por Ceppas | Abr 29, 2010 | Eneagrama |
Actualmente se postula la existencia de muchas inteligencias diferentes, aunque se obvia que todas pertenecen a una de las tres tradicionales, aquellas consideradas como tipos más generales o básicos: la inteligencia intelectual, la emocional y la corporal o instintiva. En el Eneagrama corresponden a los tres Centros de Inteligencia que configuran los Tipos Mentales, Tipos Emocionales y Tipos Instintivos. En las neurociencias corresponden a cerebro triuno: Neo-mamífero (Neocorteza), Mamífero (Sistema Límbico) y Reptiliano (Primitivo o Básico) respectivamente.
El origen histórico de esta tipología clásica se remonta a la Antigua Grecia. Las expresiones populares en torno al alma, ya reflejaban la experiencia de distinguir ciertos fenómenos psíquicos aislados, para referirse a los cuales usaban términos tales como fuerza, potencia, facultad, juicio, voluntad. La psicología precientífica tuvo que admitir la divisibilidad sustancial del alma, para adecuarse a las ideas subyacentes en el lenguaje. Pitágoras fue uno de los primeros en plantear que el alma era divisible. Areteo elabora después la terminología que más tarde utiliza Platón en La República.
La clasificación platónica tripartita derivada del dualismo metafísico, supone que el alma posee tres funciones principales y que existen tres “clases” de individuos según cual de ellas domine:
Intelectual (mente, nous), gobierna el organismo psicológico, lo inteligible; proviene del conocimiento y domina en la cabeza como acrópolis del cuerpo; los individuos de este tipo son racionales y denodados (los Guardianes de La República)
Emocional (afectos irascibles, thymós), fuente de acción y de reacción al placer o dolor; sede de la virtud y del coraje; proviene del calor de la sangre y domina en el pecho; los individuos de este tipo son emotivos, voluntariosos y valerosos (los Guerreros)
Pasional o Apetitiva (deseos concupiscibles, epithumetikón), la parte sensitiva del alma que se controla con la templanza; proviene de las entrañas y domina en el vientre; los individuos de este tipo son sensuales, instintivos y productores prácticos (la masa).
En aquella época era común la localización corporal de las partes del alma. Demócrito localizaba la ira en el corazón, lo pensante en la cabeza y los deseos sensitivos en el hígado, tal como lo hace Plotino en la bilis.
Influenciada por un nuevo concepto de alma y en oposición a la idea de separación espacial, con Aristóteles la teoría de las partes del alma se transformó en doctrina de las facultades, manteniendo la unidad de la vida anímica: ninguna potencia puede actuar sin las otras. Más adelante, esta teoría aparece en Evagrio, en la Patrística y en San Agustín.
La obsesión medieval por las estructuras lleva a retomar la teoría de las partes del alma. La Escolástica, principalmente con Alberto Magno y su discípulo Aquino, adopta la división aristotélica. La contribución más relevante fue la de Santo Tomás, quien mantiene la unidad del alma – aunque con facultades diferentes – y termina de convertir las acciones o funciones psicológicas en procesos psíquicos.
Posteriormente, hubo aportes aislados como los de Paracelso y Juan Huarte, hasta llegar a la Moderna Teoría de las Facultades con autores del siglo XVI, XVII y XVIII, quienes mencionaban frecuentemente la idea de potencia, como Reid, Condillac y Wolff, el primero en utilizar el término facultad. Wolff se apoya en la división platónica y en la distinción de Leibnitz de las dos formas fundamentales de las mónadas para elaborar su teoría.
En contraste con lo fortuito de las concepciones asociacionistas, basadas únicamente en alguna suerte de cohesión dejada al azar, la psicología de las facultades considera un centro unificado – la mente. Esta clasificación se aceptó durante siglos, con modificaciones ocasionales en el número de facultades y en el nombre asignado. Con una creciente tendencia a favor de la razón, se extendió tanto en el siglo XVIII (con la contribución de filósofos alemanes populares como Sulzer, Mendelssohn y Tetens), y gran parte de la arquitectura kantiana depende de dicha teoría, destacando principalmente el intelecto de la voluntad.
A partir de Kant, la división tripartita más comúnmente usada fue la de las facultades cognoscitivas, afectivas y conativas. Al contrario de los wolffianos, este filósofo admite que el conocimiento, el sentimiento y el deseo tienen cada uno su propio origen, recalcando su carácter dinámico más que estático. En el siglo XIX, la Psicología Facultativa entra en crisis junto con la psicología aristotélica. A mediados de siglo se la abandona o se usa el vocablo facultad como nombre colectivo de una clase de actividad psíquica, pero con una clasificación alejada de la tradicional, como se observa en Brentano, en el behaviorismo y estructuralismo.
