por Ceppas | Abr 14, 2010 | Sexualidad |
«Hablar de sexualidad humana es hablar de la esencia misma del ser humano» M. Merleau Ponty
Lo que solemos entender como sexualidad humana ha ido variando consecuentemente con la evolución de nuestra mentalidad. Una revisión histórica y antropológica nos permite concluir que nuestras creencias respecto del comportamiento sexual dependen tanto de la cultura como del contexto histórico y socio-económico en que nos desenvolvemos, factores que siempre han incidido en la vida privada intentando reglamentar las prácticas sexuales, el placer, la reproducción e incluso las formas de expresión del amor.
Las culturas sexuales hegemónicas fueron construyendo ideologías y políticas basándose en autoridades filosóficas, religiosas y médicas. En otras palabras, nuestras vivencias en torno a la sexualidad, a las relaciones de pareja y al amor son construcciones propias de cada época, civilización, religión e incluso organización económica; por lo tanto, han ido variando a través del tiempo.
Es así como hoy en día, “en determinados aspectos, estamos ligados por una herencia sexual que se ha transmitido de generación en generación; pero en otros ámbitos las ideas modernas sobre el sexo y la sexualidad ifieren sustancialmente de los modelos de antaño” (Masters, Johnson y Kolodny).
Prehistoria:
Las expresiones culturales de la sexualidad a lo largo de la historia de la humanidad han sido múltiples. Sin embargo, aun cuando se cuenta con antecedentes históricos que datan desde hace más de diez mil años, en general, la información disponible es más bien escasa con anterioridad al año 1000 a.C. Entre los ejemplos más antiguos se pueden mencionar las Venus auriñaciences y los graffiti paleolíticos de las cuevas de Abri Castanet, representando vulvas. Otros ejemplos lo constituyen manuales sexuales chinos de hace más cinco mil años.
En las primeras comunidades cavernarias, cuando aún se desconocía su función reproductiva, la conducta sexual se realizaba para la satisfacción inmediata del impulso y se ejercía una promiscuidad sexual primitiva asociada a la inseguridad de la vida cotidiana. En aquella época la supervivencia era la prioridad absoluta, había que buscar el sustento día a día y el hogar eran apenas refugios transitorios. Aunque también se ha sugerido que los contactos sexuales estaban organizados de alguna manera, al parecer la promiscuidad sexual era la regla común para el varón, quien solía emprender el cortejo de una forma activa, e inclusive dominante, hacia cualquier hembra que no figurara bajo la protección de otro hombre. El ritual sexual empezaba con una danza rítmica y con palmadas sobre cráneos de animales, señal que informaba a los presentes sobre el deseo de copular. Durante el Paleolítico se inicia la diferenciación entre la sexualidad humana y la de los animales: se realiza el coito frente a frente.De la penetración por detrás se pasa al abrazo, a las miradas y a la comunicación como ingredientes de los contactos sexuales.
En la Prehistoria se han distinguido dos etapas principales: la primera correspondería a la llamada monogamia natural, durante la cual el ser humano practicaba una vida sexual regulada por los períodos de acoplamiento, de forma muy similar a la de los animales; así como por los constantes cambios de habitación debidos a los requerimientos de la búsqueda de flora y fauna para subsistir.
Gracias al descubrimiento de la agricultura y la ganadería, las tribus debieron establecerse por largo tiempo en territorios fijos dando lugar al sedentarismo con sus consecuentes modificaciones socio-económicas, lo cual conduce al advenimiento de la propiedad privada; mientras que, al mismo tiempo, se descubre la asociación entre coito y embarazo. Todo lo anterior repercute en una drástica transformación de las relaciones sociales y de las interacciones entre los género, surgiendo una segunda etapa, donde la sexualidad adquiere un lugar fundamental para la civilización y la monogamia pasa a cumplir la finalidad de asegurar el patrimonio familiar a largo plazo.
Por otro lado, se empieza a representar la genitalidad en el arte: danzas fálicas en las pinturas, vulvas grabadas en piedras, grandes falos en estatuas, etc. No obstante, no se realizaba desde una perspectiva erótica, sino como símbolo de fecundidad, de fuente de vida, como un modo artístico de practicar la veneración a las Diosas de la fertilidad y del sexo. Esta tríada compuesta por la religión, el arte y la sexualidad, presentes desde el origen de los tiempos, se han nutrido recíprocamente generación tras generación.
