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Medicina Sexual e Inteligencia Sexual

Medicina Sexual e Inteligencia Sexual

En la década de los 70 del s. XX nació una nueva disciplina llamada medicina sexual. Dentro de ella se incluyen definiciones efectuadas por la OMS, tales como:

Sexualidad sana: «la aptitud para disfrutar de la actividad sexual y reproductiva, amoldándose a criterios de ética social y personal. La ausencia de temores, de sentimientos de vergüenza, culpabilidad, de creencias infundadas y de otros factores psicológicos que inhiban la reactividad sexual o perturben las relaciones sexuales. Y la ausencia de trastornos orgánicos, de enfermedades y deficiencias que entorpezcan la actividad sexual y reproductiva«.

Salud sexualla integración de los elementos corporales, emocionales, intelectuales y sociales del ser sexual, por medios que sean positivamente enriquecedores y que potencien la personalidad, la comunicación y el amor».

En otras palabras, el concepto de salud sexual hace referencia a la experiencia sexual como un proceso de bienestar físico, psicológico y sociocultural, la cual se expresaría en forma libre y responsable; no se trata sólo de ausencia de disfunción, enfermedad o discapacidad. Por lo tanto, se concibe por sexualidad un fenómeno que va más allá de lo que comúnmente entendemos por sexo. Se ha mencionado también, que: Toda persona tiene derecho a recibir información sexual y a considerar que las relaciones sexuales sirven para el placer además de servir para la procreación.

Una sexualidad sana implicaría:

  • Conocimiento, valoración y aceptación del propio cuerpo
  • Aceptación de que cada persona pueda expresarse tal como es y pueda realizarse de la manera que desee, sin someterse a patrones rígidos que limiten su potencial humano
  • Poseer una concepción desinhibida, afectuosa y lúdica de la Sexualidad
  • Saber que todos somos diferentes y que, por lo tanto, tenemos gustos y deseos diferentes
  • Ser capaz de expresar estos deseos y respetar los de los demás

La Organización Mundial de la Salud entrega una definición muy completa de la sexualidad humana:

“Un aspecto central del ser humano, presente a lo largo de su vida. Abarca al sexo, las identidades y los papeles de género, el erotismo, el placer, la intimidad, la reproducción y la orientación sexual. Se vivencia y se expresa a través de pensamientos, fantasías, deseos, creencias, actitudes, valores, conductas, prácticas, papeles y relaciones interpersonales. La sexualidad puede incluir todas estas dimensiones, no obstante, no todas ellas se vivencian o se expresan siempre. La sexualidad está influida por la interacción de factores biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales, éticos, legales, históricos, religiosos y espirituales”.

Se señalan las siguientes funciones de la sexualidad:

  • Reproducción: puede ir encaminada a tener hijos
  • Placer: la búsqueda del placer se halla en la base de muchas de las expresiones y comportamientos sexuales. Pero se refiere no sólo el placer asociado a la excitación y al orgasmo, sino que también al placer de dar, de recibir y comunicarse en una relación sexual positiva y satisfactoria
  • Expresión de sentimientos: la sexualidad es un cauce privilegiado de expresar cariño, afecto o amor hacia otras personas, dado que la relación sexual es una de las formas más íntimas y excitantes de relacionarse y comunicarse con la persona que se quiere
  • Refuerzo de la autoestima: nos ayuda a mejorar nuestra autoimagen, a sentirnos más vitales, a protegernos de otros factores negativos como el estrés, la competitividad etc…, ya que vivir positivamente la Sexualidad nos hace estar más relajados física y psicológicamente

Años después, Sheree Conrad y Michael Milburn, idearon el concepto de inteligencia sexual, siguiendo los estudios de inteligencia emocional de Daniel Goleman. Afirman los autores: “Una persona puede saber si es inteligente sexualmente por la forma como vive su sexualidad, si esta experiencia es saludable, agradable y placentera tanto para sí misma, como para su compañero sexual”

Inteligencia sexual: habilidad particular, dentro de la inteligencia general, que nos permite visualizar la sexualidad humana como una compleja condición complementaria de nuestro ciclo vital y que, por tanto, implica el aprendizaje de diversas otras habilidades. La inteligencia sexual sería un componente de la inteligencia emocional, dado que gracias a ella aprendemos a disfrutar plenamente de la actividad sexual, de manera más integral y sana. En el mismo sentido, una persona con inteligencia emocional y sexual prefiere una relación monógama y con compromiso afectivo; en cambio, las personas que tienden a ser promiscuas son poco inteligentes sexualmente.