Algunos autores han manifestado que esta teoría ha sido malentendida y poco apreciada, siendo criticada mediante consideraciones experimentales y nominalistas modernas. Se la acusa de circularidad, al intentar explicar los procesos mentales individuales por medio de una facultad que no es más que una hipóstasis de aquellos procesos (vease Locke). Se asume que es difícil encontrar las huellas de la doctrina de las facultades en la psicología y en la filosofía contemporáneas. No obstante, se ha hecho notar que está aún presente en determinados casos.
En su forma más pura, permanece recluida dentro de la filosofía neoclásica. Por otro lado, algunos análisis filosóficos de las expresiones actuales del lenguaje corriente destacan el uso de los verbos pensar, sentir, desear (y otros) para referirse a fenómenos psíquicos considerados diferentes. Pero por sobre todo, se la ha señalado como precursora del análisis factorial, de la posterior teoría de los rasgos y, especialmente, de los Tres Superfactores de Eysenck. Asimismo, se ha agregado que habría un cierto paralelismo con los módulos mentales postulados por la psicología cognitiva.
En este eterno retorno nietzschiano que es la vida, pareciera que nos estamos volviendo a encontrar con una misma teoría, aunque con otros nombres y con nuevos hallazgos que la respaldan. Gardner plantea el concepto de Inteligencias Múltiples (9 tipos igual que en el Eneagrama), Goleman recalca la facultad Emocional y Gladwell la Intuitiva. Por otra parte, ha vuelto a repuntar el interés por la Psicología Diferencial y por el Temperamento. Tal como lo expone Ferrater Mora, “la realidad está ordenada jerárquicamente, de tal suerte que los cortes lógicos efectuados sobre ella corresponden a su constitución ontológica”. Una totalidad puede dividirse en partes que no necesariamente separan sus relaciones del todo. Así que ciertos contenidos psíquicos, en cuanto pueden ser dispuestos en pequeñas gradaciones intermedias, forman grupos independientes y conforman partes de la psique total. En el mismo sentido, las tradiciones espirituales universales también suponen que “la naturaleza humana está dividida, en contra de sí misma y en contra de lo divino” (Riso y Hudson).
por Ceppas | Abr 28, 2010 | Sin categoría |
Las relaciones interpersonales en general sufrieron, en un tiempo relativamente breve, una ruptura sustancial en la forma en que se conciben y se afrontan; construyéndoselas actualmente bajo condiciones objetivas y subjetivas muy diferentes a las de antaño. Es así como la familia, en particular, ha experimentado – en las últimas tres décadas – gran parte de las transformaciones que tuvieron lugar a lo largo de todo el siglo pasado (Cyrulnik) y los cambios continúan sucediéndose hasta el día de hoy.
Desde mediados del siglo pasado se fue produciendo un vaciamiento de sentido de muchas de las instituciones más tradicionales de la sociedad, entre las que la familia no fue precisamente una excepción. En efecto, como construcción histórico-social y como sistema humano abierto, se fue desinstitucionalizando y fue perdiendo sus funciones como unidad económico-educativa así como de fuente de asistencia. En épocas anteriores, ya se había instaurado totalmente el matrimonio por amor, descartándose otros motivos para casarse; la sexualidad había pasado de ser instrumental a ser una sexualidad afectiva; y, el placer sexual se había disociado de la reproducción gracias a la píldora anticonceptiva.
Por otro lado, la informalidad general de la vida social se fue extendiendo también al interior de las familias y parejas, consideradas como aquellas construcciones en las que organizamos nuestro mundo de vida más inmediato. Los controles sociales externos se fueron desgastando y las normas prescritas se hicieron menos efectivas. Las interacciones afectivas y sexuales, así como los modos de convivencia, se fueron estableciendo relativamente al margen de los modelos dictados por instancias o circunstancias externas y, simultáneamente, se fueron desmitificando los ritos familiares.
Las relaciones sociales pasan a ser mucho más amplias y flexibles que antes; la gente se mueve ahora en muchos ámbitos diferentes al mismo tiempo, por lo que forzosamente solo puede implicar parte de su actividad y personalidad en cada uno de ellos. Por su parte, la sensación de urgencia de mantenerse comunicado con otros va dificultando la perdurabilidad de los vínculos. En consecuencia, los lazos interpersonales se fueron limitando, originándose las tan mentadas interacciones fragmentadas, masificadas e impersonales. En cambio, la familia se ha ido encogiendo, replegándose sobre la pareja y, en segundo lugar, sobre los hijos.
