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Reglas de Negociación en Pareja

Reglas de Negociación en Pareja

Ideas Previas: 

Pareja viene de “parejo”: ninguno vale ni es mejor que el otro. Los dos ostentan el mismo poder.  Los dos son igualmente “cojitos”, “cojean” en la misma cantidad de centímetros (son igualmente imperfectos o “neurotiquitos”), aunque generalmente “cojean” de piernas distintas (tienen defectos o trancas diferentes). Las parejas tienden a la homogeneidad (presentan el mismo nivel de “neuroticismo”). Si alguno se cree más “sano”, siente que “debería” separarse.

El poder y el amor: el mayor poder  dentro de una relación de pareja (al menos del estilo de pareja actual en nuestra sociedad occidental) es el amor. El  educacional, un mayor  o cualquier otro atributo, no implica mayor poder. Pero, no confundir amor con “no puedo vivir sin ti, te necesito” (en esos casos, el “necesitado” puede sentir un mayor poder subjetivo) ni con “si no me necesitas, quiere decir que no me amas”.

Incompatibles  Complementairos: usando la metáfora de un auto, los miembros de una relación de pareja suelen  tan distintos como el freno versus el acelerador. Pero ser diferentes no es sinónimo de incompatibilidad sino que de complementariedad, donde – para que un auto funcione – se necesita tanto del freno como del acelerador. El dicho: “nunca tuvimos ni un sí ni un no” (o “a todo digo que sí, a nada dices que no), se torna literal si son muy “iguales”. Imaginarse relaciones donde ambos son aceleradores o ambos son frenos.

Expectativas: explicitar lo que se espera (ojo con las expectativas irracionales) de la relación y del otro (nadie es adivino y no se ama menos si “no se da cuenta de lo que obviamente necesito” o “si tengo que pedírselo, no vale” o “no me comprende”).

El otro no es mi propiedad privada ni viceversa: por tanto no existen los “deberes” y los “derechos” preestablecidos, sino que cada pareja debería definirlos “desde cero”, independientemente de lo que hacen las demás parejas. No olvidar agradecer al otro por lo que hace, ya que no existen las obligaciones.

Contrato particular de pareja: los únicos “deberes” son los que ambos acordaron en forma explícita. Cada pareja es un mundo único y diferente. No dejarse guiar por lo que la sociedad “manda” (ojo que este contrato se puede renegociar si es necesario a lo largo del tiempo).

Pirámide de Prioridades: hacer explícitas y negociar las prioridades en la vida (p.e. ¿es más importante la pareja o los hijos?). Evitar colocar al otro en una situación insostenible (“¡o tu mamá o yo!”)

Límites absolutos: aspectos que no se está dispuesto a negociar, por la razón que sea; deberían ser muy pocos (no más de 3 en lo posible) y claramente explicitados, ojalá previamente.

Inicialmente puede haber un breve intento de convencer al otro con argumentos: pero, sino resulta, hay que aceptar el pedido sin culpar, cuestionar, presionar o chantajear; y predisponerse a negociar.

Permiso para el “NO”: es válido no ceder y no se debe preguntar “¿por qué no?” (Internamente la respuesta puede ser “porque no puedo” o “porque no quiero”)

Ninguno de los dos podrá lograr su opción óptima: lo que cada uno consiga mediante la negociación ya no podrá ser lo que primariamente deseaban, sino no habría habido necesidad de negociar.

El juego del “gallito”: si en negociación alguno de los dos gana, los dos pierden. Si negocian, los dos ganan. Si no negocian, se desgastarán y agotarán.

Cuidado con el triunfo pírrico: tal como el general que ganó la guerra pero sólo quedó él vivo, ganarle al otro puede llevar a la destrucción de la relación.

