por Ceppas | May 26, 2010 | Sin categoría |
En el Seminario acerca de la Exploración de la Mente (mayo, 2006) me llamó la atención que el Dalai Lama recalcase la importancia de lo que denominó como realismo para la salud en general, especialmente para la salud mental y para evitar el sufrimiento. Con su sonrisa maliciosa nos explica que es nuestra propia inteligencia la que nos hace enredarnos enesperanza irrealistas.
Este mismo es el planteamiento que subyace en la teoría que el psicólogo estadounidense Albert Ellis defendió toda su vida. Según este autor, existen ciertas creencias irracionales – altamente comunes en la Sociedad Occidental – que causan, sustentan y mantienen a todas las neurosis. En un post anterior, Una vuelta de tuerca al mito de Sísifo, me refería a una idea similar. Ahondemos en cómo se relacionan estas dos posturas provenientes de ámbitos tan distintos como lo son la filosofía budista y la ciencia cognitiva.
El Dalai Lama comienza explicando que se interesa por la salud mental debido al rol tan esencial que cumple para la salud del cuerpo. Muchas enfermedades físicas se asocian a estados mentales como el estrés, la ansiedad, la preocupación, la frustración y la insatisfacción. Nuestro cuerpo se afecta por emociones originadas en preocupaciones innecesarias. Según el budismo, nuestra mente posee una enorme capacidad para recordar, incluso de generaciones pasadas. Nuestra inteligencia, llena de tantos contenidos remotos, lleva a que nos enredemos en las impresiones que nos formamos de los objetos, culminando en la construcción de una imagen irrealista de la vida.
Este fenómeno puede manifestarse de dos modos diferentes. Primero, se puede originar una exageración en la forma de apreciar la realidad, lo que llevaría a que se tengan demasiadas esperanzas puestas en lo que es dable esperar en la vida. O bien, en una denigración o especie de repudio ante la realidad, lo que se evidencia en una estimación de la vida como siendo feao incompleta. Como la salida para ambas situaciones es el realismo (o una visión racional de la realidad), el Dalai Lama recalca la importancia de conocer la vida como de verdad es y de seguir tanto al corazón como a la cabeza.


Albert Ellis, pionero de la Revolución Cognitiva tan en boga actualmente, es el creador de la Terapia Racional Emotiva. Para construir su teoría, recurre a las ideas de varios filósofos y psicólogos occidentales tales como Epícteto, Marco Aurelio, Emerson, Dewey, Freud, Rusell, Watson y, específicamente, a la tiranía de los deberías de Horney. Pero, en su enfoque también se pueden encontrar las influencias de antiguas filosofías orientales como las de Confucio y Buda.
Aunque recalca la importancia de las emociones y de la conducta, Ellis pone un marcado énfasis en las imágenes mentales que nos vamos formando acerca de la realidad, es decir, en las creencias. En relación con las Tres Partes del Alma, si bien toma en cuenta la inteligencia proveniente del corazón y del cuerpo, este autor se centra en la de la cabeza. Concluye que, casi cualquier perturbación emocional tiene una alta probabilidad de asociación con alguna típica imagen mental inadecuada. En sus primeras formulaciones menciona las siguientes expectativas irracionales:
1.- Para un adulto es absolutamente necesario, ser amado o aprobado por prácticamente todas las personas significativas que lo rodean en casi cualquiera actividad.
2.- Uno debería poner atención a las conductas problemáticas de los demás, ya que existen ciertas personas que son viles, malvados o perversos, los que deben ser severamente rechazados y castigados.
3.- Es dañino, horrible y catastrófico cuando las cosas no son como nos gustaría que fueran, a pesar del esfuerzo puesto en lograrlas.
4.- El sufrimiento y la miseria humana son causadas invariablemente porfactores externos, ya sea por lo que nos impone la gente o por eventos extraños de mala suerte.
5.- Frente a algo que es o podría llegar a ser peligroso o aterrador, deberíamos preocuparnos seriamente y estar permanentemente atentos a la posibilidad de que ocurra.
6.- Es mejor evadirse que enfrentar ciertas dificultades y responsabilidades personales de la vida, puesto que con el paso del tiempo de alguna forma se van a solucionar solas.
7.- Uno debería imprescindiblemente tener algo o a alguien más grande o más fuerte que uno mismo donde poder apoyarse y que nos proteja.
8.- Uno podría sentirse valioso, siempre y cuando sea competente, eficiente, inteligente, adecuado y ambicioso en todos los aspectos.
9.- Nuestro pasado tiene una influencia decisiva en nuestra conducta presente y, si algo nos afectó intensamente, permanecerá influenciándonos por el resto de nuestra vida.
10.- No tenemos control sobre nuestras emociones, no podemos eludir sentirnos alterados con respecto a las cosas de la vida y no podemos evitar expresar nuestras emociones negativas.
11.- Deberíamos tener un control preciso sobre las cosas, ya que cada problema humano tiene una única solución, aquella que es la absolutamente correcta y perfecta.
12.- La felicidad humana puede lograrse a través de la inercia y la inactividad, dejándose fluir a medida que pasa el tiempo.
13.- En el matrimonio uno debería poder satisfacer las principales necesidades del ser humano: afectivas, sexuales, de felicidad, de comunicación, de amistad, recreacionales, preservar de la soledad y del aburrimiento, religiosas, ideológicas, intelectuales, etc.
14.- En el matrimonio, nuestra pareja debería ayudarnos y evitarnos toda frustración, ya que las frustraciones son dañinas para el ser humano.
15.- En el matrimonio, nuestra pareja debería amarnos con un amor incondicional, independientemente de nuestro comportamiento y de las problemáticas que se vayan suscitando.
A pesar de que se afirme que la ciencia y el budismo – al menos hasta ahora – manifiestan intereses complementarios que siguen por dos pistas paralelas, es decir, que no convergen ni divergen; ambos recalcan la relevancia que tiene el modo en que suponemos que es la vida. Aunque en esta ocasión se señalan como ejemplo las ideas irracionales de Ellis, los planteamientos del Dalai Lama concuerdan también con uno de los enfoques más relevantes hoy en día, como lo es el constructivismo radical.
por Ceppas | May 24, 2010 | Terapia General |
John Gottman (1942), Profesor Emérito de Psicología, director del Laboratorio de Investigación de la Familia de la Universidad de Washington es reconocido como experto mundial en estabilidad marial. Con su segunda esposa, la Dra. Julie Gottman, actualmente dirigen un instituto de investigación sin fines de lucro e imparten cursos para parejas en crisis.