Entre los cambios en las tendencias socio-culturales y demográficas cabe destacar los siguientes: iniciación sexual a menor edad; disminución del tabú de la virginidad y de la condena social a la madre soltera (la paternidad se ha disociado del matrimonio); aumento de las relaciones pre-matrimoniales y las convivencias a prueba antes de casarse (la sexualidad se ha disociado de las uniones legales), de los embarazos precoses y de la edad al casarse; menor número de matrimonios; postergación de la maternidad; decrecimiento del número de hijos por familia; menor presión sobre la perdurabilidad de la pareja; mayor permisividad social ante las separaciones; menor rechazo social ante el divorcio; flexibilización de las leyes del divorcio; significativo incremento de las convivencias no legalizadas a edad tardía, de las familias uniparentales y, especialmente, de las tazas de divorcio.
Una de las modificaciones socio-psicológicas que parecen haber tendido mayor relevancia es el proceso de individuación, el que ha sido interpretado como la extención del ideal de libertad desde la esfera pública al orden doméstico, especialmente a la familia y a la pareja. Actualmente, en esta sociedad en que predomina el individuo, se tienen márgenes de libertad y opciones mucho más amplios, de modo tal que cada uno pueda erigir a su modo su propia historia familiar, donde es factible formular y reformular permanentemente la identidad. Efectivamente, hoy en día a las personas les es posible autogestionar sus oportunidades, efectuar gran número de elecciones vitales para ir confeccionando su biografía, re-construir-se y cambiar, por ejemplo, de nacionalidad, aspecto físico, ocupación y hasta de género; pueden elegir vivir solos o en pareja, de manera ortodoxa o heterodoxa, tener o no tener descendencia, etc. Es lo que Beck denomina la «libertad biográfica«, cuyo angustioso costo sería hacerse responsable de su propia suerte, sin poder delegarla – como antaño – en instituciones, clases sociales o sistemas normativos rígidos.
Consecuentemente, ya no hay destinos individuales ni familiares decididos de antemano o definitivos, sino que son más bien andares indecisos, inciertos o precarios, donde nada está asegurado. Un individuo puede pasar del noviazgo a la cohabitación, volver a ponerse de novio y casarse, tener hijos, divorciarse, vivir sólo con los hijos, cohabitar con una nueva pareja y los hijos de ambos, etcétera. En cuanto a las relaciones familiares, éstas se han ido inclinando, en general, hacia una mayor autonomía, igualdad y democratizaciónentre sus miembros, tanto intergeneracionalmente como entre la pareja. Los roles asignados a cada género se han modificado extraordinariamente; la autoridad del padre y el espíritu de obediencia se han debilitado; los niños tienen hoy mas posibilidades de observar el mundo de los adultos, de presenciar conflictos que antes no podían ver. Por otro lado, como en general se aspira a la felicidad, importa el bienestar personal dentro de la pareja y familia, por lo que surgen múltiples preguntas acerca de su presente y su futuro, buscándose incansablemente más información (Kaufmann). Antes, uno se casaba y se mantenía así toda la vida, sin mayores cuestionamientos.
Ahora la vida familiar se construye más desde los intereses, preferencias, voluntades y deseos individuales, basándose en una aceptación general de los nuevos tipos de familia y en nuevas éticas; llegándose a la coexistencia de una pluralidad de arreglos de convivencias tanto afectivas como sexuales. Empero, las familias no sólo difieren entre sí por el tipo y el número de miembros de que constan, sino que también por las expectativas que éstos tienen respecto de ella. Decisiones tales como con quién se vive, cómo se cuidan los hijos, cómo se dispone del tiempo y del espacio, como hacer el reparto de las tareas o cómo son las relaciones con los parientes… son cuestiones para cuya resolución se acude menos a las normas y roles prescritos o preconfigurados socialmente, y más bien son zanjadas libremente en la acción recíproca entre los individuos involucrados, experimentando mediante ensayo-error, descubriendo nuevas obligaciones, provisionales e inseguras, inmersos en inevitables contradicciones y complejidades, donde un niño puede tener dos padres -uno biológico y un padrastro-, dos madres, ocho abuelos, medios hermanos y hermanastros.
A consecuencia de todas estas transformaciones, los lazos sociales y afectivos se fueron flexibilizando y aflojando para poder amoldarse a las nuevas expectativas resultantes del individualismo y de este narcisismo contemporáneo de corte hedonista y seductor propio de la época de consumo de masas (Campuzano). Es así como los vínculos interpersonales se fueron tornando frágiles, vulnerables y precarios; cuyo ejemplo quizás más dramático sería el incremento de los índices de divorcio. Estimulada por nuevos valores tales como la «autorealización», «independencia» y la «vida propia» por encima de la fidelidad a clanes, linajes y tradiciones, surge una virtual «cultura del divorcio«, a modo de reflejo del privilegio del que goza hoy una persona, quien puede deshacerse livianamente de una unión que no le satisface.