 

FORMAS DE NEGOCIAR:

Negociación escalonada: ambos van cediendo en su deseo óptimo hasta llegar a una decisión que sea aceptada por ambos

Negociación “quid pro quo”: “chana por juana” o esto por lo otro. (P.e. hoy vamos a ver la película que tú quieres y mañana la que yo quiero”; “te cambio esta tarea por esta otra”)

Negociación combinada: intento de incluir en la decisión final los deseos de ambos (p.e. combinar armónicamente los estilos de ambos en la decoración)

Poner Atención:

Evitar los pseudo-acuerdos: estar atentos a si el otro cede por presión o para evitar los conflictos

No dejar cabos sueltos: imaginarse la solución en detalle y planteársela al otro

Escribir el acuerdo: no confiar en la memoria; repetir lo acordado para que no haya confusión y en lo posible escribirlo delante del otro

Inclumplimientos de los acuerdos: aplicar la técnica de la Ordalía. Es recomendable que ambos acuerden previamente alguna sanción por si alguno no cumple lo pactado. Pero, la sanción no puede ser una ganancia para el “frustrado” ni tampoco debe perjudicar al “incumplidor”, sino que más bien debería hacerle un bien (p.e. si no cumples, no fumas en un mes; o, vamos a salir a caminar toda la semana)

Reglas de comunicación en parejas: una propuesta decente

Las siguientes “reglas” no son reglas; no pretenden  impositivas ni ser necesariamente las correctas. Las verdades absolutas no existen, menos en las relaciones humanas. Se trata solamente de algunas sugerencias que se han ido co-construyendo a lo largo del tiempo con la ayuda de los mismos pacientes que han estado en terapia. Están aun en construcción y espero que sigan llegando  aportes para seguir enriqueciéndolas. Se aceptan correcciones y nuevas sugerencias.

Si ambos miembros de la  están de acuerdo y las han aceptado como tal, estas sugerencias pasarán a ser una  para esa pareja en particular. ¿Qué les parece?

Ideas Previas

Ponerle  a la canción: explicitar el tema a que van a conversar o negociar. Centrarse en lo actual y puntual. No sacar el pasado, ni irse por las ramas, ni generalizar.

Acordar una cita: definir lugar, hora y el tiempo límite máximo que le van a dedicar a la conversación. En lo posible que no sea en el dormitorio.

Validación de lo subjetivo: el ser humano no puede percibir la realidad objetivamente (realidad entre paréntesis y auto-construcción de la realidad). Si un tema es muy importante para un miembro de la pareja, inevitablemente afectará a la relación, por lo tanto, ese tema es importante para los dos.

Definición de amor: “Amor es aceptar al otro como un legítimo otro distinto de mí” (Maturana)…….. pero con quien quiero compartir mi vida.

El IPC de la relación de pareja: existe un trípode conformado por las tres áreas más fundamentales de una relación de pareja, que la hacen diferente a otras relaciones humanas.

Intimidad (amor), Pasión (sexualidad) y Compromiso (proyección)

 

Reglas

No interrumpir: se pueden tomar notas para contestar luego.

Hablar en idioma “yoico” y no “tuico”: empezar las frases con “yo” y no con “tú”. Evitar el uso del “nosotros” (asumiendo que la postura del otro es la misma que la mía); del “uno” (amparándose en la normalidad estadística); del “se” (…se hace así, se estila así, etc”; amparándose en verdades absolutas); del “me-me-me” (tú me hiciste sentir…. tú me obligas a….. mi infancia me….. mis condiciones actuales me….” (asumiendo el rol de víctima pasivo y/o implicando una imposibilidad de cambio)

Forma de expresarse: no culpar, atacar, reprochar, descalificar, chantajear, amenazar, llorar ni quejarse. Ya que sino el otro se justificará, atacará de vuelta, se taimará o se distanciará, cerrándose a escuchar abiertamente.

Evitar una guerra santa: no emitir juicios o normas estadísticas ni valóricas como si se fuese dueño de la verdad o de lo práctico o lógico, o de la bondad o sanidad. Mientras más convencidos estemos de nuestra verdad, mayor será  la posibilidad de caer en una guerra para “salvar” al otro de los riesgos de su equivocación.

No decir lo que se piensa sino lo que se siente ante la acción u omisión del otro (no emitir una opinión). No cuestionar lo que el otro siente. No “leer” la mente ni sentimientos del otro (“no, lo que tú realmente piensas o sientes o te pasa es….”).

Lo que uno siente no es responsabilidad del otro: No asumir el rol de víctima. No porque alguien sienta algo, el otro es responsable de lo que uno siente: “ella me hizo enojar”; “él me hizo llorar”.

Pedir como “neurotiquito”: solicitarle al otro, por favor, lo que uno quisiera, asumiendo que es una necesidad subjetiva y muy particular nuestra.