Amigo del especialista en inteligencia emocional Daniel Goleman, cercano a la Psicología Positivas, de temperamento optimista y con un divorcio a cuestas, a Gottman le llama la atención que los estudios sobre el matrimonio se centraban casi exclusivamente en el análisis de problemas. Como lo que le interesaba era encontrar las claves de un adecuado funcionamiento conyugal, decide analizar con igual rigor tanto los éxitos como los fracasos.
Con el fin de que la investigación fuese lo más objetiva posible, ideó una novedosa y escrupulosa metodología para estudiar a los matrimonios y poder registrar las observaciones de una forma minuciosa. En efecto, no solamente realizó un registro de los comentarios entre los miembros de la pareja, sino que desarrolló un método consistente en la medición de las reacciones corporales cuando se los hacía interactuar entre ellos.
En el llamado Laboratorio del Amor, se le pide a los cónyuges que conversen sobre algún tema en el que estén en desacuerdo como si estuvieran en el living de su casa, mientras permanecen conectados durante aproximadamente tres horas a la unidad de vigilancia intensiva de las emociones mediante ciertos sensores que registran hasta los más mínimos cambios fisiológicos (tensión arterial, ritmo cardiaco, pulsaciones). Al mismo tiempo, las cámaras de video graban los indicadores del lenguaje no verbal, lo que permite un análisis secuencial de las expresiones faciales (utilizando la metodología ideada por Paul Ekman), las características de la voz y los gestos.
Su propósito era poder cuantificar lo intangible, codificar las emociones, detectar los matices más sutiles y fugaces de las corrientes emocionales subyacentes, tales como disgusto/aprobación, desprecio/admiración, tristeza/ humor. Los resultados observados constituye el equivalente a una radiografía emocional del matrimonio.
Gottman afirma que recién se están empezando a explorar científicamente las relaciones humanas y que, gracias a las observaciones directas de los procesos implícitos en las discrepancias, se ha podido cartografiar una especie de mapa científico de las emociones que componen la felicidad matrimonial.
Aunque ha sido criticado por “simplista” y él mismo reconoce que sus resultados no tienen la categoría de datos empíricos sólidos, sus estudios han permitido identificar conductas que contribuyen a mejorar la calidad matrimonial.
Por otro lado, el trabajo de Gottman representa un apoyo sumamente convincente al papel decisivo que desempeña la inteligencia emocional en la supervivencia de la pareja.
por Ceppas | May 19, 2010 | Sin categoría |
¿Cuán importante es la vida sexual para la relación de pareja? ¿El “buen sexo” contribuye a la satisfacción con la relación, precave de la separación? ¿El “mal sexo” o la ausencia de sexo ocasionan consecuencias negativas, influye en la posibilidad de divorcio?
Gracias al significativo avance de la sexología y de la medicina sexual en los últimos años, hoy en día se pueden mencionar ciertas tendencias en las que coinciden las encuestas, los estudios y las investigaciones:
- La inmensa mayoría de la población sostiene que el sexo es un aspecto muy importante en sus vidas, especialmente entre los que están casados
- La inmensa mayoría de los hombres y de las mujeres casados o que bien en pareja sostienen que les importa mucho tener una vida sexual satisfactoria
- La inmensa mayoría de las personas sostienen que una vida sexual placentera aumenta su calidad de vida
- La inmensa mayoría de las personas sostienen que una vida sexual insatisfactoria puede acarrear numerosos problemas tales como depresión y, especialmente, llevar al rompimiento de la relación de pareja
- La inmensa mayoría de las investigaciones transversales concluyen que el bienestar sexual subjetivo se correlaciona positivamente con el nivel general de felicidad, tanto en hombres como en mujeres; y que, por el contrario, las disfunciones sexuales están altamente asociadas a experiencias negativas en la relación de pareja y en el bienestar general, así como con problemas de salud física y emocional
- Existen evidencias de una estrecha relación entre disfunciones sexuales y estados depresivos, los que se influyen mutuamente
- La inmensa mayoría de los estudios transversales y longitudinales han comprobado repetidamente que, quienes viven en pareja, tienen mejor salud, viven más años, se sienten más en paz y están más satisfechos con sus vidas que quienes no lo hacen
- La inmensa mayoría de la población vive en pareja o desearía vivir en pareja
La medicina sexual plantea que la sexualidad forma parte de nuestra salud integral y que una vida sexual satisfactoria conlleva significativos beneficios para nuestro bienestar físico y emocional, incrementando la satisfacción con la vida en general, actuando como un antídoto relativo contra síntomas mentales y estabilizando el humor. En Chile también se ha reportado que la gente deposita gran parte de sus esperanzas de autorrealización en la sexualidad, junto al amor y a la vida en pareja (Encuesta Bicentenario).
Evidencias empíricas coinciden en que bienestar sexual y satisfacción subjetiva con la pareja van de la mano para ambos sexos. Por ejemplo, incluso matrimonios con hijos chicos, finanzas inestables y horarios extenuantes, afirman que tienen una unión muy fuerte, lo cual atribuyen parcialmente a su placentera vida sexual. Aquellos que se declaran complacidos tanto con su matrimonio como con su vida sexual señalan que sus relaciones sexuales son frecuentes, que no desean tener sexo con otras personas, que no suelen rehusar sexualmente a su pareja y que, si ésta les rechaza, son tolerantes y comprensivos. En matrimonios “sanos” de larga data, ambos ven al sexo como una manifestación de sensualidad, pasión, ternura, afecto, amor y juego. Lo satisfacen dentro de la relación y no lo emplean para manipular ni para solucionar conflictos.