En esta sociedad informatizada en que han desaparecido las fuentes tradicionales de certidumbre, en que existe inseguridad en torno a los valores, los deberes y los vínculos, en que la individuación en los modos de vida llevan a constantes mutaciones en las relaciones familiares y de pareja, en que las opciones a elegir son inagotables; debemos enfrentarnos a una serie de nuevos problemas: crisis y división de la familia, confusión en las relaciones entre los géneros, conflictos de parejas, separaciones, divorcios, luchas por la custodia de los hijos, etc. Entonces, no es de extrañar que el ‘esprit du temps’ ya no sea la liberación como lo era en décadas anteriores, sino que la inquietud, la angustia y la ansiedad permanente en la vida privada.
por Ceppas | Abr 26, 2010 | Sin categoría |
Dentro de las tradiciones de la práctica de la psicoterapia la Terapia de Pareja surge como una mirada teórica y metodológica particular. Ya sea desde el psicoanálisis, el enfoque cognitivo-conductual o la teoría sistémica, la praxis en terapia de pareja se ha enfocado de una manera específica al estudio de que es lo que sucede no sólo en los miembros de esta relación, sino también en la relación misma. Sin embargo cada una por sí sola abarca sólo una parte de una totalidad casi abismante de las variables intervinientes en un proceso humano que siempre deja más preguntas que respuestas.
Es ahí donde nosotros como terapeutas, en nuestra idiosincrática forma de adoptar una posición teórica, nos concentramos en aquellas partes de los fenómenos de pareja que hemos aprendido a ver. Sin embargo, ¿Qué sucedería en nuestra pragmática clínica si adoptamos más de una mirada para aproximarnos clínicamente a lo que sucede en la pareja? ¿Qué sucedería si incorporamos varias teorías para trabajar en lo clínico?
Mucho se ha hablado en los ámbitos académicos acerca de eclecticismo y la integración en psicoterapia, desencadenando una serie de discusiones que desembocan en cuestionamientos y descubrimientos. Con esto quisiera expresar que en lo avanzado en los últimos años en psicoanálisis intersubjetivo y las reflexiones de diversos maestros en psicoterapia constructivista sistémica se han abierto nuevas posibilidades epistemológicas y también una franca aceptación que nuestro ser terapeutas está inevitablemente influido por nuestra subjetividad, aunque parezca obvio a una primera vista. Quisiera esbozar esta discusión a partir de fragmentos de un artículo que presenté hace un tiempo:
Tomaré una definición de Boscolo y Bertrando para ilustrar una propuesta: “El eclecticismo se puede definir como la utilización indiscriminada de técnicas heterogéneas, provenientes de diversos modelos teóricos, sin correlacionarlas de vez en cuando con las diferentes hipótesis teóricas de esos modelos” (Boscolo y Bertrando, 2000, pag. 62). Es decir, según Norcross y Newman, el eclecticismo se relaciona con lo técnico, la divergencia, por aplicar lo que hay disponible y no hacer un sistema estructurado en psicoterapia, por ser ateórico, aunque empírico, y por seguir una orientación realista, entre otras cosas, pero sosteniéndose de una postura posmoderna (Caro, 1999). Uno de los mayores cuestionamientos a esta posición en psicoterapia es que incluso pueden situarse desde modelos epistemológicos incompatibles.
Integración en psicoterapia se define de una manera muy distinta. Se ha planteado que la integración refiere a la construcción de una teoría que permita dar a entender cómo actúan intervenciones y explicaciones previamente concebidas desde escuelas diferentes para combinarlas en el tratamiento de ciertas problemáticas clínicas, en torno a la eficacia de éste (Fernández, A. y Rodríguez, B, 2001). Desde este postulado, la integración se relaciona con lo teórico, la convergencia, la combinación entre muchas posibilidades, la unificación de las partes y por seguir una orientación idealista (Caro, 1999). Esta postura es compatible con una visión moderna en psicoterapia. Por otro lado, en España, Fernández y Rodríguez (2001) refieren a una notable confluencia de psicoterapeutas de diferentes escuelas en la idea que el desarrollo de conceptos unificadores se puede centrar en la actividad narrativa en terapia, como organizadores de nuestra experiencia a través del lenguaje. En otras palabras, se puede narrativizar los distintos modelos psicoterapéuticos (cognitivo-conductuales, psicoanalíticos) desde un estilo terapéutico de facilitador “no experto”, donde el paciente es el único experto en sí mismo, ofreciendo desde ahí, alternativas narrativas que disuelvan el problema (Fernández, A. y Rodríguez, B, 2001).