Respuesta al pedido: contestar si se acepta o no, sin contra-argumentar, ni culpar, ni quedarse en silencio, ni distanciarse o irse. Tampoco cuestionar ni descalificar al otro preguntándole “pero, ¿por qué quieres eso? o ¿para qué?”, justificándolo con un “es que quiero comprenderte (o conocerte)”.

Derecho al “no” como respuesta: permiso para que el otro rechace el pedido, ya sea porque no puede o porque no quiere. Validar el no-ceder. No insistir en el pedido, ya que posiblemente se caerá en errores de forma. Evitar manipulación o extorsión emocional si se ha rechazado el pedido. Simplemente se acepta que hay que negociar y se pasa a las reglas de la negociación.

Yo (no) quiero separarme: ¿Una crisis terminal de Pareja?

Yo (no) quiero separarme: ¿Una crisis terminal de Pareja?

Generalmente las historias de pareja, sean recientes o de larga data van recolectado diversos temas conflictivos a lo largo de su coexistir. Es decir, siempre son capaces de reconocer aquellos problemas que se repiten una y otra vez, o cómo aparecen traumáticamente eventos que quiebran la relación, explícita o implícitamente.

A lo largo de mi experiencia he visto como las parejas dolorosamente relatan como han intentado una y otra vez, incansablemente, hacerle ver al otro a su propia manera, como es que no lo están pasando bien. Llegan comúnmente a terapia mostrando mucho cansancio, incomprensión de parte de la pareja, frustración, y lamentablemente  muchas veces solicitan terapia cuando ya están tan entrampados que las salidas de esa situación las ven muy reducidas. Por esto es que es en extremo importante asistir a terapia de pareja antes de que la crisis se vuelva una conversación desesperanzadora. Mi postura como clínico es que casi todos los problemas de pareja son posibles de resolver, en el compromiso de embarcarse en una disposición racional y emocional no sólo de salvar la relación, sino de aprender el uno del otro, y naturalmente, de sí mismos. Aún cuando sientan que ya lo han hecho todo y no ven salida a esta crisis, afirmo que aún así es posible reparar, comprender y reformular una relación de pareja. Sólo es necesario, en la mayoría de los casos, que tengan la tolerancia suficiente de mantenerse en terapia lo necesario para “dar una vuelta de tuerca” a su situación actual.

Como he dicho, no siempre esta sensación de “no hay vuelta” es cierta, por lo que nunca hay que estar totalmente convencidos de que este es el desenlace inevitable. Siempre hay que recordar que en situaciones de crisis se adueñan de nosotros emociones muy potentes como la pena, la rabia, la frustración que en una medida no menor ensombrecen la percepción, no es posible ver al otro sino sólo la propia emoción. No es que nos convirtamos en seres egocéntricos, sino que sencillamente nuestra biología es incapaz de reaccionar independiente de la emoción que estamos sintiendo (Maturana, 1998 – De la biología a la psicología).

Toda pareja se edifica desde la expectativa del “juntos para siempre”, donde el amor lo puede todo, en donde las medias naranjas son parte de la vida, y toda dificultad puede “mostrar” que “tu no eres para mi” pues es obvio que un alma gemela no tiene problemas graves. El uno para el otro, made for each other. ¿Qué tan realistas somos al enfrentar el compromiso de una vida juntos?. Hoy las parejas llegan a consultar apenas a un par de años de casados, desorientados y muy angustiados por que sienten que la relación ya no da para más. Sin embargo hay que distinguir que esta época, la que llamamos posmodernidad, da pie a la búsqueda de la satisfacción casi inmediata de nuestros deseos, donde la frustración no es tolerada y más aún, si algo o alguien no me sirve (o no me satisface), mejor cambiarlo (Pérez, 1997). Las parejas hoy en día se separan más tempranamente que en antaño, pues sus expectativas (irracionales) se desmoronan rápidamente, cosa que no toleran con facilidad. Hoy es más difícil aceptar al otro como distinto a uno mismo.

Para describir la sensación de parálisis que vive una pareja en una crisis es necesario mostrar una imagen, que intentaré adaptar a lo que he escuchado en parejas:

 

  • Yo (no) quiero separarme, pero me voy de la casa o necesito pensar lejos de ti. Alejándome, no peleando, salvo la relación.
  • Si tu cambiaras todo sería distinto (tienes que darte cuenta que estás equivocada/o) Ambos se dicen lo mismo.
  • Cambia por que me amas, y no porque yo te lo digo (No confío en ti).
  • ¡Tu provocaste esto! Yo soy absolutamente inocente. La relación siempre estuvo en tus manos, tu eres responsable de ambos.
  • No me ves, no te fijas en mí; toda mi vida ha sido así, nadie me ve…y tu deberías demostrarme que eres distinto al resto del mundo (la ilusión de la reparación de la propia vida).