En cambio, la insatisfacción sexual afecta negativamente la percepción del otro y de la relación como un todo. La falta de sexo por periodos largos se ha correlacionado con disminución de la satisfacción personal y mutua, con desánimo y apatía en la comunicación, con rutina, aburrimiento, inercia y desinterés. En la mayoría de las parejas sexualmente insatisfechas, la vida se vuelve complicada y los problemas sexuales repercuten en otros planos, manifestándose en descomunicación, reproches y malestar emocional, entre otras. Por otra parte, la satisfacción sexual ayuda a mantener la ilusión, gatilla el mecanismo de acercamiento, de disfrute, crecimiento y erotismo; en otras palabras, es un importante factor motivacional y lúdico que contribuye a tener ganas de resolver dificultades que se tengan en otras áreas, aclarando que no se debe caer en creer que los problemas de convivencia puedan solucionarse a través del sexo o que la mayoría de las desaveniencias se deban al sexo.
Pero, en las correlaciones mencionadas anteriormente ¿qué es primero, el huevo o la gallina?;¿un vínculo positivo de pareja incrementa la satisfacción sexual o es al contrario?. Los datos apuntan a que si la persona está descontenta con su matrimonio, difícilmente se sentirá complacida con su vida sexual; similarmente, si está frustrada con algún aspecto importante de su vida sexual (frecuencia, grado de sensualidad, higiene, etc.), lo más probable es que no perciba que su relación de pareja sea adecuada. En consecuencia, la sexualidad y la relación de pareja guardan una estrecha relación; dificultosamente podrá subsistir en el tiempo una de estas satisfacciones si no está presente también la otra. Los problemas sexuales influyen en la relación de pareja, de la misma forma que los conflictos en la relación de pareja influyen en la relación sexual.
El bienestar sexual juega un rol significativo en el ajuste diádico. Existe una elevada correlación entre estabilidad marital, por un lado, y satisfacción sexual, sentimientos de amor y expresión emocional, por otro lado. Se ha concluido que, para que un matrimonio funcione relativamente bien, tiene que haber un mínimo de gratificación sexual; y que la sensación de confianza que se genera con la vida sexual incrementaría, a su vez, el éxito matrimonial. Según estudios transversales de matrimonios “felices y duraderos” (más de 25 años casados), el 90% sostiene que la sensación de cercanía es un aspecto imprescindible en la satisfacción marital y que, entre los factores que determinan dicha cercanía, una vida sexual satisfactoria es esencial en general, puesto que es necesaria para generar la sensación de estar en compañía, de compartir y de compañerismo.
Ahora bien, ¿cuán importante es el bienestar sexual respecto de otras variables? En una encuesta reciente se encontró que, para el 57% de los participantes, el sexo ocupaba un lugar preferencial en sus vidas en general y el porcentaje sube al 80% respecto a la relevancia que le asignan dentro de su vida de pareja (para el 39% representaba casi la mitad de toda la relación y solo un 4% lo relega al último plano, otorgándole un 20% de importancia). Similarmente, al comparársela con otro factores, mientras que la satisfacción sexual explicaría aprox. el 60% de la varianza en satisfacción marital, el temperamento explicaría aprox. el 20% y la personalidad aprox. el 10% (concretamente las dimensiones de Neuroticismo y Extraversión). Además, las dimensiones positivas del temperamento y personalidad están mediatizadas por lo sexual, es decir, inciden en la satisfacción marital siempre y cuando exista un bienestar sexual (no obstante, aunque los rasgos individuales sean menos significativo, la actividad sexual está influida por la personalidad). Otros hallazgos apuntan a que la significación que la pareja le asigna a su vida sexual no disminuye con los años de convivencia, sino que permanece constante y que el sexo tendría el potencial de evolucionar a algo inclusive más satisfactorio con el paso del tiempo.
¿Existen diferencias por género?. Cada persona y cada pareja vive su propia sexualidad de modo diferente, sin que existan normas ni recetas para vivirla y puede tener, para cada miembro, tanto un valor como un significado distinto: para algunos es básicamente un placer físico, mientras que para otras es un componente emocional de la unión con el otro. Hasta hace relativamente poco tiempo atrás, la significación que los hombres le atribuían al sexo en la satisfacción marital era mayor que en las mujeres. Sin embargo, en los últimos años se ha produjo un vuelco, siendo para ellas más prioritario (70%) que para ellos (56%). La nueva generación de féminas afirman que necesitan una vida sexual activa para sentirse bien, que influye en su autoestima y en su satisfacción personal; y que, por el contrario, sin placer sexual se sienten necesitadas, nerviosas y frustradas.
¿Tiene importancia la frecuencia de las relaciones sexuales? La mayoría de los estudios concluyen que éste es un factor decisivo en el ajuste marital, mientras que a medida que sean menos asiduas, mayor será la probabilidad de inestabilidad – independiente de la variable de acuerdo en la frecuencia – sobretodo para los varones, quienes se reportaban más contentos con su matrimonio cuando existía una mayor actividad sexual y una menor masturbación. En cambio, en las mujeres, una sexualidad plena estaba antes más ligada al afecto positivo hacia el cónyuge, al bienestar emocional y al placer, más que a la cantidad de las relaciones. Empero, recientemente se ha encontrado que la frecuencia está siendo especialmente significativa en la satisfacción subjetiva de ellas con su pareja, sosteniendo que, entre más frecuentes y placenteras, más quieren hacerlo. El placer al hacer el amor, alimenta el deseo en sí.
Un experto en la felicidad de los chilenos (Tironi) plantea que la frecuencia sexual tiene un importante reporte de felicidad para las personas y que quienes tienen pareja estable tienen más sexo que el resto de la población, por lo tanto, son más felices. Y que esto se agudiza entre quienes han tenido acceso a una buena educación; es decir, mientras más educadas las personas, más felices las hace la mayor frecuencia sexual. Aunque otros autores sostienen que la cantidad sería menos trascendente que la sensación subjetiva de satisfacción con la vida sexual, donde la profundidad de la intimidad juega un rol muy relevante.