Quisiera hacer un alcance: cuando no se tiene una teoría integradora, sino sólo un modelo epistemológico que permite el trabajo desde “hipótesis teóricas”, no se puede hablar de integración con propiedad. Recuerdo a Carlos Sluzki cuando relataba en el Primer Congreso Internacional de Terapia Familiar en 1990, que los terapeutas nos asemejábamos a los hechiceros, que sin buscar activamente sacaban de su morral todos los trucos que tenían a su disposición en los momentos pertinentes. ¿Qué pasa si nuestro saber no es articulado por una teoría, sino sólo por un SELF de terapeuta? Existen supuestos tanto epistemológicos como teóricos que plantean la posibilidad de fragmentación de nuestros modelos cognitivos (Kelly) sin la existencia de contradicción aparente. Cohabitan en nuestra mente explicaciones opuestas del mundo que no implican una visión global incoherente de éste (Maturana, 1984). Algunos autores desde el psicoanálisis plantean que los analistas pueden pensar que están transmitiendo una interpretación clara y con sentido cuando en realidad su verbalización incluye una variedad de conceptos y de teorías contradictorias. Para Canestri la base teórica sobre la que realmente trabajamos es el resultado de la interacción de las influencias teóricas, implícitas y explícitas. Muchas veces, cuando escuchamos a nuestros pacientes, podemos tolerar muchas teorías implícitas contradictorias. Sin embargo, cuando necesitamos entender y formular una interpretación, no podemos utilizar conceptos contradictorios con esa facilidad y eficacia (Silvan, 2006).
Entonces, puede ser pretencioso hablar de una “teoría personal” ya que ésta implicaría consistencia interna. Voy más allá. ¿Podríamos hablar de una epistemología del terapeuta? Hablar de una epistemología personal refiere a que todo terapeuta ordena su experiencia desde una manera particular que para su realidad como terapeuta, no emerge como cuestionamiento. De hecho, como sistema autónomo, tiene su propia forma de “leer” los acontecimientos clínicos… Y nuestra epistemología personal abarca nuestra humanidad, nuestra pasión por el cambio, nuestra visión y vivencia del sufrir y por sobre todo, quienes creemos que son nuestros pacientes. Eso, nuestro paciente no está “allá afuera”, y tampoco en un simple “aquí, adentro”. Puede estar en un interjuego entre su visión y mi visión, pero innegablemente inserto en mi particular dominio de coherencia, entendido desde ciertas reglas de distinción, dominio que al mismo tiempo enmarca nuestro aprendizaje futuro. Es decir, cada nueva lectura, supervisión y sesión de psicoterapia se ordena bajo una metapauta, propia a cada individuo-terapeuta, que podría nombrarse como “la explicación del sufrir humano”. Mi intención es abrir la posibilidad a la incertidumbre cuando hablamos acerca de lo que hacemos, que somos parte de un sistema complejo en continuo vaivén entre el caos y el orden…No tomo aquellos modelos o ideas teóricas que no están en consistencia con mi visión de mundo o de lo humano y por sobre todo con mi estilo terapéutico…A mi entender, lo importante es el acuerdo epistemológico que logro con mi paciente acerca de lo que hacemos juntos en terapia, un cierto marco de realidad. ¿Acaso eso no es también vínculo?
Me parece relevante entonces articular la idea de complementariedad teórica. De acuerdo con Fernández y Rodríguez (2001), nosotros como expertos conversacionales tenemos la responsabilidad de generar alternativas en la narrativa que ocurre en terapia, y por lo tanto generar un marco epistemológico desde donde el mi y el tú construyen un acuerdo básico de relación. “Que y cómo lo hablamos” genera un establecimiento de pautas o distinciones consensuadas con el paciente, donde el terapeuta invita al otro a conocer desde su conocer.
Una vez asentados los supuestos de la complementeriedad teórica, no como un paradigma unificador sino como un estilo idiosincrático de ver la terapia, quisiera plantear cómo es que “vemos” la relación de pareja.
El trabajo clínico en parejas muy comunmente se aborda en forma exclusiva desde una modalidad de terapia conjunta. Es decir, ambos asisten siempre a sesión, y no hay sesiones individuales en el proceso, bajo el supuesto de mantener equidistancia y no fomentar reacciones de desconfianza hacia el otro o al terapeuta. Sin embargo, esta metodología excluye un campo muy amplio de las vivencias de pareja: la propia individualidad, la personalidad y las vivencias históricas que muchas veces son inconciente o concientemente excluídas de las conversaciones conjuntas.