Se han mencionado algunos pilares muy generales que podrían ayudar a alcanzar la inteligencia sexual:

  • Leer libros y artículos y aprender sobre las características de la sexualidad femenina y masculina
  • Vivir la sexualidad como un derecho, pero con la suficiente responsabilidad como para evitar embarazos no deseados
  • Saber discriminar cuando alguien se interesa por toda la persona o sólo la utiliza como un objeto sexual
  • Evitar prácticas sexuales que causen vergüenza o repulsión solo por agradar a la pareja, consultar prontamente a un especialista, en caso de presentar cualquier disfunción
  • Es importante cultivar no sólo el atractivo físico, sino otros aspectos que harán a la mujer o al hombre interesante como persona

Finalmente, Al Link y Pala Copeland, en su libro “Sexo en pareja” invitan a “despojarse de la armadura corporal”, siguiendo los siguientes consejos:

  • Afirmar que el placer, el contacto físico y el sexo son necesidades biológicas emocionales y espirituales, es decir, son nutrición sensual
  • Sostener la idea de que yo soy el responsable de mi placer
  • Debo hacerle saber a mi pareja lo que me gusta y lo que necesito
  • Ser consciente de que el contacto no-sexual es tan íntimo como el sexual
  • Aprender a disfrutar de un sexo con calidad, a pesar del paso de los años
  • Aceptar que el sexo más placentero combina las técnicas físicas con la conexión emocional y energética
La crisis actual del hombre en la posmodernidad

La crisis actual del hombre en la posmodernidad

En una entrevista a Elisabeth Bandinter, la filósofa plantea ciertos argumentos que se corresponden bastante bien con un fenómeno que vengo observando repetidamente desde hace algunos años en mi consulta: el deseo sexual hipoactivo en hombres de alrededor de 30 años de edad.

Según explica la autora en  su libro “XY”, los hombres están viviendo una crisis de identidad: “Cada niñito y cada adolescente necesita afirmarse como un pequeño macho. Necesita hacerlo con sus pares para estar seguro de que es hombre y, por lo tanto, distinto de las mujeres. Luego, una vez adquirida su identidad viril, se aleja de esos modelos infantiles y juveniles para llegar a la vida adulta en que deja de lado esa virilidad agresiva y bastante ridícula”.

Actualmente, sin embargo, esta condición se habría complejizado: “El modelo de la igualdad de sexos en la que no hay ninguna función reservada a los hombres y desconocida por las mujeres, hace que ellos ya no sepan cuál es su especificidad. Las mujeres, pase lo que pase y, aunque no sea fácil ser mujer hoy en día, saben que pueden hacer algo que los hombres no pueden hacer, es decir, un hijo. En cambio los hombres ya no tienen un área que les sea exclusivamente reservada. Eso crea una mayor dificultad en la adquisición del sentimiento de identidad masculina”.

Para la filósofa, habría otro factor muy relevante que complica aún más la situación: “Las mujeres esperan que los hombres tengan todas las virtudes del antiguo modelo y todas las del nuevo modelo; es decir, que sean a la vez protectores, que tengan toda la cortesía de antaño, aunque haya sido superficial; y, a la vez, que compartan lo que tienen con las mujeres, incluyendo las cargas tradicionales femeninas. Es demasiado. No se puede pasar de un modelo a otro en dos generaciones”.