¿Por qué es tan importante la satisfacción sexual? Entre las hipótesis posibles se puede recurrir a la teoría triangular del amor, la que postula que la pasión sexual y la intimidad son dos de los tres pilares fundamentales de toda relación de pareja y, para otros autores, las manifestaciones sexuales formarían parte de la intimidad y su práctica la potenciaría aún más. Los datos indican repetidamente que la intimidad (junto a la empatía) ocupa el primer lugar entre los objetivos que se buscan en el matrimonio y dicha intimidad se asocia tanto a la satisfacción sexual como a la marital.
Otra explicación se puede encontrar en las teorías neurobiológicas, las que destacan el papel del placer sexual en el refuerzo natural del vínculo en parejas con relaciones estables y persistentes. Concretamente postulan que, cada vez que la pareja experimenta un encuentro sexual satisfactorio, se libera tal cantidad de oxitocina en el cerebro y en el cuerpo que incrementa la sensación de unión entre ellos, de pertenencia y seguridad. Por tanto, mientras más sexo satisfactorio tenga una pareja, más fuerte será el vínculo entre ellos, se sentirán más cercanos y apegados el uno al otro, sintiéndose más felices en su matrimonio.
Entonces, cuando hablamos de sexualidad, no nos referimos únicamente al coito o al mero placer sexual. Somos seres sexuales cuando tocamos, besamos y abrazamos, pero también cuando nos reímos y nos divertimos juntos. La experiencia erótica implica mucho más que una simple interacción genital, implica expresión de emociones, vinculación afectiva, complicidad y una forma muy íntima de comunicación, donde podemos sentirnos tan en confianza como para atrevernos a mostrarnos vulnerables, pedir ayuda y expresar miedos sin sentirnos juzgados. El ser humano, como organismo altamente complejo y desarrollado, requiere de un nivel de satisfacción que abarque distintos componentes para poder alcanzar una sensación de armonía y plenitud. Es decir, una sexualidad positiva e integral supone una gratificación mucho más elevada y completa que la meramente biológica y, es en este sentido que, si se la realiza dentro del contexto de pareja afectivamente adecuado, nos permitirá satisfacer tanto las necesidades de orden físico como las psico-emocionales y las psicosociales.
En conclusión, existe consenso en que la sexualidad es un pilar fundamental en sí mismo de la relación de pareja, más allá de los sentimientos y de la comunicación. No obstante, como en muchas otras situaciones de la vida humana, no es ni tanto, ni tan poco y depende de muchos otros factores intervinientes. Lo que sí es que, en definitiva, el sexo es un vínculo que une poderosamente a la pareja y que representa una forma de estar de a dos que es cualitativamente muy diferente a como se puede estar con otras personas.
por Ceppas | May 14, 2010 | Eneagrama |
El problema del “encasillamiento”:
En términos muy generales, la Psicología y la Psicología Clínica se mueve entre el conocimiento general taxonómico y la especificidad irrepetible de cada persona. En términos más específicos, la discusión relativa al encasillamiento siempre ha estado presente en los intentos de clasificación, lo que remite a la controversia entre la Psicología Idiográfica y la Psicología Nomotética. La primera sostiene que, como el individuo es una configuración única, no se lo puede situar en un punto concreto del continuo de rasgos; que los rasgos son solo una abstracción artificial que no reproduce a una persona en particular. A esta aproximación se le ha criticado que culmina en un nihilismo respecto al estudio científico de la personalidad, ya que la ciencia avanza descubriendo principios generales y que, al final, todo lo que existe en la naturaleza es único. Eysenck señala que, a pesar de los años de retórica, la investigación idiográfica, aunque ha aportado relevantes ideas, no ha logrado contribuir significativamente a la comprensión científica de la personalidad y que, incluso Allport, uso métodos nomotéticos en sus investigaciones. (Últimamente hay un renovado interés por estudios idiográficos y de casos, ya sea en categorías cualitativas o ya sea mediante modelos estadísticos).
La Psicología Nomotética aduce que la existencia de diferencias implica similitudes y que ambas pueden situarse dentro de dimensiones medibles. Dado que los seres humanos son en esencia parecidos, es factible formular leyes generales a partir de muestras pequeñas y no representativas. Así, la personalidad puede estudiarse comparando a individuos con respecto a variables específicas. Como dice Eysenck, ningún estudio resulta posible sin una previa clasificación mínima del múltiple material a investigar. Este es el primer paso y constituye un andamio para análisis causales comparativos entre factores genéticos y ambientales. A esta aproximación se le critica que entrega retratos sin vida del individuo y que los trabajos centrados en variables experimentales no han sido concluyentes. Es así como, mientras algunos investigadores se interesan más por las diferencias individuales, otros se abocan a la estructura del sujeto, pero otros van aún más allá, tras la esencia de lo que hace a una persona, una búsqueda bastante más ontológica.
Mientras que la mayoría de las tipologías consideran aspectos parciales de la personalidad descuidando otros, el Eneagrama, aunque se centra más en las diferencias interindividuales, en lo nomotético; también se aboca a la estructura individual (incluida la esencia). Es dentro de este panorama donde hay que entender el problema del “encasillamiento”. El modelo eneagramático entrega categorías generales, sin sacrificar la individualidad. Postula que, en general, solo el tipo básico es definitivo. La forma dinámica en que esta estructurado supone que cada eneatipo se combina con ciertas variables conformando más de 100 diferentes subtipos secundarios que van cambiando con el transcurso del tiempo en un mismo individuo. Por tanto, el encasillamiento es principalmente un problema respecto al tipo básico, ya que los subtipos varían dependiendo de: las “alas”, la segunda mayoría del perfil, el instinto predominante (social, autopreservación o sexual), el nivel de desarrollo (sano, promedio o malsano), el polo dicotómico, el grado de integración y desintegración. Para eludir el encasillamiento y aproximarse a una perspectiva “idiográfica”, se puede combinar con el Rorschach y otros test proyectivos. Por otra parte, basándose en la literatura etopéyica, se han efectuado identificaciones de eneatipos principalmente en obras de Teofrasto y Chaucer, así como de personajes tales como Peter Pan, Madame Bovary, Gatsby, La señora Dalloway, El Rey Lear, Lady Macbeth. Este trabajo puede continuar analizando a otros escritores de caracteres tales como La Rochefoucald, La Bruyere, Butler, fuera de los más modernos.