 

Muchas veces los relatos de ambos se encuentran en la imposibilidad lógica de construir una explicación conjunta de que es lo que los está separando.  Estas frases no tienen posibilidad de resultar en un relato coherente cuando es leído a dos voces (o incorporando ambas experiencias). Las crisis tienden a rigidizar percepciones, atribuciones y explicaciones del problema y se vuelven muchas veces absolutamente redundantes (la repetición hace la regla).  Por eso es que claramente el dicho entre terapeutas de pareja es: para ser pareja se necesitan dos, pero para separarse, sólo uno.

Cuando titulo “Yo (no) quiero separarme” quiero dar a entender que toda ruptura de pareja trae consigo un considerable monto de ambivalencia, entendido como los vaivenes que ocurren al desear que el dolor termine, al salir de la relación, y el deseo que el conflicto desaparezca para recomenzar la relación como ocurría en un principio. La separación no es un momento determinado en la vida de una pareja, es un proceso que comienza la primera vez que se habla del tema y termina cuando ambos tienen la certeza que pueden vivir bien sin el otro. Esto reviste varias problemáticas, ya que llegar a tener esta posición vital requiere de mucho tiempo. Recuerden que según algunas investigaciones el amor se acaba totalmente después de 2 años sin estar con el otro.

«Te amo, pero no te deseo». Una epidemia del siglo XXI

«Te amo, pero no te deseo». Una epidemia del siglo XXI

Acude a la consulta una pareja joven, él tiene 31 años y ella 28 años; ambos profesionales con trabajos satisfactorios, ni excesivos ni estresantes y bien remunerados; pagan sin mayor esfuerzo el dividendo de un hermoso departamento y realizan las tareas domésticas en forma totalmente igualitaria. Pololearon dos años y llevan casados otros dos años; no tienen hijos. Afirman que están muy enamorados, que se proyectan a futuro juntos, que consideran que el matrimonio es para toda la vida, que tienen una muy buena comunicación, que se llevan bien entre ellos, que casi no pelean y que no tienen problemas en ninguna otra área salvo la sexual: durante el pololeo hacían el amor frecuentemente, pero hace casi dos años que no tienen relaciones sexuales. Se hacen cariño, se besan, caminan de la mano y se duermen abrazados, mas la pasión desapareció de sus vidas.

Cuando se pusieron de novios, él fue dejando de tomar la iniciativa sexual y evitaba estar a solas con ella; después de casados, se comportaba muy pasivamente cuando hacían el amor a pedido de ella, hasta que comienza a rechazar los avances sexuales de su mujer con distintas excusas, culminando en que ella se cansa de buscarlo inútilmente. Cuando solicitan ayuda profesional, él reconoce que no siente deseo sexual por su esposa, ella ha ido aceptando la situación, ambos se sienten incómodos ante la mera perspectiva de un encuentro erótico y acuden a consultar ahora porque desean tener un hijo. 

En las sesiones individuales, el marido sostiene que encuentra muy atractiva a su mujer, que la ama profundamente, que la volvería a elegir como su compañera y que para su desahogo sexual recurre a la masturbación, pero confiesa que a veces se tienta con la pornografía y que claramente sí siente deseos por otras mujeres, aunque nunca que le ha sido infiel ni siquiera virtualmente. Se declara muy preocupado y angustiado por estar fallándole a su esposa en algo tan importante.  

No comprende en absoluto lo que le pasa, ya que con sus parejas anteriores no le ocurrió nada parecido. No tenía ningún problema previo de funcionamiento sexual, si bien a veces eyaculaba precozmente; tampoco se siente ni deprimido ni estresado. Creyó que podría haber alguna causa física, pero el urólogo lo encontró sano y con un nivel adecuado de testosterona. Varios meses atrás, estuvieron separados por un corto tiempo y como él volvió a desearla apasionadamente como al inicio de la relación, creyeron que todo estaba arreglado; mas, al volver a vivir juntos, nuevamente surge la inapetencia sexual.         