Bajo deseo sexual en varones: el secreto mejor guardado en USA

Bajo deseo sexual en varones: el secreto mejor guardado en USA

«Si Ud. Cree que las mujeres son las únicas que le dicen no al sexo, reconsidérelo. Millones de hombres tienen poco deseo de intimar con sus mujeres. El problema es que nadie habla acerca de ello. Hasta ahora. Este valioso libro revela la verdad sobre lo que sucede detrás de las puertas cerradas y lo que las parejas pueden hacer.” (John Gray, autor de Los Hombres son de Marte y las Mujeres son de Venus)

The Sex-Starved Wife: What to Do When He’s Lost Desire by Michele Weiner Davis(Simon & Schuster; January 2009)

La psicóloga Michele Weiner Davis, quien trabaja con parejas hace casi 30 años, publica en su último libro una lista de preguntas orientadas a que las mujeres delimiten si están padeciendo los problemas asociados al deseo hipoactivo de sus hombres:

¿Anhela desde hace largo tiempo más contacto y cercanía física?

¿Se siente dañada, deprimida, resentida o enojada debido a la falta de interés sexual de su esposo?

¿Su resentimiento la insta a cerrarse emocionalmente?

¿Fuera de enojarse, ha reprendido a su pareja o lo ha tratado mal?

¿Se pregunta si él realmente la ama?

¿Se ha cuestionado su feminidad o su atractivo?

¿Siente que ha construido una pared en torno suyo para protegerse de los sentimientos de rechazo?

¿Se le ha generado una creciente exasperación por no haber sido capaz de lograr que su marido comprenda lo que está faltando en vuestra relación de pareja?

¿Se ha sentido tentada a dejar atrás su matrimonio para encontrar compañía y excitación sexual?

¿Está tan desesperada que ha considerado tener (o ha tenido) un affair?

Después que Michele Davis publicara en 2003 su libro The Sex-Starved Marriage, enfocado a aquellas parejas donde existía una significativa discrepancia en el interés por el sexo y donde reportaba que también había hombres que evitaban las relaciones sexuales, se suscitó una gran conmoción y una reacción totalmente inesperada. La autora fue literalmente inundada por mails, cartas y llamadas telefónicas de  mujeres desesperadas por el apatía sexual de sus parejas. Como en nuestra sociedad impera el tabú implícito de tocar el tema del bajo deseo sexual masculino, ellas creían  que eran las únicas que se encontraban en dicha situación.

Es así como su libro más reciente es una especie de continuación natural de su publicación anterior y allí Davis afirma que, “créase o no, existen millones de hombres quienes, por una variedad de razones, sencillamente no están de humor.” Y agrega: “En efecto, estoy convencida que el bajo deseo sexual en los hombres es el secreto mejor guardado de América”.

Durante la elaboración de su libro realizó una exhaustiva revisión bibliográfica, sin embargo se encontró con una abrumadora escasez de  publicaciones en torno a esta problemática. En consecuencia, decidió averiguar entre sus colegas y efectuar ella misma una encuesta a nivel nacional, llegando a la convicción de que el deseo sexual hipoactivo en los varones ha ido en constante aumento en los últimos años, pero como en nuestra cultura la virilidad se encuentra indefectiblemente conectada a la masculinidad, es muy difícil determinar la real incidencia de esta disfunción.

De acuerdo con sus indagaciones, concluye que la mayoría de los hombres que padecen este problema se resisten a conversar sobre el tema con sus mujeres y se niegan a buscar ayuda profesional. Por otro lado, en estos matrimonios es el marido quien controla la frecuencia de las relaciones sexuales y quien tiene el derecho a veto. Pero más aún, ellos esperan que su esposa no solamente acepte esta situación, sino que además lo haga sin quejarse y sin caer en la infidelidad.

Si bien en los casos clásicos – en que es la mujer quien rechaza las relaciones sexuales – raramente los varones sienten que juegan algún rol en dicha problemática, cuando es el marido el que las evita, la esposa tiende a buscar su propia responsabilidad y suele culparse.

Según Davis, las causales de la disminución del deseo sexual en hombres van desde las biológicas hasta las personales y las asociadas a la relación de pareja. Entre los casos estudiados observó, por un lado, bajos niveles de testosterona, disfunciones erectiles o eyaculación precoz; y por otro lado, presencia de depresión, deficiente imagen corporal, cesantía, estrés, crisis de la edad media de vida, síndrome de la donna e la putana, homosexualidad latente, exceso de actividad masturbatoria, uso de pornografía y cibersexo a través de Internet y casos de infidelidad.