El problema del número de tipos de personalidad:
Un gran problema en el área de la Personalidad es delimitar la cantidad de rasgos, dimensiones, superfactores, factores o tipos. A lo largo de la historia se han postulado clasificaciones desde 2 hasta más de 18. De las dos teorías más en boga actualmente, una identifica 3 y la otra 5 superfactores. El MBTI, otro sistema muy aceptado, amplia los 8 tipos de Jung a 16. Millon, uno de los más influyentes especialistas, ha descrito varios “estilos de personalidad”. En los dos manuales de Salud Mental, el CIE y el DSM, el número de trastornos de la personalidad ha variado de una edición a otra, tanto aumentando como disminuyendo.
El Eneagrama postula que existen exactamente 9 personalidades basándose en la teoría de los 3 Centros, la cual se remonta a la antigua doctrina de la división del alma y a las Funciones Psíquicas Centrales. La divisibilidad apuntaba a que cualquier ámbito – sea físico, psíquico o matemático – se divide en partes que no pierden su relación con el todo. Así, fenómenos psíquicos aislados forman grupos independientes dentro de un mismo sistema. Areteo, posterior a la división de Pitágoras, formula la terminología que más tarde pasa a la división tripartita de Platón. Con Aristóteles esta teoría se transforma en la de las potencias. Durante la Escolástica se encuentra en la Psicología de las Facultades (Aquino). Posteriormente se le van agregando aportes de la Psicología del Renacimiento (Wolff) y de la localización de funciones (p.e. la Frenología). Actualmente, en Ontología y Epistemología se la estudia dentro de la problemática mente-cuerpo; pero, en Psicología esta en desuso, aunque remitan a ella conceptos de las neurociencias como el de modularidad (antes las 3 capas evolutivas cerebrales) y el modelo de los 3 Superfactores (el Bigfive representan una versión más expandida y diferenciada de los 3 Grandes).
Entonces, en base a que en el ser humano existirían 3 áreas psíquicas fundamentales, 3 estilos de inteligencia, 3 fuentes de energía, 3 instintos básicos o 3 “cerebros”, el Eneagrama distingue 3 centros, representados en el triangulo equilátero: instintivo-motor, emocional y mental. Siguiendo la tradición de localización espacial de las potencias del alma dentro del cuerpo (p. e. Demócrito ubicaba la parte pensante en la cabeza, la ira en el corazón y los deseos sensitivos en el hígado), metafóricamente corresponderían, respectivamente, a las vísceras, el corazón y la cabeza. Cada uno de los 3 centros se subdivide a su vez en 3 tipos, sumando un total de 9 eneatipos. Por lo tanto, cada Tríada esta compuesta por personalidades con características comunes, pero con claras diferencias entre ellas. De acuerdo con esta teoría, el Eneagrama podría ser útil para dilucidar las incongruencias respecto a la cantidad de trastornos de personalidad que se postulan.
por Ceppas | May 12, 2010 | Temas generales |
En la Prehistoria, al instalarse el sedentarismo y la propiedad de la tierra, el matrimonio llega a ser una de las maneras más socorridas para aumentar el patrimonio. Es así como el ser humano pasa de la elección de pareja por motivos exclusivamente de atracción erótica, a incorporar por primera vez un elemento reflexivo: el cálculo de conveniencias. Este “amor convenido” predomina en la antigüedad greco-romana y durante toda la Edad Media. La unidad central es la familia patriarcal, cuyo jefe tiene el deber de establecer alianzas de parentesco que mantengan y acrecienten el patrimonio familiar. La pasión erótica deviene en un estado emocional peligroso para elegir y sostener a la pareja, lo cual era avalado por la doctrina católica. «Nada más infame que amar a la esposa como a una amante», decía San Gerónimo.
En la cultura mesopotámica, cuna de la civilización occidental, aparecen las primeras reglamentaciones de la sexualidad en el Código de Hammurabi y se rendía culto a Astarté, diosa protectora de la sexualidad, a quien las mujeres jóvenes le ofrecían su virginidad entregándose a un forastero en el templo. En Babilonia, se castigaba cruelmente el adulterio de la mujer, a la que se arrojaba al río junto con su amante, o bien se le cortaba a ella la nariz y él era castrado.
Dentro de la cultura egipcia cabe destacar los siguientes aspectos: se practicaba la poligamia (la que se prohibió recién en la Roma de antes de Cristo); el incesto estaba permitido e incluso el heredero al trono debía casarse con su hermana para ser considerado un rey legítimo, así protegían su patrimonio y lograban mayor poder político; la circuncisión tenía un carácter ritual en la ceremonia de iniciación de la adolescencia y se ejercía una prostitución sagrada, asociada a la religión. En general, el sexo se aceptaba como una realidad más de la vida cotidiana.
Con el advenimiento de la civilización greco-latina y judeo-cristiana se terminan de consolidar, perdurando posteriormente durante siglos, dos tendencias fundamentales muy vinculadas entre sí, reflejando la interinfluencia entre cultura, religión y sexualidad. La primera se refiere a la exaltación del potencial sexual masculino como reflejo de la dominación general del hombre y de la represión de la sexualidad femenina. Aún hoy los Judíos Ortodoxos agradecen a su dios no haber nacido mujeres y en el Muro de los Lamentos se tiende a segregar a las mujeres de los hombres. La segunda tendencia apunta al dominio de la religión sobre el comportamiento sexual, reduciéndolo casi exclusivamente al proceso de reproducción.
En las culturas griega y romana se exaltaba la potencia sexual masculina a través de las imágenes divinas de Zeus y, especialmente, de Apolo. En la mitología se relatan las aventuras eróticas del padre de los dioses y de su hijo predilecto. Se prefería y se veneraba más a Apolo como un dios pleno de belleza física y espiritual, así como de fortaleza y valor. De él proviene el concepto de belleza apolínea, que hasta la actualidad se considera el prototipo del hombre viril y sensual. Entre los mortales, el criterio de tres coitos seguidos marcaba haber dejado la infancia y alcanzado la juventud. Dentro de la misma línea, en el manual Taoísta del s. II, se afirmaba que después de 1,200 relaciones sexuales el emperador se volvía inmortal.