Una de nuestras propuestas es que para comprender una relación de pareja, el trabajo clínico debe también abarcar sus individualidades. Este primer supuesto radica en la necesidad del trabajo personal (y no sólo de pareja) en cuanto a que siempre hay aspectos muy relevantes de la propia historia en los conflictos de pareja. Es bien sabido que los sistemas terapéuticos son distintos en la medida de quienes lo integran. Ya en Terapia familiar se ha insistido que en una familia de 5 integrantes no es lo mismo que asistan sólo 3, pues se genera una conversación distinta. Así es cómo creemos que en la intimidad de una sesión individual pueden surgir conversaciones que quizás en pareja nunca aparecerían. Complementar estos espacios expande n sólo el conocimiento del otro, sino también de si mismos; por consiguiente, la comprensión del terapeuta de este sistema es aún mayor.
Ver a la pareja desde distintas modalidades y visiones teóricas permite no sólo incorporar a “la pareja” como un sistema de a dos, sino de a tres: yo, tu y nosotros, ámbitos del vivir que suponen distintos dominios de existencia. Además de esto, podríamos incorporar mayor complejidad a esta ecuación, ya que la complementariedad teórica muchas veces hace el efecto de una multiplicación de posibilidades terapéuticas.
Este es uno de los primeros artículos en esta línea, de hablar de la terapia de pareja misma, para paulatinamente mostrar cada una de sus partes y teorías a la base. Por supuesto, desde nuestra ideosincrática forma de ser terapeutas.
por Ceppas | Abr 19, 2010 | Separación |
Las grandes pasiones de los primeros años no constituyen garantía de una unión durable
Casi todas las parejas suelen tener los mismos conflictos
Casi el 70% de los problemas de pareja no tienen solución
Los problemas no disminuyen con el tiempo, sino que se agravan
Las parejas discuten por los mismos temas a través de los años
Las parejas que se divorcian tienen la misma cantidad de dificultades que las que permanecen juntas
La similitud de caracteres o de opiniones no son garantía para una relación estable
No existen parejas que sean incompatibles
Estas son algunos de los hallazgos de investigaciones realizadas en países tan disímiles como Australia, Alemania, Países Bajos y Nueva Zelanda llevadas a cabo, entre otros, por John Gottman y Clifford Notarius.
Por su parte, Ted Huston, en sus estudios de seguimiento a parejas recién casadas, encuentra que aquellas que se divorcian no se diferencian en casi ninguna categoría de las que permanecen casadas. La probabilidad de separación no se relaciona ni con la cantidad de desacuerdos ni con los tópicos conflictivos. Lo que distingue a las relaciones sólidas de las frágiles es la forma cómo se manejan los conflictos y la capacidad de aceptación de aquello que no se puede modificar.
Según Gottman, el problema no radica en las diferencias o conflictos mismos, pues son comunes e inevitables en la inmensa mayoría de las relaciones; sino que aquellas parejas que acaban separándose suelen quedar entrampadas dentro de intensas emociones negativas y caen en una espiral autodestructiva consistente en emplear sistemáticamente cuatro mecanismos comunicacionales que son altamente dañinas dado que dificultan solucionar lo enmendable o bien aceptar lo incambiable. Estando presentes en las interacciones de una pareja, se puede predecir el divorcio con un 85% o más de seguridad, especialmente si ellos no efectúan acciones reparatorias. Debido a su gravedad los denominó como Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y se constituyen en los principales predictores del divorcio, a saber: Defensividad, Indiferencia, Crítica y Desprecio.
Defensividad: rígida actitud de defensa automática ante lo que es percibido como ataque, eludiendo nuestra cuota de responsabilidad en la construcción del conflicto y desconfirmando las percepciones del otro. Se recurre a las tácticas de negación, no admitir estar equivocado, buscar excusas, inventar explicaciones, responder con otra queja y/o contraatacar. Con todo lo anterior se está implícitamente culpando en forma indirecta a nuestra pareja e invalidando su queja. El mensaje que emitimos es: “El problema no soy yo”. Al tratar de anticipar ataques potenciales, podemos caer en un estado hipersensible y de moderada paranoia, sintiendo que el responsable del malestar es el otro.
Indiferencia: en vez de emitir señales de estar atentos a la conversación, asumimos una postura evasiva de distanciamiento y superioridad consistente en desconectarse y replegarse en uno mismo, ignorando al otro como si no nos importara. Se recurre a las maniobras de poner cara inexpresiva, apartar la mirada, responder lacónicamente o mantenerse en total silencio. Con ello estamos implicando que hemos efectuado una condena previa en contra de nuestra pareja, desvirtuando su queja. Si sentimos que una situación es insoluble, probablemente creamos que la insensibilidad es la única salida o la menos destructiva. Usada de vez en cuando, esta táctica puede constituir una última defensa para no atacar. No obstante, empleada como norma, está reflejando un deseo de escapar más que un intento de aplacar los ánimos.