No obstante, las anteriores son motivos hasta cierto punto tradicionalmente mencionados. Quizás el mito más relevante que logró derrumbar la autora se refiera a que las razones invocadas por los propios afectados no difieren de las señaladas comúnmente por las mujeres que evitan el sexo con su pareja: desconexión emocional, resentimiento soterrado, problemas de pareja no resueltos, depresión, estrés, etc. Empero, el motivo más frecuentemente aducido por estos hombres que rechazan los avances sexuales de sus mujeres, es que las sienten criticonas y mandonas. La autora concluye: “los reproches y los retos no son precisamente afrodisíacos”!

Sin embargo, ante esta situación cabe el cuestionamiento que efectúa Davis: qué es primero: ¿el huevo o la gallina? ¿Los hombres se apagaron sexualmente porque sus esposas se enojan o ellas están resentidas porque sus maridos están distanciados física y emocionalmente?

La Autoestima en la sociedad Occidental es muy diferente a en la Oriental

La Autoestima en la sociedad Occidental es muy diferente a en la Oriental

La sociedad occidental – dominada por una mentalidad competitiva y exitista le asigna demasiada importancia a la autoestima y muchos occidentales se quejan de sufrir una deficiente autovaloración.

¿Será esta situación privativa de nuestra cultura? ¿Qué sucede en otros lugares donde no dominan ni el paradigma judeo-cristiano ni los valores de moda reflejados en expresiones tales como «looser», «winner», «no le ha ganado a nadie», «llegar segundo no es igual» ¿O será que – globalización mediante – estamos todos ya inmersos en la misma problemática?. Pero además surge otra interrogante: ¿habría que intentar elevar nuestra autoestima lo más que podamos o quizás un aumento excesivo tiene también consecuencias negativas?

Aunque la psicología cultural se halla aún en un estado muy rudimentario, los estudios transculturales son suficientes como para demostrar la relación entre cultura y emoción, entre las que se incluye la autoestima. Obviando las mayores controversias, en Occidente se define la autoestima como la valoración general y relativamente estable que efectuamos acerca de nosotros mismos mediante un proceso evaluativo emocional y cognitivo. Dada la subjetividad implícita, se entiende que los valores culturales jueguen un rol muy significativo.

Como en la cultura oriental el aprecio por uno mismo es estimado igualmente esencial para la existencia como el aprecio por los demás, no sorprende que en algunos lugares de Asia ni siquiera exista el concepto de baja autoestima. La lingüística y la semántica afectan el modo en que experimentamos el mundo; incluso, el lenguaje crearía – hasta cierto punto – la realidad que percibe la persona. ¿Podría ser que el tan manido e indiscriminado uso del término baja auto-estima en Occidente, estuviese potenciando su propio aumento?.

Mientras que en Oriente no consideran que una alta autoestima sea un bien absoluto per se que deba elevarse al máximo, en la cultura occidental están excesivamente preocupados de elevarla (p.e. en USA se destinan millones de dólares a aumentarla en alumnos de colegios). Como para ellos el si mismo tiene gran importancia, tienden a realzar su Yo ante los demás. En cambio, los valores de los orientales los inducen a la modestia y a no sobresalir (p.e. los japoneses se sienten felices y virtuosos, pero sin incurrir en el desmesurado optimismo de los estadounidenses). Consecuentemente, en las investigaciones realizadas, los angloamericanos obtienen un mayor puntaje en autoestima comparado con los asiáticos, aunque la puntuación de estos últimos se encuentra dentro de rangos normales y ciertamente muestran una adecuada salud mental. Concerniente al caso de los inmigrantes orientales, cuanto mayor era el tiempo que llevaban expuestos a la cultura americana, más elevado era su nivel de autovaloración.

