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La tercera fase de una Relación de Pareja: del Amor Romántico al Amor Sexual Maduro

La tercera fase de una Relación de Pareja: del Amor Romántico al Amor Sexual Maduro

Los vínculos amorosos son dinámicos debido, en parte, a que son influenciados por las modificaciones en la  neuronal correspondientes al paso del . Efectivamente, con el transcurso de la convivencia, nuestro estado de alerta ante el potencial peligro o la novedad que inicialmente representaba el  amado, se ha ido reduciendo en forma natural. Como nuestro cuerpo no puede absorber cantidades ingentes de dopamina y norepinefrina – que son las que producían las emociones de anticipación gozosa y ansiedad privativas de los primeros  – van disminuyendo sus efectos e inexorablemente decae la intensidad de nuestras reacciones bioquímicas. Se han calmado nuestros deseos más apremiantes, el predominio de la obsesión, euforia, manía y ansiedad ha sido paulatinamente reemplazado por otros sentimientos tales como bienestar, placidez, comodidad, adaptación, pertenencia y seguridad; aunque, por otro lado, tanto el romanticismo como lo irracional han ido perdiendo fuerza y ya no estamos tan ciegos a los defectos del otro, apareciendo asimismo diferencias de gustos y de intereses.

Entonces nos encontramos ante la disyuntiva de creer que el amor se nos está muriendo – distanciándonos de nuestra pareja hasta eventualmente separarnos – o bien, podemos apelar a la madurez emocional y darnos el tiempo necesario como para que se establezcan nuevas rutas neuronales que nos generen otras sensaciones propias de los vínculos de larga data las que, si bien son más suaves que las anteriores, son mucho más profundas, duraderas y beneficiosas para nuestra salud. Todos los cambios que se van suscitando no significan que el amor esté desapareciendo, que ya no estemos enamorados, sino que son indicativos de una transformación, de que lentamente vamosevolucionando hacia otro tipo de amor, hacia una afectividad más serena, apacible, en que se siente que todo está bien, donde se disfrutan otras vivencias, domina una mayor confianza, complicidad, comunicación más fluida y compromiso con proyección a futuro.

A medida que la relación avanza, el sistema apetitivo de nuestros centros del placerha ido perdiendo supremacía a favor del sistema de saciedad – regulado por sustancias relacionadas con los opiáceos – que induce estados de bienestar y paz provenientes del deseo satisfecho. Consiste en una suerte de placer calmante que corresponde neurobiológicamente al tercer circuito cerebral, el cual se va desarrollando de forma relativamente independiente al de la atracción sexual e interpersonal, poniéndose imperceptiblemente en funcionamiento cuando la pareja está por alcanzar dos años o más de relación; es decir, cuando se están empezando a superar las fases temporales de la lujuria y del romanticismo, las que químicamente tienen fecha de vencimiento.

  • Fase: cariño
  • Impulso: pertenencia, estabilidad  y seguridad
  • Tipo de amor: sexual maduro    
  • Función: mantener a largo plazo la unión de pareja
  • Duración: indeterminada, puede prolongarse toda la vida
  • Circuito: sistema del apego
  • Estructura y Zona Cerebral: Sistema de Recompensa, Centro del Placer de la saciedad
  • Regulación: oxitocina
  • Sustancias bioquímicas: endorfinas, vasopresina

Este tercer circuito se refiere al sistema del apego, a la fase del cariño y de la ternura, motivados por nuestra necesidad fisiológica básica de desarrollar profundos lazos afectivos, sensación de pertenencia y estabilidad a largo plazo. Se trata de un impulso natural, el que nuestra especie – a través de la historia – ha elaborado y reelaborado culturalmente, modulándolo y enriqueciéndolo mediante la acción de la corteza cerebral. Cumple la función de promover el deseo de permanecer unido a la persona amada, lo que permite la continuidad del vínculo amoroso más allá de la pasión. En términos evolutivos, esta fase es necesaria en la medida que posibilita el que la pareja de padres crie a sus hijos en forma conjunta.

Entre los mamíferos, solo un 3% establecen uniones diádicas de larga data y, en nosotros, los seres humanos, se supone que predominan los vínculos amorosos más bien sucesivos y que aquellas parejas que siguen juntos, generalmente ya no están enamorados. Sin embargo, últimamente se ha demostrando científicamente que algunos matrimonios logran que el sistema apetitivo de recompensa del cerebro continúe activándose a pesar del paso del tiempo, manteniéndose algunas de las manifestaciones típicas de las primeras etapas de la relación.

Efectivamente, investigaciones con resonancia magnética en que se les mostraba fotos del ser amado a parejas recientes y a otras que declaran estar más de 20 años enamoradas,  encontraron que las regiones que se activaban eran muy similares. No obstante, mientras que en las primeras predominaba el funcionamiento de las áreas relacionadas con la obsesión y la ansiedad, en las otras sobresalían las zonas asociadas a la calma y supresión del dolor. Los autores concluyen que, los que llevan décadas juntos, van desarrollando aquellas regiones concernientes a un apego profundo; pero, sin que dejen de movilizarse aquellas otras asociadas al amor romántico. Las que se activan no son exactamente las mismas que en la atracción sexual, sino que las particulares correspondientes al enamoramiento, aunque algunas sean comunes en ambos casos. Más específicamente se ha constatado que en una relación de amor sexual maduro, la mayor actividad se produce en el pallidum ventral y en parte de los ganglios basales, regiones en que juegan un rol fundamental los receptores de vasopresina.