La religión Canaanita pre-judaica, en la que había prevalecido la veneración de dioses de ambos sexos, incluyendo a diosas de la fertilidad y a sacerdotisas, sufrió una profunda modificación con la llegada de las religiones monoteístas, las que creían en un dios masculino, tal como el dios judío Jahvé. Según la mitología, Eva fue una diosa de la fertilidad muy reverenciada, quien luego devino en maldita al asociársela al pecado original, acusándosela de causar la muerte y el mal, siendo supuestamente castigada por Dios condenándola a parir con dolor.
También en Turquía, Egipto, África, Roma, las Islas del Pacífico o las llanuras de Norteamérica, los dioses dejaron de ser masculinos, femeninos o bisexuales, dando paso al único dios de las religiones nacidas en el Cercano Oriente: el Judaísmo, el Islamismo o el Cristianismo (una excepción fueron los Cristianos Gnósticos, cuyo dios es tanto hombre como mujer). La dominación masculina puede también rastrearse a la invasión de los rusos en Asia y Europa, y desde la India a Irlanda. Los grupos de poder político y religioso quedaron limitados a los hombres.
Los principios básicos de la religión judía han afectado a la sexualidad occidental hasta nuestros días. La cultura hebraica fue una de las primeras en reprimir la sexualidad, particularmente la de las mujeres, las que eran considerabas simples objetos sexuales. Sin embargo, en el Cantar de los Cantares la sexualidad era representada como un impulso creativo y placentero, que no era considerado malo en sí mismo ni se restringía únicamente a fines de procreación.
En el Antiguo Testamento, donde se incluyen los Diez Mandamientos de Moisés, difundidos hacia el 1300 a.C., se encuentran las normas que deberían regular la conducta sexual de la época. En general, se califica como impuros el adulterio, la fornicación, la prostitución, la sodomía y la homosexualidad. Es así como encontramos el “no fornicarás” (aunque se sabe que, siglos después, el Rey Salomón tuvo 700 parejas estables además de innumerables amantes); en Éxodo (XX, 14) se prohíbe el adulterio, reforzándose en Levítico (XVII, 20): «no pecarás con la mujer de tu prójimo ni te contaminarás con tal unión». Se proscribe también la homosexualidad en Levítico (XVIII, 22): «no cometerás pecado de sodomía porque es una abominación»; aparece el tabú de la desnudez en Levítico (XVIII, 7) y la prohibición del incesto en Levítico (XVIII, 6): «nadie se juntará carnalmente con su consanguinidad, ni tendrá que ver con ella». También en Corintios (I, 1-5) se hace evidente la prohibición del incesto.
En Israel, la finalidad del matrimonio era la procreación y el mantenimiento del poder del clan; la monogamia es estricta y el matrimonio indisoluble, al tiempo que se prohíbe tajantemente toda relación extramarital. El sexo, enmarcado en el matrimonio, era considerado tanto una obligación como una alegría. La unión legal tenía como finalidad la descendencia, con miras a la conservación del patrimonio que era traspasado de una generación a la otra mediante la práctica del mayorazgo.
En la cultura greco-romana así como en la helenística (donde se fusionan los elementos orientales con los griegos), se exalta al ser humano como la criatura más importante del universo, glorificándose el alma y el cuerpo; y, el acto sexual llegó a ser una suerte de manifestación religiosa. Por ejemplo, una extendida costumbre religiosa la constituía laprostitución sagrada, mediante la cual se pretendía atraer los favores de las diosas protectoras de su pueblo. En Grecia se adoraba a Afrodita, en cuyo honor se realizaban ritos de amor y fecundidad. La mujer debía ofrecer su virginidad y fertilidad a la diosa Venus u a otras diosas, a través de la unión con un sacerdote o un extranjero. En este último caso, el forastero debía pagar, a su vez, con una ofrenda en especie o en metálico para costear los cuidados del templo de la diosa. (En la antigua India, los templos también obtenían ganancias generadas por las sacerdotisas al tener sexo). Esa costumbre ritual degeneró en la simple venta del cuerpo femenino. Etimológicamente, fornicación deriva de forno (arcos de los puentes), donde ejercían las trabajadoras sexuales romanas. En Atenas, las mujeres no podían andar solas, privilegio exclusivo de las hetairas (prostituta fina), en tanto que las pornoi eran las prostitutas de más bajo nivel (vocablo del que deriva la palabra pornografía).
La prostitución sagrada y otras manifestaciones, que supuestamente tenían como finalidad la unión del sexo con lo sagrado, simbolizaban el vínculo del hombre con la naturaleza y con los dioses. Pero, además, suponían una forma de mantener o incrementar los bienes familiares, lo cual se refleja en los antiguos casamientos de Babilonia, Grecia y Roma, donde existía como norma el intercambio de regalos o entregar a la hija con una dote, para contribuir así a su seguridad durante el matrimonio. La mujer comenzó a ser una mercancía de intercambio, al tiempo que se instituyó la familia como algo sagrado y el matrimonio se convirtió en un ritual.
Con la instauración del patriarcado, imperó la dominación sobre la mujer bajo el pretexto de la protección de la familia. Durante toda su vida, la mujer se hallaba sometida a la autoridad omnímoda del pariente masculino más cercano y, en general, ella era un ciudadano de segunda categoría cuya función principal era ser «gyne», es decir, «portadora de hijos». La función de la mujer era procrear, perpetuar, y servir a los hijos, teniendo el dudoso «privilegio» de compartir los favores del esposo con otras esposas secundarias (pero, si ella era la infiel, solía ser apedreada). Las tareas femeninas en Atenas consistían exclusivamente en perpetuar la raza y ocuparse de los hijos, mientras los hombres recurrían a las hetairas para saciar sus impulsos sexuales e intercambiar ideas sobre cultura y arte, pues se trataba de cortesanas que no sólo vendían su cuerpo, sino también su encanto, conocimientos y amistad. Similarmente, la estructura familiar romana se caracterizaba por la clara distinción de los roles asignados, donde destacaban las funciones del pater familia, de la esposa, de los hijos, de los esclavos y hasta de los clientes. En los tiempos de la República aún se mantenía la estructura de familia patriarcal y el respeto a la religión.