Identificando a la mujer – como la dadora de vida – con la tierra – dadora de frutos – nace unculto a la Gran Diosa, a la sexualidad femenina, el que terminaría de ser erradicado definitivamente con la llegada de las religiones monoteístas como el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Pareciera que cuando las sociedades eran cazadoras recolectoras, los ciclos de la luna, identificados con la mujer, eran de suma importancia, Algunos antropólogos plantean que el matriarcado fue la forma predominante de organización social. Como no había pruebas de la paternidad, el rol de la madre era fundamental y se fue convirtiendo en la cabeza del grupo familiar.
Empero, cuando nuestros antepasados se volvieron agricultores, pasó a ser más decisivo el culto al sol y a otros dioses masculinos, empezando a desvalorizarse lo femenino, tal como lo revelan estudios de los monolitos celtas de Hedgestone. Con el descubrimiento del Bronce, entre mil y dos mil años antes de Cristo, se inventaron las armas, se produjeron las primeras guerras y se impuso definitivamente el dominio masculino en Occidente. Finalmente, con la destrucción de la momia de Nefertiti, desapareció toda huella del reinado y del culto a la diosa que impusiera junto a su esposo el Faraón, en el s. XIV a.C., defenestrando a los antiguos sacerdotes que rendían culto masculino al sol.
por Ceppas | Abr 14, 2010 | Infidelidad |
La infidelidad es la ruptura de uno de los aspectos fundamentales de relación de pareja, que es la exclusividad sexual y emocional. Esta infidelidad puede evidenciar en muchas oportunidades conflictos de pareja no expresados, probablemente de larga data. A su vez, puede ser definido como una conducta agresiva hacia el otro; es fundamentalmente la ruptura de la confianza.
Aún cuando es vivido como una traición a los fundamentos del compromiso de pareja, no es lo mismo cuando la infidelidad es emocional y cuando es sexual. Cada una de éstas reviste diversas aristas que pueden o permitir un acercamiento, o definitivamente devenir en una separación.
Pero ¿Por qué somos infieles? Hay muchas explicaciones tanto de sentido común como técnicos que nos ofrecen algún grado de comprensión en general, pero sólo al interior de cada pareja se puede vislumbrar aquello que da el contexto para que esto ocurra. Pero quisiera ser enfático en un punto: Ningún conflicto de pareja justifica la acción infiel de uno de sus miembros. Sólo da un contexto, pero no una causa. No hay tal cosa como que un conflicto de pareja invita a la infidelidad, siempre hay otras maneras para resolverlo.
Nos encontramos con muchos casos a lo largo de nuestra labor profesional como terapeutas, desde algunos relacionados con la cultura patriarcal y el macho a rajatabla (“Los hombres somos así, tenemos catedrales y capillas”), hasta la explicación de la aventura sin importancia, amando profundamente al cónyuge (“fue un deseo irrefrenable”). Sin embargo, con mayor frecuencia es un golpe a ciertas dinámicas relacionales, que en mi experiencia personal, que se originan en fuertes sentimientos de rabia y frustración cuando el otro no escucha sus demandas, o simplemente no se sienten vistos.
Para ser más claro, la mayoría de las veces las parejas entrampadas en dificultades de comunicación, o distanciamiento emocional irrumpen con actos de gran intensidad para cambiar la dinámica de pareja. Aún sin saberlo concientemente actúan en el riesgo que esto puede provocar un quiebre definitivo de la relación, más no lo desean. Muchas veces quieren sentirse atractivos, deseados y validados, pero no encuentran respuesta en la pareja, aún cuando tengan relaciones sexuales. Ahí opera la afectividad ligada a las relaciones sexuales. Sexo con amor, dicen algunos, la pasión carnal, como plantean otros. La sexualidad es la conexión más íntima en una pareja y cuando tiene un sentido sensual suele tener un efecto satisfactorio en la relación en su totalidad. Más no quiero decir que una buena sexualidad es lo más importante y lo que puede sostener una relación. Es uno de los tres pilares de la pareja (junto al compromiso y la comunicación).