Dentro de la misma línea, en la revista Nature se publicó un interesante estudio con dos especies de ratones muy diferentes: los de la pradera – quienes son monógamos, forman pareja para toda la vida y cuidan a sus crías junto a la hembra – y los del pantano – los que son promiscuos, individualistas y se desentienden de su descendencia. Solamente los primeros poseen muchos receptores de vasopresina. El experimento consistió en transferir un único gen – precisamente el que codifica dichos receptores – del ratón monógamo al promiscuo, con el resultado de que los del pantano cambiaron su comportamiento y mantuvieron exclusivamente sexual por el resto de su existencia.

Además se observó que los de la pradera segregaban oxitocina y vasopresina al copular, mostrándose fisiológicamente abatidos si se los separaba de su pareja. La funcionalidad de dichas sustancias ha sido repetidamente probada en aquellas especies de animales que son monógamos, como por ejemplo, en algunos pingüinos que tienen una sola pareja de por vida. En investigaciones donde se les inyectó oxitocina a las hembras de una especie de roedor, éstas necesitaron un período muy corto de convivencia con algún macho para «elegirlo» como su compañero. Y, al inyectárseles vasopresina a los machos, éstos manifestaron una mayor urgencia de anidar. Ambos, macho y hembra, fueron capaces de crear lazos estables incluso sin aparearse.

Asimismo, en nosotros también se liberan las mismas sustancias cuando acariciamos a alguien y, particularmente, en el coito. Durante el orgasmo se produce una especie de descarga eléctrica y neuroquímica (dopamina, oxitocina y endorfinas) en el sistema límbico, justo en el núcleo de los centros del placer, elicitándose un estado de placer y de euforia. Tras el mismo, sobreviene una sensación de relajamiento provocada por la secreción masiva de oxitocina – conocida como la hormona del amor al ser la responsable del sentimiento de apego que contribuye a estrechar los lazos en la pareja – y que es la misma que se segrega durante el parto, siendo clave en los intensos lazos afectivos permanentes que se forjan entre madre e hijo. Cuando estamos junto al ser amado, especialmente después de cada vez que hemos hecho el amor, vivenciamos una placentera sensación de confianza y de pertenencia, nos sentimos generosamente felices al notar que nuestra pareja es feliz, desaparecen las emociones de miedo y el estrés, todo gracias a la oxitocina, la vasopresina y las endorfinas.

Bioquímicamente, entonces, los vínculos monógamos de larga data son regulados – principalmente – por la oxitocina, aunque también juegan un rol importante la vasopresina y las endorfinas (todas las cuales también están presentes en las relaciones de corto plazo, pero en cantidades significativamente menores). Ahora bien, la oxitocina y la vasopresina, a su vez, aumentan los niveles de dopamina y esta combinación es la que actúa como un poderoso cemento químico que es fundamental en las uniones duraderas, aquellas que van más allá de las oleadas emocionales y que corresponden al tercer circuito cerebral.

Recapitulando, en la vida sexual y afectiva de una pareja se distinguen tres fasesprogresivas consecutivas – aunque parcialmente sobrepuestas – cada una más compleja que la anterior, las cuales utilizan circuitos neuronales relativamente independientes, pero interconectados de manera tal que pueden interactuar entre sí y funcionar en forma conjunta. Consisten en tres mecanismos emocionales básicamente disímiles, regulados hormonalmente por distintas sustancias químicas. Los hallazgos mencionados han permitido responder a aquella larga interrogante histórica relativa a si el enamoramiento y el amor son lo mismo. Lo que se ha podido demostrar es que se trata de condiciones sustancialmente diferentes; es decir, la pasión sexual y el amor romántico no son estados equivalentes al amor perdurable.

En conclusión, gracias a las neurociencias ahora sabemos que sí es factible mantener un amor durante toda la vida – no atribuible a procesos de autoengaño – al cual Kernberg denomina amor sexual maduro. El factor madurez se refiere a estar dispuestos a darse el tiempo para que se establezcan nuevas rutas neuronales gracias a la masiva secreción de otras hormonas y a estar abiertos a pasar a una etapa siguiente, sin aferrarse a mantener artificialmente a pulso las sensaciones del inicio de la relación, aunque tampoco resignándose a que ya nunca se van a volver a experimentar ninguna de las satisfacciones anteriores. Dicha madurez emocional también podría incluir la concepción budista de los venenos del alma; en este caso, el ser capaz de superar el veneno de la ignorancia, en el sentido de haber aprendido que nuestro organismo biológicamente no puede mantener funcionando mucho tiempo sus centros apetitivos del placer induciendo esas sensaciones de tan alta intensidad como en la fase de la lujuria y del romanticismo, sin caer inevitablemente en un estado de tolerancia.