Se describe a sí mismo como un hombre que rechaza el machismo, que le encanta que su esposa sea profesionalmente exitosa, que le cargan las discusiones, que cuando ella lo critica y se enoja, a él le cuesta ser asertivo y prefiere permanecer en silencio hasta que todo se vuelve a calmar, aunque reconoce con humor que parece “mina”, ya que le cuesta olvidar lo que sucedió y queda resentido. No tolera percibirla a ella molesta o distante, ni verla sufrir y llorar, se siente muy culpable, pero a pesar de ello, dice que sencillamente no podría soportar un acercamiento erótico.

Por su parte, ella tampoco entiende nada. En sus experiencias sexuales anteriores, nunca había conocido un hombre que no deseara sexo casi todo el tiempo. Al comienzo creyó que podía haber algo mal en ella o que estaba haciendo algo muy mal, en su apariencia física o en el desempeño de sus roles de esposa. Está convencida que si él dejó de desearla, significa que ya no la ama; o bien que tiene una amante e incluso se le ha pasado por la mente que él pudiese ser homosexual. Hoy en día cree que las causas están en la niñez de él, en la relación con sus padres o en subjetivos problemas en el trabajo. Tiempo atrás ella fue descubriendo en él defectos que no había visto antes, actitudes que no le gustaron y trató de conversarlo con él infructuosamente, pero al lado del problema sexual, ya no parecen importantes.   

Recientes investigaciones confirman que la falta de deseo sexual es uno de los motivos más frecuente de consulta a los sexólogos en los últimos años. No obstante, no se trata de una inapetencia sexual como la de antes, aquella que afectaba mayoritariamente a mujeres y que solía estar asociada a alguna otra disfunción sexual, generalmente a la anorgasmia. Tampoco se refiere a aquella que aparecía varios años después de casadas en madres de varios hijos que estaban agotadas, desilusionadas y sin otro poder que el sexual dentro de su matrimonio; ni a la natural disminución generalizada del deseo sexual después de los 60 años en ambos géneros.

Actualmente afecta a parejas entre 25 y 40 años, puede presentarse en la mujer, en el hombre o en ambos, aunque los casos que más se han incrementado son los de varones. Les sucede a parejas que se aman, que no tienen conflictos abiertos entre ellos, que quieren seguir juntos, formar una familia y que acuden muy motivadas a consultar. Se descartan causales orgánicas, trastornos del estado de ánimo, cansancio, estrés, problemas económicos o de privacidad, miedo al compromiso, desaveniencias maritales, falta de amor e infidelidad.

Los inicios pueden ser abruptos o paulatinos; puede manifestarse en dejar de tomar la iniciativa, en una marcada disminución de la frecuencia sexual o con el cese absoluto de las mismas. Puede aparecer al momento de ponerse de novios, al irse a vivir juntos, al poco tiempo de casados (o en matrimonios que llevan muchos años juntos), después del nacimiento del primer hijo o de los hijos posteriores, aunque también puede presentarse en parejas de pololos que ni siquiera viven juntos. Puede haber existido eyaculación precoz previa, pero generalmente no hay ninguna otra disfunción primaria.

Ante este panorama, las interrogantes que necesariamente surgen se refieren a por qué ha aumentado tan considerablemente el Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) en la última década, por qué aparece ahora en parejas que bordean los 30 años y por qué los más afectados son los hombres, siendo que antiguamente casi nunca consultaban por esta disfunción. El DSH masculino es un fenómeno especialmente interesante, dado que implica un comportamiento incongruente con lo socialmente esperado.

Tradicionalmente los especialistas intentaban delimitar – en términos individuales – los factores predisponentes, precipitantes y mantenedores que pudiesen estar afectando; sin embargo, con estos datos no es posible dilucidar adecuadamente la inquietud que nos ocupa. Se hace indispensable indagar en las relevantes transformaciones socio-culturales que se han evidenciado en nuestra Sociedad Occidental en las últimas décadas. Parece especialmente significativo analizar el verdadero terremoto que se ha producido en los roles de género y sus consecuentes confusiones e inseguridades propias de los períodos de transición.