No es menor también encontrarse con hombres o mujeres que explican que la infidelidad responde a una confusión personal, de un cambio vital que pone en tela de juicio todo lo que han construido con otro. Pero eso puede ser abordado en otro artículo.
Al final quisiera decir muy claramente que la infidelidad puede ser parte de la historia de la pareja y no necesariamente el fin de ésta. Ya podremos discutir acerca del perdón y la recuperación de la pareja.
por Ceppas | Abr 14, 2010 | Temas generales |
Los 9 tipos de personalidad del Eneagrama se pueden agrupar en tríadas de acuerdo a determinados criterios. La agrupación más básica es la de los Centros de Inteligencia, la cual se fundamenta en los tres componentes clásicos de la psiquis humana: instintos, sentimientos y pensamientos. Platón utilizó la metáfora de un carro para ilustrar la interrelación entre los aspectos físicos (el carruaje), los emocionales (el caballo) y los mentales (el cochero). Gurdjieff también recurre a esta parábola, aunque agrega que, sentado en el asiento (el pasajero), se encuentra el Amo y Señor – el Ego – que es quien decide adónde se dirige el carro.

Dentro del símbolo del Eneagrama, en las aristas del triángulo equilátero se ubican las personalidades llamadas primarias, rodeadas a cada lado por las personalidades secundarias o laterales, que se conocen con el nombre de alas. En la arista superior está representada la Tríada Instintiva en torno al punto 9 (tipos 8, 9 y 1); a la derecha, en el punto 3, está la Tríada Emocional (tipos 2, 3 y 4); y, a la izquierda, la Tríada Mental en torno al punto 6 (tipos 5, 6 y 7). Los tres tipos de personalidad que conforman cada Centrocomparten una determinada forma de experienciar y percibir el mundo así como ciertos hábitos emocionales.
El Centro Instintivo (inteligencia visceral) está relacionado con el paleoencéfalo (cerebro reptiliano) y abarca aquellas funciones que ayudan a afirmar nuestro «territorio» y a reafirmarnos a nosotros mismo, tales como la energía, rabia y sexualidad. Nos entrega las sensaciones físicas de cómo lo estamos haciendo y nos informa de un modo natural lo que necesitamos. Precisamos de lo visceral para interactuar con el entorno y con los demás.
El Centro del Sentir (inteligencia emocional) está relacionado con el mesoencéfalo (cerebro mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a contactarnos con los demás, a sentirnos unidos, plenos y valiosos, dignos de ser amados. Nos entrega el sentido emocional de quién somos respecto a los otros y cómo lo estamos haciendo en las interrelaciones personales. Necesitamos lo emocional para la vida afectiva y para relacionarnos más íntimamente.
El Centro del Pensar (inteligencia intelectual) está relacionado con el telencéfalo (cerebro neo-mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a orientarnos y a sentirnos seguros. Nos entrega el sentido racional referente a de dónde venimos, a qué y adónde vamos. Nos permite encontrar dirección, propósito y significado en la vida, así como proyectarnos en cuanto a personas y eventos. Se necesita lo mental para discernir y decidir las acciones.

Debido a una multiplicidad de factores, desde la infancia nuestro ego se va desarrollando con más fuerza en torno a una de las tres funciones esenciales, aquella que nos sale más espontáneamente, con la que sentimos que lo hacemos mejor. Paulatinamente, el Centroque contiene a dicha función se transforma en el dominante, culminando en un resultado paradojal, puesto que justamente este será el componente de la psique menos capaz de funcionar libremente.
Al contrario de lo que pueda percibirse superficialmente, las mayores dificultades las tenemos en el área existencial correspondiente a nuestro centro predominante. Por ejemplo, si nuestro tipo de personalidad pertenece a la Tríada del Sentir, las problemáticas sobresalientes giraran en torno a nuestras emociones, estados de ánimo y relaciones afectivas, es decir, en torno a la necesidad básica del amar y ser amado. En otras palabras, el uso excesivo y compulsivo de nuestra función psicológica preferida hace que sobrecarguemos nuestro centro, a la vez que distorsionamos o deformamos sus cualidades esenciales. Terminamos siendo una especie de esclavo de nuestra inclinación natural hiperdesarrollada.