En la medida en que se difundan adecuadamente toda esta información, posiblemente aumente la cantidad de parejas que logren cimentar ese amor más sosegado donde seconsolidan los sentimientos más duraderos y donde se puede alcanzar una profunda intimidad emocional. A este tipo de amor es al que se refiere el término amor sexual maduro, el que Capponi describe como el haber podido “construir relaciones personales de calidad, especialmente una relación de pareja auténtica, comprometida, que integre todos los elementos importantes de la vida personal: las pasiones, los instintos, el deseo sexual, en una relación simétrica, respetuosa, en libertad y profunda”.

El sexo en el Renacimiento

El sexo en el Renacimiento

En los Tiempos Modernos, desde el Renacimiento hasta la Revolución Francesa de 1789, se inicia el lento tránsito hacia el Romanticismo. Después de la desintegración del mundo medieval surgieron nuevas ideas que transformaron profundamente a la civilización occidental tanto en lo material como en lo cultural y moral, afectando decisivamente las costumbres sexuales. En esta etapa nace una nueva concepción del mundo respecto al ser humano y a la naturaleza, caracterizada por ser secular, individualista, utilitaria, científica y mundana. Uno de los acontecimientos más trascendentales fue el poderoso desarrollo de las ciencias, toda vez que originó una verdadera revolución en la actitud del individuo ante la historia y la naturaleza (incluyendo la sexualidad).

El renacimiento surge al término del tumultuoso s.XIV y finaliza en el s.XVI. La transición al mundo moderno fue larga, compleja y sangrienta. La gran síntesis feudal se descalabra, decayendo la mayoría de las instituciones y siendo ridiculizados los ideales escolásticos. Punto de quiebre fundamental fue la crisis de autoridad de la Iglesia, tanto en el orden intelectual como en el político. La Reforma impugna el poder de Roma y cuestiona sus dogmas, culminando en profundos procesos que conducen a la disolución de la unidad verdad revelada- conocimiento, lo que posibilita el desarrollo de la tolerancia y el pluralismo como principios de convivencia social.

El pensamiento renacentista representa la transición entre una interpretación teológica de la realidad y una interpretación científica propia de los tiempos modernos. La llamada “revolución científica” de los siglos XV y XVI aumenta la sensibilidad ante los grandes cambios dentro de la vida social, valorándose y acelerándose las grandes transformaciones. Se van creando espacios para los valores de la Antigüedad y para otros totalmente nuevos. Se desafían las actitudes monásticas y agustinianas de introspección así como el apartamiento de los asuntos del mundo; se defiende la libertad de pensamiento y hay oposición a las leyes restrictivas. Esta época justamente se caracteriza por la independencia intelectual de filósofos, escritores, pintores y escultores; quienes se apartaron del yugo moral impuesto por las doctrinas ascéticas. Mientras el pensamiento medieval era dogmático y teológico, el moderno es escéptico, crítico y secular. Todo lo anterior culmina en una relativa liberación de la sexualidad respecto de la religión.

Durante el Renacimiento se van flexibilizando las normas sexuales gracias a la confluencia de una serie de acontecimientos. El clasicismo resucita antiguas costumbres; el humanismo recalca la importancia de estudiar al ser humano y a la sociedad; se adopta un enfoque científico en el análisis de cualquier fenómeno, inclusive la sexualidad; las artes incorporan la anatomía y la mujer gana algo de protagonismo como ícono sexual; la imprenta lleva a un auge de la literatura, la que se transforma en vehículo de propagación de la sexualidad a gran escala; las novelas exaltan el amor, el sexo y la figura femenina; y finalmente, la reforma protestante desencadena una verdadera revolución al afirmar que la función del sexo dentro del matrimonio no era sólo el procrear, sino que también debía servir «para aligerar y aliviar las preocupaciones y tristezas de los asuntos domésticos o para mostrar cariño”. Caso emblemático fue el casamiento “por amor” entre Enrique VIII y Ana Bolena en 1530, posible gracias a que la doctrina Protestante aprobó el divorcio del rey.

Sin embargo, debido a la unión Iglesia-Estado, la mayoría de la población permanecía bajo una marcada represión sexual, reflejada en las restricciones a una serie de prácticas, posturas y tiempos respecto del sexo dentro del matrimonio, todo con el fin de evitar caer en el vicio o pecado de la lujuria. A partir del concilio de Trento en el s.XVI se establece la obligación legal del casamiento público ante un sacerdote y la Iglesia continuaba exaltando la continencia, circunscribía el sexo a la procreación, consideraba que el placer sexual era pecaminoso y dictaminaba la frecuencia sexual al presionar por las numerosas semanas de abstinencia asociadas a las celebraciones religiosas y a la menstruación; además, prohibía la práctica de caricias y el sexo oral, sólo aprobaba la posición del misionero y se oponía a cualquier intento de impedir la concepción.