Con el surgimiento de la familia patriarcal se generan una serie de dualidades en lo sexual:
- En el plano social, la esfera privada era restringida al ámbito a la mujer, quedando a su cargo la educación de los hijos y, la esfera pública, quedaba a cargo de los varones
- Doble estándar: permisividad sexual al varón y represión a la mujer, a quien se le exige la virginidad y serle fiel al marido, sin importar su propio placer
- Doble imagen de la mujer: la «buena» es la madre dedicada a la casa o la virgen; la «mala» es la mujer pública dedicada al placer (inicios de la disociación amor-sexo)
- Doble significado de la sexualidad: la reproductiva como la forma lícita y socialmente aceptada dentro el matrimonio; el placer como la forma válida para el hombre fuera del ámbito conyugal
En el siglo V a. C., en Grecia, la construcción de las ciudades y el desarrollo de las actividades artesanales y comerciales condujo a que las personas comenzaran a perder el contacto con la naturaleza y se dedicara más al ocio y al arte. Al mismo tiempo, la sexualidad va perdiendo su sentido profundo y se empiezan a realizar orgías que suponían, simplemente, una liberación de índole personal. Se sustituyó el culto de Afrodita por el de Dionisos o Baco, dios de la sexualidad y del vino; pero, al mismo tiempo, crearon al dios Apolo, que se caracterizaba por su sabiduría y por su tendencia a la moderación de los instintos; con ello, se intentaba lograr un equilibrio entre ambos extremos. Dichas orgías dedicadas a Baco fueron, en un inicio, verdaderos rituales del amor en que se rogaba por la fertilidad, de la mujer y de la tierra. No obstante, con el correr del tiempo esta creencia perdió su base religiosa y se fueron transformando en excesos de índole hedonista.
Sin embargo, entre los múltiples aporte de la cultura grecolatina se incluye los primeros atisbos de educación sexual, formando a los niños en el conocimiento de las funciones sexuales. Reconocían la importancia de desarrollar una sexualidad plena y procuraban exaltar el erotismo. Como parte de esta apertura general, los griegos eran permisivos ante ciertas conductas homosexuales masculinas entre adultos y adolescentes púberes, pero siempre dentro de un contexto educativo, en el cual el adulto tenía la función de formar intelectual y éticamente a sus pupilos (paidegogous). Por otra parte, se consideraba que la homosexualidad masculina representaba una forma de búsqueda de la belleza y del amor. No se consideraba que la homosexualidad menoscabase la virilidad, siempre y cuando no afectasen su desempeño en las continuas guerras. A modo de ejemplo se pueden mencionar desde Zeus hasta Alejandro Magno. Los romanos adoptaron gozosamente esta práctica para excitar sus rutinarios placeres. No obstante, se desaprobaba la homosexualidad y los contactos sexuales si éstos eran de carácter exclusivo entre hombres adultos; así como actos homosexuales con muchachos impúberes, situación que era penada por la ley.
En Roma, con la corrupción de la clase dirigente, el desgaste social y las guerras coloniales a las que debía hacer frente el Imperio para mantener unidos a pueblos tan diversos, se va generando una ansiosa necesidad de disfrutar de variados placeres. Dicho hedonismo grecorromano ha sido asociado a la relativa aceptación de la homosexualidad, la bisexualidad y el aborto. En este nuevo contexto socio-económico, la unidad familiar se rompe y el panorama cambia por completo. La mujer se desentiende de los hijos, cuya educación es confiada a una sirvienta o a un esclavo; se extiende el aborto como método anticonceptivo y se recurre al sexo y a la lujuria para la realización personal, tanto masculina como femenina, pasando a ser la obtención del placer el valor supremo al que se sometía todo lo demás. El adulterio (preconizado por Ovidio en «El arte de amar») y el divorcio eran aceptados y practicados en numerosos casos.
Aunque el imaginario de desenfreno y perversión sexual con que se identifica a griegos y romanos resultan exagerados, efectivamente hubo excesos y avidez sexual en la última etapa del Imperio Romano, lo cual – a modo de contrapeso – llevó al surgimiento, en plena época imperial, de una corriente contraria, encabezada por filósofos estoicos y neoplatónicos. Con la cultura helenística habían arribado ideas orientales sobre el espíritu y la vida después de la muerte, trayendo como consecuencia una ansiosa preocupación por el comportamiento humano en la tierra, con lo cual el ascetismo cobró fuerza. En este sentido, la cultura helenística representa una especie de transición entre el período objetivo griego y el medieval subjetivo. Plotino destaca como el convertidor del pensamiento helénico, influyendo en los Padres de la Iglesia y en los fundamentos de la doctrina agustiniana. En efecto, en Grecia, durante la Antigüedad Tardía, habían florecido durante cortos períodos, un gran número de escuelas filosóficas. De las más interesantes, desde el punto de vista de la sexualidad, fueronlas escuelas estoicas y las epicúreas.
Los filósofos postaristotélicos sostenían dos grandes posturas dicotómicas respecto a la forma de encontrar la felicidad. Los epicúreos afirmaron que, como todos los conocimientos se originan en las sensaciones, la meta de la vida era gozar cuantos placeres fuesen posibles y, de manera consistente, preconizaban minimizar el dolor y el sufrimiento de los otros. Por su parte, los estoicos creían que la finalidad de la vida era alcanzar la serenidad espiritual y que la felicidad se debía encontrar dentro de uno mismo, una vez que se hubiesen dominado las pasiones, las que consideraban disposiciones del alma y no fuerzas extrañas. La virtud se lograba mediante la prudencia, la justicia, la templanza, el valor, la disciplina sobre uno mismo y el cumplimiento de los deberes.
En la polarización producida entre hedonismo y ascetismo, el Cristianismo encontró una tierra fértil para desarrollarse. La introducción de la moral estoica, condujo a varios pensadores y gobernantes a condenar varias prácticas sexuales de la época. Tras las invasiones bárbaras y el declive económico y territorial sufrido por los romanos, triunfa definitivamente el Cristianismo, imponiendo una ética sexual con ideas muy restrictivas en materia sexual, la cual tuvo significativos efectos y consecuencias sobre la sexualidad durante siglos.