Consecuentemente, los tres tipos de inteligencia no pueden evolucionar equitativamente, produciéndose el predominio relativo de una de ellas en detrimento de las otras dos. En este estado de desequilibrio energético nos comportamos en forma no integrada, vale decir, buscamos la solución a nuestros problemas casi exclusivamente a partir de nuestro propio centro de pertenencia, desde donde hacemos operar a los otros dos (p.e. podemos pensar con nuestros sentimientos) mientras que, al mismo tiempo, intentamos evitar el uso de aquél centro que rechazamos o que nos produce desconfianza. Cuando uno de estos centros pretende hacer el trabajo de los otros dos restantes, nos desbalanceamos y actuamos demasiado impulsivamente, demasiado emocionalmente o demasiado racionalmente. En una situación ideal – en cambio – las tres inteligencias se utilizan de forma interdependiente y funcionan libremente, cada una en su ámbito de acuerdo a las circunstancias dadas. Lograr una armonía entre – lo que hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos – nos lleva a experimentar una sensación de plenitud, integración y equilibrio.
En conclusión, a lo largo del proceso de personalización, nuestro ego – más ocupado ensobrevivir que en evolucionar utilizando flexiblemente las tres funciones – fue tomando el mando del sistema psíquico. Es así como fuimos construyendo una estrategia para enfrentar al mundo consistente en, por un lado, la preferencia por una determinada función y, por otro lado, en la evitación del uso de otra. Alrededor de dicha estrategia se va formando nuestro estilo de personalidad, con su visión de vida sesgada por la llamada función predisponente, aquella que nos inclina a percibir y responder a la realidad del modo en que lo hacemos.
por Ceppas | Abr 12, 2010 | Sexualidad |
Las disfunciones sexuales se pueden definir operacionalmente como problemas recurrentes y persistentes, presentes en una o más fases del ciclo de la respuesta sexual humana y que ocasionan sensación de malestar o sufrimiento. Generalmente se delimitan evaluando promedios estadísticos y tomando en cuenta su efecto sobre la persona afectada y sobre la relación de pareja.
Tradicionalmente la respuesta sexual humana ha sido dividida, con fines prácticos, en fases. Masters y Johnson delimitaron cuatro fases: excitación, meseta, orgasmo y resolución. No obstante, el modelo más usado hoy en día es el trifásico de Helen S. Kaplan: deseo, excitación y orgasmo. El desorden conocido actualmente como Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) es una disfunción sexual que se enmarca dentro de la Fase I del modelo de Kaplan.
La primera fase se iniciaría previamente al contacto sexual propiamente tal, ante algún estímulo adecuado. Consiste en un apetito o impulso producido por la activación de centros cerebrales que son específicos para tal fin y que normalmente, no habiendo interferencias o inhibiciones, ponen en marcha la respuesta sexual.
La libido varía no solamente de una persona a otra – probablemente siguiendo una curva de distribución normal – sino que en una misma persona cambia a lo largo del tiempo en función de la edad, del estado psicológico y físico, de la etapa de vida en que se encuentra, del nivel de atracción por la pareja, de la etapa de la relación, de los conflictos de pareja y de la presencia o ausencia de disfunciones sexuales.
Cuando existe alguna alteración de la Fase I, los síndromes pueden ser los siguientes:
1.- Deseo sexual hipoactivo (o inhibido), hipoerosias o hipolibidinosis
2.- Deseo sexual hiperactivo (o adicción compulsiva sexual),Hipersexualidad, hiperlibidinosis o erotomanía (satiriasis o don-juanismo/ninfomanía o mesalinismo
3.- Aversión al sexo, alibidinosis o sexofobia
Los criterios diagnósticos específicos para el Deseo Sexual Hipoactivo son:
Criterio A: ausencia o declinación del deseo de actividad sexual y de las fantasías sexuales, de forma persistente y recurrente.
Criterio B: inhibición que provoca marcado malestar y dificulta las relaciones interpersonales
Criterio C: esta inhibición no se explica mejor por la presencia de otro trastorno del Eje I (excepto otra disfunción sexual) y no se debe exclusivamente a los efectos fisiológicos directos de una sustancia, drogas o fármacos, o a una enfermedad médica.
En otras palabras, el DSH puede ser descrito como una inhibición persistente de la libido que bloquea la apetencia sexual, ocasionando que las relaciones sexuales disminuyan considerablemente o que desaparezca.