Empero, la sexualidad se solía ejercer en medio de un discurso socio-religioso de doble moral: por una parte la gente pretendía vivir apegada a la religión y por otra se practicaba la lujuria; en ese contexto, lo aceptado socialmente era lo lícito. Por ejemplo, los métodos anticonceptivos y el aborto reflejaban una gran contradicción; por un lado, eran acciones censurables; aunque por otro lado, en los manuales médicos abundaban las explicaciones de técnicas para prevenir los embarazos o para favorecer la pérdida del feto; y, era habitual que la gente recurriese al coitus interruptus como método anticonceptivo. Buscando prevenir el contagio de enfermedades de transmisión sexual frecuentes en esa época, se extendió el uso de preservativos fabricados con piel de cordero o lino. Especialmente la sífilis y gonorrea fueron consideradas como un castigo divino a los excesos sexuales y, como la sífilis fue importada de América, en la colonización del Nuevo Mundo se normó una adherencia estricta al sexo matrimonial, el que deja de ser considerado el resultado de la naturaleza malvada del hombre, sino que pasa a ser un mandamiento celestial.

La infidelidad y la convivencia sexual entre grupos religiosos también revelaban incongruencias. El llamado Fuero de Tudela exigía el pago de una multa cuando un hombre cristiano, casado, tuviera relaciones con una mujer que no fuera su legítima esposa; no obstante, el adulterio de un judío con una gentil, irremisiblemente se castigaba con la hoguera y los tribunales regios no reprimían la prostitución (considerada como un “mal necesario), siempre y cuando no se ejerciera con judíos.

Por último, la mujer continúa recibiendo un trato discriminatorio durante el Renacimiento. Por ejemplo, en los crímenes sexuales lo más común era que procesaran y castigaran a la mujer y no al hombre; si una dama casada sostenía relaciones con un varón que no fuera su consorte, se le acusaba de adúltera; mas, si el que cometía el desliz era el hombre, él recibía sólo la denominación de ‘amancebado’ o ‘amigado’. Especialmente en España reinaba una moral de dos caras, la que obliga a la mujer a permanecer fiel mientras el marido adquiría relevancia social si mantenía a mancebas o queridas; y, como se valoraba que la mujer llegase virgen al matrimonio, la virginidad se convierte en algo tan importante que los hombres incluso exigían que se la asegurase por escrito.

La segunda fase de una relación de pareja: del enamoramiento al amor romántico

La segunda fase de una relación de pareja: del enamoramiento al amor romántico

El segundo circuito cerebral del amor se pone gradualmente en funcionamiento – sobreponiéndose al primero – cuando un individuo en particular empieza a adquirir un significado especial más allá de la atracción sexual y del apareamiento. Corresponde a la pasión o eros, proceso biológico que se desarrolla de forma independiente a la primera fase de la lujuria y que consiste en una necesidad fisiológica básica de concentrar toda la energía libidinal y reproductora en una única persona. Se desarrolla un deseo más individualizado y romántico por un determinado candidato específico. Sentir una atracción intensa por una persona en particular es un impulso humano – muy difícil de reprimir – de carácter universal, lo cual ha sido confirmado en observaciones antropológicas en más de 140 culturas, por lo que aspirar a un vínculo afectivo que nos haga sentirnos queridos, protegidos y seguros es un fenómeno absolutamente natural.

Todo este proceso se inicia en la corteza cerebral, pasa a las neuronas y de allí al sistema endocrino, produciéndose intensas respuestas fisiológicas resultantes de la combinación de reacciones cerebrales, hormonales y genéticas.

  • Fase: enamoramiento
  • Impulso: emparejamiento pasional con una persona en particular
  • Tipo de amor: romántico
  • Función: estabilizar la unión de pareja
  • Duración: entre aproximadamente 18 meses hasta un máximo de 4 años
  • Circuito: sistema de atracción interpersonal selectivo
  • Estructura y Zona Cerebral: Sistema de Recompensa, Centro del Placer Apetitivo
  • Regulación: dopamina (neurotransmisor de la recompensa)
  • Sustancias bioquímicas: feniletilamina (PEA, molécula del amor); norepinefrina, serotonina, feromonas

Recientes estudios con resonancia magnética indican que, cuando a las personas que están inmersas en la etapa del amor romántico se les presenta la foto del ser amado – un indicador visual – se ponen en funcionamiento aquellos receptores que liberan dopamina en grandes cantidades, activándose varias regiones de su cerebro, aunque también hay otras que se inhiben. Entre las que se activan  se encuentra el núcleo septum, la amígdala cerebral, la corteza cingulada anterior y la corteza temporal de los dos hemisferios. Sin embargo, las áreas que más se activan son aquellas que han sido denominadas popularmente como el “circuito del amor”:

  • Núcleo Accumbens: neuronas del encéfalo, cuyas principales aferencias se dirigen hacia la amígdala, área ventral tegmental y pálido ventral. Desempeña un papel importante en respuesta de recompensas tales como el placer sexual y la risa; aunque también en el miedo.
  • Pálido ventral (VP): se activa a medida que la pareja se estabiliza y sus proyecciones van hacia el núcleo medio dorsal, el que a su vez se comunica con la corteza prefrontal, especialmente con la asociativa. Desempeña un rol clave en el surgimiento del cariño, en los vínculos a largo plazo y en la disminución del estrés.
  • Núcleo dorsal del rafe: conjunto de neuronas localizadas a lo largo del tronco encefálico, alrededor de la formación reticular. Facilita la detección y respuesta ante estímulos externos, siendo el principal segregador de serotonina.
  • Centros del Placer: forman parte del Sistema de Recompensa y se ubican dentro del sistema mesolímbico dopamínico, región del cerbero que procesa las emociones. Para el enamoramiento, son importantes principalmente dos zonas: núcleo caudado y área tegmental ventral (ATV). El primero es una región primitiva asociada con la excitación sexual y las sensaciones placenteras, así como con la motivación para conseguir objetivos; es capaz de integrar gran cantidad de información a nivel inconsciente, tal como recuerdos de infancia o gustos personales. Pero, más clave es el ATV, ubicado debajo del hipotálamo y ligado al deseo, motivación y concentración. Veta madre de las células que producen la dopamina, se activa en la elección de pareja y durante el cortejo. En el ATV del hemisferio izquierdo se procesan los fenómenos inconscientes y en el derecho se procesa la información sexual a nivel consciente, valorándose el atractivo físico de parejas potenciales.

En términos bioquímicos lo que sucede es que, a medida que una persona se enamora, su cerebro se va inundando de feniletilamina (PEA). Al anticipar que se puede lograr lo que se desea, se activa el sistema apetitivo del centro del placer. Comienzan a secretarse dopamina, norepinefrina y serotonina, las que – al actuar en forma combinada – suscitan una especie de “borrachera de amor” compuesta de sensaciones muy intensas, tales como aumento del ritmo cardiaco, energía, fortaleza, atención, memoria, profundo bienestar, optimismo, euforia y exaltación, así como una disminución del apetito y del sueño. El enamorado suele andar obsesivamente concentrado en ese ser tan especial, se pone muy posesivo, siente una intensa ansia por estar con él todo el tiempo y a cualquier precio.

En términos evolutivos, como las crías mamíferas son incapaces de sobrevivir sin los cuidados parentales, tuvieron que generarse las condiciones indispensables para ello. La intensidad de las sensaciones durante el cortejo – gran despliegue de energía, prosecución, protección y celos ante posibles rivales – tendría la función de actuar como inhibidor temporal de la búsqueda de otra pareja. En este sentido, sería una condición fisiológica necesaria para la continuidad de la especie humana con el fin de optimizar el proceso de apareamiento. Tal como lo expresa la antropóloga Helen Fisher, «en los humanos el atractivo con base sexual ha evolucionado hacia el amor romántico o pasional, una forma de lazo o unión que, en perspectiva evolutiva, tiende a asegurar la estabilidad de la pareja para garantizar el cuidado paternal de la prole».

Es así como el cerebro original de los reptiles fue evolucionando hasta desarrollarse la estructura límbica que actualmente forma parte de nuestro cerebro emocional, que es donde se encuentra cableado el instinto que nos hace particularmente sensibles a las necesidades de nuestros hijos y que constituye – en los seres humanos – la base de nuestra capacidad para vincularnos profundamente con los demás. Investigaciones en psicología comparada, etología y psicología animal han sido concluyentes en confirmar que, para todos los mamíferos, la afectividad es una auténtica necesidad biológica, tanto como lo son los alimentos y el oxígeno. Sin amor las crías literalmente se mueren. Ella postula que el amor romántico no debe ser entendido como una emoción sino que como un impulso que se origina en la región cerebral del ansia y que sería más poderoso que el impulso sexual.

Dicho impulso, que sería básico en los mamíferos, funciona en forma mucho más compleja y contradictoria en la especie humana gracias al desarrollo de la corteza cerebral, pasando a a jugar un rol muy significativo la toma de conciencia y los factores culturales. Dado que ciertas respuestas fisiológicas – tales como palpitaciones, sudor y respiración entrecortada – pueden elicitarse igualmente ante emociones tan diversas como ira, amor, celos o ansiedad, la distinción entre estas sensaciones dependerá de cómo interpretemos lo que se está experimentando. Somos seres híbridos determinados por lo biológico y lo ambiental; no podemos reducir el amor romántico a ninguno de estos dos dominios y, si menospreciásemos cualquiera de estas influencias, nuestros análisis pasarían a ser solo construcciones delusorias y artificiosas.

Por siglos se afirmó que el amor romántico pertenecía al dominio del corazón, posteriormente, en cambio, se sostuvo que está condicionado por el dominio del cerebro debido a la acción de ciertas hormonas. Sin embargo, hoy sabemos que se encuentran involucrados componentes motivacionales instintivos, emocionales, cognitivos y psicosociales influenciados por la cultura en la que estamos inmersos. Todos estos factores de índole tan diversa contribuyen tanto a originar como a mantener el atractivo por un individuo en especial. Para que el enamoramiento culmine en un amor estable de larga data, tienen que darse, en mayor o menor medida, una serie de circunstancias comunes, tales como atracción física, apetito sexual, afecto y apego.