Las diferencias mencionadas anteriormente parecieran relacionarse con la percepción y apreciación del Yo propia de cada cultura. En un extremo se encuentra el denominado yo independiente, típico de la sociedad occidental y en el otro polo se halla el yo interdependiente, típico de la oriental. Los angloamericanos consideran al Yo como una entidad separada de los demás, alientan la singularidad con el objetivo vital de diferenciarse de los demás, por lo cual expresan emocionalmente sus creencias internas y lo que sienten, intentando subrayar su propia importancia. Los orientales, en cambio, consideran al Yo como más ligado a los demás, formando parte de un mismo contexto social, por lo que suelen acallar sus creencias y minimizar su importancia (la cabeza de quien sobresale corre peligro, proverbio japonés). Ellos se definen no en función de cualidades internas, sino según el papel social que desempeñan en sus relaciones familiares y sociales. P.e., ante la pregunta amplia ¿quién es usted?, un occidental suele responder soy ingeniero, en tanto que un oriental diría soy hijo de tal persona. No obstante, también existen culturas occidentales que no son tan individualistas como la estadounidense (la escandinava valora que el individuo no sobresalga y se muestran emocionalmente menos expresivos).

Pareciera que los occidentales se preocupan más por las consecuencias de una deficiente autoestima, en tanto que los orientales recalcan los aspectos negativos de una exagerada autoestima. Los angloamericanos que reportan alta autoestima suelen evaluar su vida como más satisfactoria y productiva; mientras que atribuye que su baja autoestima les afecta las relaciones interpersonales, la productividad y el bienestar psicológico (timidez, depresión, sensación de soledad).

Por otro lado, sin embargo, la excesiva admiración por uno mismo que fomenta la cultura occidental, se asocia a sentimientos ansiosos y depresivos provenientes de no estar a la altura de la imagen idealizada de su Yo. Ha aumentado el narcisismo y el trastorno de personalidad narcisista, donde se combinan una desorbitada imagen de sí mismo con una baja autoestima. El Dalai Lama ha señalado su extrañeza ante la cantidad de occidentales que se autodesprecian o que no se tienen autocompasión, ante aquellos que mantienen un incesante monólogo interno diciéndose a sí mismos ¡no soy capaz! o no me gusto.

Según la psicología budista, una autoestima demasiado alta dificultaría la percepción realista de nuestras cualidades y alentarían la construcción de expectativas desproporcionadas, tornándonos vulnerables a la ilusión y al posterior desengaño. De acuerdo con dicho enfoque, la excesiva autovaloración se derivaría del apego al Yo y de un sentido de autoidentidad falso producto de la importancia que uno se concede a sí mismo, pudiendo conducir a la aflicción mental de la arrogancia y de sentimientos afines. Por tanto, considera que la autoestima es constructiva y beneficiosa solamente cuando es merecida y equilibrada, ni tan baja ni tan alta.

En lo que si concuerdan tanto en Occidente como en Oriente es en que la capacidad de amar y de empatizar con los demás, requiere de la previa capacidad de poder amarnos y entendernos a nosotros mismos.

¿Realmente sirve una Terapia?

¿Realmente sirve una Terapia?

¿Es más beneficioso someterse a una terapia que no hacer nada?

¿De qué depende el éxito de una psicoterapia?

¿Cuál enfoque o modelo es más eficiente?

¿Existen terapeutas más competentes que otros?

¿Que rol juega el paciente en el resultado de su propia terapia?

Hoy en día en esta sociedad posmoderna en que las vacas y profesiones sagradas están diluyéndose, en que esas verdades absolutas que nos daban seguridad están siendo puestas en duda, todos nos creemos un poco economistas, políticos, médicos, psicólogos…… Dentro de este panorama, recientemente se ha afirmado que la eficacia de la psicoterapia podría ser un mito. No obstante, hace muchos años atrás, un eminente psicólogo ya la había cuestionado seriamente, originando un terremoto que condujo a un necesario replanteamiento desde dentro mismo de la psicología.

