Decálogo de los separados

Separarse es un proceso, no una situación puntual: Parte el día en que se habla por primera vez y termina cuando tenemos la certeza interna que es posible estar bien sin el otro. Esto nos coloca en la posición de vivir poco a poco las distintas etapas, desde el desconcierto hasta la pena de la pérdida de un amor y un proyecto.

Separarse no necesariamente significa “fracaso”: En mayor o menor medida tenemos la impresión que hemos hecho todo lo posible para evitar la separación, pero no todo está en nuestras manos. A veces, simplemente, no es posible seguir juntos. La relación de pareja no está en un ámbito de rendimiento, y evaluarla como fracaso o éxito puede llevarnos a mucha angustia. No estamos compitiendo con otros a tener una pareja estable. Además, una pareja que sigue junta no necesariamente es una pareja “exitosa”.

Uno se separa de la pareja, no de los hijos: Familia y pareja son dos sistemas sociales que transitan por caminos paralelos, pero no son lo mismo. Uno debe tener claro que siempre va a ser padre de los hijos y co-padre con la expareja. Al terminar la pareja, también desaparece el proyecto conjunto, sin embargo, no hay nada que no pueda ser negociado para mantener lo más importante de ese proyecto original con los hijos.

Hay que darse tiempo para estar con uno mismo, para curar las heridas, antes de reiniciar otra relación: Es muy común que tanto hombres como mujeres sientan que necesitan apoyo y afecto en esta situación tan dolorosa, pero es muy fácil en las primeras etapas de separación que exista confusión, rabia y pena en relación a lo perdido. La confusión puede generar más dolor en nosotros y los otros. Uno puede exteriorizar el dolor con quienes estén dispuestos a escuchar, sin necesidad de entrar en el campo amoroso. 

Cuando la rabia ante la separación nos impulsan a hacer cosas que en otras circunstancias no haríamos, pongamos atención a las consecuencias que éstas nos pueden traer más adelante: Por más que queramos que el otro lo viva igual o peor que nosotros, eso no nos va a devolver lo que perdimos. Muchas veces he escuchado de grandes clínicos chilenos que la rabia a veces nos ayuda a vivir la pena, pero no es a través de ella que vamos a superarla. Es decir, la rabia oculta la pena y hace muchas veces que el proceso sea mucho más largo de lo necesario.

Cuando uno en la pareja toma la decisión de separarse, esto no implica que sea el culpable de ésta: Se requiere de mucha valentía para expresar que una relación ya no da más para uno. Aún cuando dicen que para ser pareja se necesitan dos, y para separarse sólo uno; la decisión la generamos desde una historia que parte en el primer beso. Todas las decisiones que hemos tomado a lo largo de la relación probablemente conducen a la decisión de separación de uno solo. Nadie es culpable, ambos son co-responsables. 

Cuidar a los hijos de las propias emociones: Es común que la pareja le cuente a los hijos su propia versión de los hechos, de quién es el culpable. Los niños y también los adolescentes sentirán que deben tomar partido, perdiendo al “padre culpable”. Eso genera habitualmente una reacción no menos intensa en ellos. Lo que muchas veces sirve a los padres es mirar a largo plazo. Hoy parece lógico, pero mañana puede ser un dolor más que no anticipamos. 

Al que se va: construir un nuevo espacio para vivir y compartir en lo social: A través de este espacio se puede ir reconstruyendo un nuevo YO. 

Al que se queda y vive con los niños: “¡muestra el cambio en la vida de la familia, hazte un espacio para ti, a solas, date permiso para volver a ser tú! (la voz de una de mis pacientes, hablándose a sí misma)

Ojalá hacer el proceso con ayuda profesional: Siempre es sugerible una terapia de separación o post-separación. Al principio puede parecer una forma de cuidar a los hijos, pero en el fondo va a ser para Uds.