Critisismo: a diferencia de una queja, la crítica consiste en descalificaciones o ataques personales implacables y/o excesivos. Implica mucho más que una simple protesta por una conducta específica. Se trata de un atentado en contra de la otra persona, puesto que en el fondo es un juicio dirigido a su carácter y no a sus actos. Generalmente incluye las acciones de culpar y difamar, así como el uso del nunca y del siempre. Las críticas tienen un impacto emocional muy corrosivo, dejando al receptor avergonzado, disgustado, ultrajado y humillado.
Desprecio: implica una ostensible falta de respeto, de mirar en menos al otro y/o de sentir aversión. Incluye el uso del sarcasmo y del humor hostil, poner cara de desprecio o los ojos en blanco en un gesto de resignación o bien fruncir el labio, señal universal de disgusto. La forma más evidente consiste en la ridiculización mediante la burla remedando y en el insulto directo («idiota», «puta»), aunque el lenguaje corporal puede reflejar grados aun peores de menosprecio. Similar al odio, el desprecio puede relacionarse con la indignación y la amargura, creciendo a medida que vamos almacenando y alimentando durante largo tiempo pensamientos negativos acerca de nuestra pareja. Fuera del rencor, también refleja un sentimiento de superioridad, donde se mira al otro con condescendencia, devaluándolo y considerándolo indigno.
Estos cuatro mecanismos se van gestando desde los inicios de la relación, agudizándose en períodos más vulnerables (como la llegada del primer hijo) y cada una de ellas sienta las bases para la siguiente, siendo el desprecio el más destructivo de todos. Se trata de factores que actúan como causa-efecto y que, en el fondo, implican que se ha efectuado un mudo veredicto de culpabilidad en contra del otro y lo que se le transmite es unasensación de rechazo, lo cual atenta contra la necesidad básica de sentirnos aprobados, aceptados y valorados por nuestra pareja. Si bien en ciertos momentos casi todos podemos habernos sentido rechazados y podemos haber incurrido ocasionalmente en algunos de ellos, la forma como se maneje esta situación determinará el nivel de daño que puede ocasionar.
En otras palabras, las disputas no son negativas en sí mismas y dentro de una relación funcional nos deberíamos sentir lo suficientemente seguros como para discutir o protestar abiertamente. No obstante, si no nos sentimos escuchados ni considerados, algo que partió como una queja concreta puede transformarse en un ataque. Pero una pareja se tornará disfuncional y estará en riesgo de divorcio solamente cuando recurre sistemáticamente a dichas maniobras comunicacionales, si predominan las interacciones negativas al no ser capaces de salirse de la espiral de agresiones, si no logran manejar el enojo sin menospreciar al otro y cuando no se intentan acciones reparatorias.
Los investigadores han identificado 5 tipos de matrimonios, cada uno con distintos riesgos de divorcio:
Uno busca y el otro elude: es el tipo que tiene el riesgo más alto de fracaso. Generalmente es la mujer la que plantea los problemas y el hombre los desestima.
Desprendidos (desapegados): riesgo alto. Se trata de personas emocionalmente distantes que parecen no necesitar intimidad; reflejan falta de interés mutuo.
Inestables: riesgo alto. Se trata de personas volátiles y que se exaltan fácilmente. Su relación se caracteriza por ciclos de peleas y de acercamiento sexual.
Unidos: riesgo bajo. Esta pareja comparte las responsabilidades y al mismo tiempo gozan de autonomía. El matrimonio es para ellos un refugio.
Tradicionales: es el de menor riesgo. La pareja comparte una interpretación tradicional del papel preestablecido para cada género.
Según Gottman, las parejas que se mantienen juntas pueden ser clasificadas en tres grupos:
Inestables: algunas veces pelean y otras están apasionadamente involucradas
Sólidas: se aprecian y apoyan, son funcionales y satisfactorias
Evasivas: viven vidas paralelas pero continúan casados
Las parejas de los dos primeros grupos se declaran satisfechas con su vida matrimonial, mientras que los últimos estarían insatisfechas, pero por una serie de razones como el temor a estar solo, la dependencia mutua o sus ideales de familia, prefieren permanecer viviendo juntos.
En las parejas se pueden producir varias combinaciones. Por ejemplo, si uno de ellos es muy crítico y el otro muy sensible, probablemente se instaure la dinámica de crítica/defensividad, la cual es muy frecuente en los matrimonios chilenos. Suelen ser las mujeres las más propensas a criticar, y los hombres a defenderse, especialmente en el grupo etario entre los 30 y los 40 años. En tanto que la indiferencia la utilizan más los hombres, lo cual se relaciona con el bloqueo afectivo que sufren algunos debido a la educación recibida, en la que se fomenta suprimir las emociones para no mostrarse vulnerables ni débiles.