Revisando la escasa literatura existente respecto al DSH masculino, nos encontramos con algunos resultados muy decidores. Varios de los factores mencionados son los que tradicionalmente se asociaban a mujeres con DSH. Entre los factores de riesgo hallados por los autores se pueden señalar los siguientes:

  • Incremento de las características de sumisión: tiende a percibirse a sí mismo como sumiso, traducido en conductas de abnegación, dependencia, conformismo, timidez y capacidad para soportar el sufrimiento.
  • Decremento en los niveles de auto-estima: se refiere al juicio personal respecto al grado de valía de sí mismo, expresado en las actitudes que tiene hacia sí mismo, así como en la experiencia subjetiva que se transmite a los demás.
  • Decremento de las características de masculinidad: se refiere a conductas instrumentales, es decir, aquellas dirigidas a una acción, orientadas a metas, agresividad, búsqueda de dominio y autoafirmación. Los varones sin disfunción sexual tienen una mejor autoimagen del rol masculino, lo que se asocia a pragmatismo y adaptación.
  • Decremento de las características de femineidad: se refiere a conductas llamadas de relación, aquellas encaminadas hacia los sentimientos y la abstracción, tales como involucrarse con los demás, expresar los afectos, desear dar protección y orientación hacia la crianza. Los hombres sin disfunción sexual puntean más alto en esta escala.
  • Incremento de los temores asociados a la sexualidad: se traduce en una percepción negativa de la autoeficacia sexual, lo que provoca temor al fracaso.
  • Decremento de la calidad de la comunicación entre los miembros de la pareja.
  • Incremento de problemas y conflictos de pareja.
  • Incremento de una dinámica de pareja donde la mujer es percibida como muy dominante y con excesivo poder dentro de la relación. La disminución del deseo sexual es interpretada como una forma de agresión pasiva y como una manera de mantener una distancia emocional.
  • Incremento de la percepción de sí mismo como alguien de estilo reservado, mientras que percibe a su pareja como alguien negativo y de un estilo violento.

Si bien se ha avanzado algo en el estudio de este fenómeno, aun quedan importantes aspectos por determinar. Efectivamente, en las investigaciones no se suelen diferenciar los casos separándolos por edad, por momento del inicio ni por la duración del síntoma. Tampoco se analiza la personalidad del hombre en relación con la personalidad de su pareja. Por nuestra parte, lo que hemos observado en la inmensa mayoría de los casos es una determinada combinación de tipos de personalidad del Eneagrama.

La expresión del descontento: Cambios en la pareja, cambios en la sexualidad

La expresión del descontento: Cambios en la pareja, cambios en la sexualidad

Ya desde hace un tiempo estamos junto a Alejandra discutiendo los que observamos en la actual. Y no es una mera conversación teórica, ni un análisis psico-sociológico alejado de la actualidad, sino una necesaria reflexión ante lo inusitado de ciertas sintomatologías presentes en las parejas que consultan. Sean la sexualidad, las rupturas tempranas de parejas matrimoniales, o la dificultad para involucrarse en una relación de pareja estable, hemos pensado que puede ser una  forma de mostrar el descontento en las relaciones íntimas, en una cultura inconsistente. Y es el deseo sexual hipoactivo en hombres la expresión más notable de nuestro contexto actual.

Ya hemos discutido acerca de los cambios en los roles, cómo es que la identidad femenina y masculina ya no operan como hace unas décadas atrás. Aquí quisiera exponer nuevas reflexiones acerca de este tema.