¿Me separo o no me separo? Respóndanse estas preguntas antes de decidir

¿Me separo o no me separo? Respóndanse estas preguntas antes de decidir

Por Ps. Dra. Alejandra Godoy y Ps. Antonio Godoy

Queremos adelantarles que nuestro próximo libro versará sobre cómo saber si cuando tenemos problemas de pareja la mejor decisión sea o no separarse. Dar el paso de desarmar una familia o terminar una relación de años amerita hacerlo sobre bases racionales, aquilatando información empírica de diversas fuentes y no decidir en forma impulsiva obnubilados por las emociones negativas. Por desgracia rara vez recurrimos a estos datos. Más bien al contrario, la mayoría de las veces nos apoyamos en un cóctel de prejuicios, rumores y sensaciones corporales intuitivas mezcladas con una buena dosis de wishfullthinking.

Los seres humanos precisamos entender lo que nos sucede y, si no contamos con los antecedentes suficientes, nuestro cerebro simplemente rellena a su gusto aquellos espacios vacíos. Los terapeutas de pareja habitualmente somos testigos de cómo él o ella suelen achacarle al otro ser la causa de las dificultades, creen que el otro es el que no hace, no piensa o no siente cómo supuestamente debería hacerlo. Todos hemos construido un modelo de pareja según los ideales imperantes en la cultura dentro de la cual nos hemos desarrollado y tendemos a vivir juzgando nuestra experiencia cotidiana comparándola al tenor de dicho modelo. Y, claro, sin duda que nuestro bienestar subjetivo depende de cuánto satisface nuestra pareja esas expectativas.

Muchas veces hemos visto que las parejas se convencen muy fácilmente de que ya han hecho todo lo posible por salvar esta situación. Pero, como seres humanos, solemos esperar que todo cambie, sin cambiar nosotros. ¿Estamos dispuestos a ser autocríticos?. Cuán simple y a la vez cuán difícil es lograrlo, sobre todo cuando estamos entrampados en ganar una guerra. Pareciera que luchamos a muerte por tener la razón, en vez de buscar estar bien con nuestra pareja.

En este artículo les mostraremos algunas de las clásicas preguntas con que solemos confrontar en la consulta a aquellas parejas que declaran estar ad portas de la separación. Nuestro objetivo es generar cuestionamientos y derribar certezas. En nuestro libro les entregaremos toda la información pertinente para que ustedes mismos decidan si se separan o no. Por el momento, la siguiente es una guía inicial que esperamos los ayuden a mirar vuestra relación, al otro y a ustedes mismos desde otro lugar.

Entonces, si les es útil, tomen lápiz y papel, y a reflexionar introspectivamente.

1.- ¿Tengo absolutamente definido por qué me quiero separar?

  1. ¿Será porque no me siento satisfecho con mi relación?
  2. ¿Será porque me siento solo?
  3. ¿Porque no estoy conforme con nuestra vida sexual?
  4. ¿Porque somos muy diferentes, porque no podemos comunicarnos bien y discutimos mucho?,
  5. ¿Será porque mi pareja me maltrata o porque hubo alguna infidelidad?

2.- ¿Creo que se acabó el amor? ¿Estoy seguro que esto va a seguir así aún si cambia, repara o reacciona?

  1. ¿Se acabó el amor que yo sentía por mi pareja?
  2. ¿Se acabó el amor que mi pareja sentía por mi?
  3. ¿Si no deseo a mi pareja, significa que ya no la amo?
  4. ¿No será que no puedo sentir el amor porque estoy muy cansado, enrabiado, frustrado, con pena o porque tengo mucho miedo?

3.- Me he preguntado cómo he participado yo en agravar los problemas con mi pareja?.

  1. ¿Me he cuestionado honestamente cómo ha sido hasta ahora mi historial de parejas, el por qué no funcionaron?
  2. ¿Cuáles temas problemáticos o reclamos recibidos de mis parejas anteriores se repiten con mi pareja actual?
  3. ¿Cómo contribuye mi temperamento y mi personalidad en mis dificultades de pareja?
  4. ¿Veo realmente los aspectos positivos de mi pareja y no solo los negativos? ¿me podría suceder algo parecido con una nueva pareja?

4.- ¿Tengo claro lo que yo en el fondo espero de mi pareja y cuáles son mis expectativas acerca de cómo debería ser una relación de pareja?

5.- ¿Tengo claridad de por qué quiero separarme justo ahora y por qué no lo hice antes?

  1. ¿Hace cuánto tiempo que estoy totalmente decidido a separarme?
  2. ¿Qué ocurrió en las distintas áreas de mi vida y de nuestra vida en pareja con anterioridad a la aparición de los problemas actuales?

6.- ¿Hemos hecho ya todo lo posible por salir de la crisis de pareja en que estamos?

  1. ¿Qué intentos de solución hemos hecho hasta ahora, cuánto he cambiado yo para lograrlo?
  2. ¿Qué tendría que cambiar para que ya no quisiera separarme?
  3. ¿Estamos en una etapa de transición o la separación ya es definitiva?