En la consulta podemos ser testigo de cómo se reflejan estos Cuatro Jinetes en las interacciones de pareja. Por ejemplo, se nota que no se está escuchando al otro, puesto que están ocupados elaborando una defensa en su mente. O bien, cuando uno de ellos está evidentemente muy conmovido, el otro permanece impasible. Las críticas cargadas emocionalmente son muy frecuentes y generalmente no sólo se transmiten mediante palabras sino que se expresan también en un lenguaje no verbal. Aunque de modo más disimulado, ocasionalmente también hay signos corporales de desprecio por el otro, a pesar de estar presente el terapeuta.
Anexo:
La Defensividad se podría corresponder con el rol de La víctima inocente; con El Pobre de mí, de la Novena Revelación; con el temperamento melancólico y con las personalidades 4 y 6 del Eneagrama. Probablemente los maridos tienden a usar más este mecanismo cuando son criticados por sus esposas. En vez de acoger la queja e intentar ser empático, se defiende, contra argumenta, niega situaciones, adoptando una actitud de víctima y culpa al otro, muchas veces insinuado que su mujer es histérica o incluso loca.
La Indiferencia se podría corresponder con el rol de El taimado ofendido; con El Distante, de la Novena Revelación; con el temperamento flemático y con las personalidades 5 y 9 del Eneagrama. Probablemente la usan levemente más los hombres (acostumbrados educacionalmente a bloquear sus sentimientos) cuando sienten que sus esposas los acosan con constantes quejas y críticas.
El Criticismo se podría corresponder con el rol de El juez indignado; con El Interrogador, de la Novena Revelación; con el temperamento sanguíneo y colérico; con las personalidades 3 y 7 del Eneagrama, pero especialmente con el tipo 1. Suele ser más utilizado por las mujeres que por los hombres.
El Desprecio se podría corresponder con el rol del Narcisista agresivo; con El Intimidador, de la Novena Revelación; con el temperamento colérico; con las personalidades 8 y 1 del Eneagrama. En general puede ser utilizado más por hombres que por mujeres.
por Ceppas | Abr 19, 2010 | Terapia General |
“He decidido separarme porque no estoy siendo cien por ciento feliz”, me dijo una paciente. Otro me dice que no quiere seguir con una relación donde se aburre. Desde hace tiempo que están aumentando las consultas por problemas de pareja, las separaciones y el divorcio. Hace años que vengo observado nuevas tendencias. Hoy en día son diferentes los tipos de conflicto y la forma en que se presentan; tampoco los motivos de consulta y los objetivos terapéuticos son los mismos de antes y han variado sustancialmente las actitudes del hombre y la mujer ante la relación de pareja.
Creo que el aprender a vivir en pareja es uno de los grandes desafíos del siglo XXI. Para nadie es novedad que las consecuencias de una “mala” relación se reflejan en los hijos, en la salud física y mental de ambos miembros de la pareja, en la organización socio-económica y en los dramáticos casos de femicidio.
La terapia de pareja ha sufrido grandes cambios en las últimas décadas. Los desafíos que debemos enfrentar los terapeutas son distintos y me atrevería a decir que mayores que antes. Años atrás consultaban matrimonios que llevaban un buen tiempo casados; las áreas de problemas eran generalmente la sexual y la comunicación; las discusiones eran por plata, por diferencias de criterio en la educación de los hijos o por incumplimiento de ciertos acuerdos implícitos en el contrato matrimonial, principalmente relativos a la fidelidad.
Solía ser el hombre el que decidía separarse y era muy frecuente que ya tuviese otra persona. La mujer se mostraba más motivada con la terapia y estaba muy interesada en “arreglar” su matrimonio. Recuerdo que una de las preguntas en mi examen de doctorado fue cómo lograr que el marido se incorporase a la terapia y estuviese dispuesto a cooperar; o bien, cómo realizar una terapia de pareja sin la asistencia del marido.
¡Cómo cambian los tiempos! Hoy en día es la mujer la que quiere separarse y quien está siendo más infiel. La mayoría de las veces es ahora el hombre quien pide la hora y el que se muestra más angustiado ante la probabilidad del quiebre de la relación.
¿Qué está pasando con la pareja actual? ¿Por qué siguen aumentando las separaciones y la insatisfacción dentro de la relación de pareja? ¿Cuáles son hoy los motivos de mayor conflicto?
Los invitamos a opinar y a conversar
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