Pues bien, ser  ya no está asociado a las labores tradicionales de antaño: ser dueña de y una esposa devota. A partir de los efectos de la segunda guerra mundial la mujer estuvo obligada a enfrentar nuevos roles, ante la ausencia y muerte de sus esposos. Con esto logran percatarse que pueden autovalerse, logran generar el poder de mantenerse económicamente y más aún, tener tanto éxito como los hombres. Aún cuando ellas viven en un contexto cultural patriarcal, han adquirido más poder (aquí podemos utilizar el concepto “falo”, que desde lo freudiano expresa claramente el “lugar de lo masculino”), acercándose a aquellas características propias de los hombres. Esto es lo que puede definirse como “masculinización”. Ellas hoy no sólo son profesionales de igual a igual con los hombres, sino que incluso están en la posición de prescindir de ellos como proveedores…y también pueden estar en la posición de mantenerlos. El poder asociado histórica y culturalmente al hombre y su falo masculino se empieza a diluir. Mujeres con poder pueden o ser férreas competidoras de los hombres, o simplemente ser «los hombres de la casa». Y no es una frase peyorativa, sino la expresión de una de las formas de relación más comunes entre los seres humanos: la complementariedad, eso sí, desde un nuevo prisma social.
El hombre por su lado no ha sabido reinventarse. La evolución de la mujer nunca ha estado de la mano de la evolución del hombre, simplemente parecieran ser procesos paralelos sin conexión. Dado que el ser pareja es una tendencia social, humana y emocional, como en un efecto sistémico, uno de ellos se debiese adaptar a un nuevo lugar o rol. En este caso, son los hombres, que por la «nueva educación» dada por madres progresistas, o por elección de pareja, han adaptado ciertas de sus características a estas mujeres liberales. Por esto es que no ha sido poco común encontrar mujeres fuertes y explosivas junto a hombres pasivos y emocionales. Siguen siendo hombres, pero son menos «fálicos» que los machos tradicionales. Aquí es donde los estilos de vivir pueden chocar con las expectativas sociales. Se espera socialmente que los hombres sean fuertes, protectores, que definan y que se hagan cargo de diversas situaciones en la pareja, sin embargo, esto conllevaría a que el lugar de la mujer sea ser la protegida, la aceptadora de sus definiciones, y quien necesite ser guiada. Si seguimos este discurso, la cultura patriarcal en lo público se mantiene casi intacta como parte de lo instituido, sin embargo en lo privado se vive una realidad completamente distinta. No es que el hombre de por sí se vuelva o débil o se anule, sino que para hacer viable una relación debe modificar parte de su identidad. Ante lo activo de uno, se requiere de la pasividad del otro. En lo privado ambos desean definir, ambos se pueden proteger, y esto puede llevar a que se expresen conflictos de poder, de rol y de relación en general. Sin embargo esto ocurre en una contradicción no menor, entre estos disjuntos dominios de existencia. Y esto se expresa de múltiples formas en la actualidad: El deseo sexual hipoactivo, el miedo al compromiso, la infidelidad, etc. ¿Cómo ser hombre si ambos en la pareja comparten la masculinidad establecida desde los marcos culturales? Esto genera parejas «muy iguales», pero con individuos de distinto carácter: uno fuerte y otro débil. ¿pueden coexistir en el amor dos personas fuertes o dos personas débiles? Aunque existen parejas con estas características, tienden a ser escasas.
Pero, ¿qué podríamos discutir acerca de la expresión sexual de este conflicto de poderes en la relación? Si pensamos que en el devenir de los cambios de la mujer ella se ha percatado de sí misma, puede adquirir autonomía, también se percata de sus derechos. Esto es, a tener lo que considera necesario en su vida para «estar bien», así sea una estabilidad económica (exigir que la pareja «rinda» como ella), emocional (que sea capaz de decirle lo que siente) y la satisfacción sexual. Hoy la mujer exige sus derechos, no como antaño, donde debía adaptarse a lo que tenía. Y, ¿cuál es el campo de poder que puede dar equilibrio ante tanta exigencia? Generalmente, los seres humanos buscamos maneras de resolver tanto conciente como inconcientemente este tipo de dilemas, y en este caso, es muy probable que no nos percatemos que hoy existe un serio desnivel en las expectativas de pareja (dada la contradicción antes expuesta). La frustración de alguna de las exigencias en la relación está históricamente relacionada a los equilibrios de la dinámica de toda interacción diádica. La intensidad de estas relaciones tiende muchas veces a la búsqueda de límites que protejan la propia identidad. «Dar todo lo esperado por otro, puede hacerme desaparecer como individuo». Es decir, si la satisfago por completo, me transformo en ella o en un «objeto para ella», tal como solía ocurrirle a la mujer.

Las diferencias de género y de roles sociales y sexuales nos daban una necesaria distinción, diferenciación. Sabíamos quienes éramos y no temíamos ser deborados por el otro. Hoy esto nos confunde, tanto a hombres como a mujeres, y expresamos nuestro descontento con lo instituido. La sociedad no ha sabido escuchar nuestras diferencias y no ha sabido escuchar el cambio de la mujer. No es menor que hoy podamos decir que la expresión del descontento esté ocurriendo en la sexualidad, pues es por definición lo más privado de nuestro mundo de a dos.