7.- ¿Cuáles son las posibles consecuencias negativas de separarme en los distintos planos de la vida para mis hijos y para mí? ¿Emocionales, psicológicas, sociales, económicas, ambientales?

8.- ¿Quisiera volver a tener otra pareja o prefiero seguir sólo? ¿A qué dificultades me enfrento en cada una de esas dos opciones?

9.- Pero, la pregunta del millón sería: ¿Estamos dispuestos a ir a terapia de pareja y comprometernos por al menos 4-6 meses?

  1. ¿Valdrá la pena, por esos 5, 10 o 15 años de relación, comprometernos seriamente a revisarnos y a trabajar en conjunto durante esos pocos meses?

Ojalá les sea de utilidad

El Sexo en la Edad Media

El Sexo en la Edad Media

Al inicio de la Alta Edad Media (entre el s.V al s.IX), la Iglesia recoge lo que quedaba del Imperio Romano, acumula tierras y aglutina a la gente, convirtiéndose en un pilar fundamental para cualquier estado o sociedad, sea este cristiano, judío o musulmán. En este período el Cristianismo llega a consolidar su poder a tal grado, que la teología se hace equiparable a la ley civil y fue tal su nivel de implicación, que osaban explicar desde fenómenos meteorológicos, pasando por procesos evolutivos, enfermedades con sus respectivos tratamientos hasta invadir los espacios más privados como las relaciones familiares y sexuales. Los clérigos pasaron a ser los consejeros espirituales y morales, siendo los únicos capaces de marcar la diferencia entre el Bien y el Mal.

Inicialmente, su principal objetivo fue erradicar ciertas costumbres provenientes de los bárbaros quienes, entre otras prácticas, no habían constituido un matrimonio legal, uniéndose y separándose libremente, aceptaban el concubinato, adulterio e incluso incesto (con primas, hermanas o sobrinas). Con miras a alcanzar sus metas y reafirmarse, la Iglesia declara al instinto sexual como demoníaco sembrando el camino para la Santa Inquisición (la que, junto a las Cruzadas fueron usadas como herramientas de conversión), en tanto que la amenaza del juicio divino y de la excomunión, servían de coto para mantener a la gente relativamente alejada de la intrincada lista de pecados.

La sexualidad, entonces, pasa a considerarse como algo sucio, vergonzoso y digno solo de grupos de baja calaña. Consecuentemente, había que combatir la lujuria como fuese, así que, por ejemplo, un tratado medieval recomendaba como antídoto meter un dedo en agua hirviendo o caminar desnudo por un campo de ortigas. Sin embargo, la propia autoridad eclesiástica caía en conductas “pecaminosas”, tal como el Papa León VII, quien murió fornicando con una mujer adúltera en el 939; o el Papa Clemente II en 1046, que cobraba impuestos a las prostitutas aún después de muertas, consistente en ceder la mitad de su herencia a la Iglesia; o el Papa Juan XII que fue asesinado en 1334 por un marido celoso que lo encontró con su mujer.

Por otro lado, la Iglesia asienta al matrimonio como LA institución que conduciría al orden social deseado, mientras que al mismo tiempo refutaban hábitos “contraproducentes” articulando una serie de principios que, supuestamente, corroboraban las teorías divinas acerca de la pareja y la sexualidad: homosexualidad, prácticas sexuales efectuadas fuera del matrimonio, infidelidad y pérdida de la virginidad. Así, refrenda el matrimonio monógamo, donde cada cónyuge tenía funciones y cotas diferentes – la privada para las mujeres y la pública para los hombres. Los varones debían mantener a la familia y las esposas cuidar de la familia y de la casa, asegurando la armonía de la convivencia. Los tratados de la época recalcaban que el coito solo se debía realizar con fines reproductivos, evitando el placer. Por tanto, casi toda la Edad Media se caracterizó por una lucha enconada contra la sexualidad en todas sus manifestaciones, ya fueran normales o anormales.

Durante la Edad Media y hasta el s.XVI, los matrimonios eran alianzas por conveniencia, no se concertaba basándose en el amor, sino que los casamientos sellaban acuerdos que tenían como objetivo garantizar el linaje, mantener el patrimonio familiar y estrechar los lazos económicos. Pero, paulatinamente, fueron dejándose de lado dichos acuerdos basados en intereses económicos y sociales, pasando a ser el afecto entre los contrayentes un aspecto importante a considerar. []En efecto, el amor románticofue reemplazando los tratos matrimoniales entre las familias, especialmente en la población con menores recursos que defender.