A partir de entonces, mucha agua ha pasado bajo el puente y, actualmente, si bien persisten algunas deficiencias metodológicas, los sofisticados metaanálisis han permitido un relativo consenso respecto de las variables que están más asociadas al cambio de síntomas y trastornos:

aprox. un 40% del cambio es atribuible a factores extraterapeúticos

aprox. un 15% del cambio es atribuible al efecto placebo

aprox. un 30% se atribuye a variables terapéuticas generales

aprox. un 15% del cambio se atribuye a las técnicas

Entre los resultados anteriores, uno muy esperanzador para la gente apunta a que algunos síntomas y trastornos desaparecen sin que la persona se halla sometido a ninguna acción terapéutica (remisión espontánea), sino que el cambio se produjo gracias al apoyo del entorno natural (amigos, familia….), lo cual estaría evidenciando los beneficios de una comunicación empática con otro ser humano (y no necesariamente con un psicoterapeuta, aunque nos duela el ego profesional).

Otro importante hallazgo destaca la relevancia de la sugestión. Aquellas personas que creen haber recibido alguna intervención terapéutica cambian más que aquellas que permanecieron en una lista de espera y, a su vez, estas últimas lo hacen más que las del grupo control (quienes no tenían ninguna expectativa de recibir pronto algún tratamiento).

Pero entonces, ¿es mejor optar por una psicoterapia que conversar con un amigo?. Efectivamente, al compararse grupos sometidos a terapia formal versus muestras no tratadas, se comprueba que el tratamiento psicológico es muy superior a la remisión espontánea, al efecto placebo y, en ocasiones, hasta que el psicofármaco, en una amplia gama de trastornos y condiciones maladaptativas.

Sin embargo, aunque sus resultados suelen ser estables, ni siquiera las terapias largas e intensivas constituyen una «vacuna» contra futuros problemas emocionales. Pero además, entre un 5% a un 10% de los pacientes no mejoran con la terapia e incluso algunos empeoran (fenómeno conocido como iatrogenia).

Ahora bien, ¿a cuáles factores se atribuye el que una psicoterapia sea más eficiente? Sorprendentemente, la mayor eficacia no depende tanto ni de la escuela teórica, ni de la técnica aplicada, ni de las cualidades profesionales del terapeuta y, ni siquiera, de la condición patológica del paciente. Lo que más influye son ciertos factores comunes propios de cualquier proceso psicoterapéutico, dentro de los cuales los más significativos son la calidad de la relación paciente-terapeuta y la implicación emocional del paciente.

Es así como se ha comprobado repetidamente que una adecuada alianza terapéutica – evaluada desde la subjetividad del paciente – es la variable con mayor capacidad predictiva de éxito en todas las modalidades de tratamiento y poblaciones. Incluso la eficiencia de una técnica depende más de la interacción terapéutica, que de la técnica en sí o de las cualidades del terapeuta.

Consecuentemente, si bien son relevantes su experiencia y competencia, los terapeutas más eficaces serían aquellos que tienen mejores habilidades para relacionarse y mayores cualidades personales como ser humano, ya que ellos serían más capaces de generar una atmósfera propicia para desarrollar tanto una positiva relación terapéutica como para incentivar a que el paciente se involucre emocionalmente. No obstante, aunque el rol del terapeuta es significativo, es el paciente mismo quien más contribuye a su propio cambio.

De acuerdo con estos hallazgos, el trabajo esencial de una psicoterapia debería consistir en generar una alianza terapéutica tal que facilite que el paciente se pueda cambiar (pro)activamente a sí mismo. En el fondo, se podría plantear que una terapia sería un proceso conducido por seres humanos y aplicado a seres humanos, donde la interacción entre ellos se constituye en el medio para lograr que los pacientes se encaminen en la dirección que ellos mismos desean o para que alcancen ciertas metas consensuadas.

Por tanto, la psicoterapia bien podría ser considerada – más que como un mero tratamiento – como una suerte de relación muy especial y privilegiada, dentro de la cual las personas involucradas – en conjunto – construyen e intentan poner en práctica formas de vida alternativas. Se pretende que el paciente aprenda y aprehenda determinadas habilidades tanto para su evolución general como para enfrentar las dificultades propias de la existencia humana.

En resumen, las conclusiones de las investigaciones de las últimas décadas han evidenciado fehacientemente que son las características de la relación terapéutica y las del paciente los principales ingredientes del cambio.