El Cristianismo Primitivo, donde destaca el trascendentalismo patrístico, consistió en la fusión del judaísmo con el estoicismo griego, la estructura imperial y la normatividad jurídica romanas. Los antiguos textos del siglo I en Nag Hammardi, Egipto, evidencian las diferencias en las creencias y prácticas de los primeros grupos cristianos. Estos fueron considerados heréticos en el siglo III, por lo que fueron escondidos por los monjes benedictinos y finalmente quemados en el siglo V, con lo cual se pudo ensamblar el Antiguo y el Nuevo Testamento en laBiblia. Así, se logró institucionalizar una sola verdad, una ortodoxia que unió a los Cristianos frente a las persecuciones, pero también aparece la intolerancia ante versiones discrepantes. Esta fue una época de creencias, de autoridad, de sumisión y de aceptación, decisiva en la predominancia de una férrea y única moral sexual.
Cuando el Cristianismo pasó a ser la religión oficial del Imperio Romano, se fue convirtiendo en una fuerza política y represiva; asumiendo la Iglesia la jurisdicción sobre el matrimonio, dejando éste de ser un asunto civil; y, pasa a dictar normas para la conducta sexual, basándose en la concepción del sexo como pecado. Se exalta la castidad como símbolo de pureza y el acto sexual es considerado como algo pecaminoso, incluso dentro del matrimonio; se admite porque es imprescindible para la procreación, considerada como un deber sagrado. Para conseguir que el placer fuese el mínimo y con el fin de evitar la visión del cuerpo desnudo, las mujeres debían ponerse un camisón que poseía a la altura de los genitales un orificio por el que el marido debía introducir el pene. En la Biblia se exhortaba a crecer y multiplicarse, siendo el sexo reproductivo una obligación y el sexo sin hijos, una ofensa o una maldición. Por otra parte, allí se condenaba la prostitución, la homosexualidad y la masturbación.
A diferencia del judaísmo, el cual no distinguía entre el amor físico y el amor espiritual, la doctrina cristiana se encaminó a continuar los pasos de las pautas griegas, planteando – por un lado – el eros o “amor carnal” y – por otro lado – el ágape o “amor espiritual”, no material. Se repudiaron los placeres mundanos y se fomentó el goce puramente espiritual.
San Pablo, de gran influencia entre los apóstoles, ya había propuesto el celibato y la abstinencia como ideales; pero, como reconocía que la mayoría no podía lograrlos, propuso el matrimonio como forma de legitimar la pasión y la lujuria. El mito de Adán y Eva sitúa a la mujer como foco de tentación, hasta el punto que llega a afirmar en la Epístola a los Corintios que «…bien le está al hombre el evitar el contacto con la mujer. Sin embargo, por evitar la fornicación, que cada hombre tenga su mujer, y cada mujer su marido. (…) Si no pueden guardar continencia, que se casen. Es mejor casarse que consumirse». San Jerónimo considera que cada contacto sexual aleja un poco más del Espíritu Santo y, por otro lado, el papa Gregorio el Grande en el siglo V indica que el pecado original es hereditario: «El apetito de nuestros padres por la carne es la causa de nuestra vida y por eso somos pecadores».
La rígida moral sexual se vio fuertemente influenciada por la doctrina agustiniana del siglo IV. San Agustín, el denominado padre de la Iglesia Católica, fue quien transformó a la psicología de ser el estudio de la conducta del individuo al estudio de las fuerzas o de los procesos intangibles de la conciencia. Libertino durante su juventud, posteriormente renegó de su pasado, llegó a considerar el sexo como algo deleznable, infernal, una podredumbre o pus. La renuncia al placer y el sacrificio deberían ser obligatorios. Afirmaba que, nada hacía descender tanto la mente viril, como las caricias de una mujer, evidenciando sus sentimientos de culpa debido a sus experiencias sexuales pasadas. Todo ello da lugar a que se extienda un sentimiento de culpabilidad y malestar entre los cristianos, obligados a avergonzarse de su cuerpo y a la represión de sus instintos naturales. Para él, la sexualidad y la procreación eran inseparables, sosteniendo que el deseo sexual era una tendencia animal que podría ser justificada y orientada hacia el bien, siempre y cuando el acto sexual tuviera como finalidad la procreación. Describía al acto sexual “como un fenómeno que se apodera completamente de uno, haciéndole perder el control, provocando sacudidas violentas que no corresponden al control de la voluntad”.
En otras latitudes y en otras religiones, tal como en el Antiguo Oriente, el Islam y el hinduismo, la actitud y los criterios que regían la sexualidad eran mucho más positivos que en Occidente. EnOriente, la sociedad buscaba el conocimiento y el desarrollo de las funciones sexuales. “En la sociedad hindú existía un segmento que aprobaba casi todos los comportamientos de índole sexual. En China, el sexo no era un hecho que inspirase temor, ni se conceptuaba como pecaminoso; antes bien, se estimaba como un acto de culto y veneración, e incluso como la senda que conducía a la inmortalidad” (Bullough).
En la antigua China y en el Japón ancestral, proliferaban unos manueales que cantaban el éxtasis del goce sexual y sus variedades. Los más conocidos se dieron a conocer en la India, tal como el libro sagrado del erotismo hindú, el famoso Kama Sutra, que enseñan las maneras de convertir el goce de la sexualidad en una experiencia casi mística. Esta obra es considerada como el trabajo básico sobre el amor en la literatura sánscrita. Cronológicamente se sitúa en el período Gupta (entre el 240 y el 550 d. C.) y se copiló aproximadamente en que san Agustín escribía sus Confesiones. Esto no quiere decir que en estas culturas el desarrollo de la sexualidad triunfara. Las conveniencias políticas y las concepciones machistas mantenían gran número de costumbres atroces y represivas contra las mujeres y las clases más humildes. Entre los peores aspectos de sus ideas sexuales, por ejemplo, se encuentra la costumbre del suti. Por ella, la viuda de un hombre debe incinerarse viva en la pira funeraria de su esposo. Esta práctica, afortunadamente, fue virtualmente erradicada por los cambios sociales experimentados – recién – en el s. XX.
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