El modelo de amor romántico que prevalece hoy en día en nuestra sociedad occidental procede, entonces, de la Edad Media y su surgimiento se ha asociado a las transformaciones sociales que dieron lugar al nacimiento de la intimidad, a cierto grado de liberación de la mujer, a la relativa superación de las barreras morales o convencionales y a la literatura medieval, cuna de la novela, donde uno de los temas preferidos fue el llamado amor cortés que surge en el s.XI en la región francesa de la Provenza y que se generalizó en los s.XII y XIII. Este tipo de amor se caracterizaba por desarrollarse fuera del vínculo conyugal, ser platónico, desligado de la procreación y secreto. Consistía en una concepción mística del amor, expresándolo en forma noble y caballeresca, donde la mujer era elevada a una imagen mítica tornándola inaccesible, el varón le rendía culto y se empeñaba en ser merecedor de su dama; en el fondo, era sólo un juego lúdico de la aristocracia sin ninguna incidencia en la elección del cónyuge. El amor cortesano sólo podía sobrevivir fuera del matrimonio, apartado de la rutina diaria y muy pronto encontró la oposición de la Iglesia.

Aunque los aspectos amorosos y sexuales estaban claramente obstaculizados por el peso de la religión y el temor a la condenado eterna, una cosa era la teoría y otra la práctica. La sexualidad, el amor y las relaciones de pareja no fueron vividos de la misma manera a lo largo de los diez siglos que duró la Edad Media, ni las doctrinas ascéticas operaron por igual en las distintas capas sociales o esferas intelectuales; originándose prácticas amorosas muy diversas. El contexto o las circunstancias son las que determinaban el cómo, el cuándo y el con quién. A pesar de la fuerza de las creencias religiosas y del gran poder de las leyes jurídicas y eclesiásticas, durante el Medioevo hubo cierta promiscuidad y el sexo impregnaba muchas actividades de la vida cotidiana, a modo de válvula de escape, de desahogo ante una existencia muy corta y sin comodidades, sometida a continuas guerras, hambre y epidemias. Por otra parte, las personas más cultas o de clases más privilegiadas, solían hacer caso omiso de las prescripciones teológicas en virtud de su ateísmo, mientras que los que tenían menos educación se sometían a la autoridad del clero.

Asimismo, la idealización de la mujer, que se había originado en la Baja Edad Media, no era la misma en todos los estratos sociales y culturales. El Cristianismo había cambiado laimagen de la mujer como simple objeto sexual en la Temprana Antiguedad, a ser admirada e incluso idealizada (aunque en la Biblia secreta de Santo Tomás dice que «María debe ser excluida por ser mujer, no merecedora de la Vida»); no obstante, la circunscribe a su rol de mujer-madre, santificando sus atributos maternales, nurturantes, de cuidado y de expresividad de sentimientos positivos.

Los Indoeuropeos habían influido en el proceso de modelar los roles masculinos y femeninos. Estos pueblos ganaderos eran peleadores, guerreros, basando su economía en la fuerza, dominación, violencia y machismo. Las mujeres eran casi esclavas, marginadas de la educación, de las esferas de decisión y hasta sujetas a ritos de violación sexual, aunque al mismo tiempo, se tenía especial cuidado en mantener la “virtud” de la mujer mediante el cinturón de castidad, invento procedente de Oriente que databa de la Europa del s.XII, para garantizar la fidelidad en las continuas y largas ausencias del marido. Aunque ni los judíos ni los musulmanes sufrieron tanta presión como los cristianos en la reglamentación del matrimonio y las relaciones carnales, en todos los casos hicieron del matrimonio una dominación mucho mayor del hombre respecto a la mujer, situándola en una posición de inferioridad y considerándola poco más que una esclava del varón, e incluso en el concilio de Macón se llegó a debatir si tenía o no alma.

Por otro lado, el islamismo también reprimió ferozmente a las mujeres, como lo continúa haciendo hasta nuestros días. En el año 711 los árabes invadieron la Península española y la mayoría de sus habitantes se convirtieron al Islam, religión que, si bien toleraba el placer sexual, relegaba de nuevo a la mujer a vivir para el hombre, a procurarle satisfacción y cuidar de sus hijos. Más aún: se llegaba incluso a considerarla como un instrumento de servidumbre o un simple vegetal. Averroes lo expresa así: «No se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales; su vida transcurre como la de las plantas, al cuidado de los maridos.» Como algunas se rebelaban recurriendo al adulterio, se impuso como drástico remedio la extirpación del clítoris (esta práctica se sigue realizando en la actualidad en algunos países islámicos cuando la mujer cumple nueve años). Si en el s. XI se relajaron las costumbres y la sociedad española se tornó más tolerante y permisiva, con la caída del califato, los beréberes reimpusieron una estricta moral y una intensa vigilancia que evitara todo contacto entre hombres y mujeres que predispusiese a la «fornicación».

Con el paso de los siglos, las rígidas prohibiciones en materia sexual a toda la sociedad, se fueron relajando en el caso de los hombres, cayendo solamente sobre la mujer la responsabilidad de castidad, única forma de estar seguro de la paternidad. En tanto que ellos sí podían disfrutar del sexo, si ellas lo hacían se las discriminaba y se las acusaba de viciosas. Los mayores castigos y penitencias por el adulterio femenino vienen a corroborar el doble criterio reinante y, además, el marido se va convirtiendo, imperceptiblemente, en el garante del cuerpo de su mujer, aumentando más aun el control que tenía sobre ella.