FACTORES DEL PACIENTE

Se benefician más de una psicoterapia aquellas personas predispuestas a buscar apoyo y a resolver problemas; las que toleran mejor la frustración y la confrontación; cuyas expectativas son racionales; las que poseen habilidades sociales y una “mentalidad psicológica”, es decir, son introspectivos, reflexivos, capaces de identificar los problemas, de percibir lo nuevo y de comprenderse a si mismo; los que atribuyen el cambio a sus propios recursos y no creen que sus dificultades se deban a factores externos (locus de control interno).

El pronóstico será mejor si el paciente acepta la racionalidad del tratamiento y adhiere al mismo, si su motivación es alta, si realiza acciones tendientes a superar el problema, si se implica emocional y conductualmente, aun durante las crisis terapéuticas; si confía en el terapeuta como persona y como profesional competente y con experiencia; si las expectativas de mejoría son altas, si se siente capaz de cambiar, si no es resistente y si existe apoyo social (si tienen con quien conversar sus problemas).

El pronóstico será peor a mayor severidad de síntomas y conflictos, si hay comorbilidad (coexisten más de un trastorno), si el trastorno tiene más de 2 años de duración; si el paciente rechaza las demandas interpersonales del tratamiento, si presenta dificultades en sus relaciones sociales y/o familiares. Particularmente resistentes al cambio son los trastornos de personalidad, generalmente egosintónicos (“soy así”). En tanto que trastornos como los adictivos, alimenticios, depresivos crónicos y de personalidad, son los más susceptibles de recaídas.

FACTORES DEL TERAPEUTA

Todas las escuelas psicológicas muestran fracasos y ninguna es clínicamente adecuada para todos los problemas, clientes y situaciones. Aunque recalcan sus diferencias, ningún modelo técnico ni teórico es mejor (‘paradoja de la equivalencia’ o veredicto del Dodo Bird) y, cuando alguno parece superior, se debe a la credibilidad otorgada por el paciente y a como éste percibe su compatibilidad con el terapeuta, más que al enfoque en sí.

Fuera de sus años de experiencia y competencia, la eficiencia del terapeuta depende – principalmente – de su capacidad para involucrarse emocionalmente y de si el paciente lo percibe como capaz de ayudarlo. Además se han mencionado las siguientes cualidades: empatía, comprensión, calidez, aceptación incondicional, capacidad de persuasión y apoyo, baja hostilidad, comodidad con la intimidad, bienestar emocional general, congruencia, credibilidad y autenticidad. Incluso la neutralidad y abstinencia clásica del psicoanálisis han sido superadas por una mayor interacción, espontaneidad y autenticidad.

Estas características son relevantes en la medida que afectan la alianza terapéutica. Para dicha alianza es fundamental el vínculo emocional, aunque lo más relevante es laafinidad electiva, cuando ambos adhieren a un mismo modelo teórico-práctico, es decir, concuerdan en sus creencias en torno a los determinantes del trastorno, las metas y las tareas terapéuticas.

En el último Congreso Mundial de la Society Psychotherapy Research, realizado en Chile en 2009, los especialistas de 30 países confirmaron la significativa relevancia del vínculo terapéutico, el cual se asocia a la calidad del psicoterapeuta. Fuera del entrenamiento, de su flexibilidad y su empatía, se hizo además mención a la importancia de que el clínico tenga la capacidad de reflexionar sobre sí mismo, de elaborara una teoría etiopatológica, de comprometerse con su paciente como para determinar los objetivos a lograr y generar cambios a nivel emocional y cognitivo. Destacaron asimismo la necesidad de estar abierto a considerar otras orientaciones teóricas distintas a la propia.

Rolf Degen: Lexicon der Psycho-Irrtümer (2000)

Hans Jürgen Eysenck: The effects of psychotherapy (1952);

Behavior theory and neuroses (1960)

Michael Lambert: IV Congreso Mundial de Psicoterapia, Buenos Aires, Argentina, 2006

Congreso Mundial de la Society Psychotherapy Research; Santiago, Chile, 2009