Si recurrimos al criterio de normalidad estadística, sin diferenciar por edad ni por duración de la relación de pareja, los estudios han mostrado consistentemente una frecuencia de relaciones sexuales – en nuestra sociedad occidental – de 2 a 3 veces por semana con un promedio anual de 103 coitos. Como el rango de variabilidad es muy amplio, los investigadores prefieren trabajar con los conceptos de frecuencias altas, medias y bajas. Para definir los casos de DSH generalmente se señala un estándar de menos de 20 relaciones sexuales al año y se consideran “parejas blancas” o “Matrimonios sin Sexo” propiamente tales si se producen menos de 10 veces al año.
En cuanto a los tipos de DSH en el hombre – aunque en términos netamente teóricos puedan existir más categorías – típicamente se suelen diagnosticar tres subtipos:
1.- Primario o de toda la vida/generalizado o global: criterio de temporalidad que hace referencia al momento de inicio de la disfunción. El hombre afectado tiene y ha tenido siempre desde la pubertad escaso o nulo deseo de estimulación sexual (ya sea con una pareja o solo). En general se trata de personas que prácticamente no piensan en el sexo de modo placentero, evitan las relaciones sexuales no porque les produzcan ansiedad o rechazo, sino por falta de interés. El funcionamiento sexual suele ser deficiente, tanto en lo que respecta a la fase de excitación como a la del orgasmo.
2.- Secundario o adquirido/generalizado o global: en este caso, el síntoma se presenta en toda situación sexual. El hombre afectado estuvo previamente interesado en el sexo y sintió deseo sexual por su pareja actual, pero ahora no manifiesta motivación por ningún tipo de actividad sexual, ni solo ni con otras mujeres.
3.- Secundario o adquirido/parcial o situacional, selectivo solo con su pareja estable: es parcial o situacional si el síntoma no se presenta en toda circunstancia (p.e. no aparece en la masturbación pero sí con la pareja); es selectivo si se presenta solo con una pareja en particular y no con otras. El hombre afectado estuvo previamente interesado sexualmente por su pareja actual, pero ahora el deseo por ella es muy escaso o nulo; no obstante, se masturba o presenta deseo sexual por otras mujeres (lo practique o no). Un síndrome especial es el que se conoce como el de La Dona y la Putana: este hombre se entusiasma sexualmente (con o sin actividad concreta), pero solamente con aquellas mujeres con las que no consideran posible una relación con intimidad emocional. Su mujer, con la cual existe una cercanía íntima y afectiva, ya no le despierta interés sexual.
En este punto cabe agregar otra diferenciación:
Presencia de deseo sexual espontáneo: la persona siente deseo sexual sin requerir una determinada estimulación previa.
Deseo responsivo o reactivo: la persona no presenta un deseo activo o espontáneo de sexo, pero puede responder eróticamente bien y funcionar sexualmente en forma normal en contextos donde hay estimulación previa adecuada.
En conclusión, los trastornos de bajo deseo sexual en el hombre no representan una entidad única sino que reflejan una heterogeneidad que constituye la trayectoria final común a diversos desórdenes, cuyos orígenes cubren el espectro desde lo psicosociocultural a lo biológico. Aunque en algunas ocasiones puede ser difícil distinguir entre estos subtipos, no necesariamente presentan una misma etiología. A veces las hipótesis causales se derivan de evidencia empírica, pero en muchos casos se basan solamente en observaciones clínicas. En muchos casos, las causas del DSH son simplemente desconocidas.
por Ceppas | Abr 8, 2010 | Eneagrama |
El Eneagrama de los Tipos de Personalidad es la aplicación más conocida del antiquísimo símbolo del Eneagrama (enea = nueve, grama = diseño). Consiste en una taxonomía o clasificación de 9 estilos básicos de personalidad y sus interrelaciones. Se los denomina con un número para evitar connotaciones negativas, a pesar de que también se le han puesto distintos nombres.
Esta tipología se podría considerar como una especie de mapa dinámico e interactivo que muestra la forma básica que tenemos de percibir y organizar la realidad; es decir, en el fondo está apuntando a la forma en cómo vemos la vida y cómo nos movemos dentro de ella. Alumbra aquello que está en la raíz del propio estilo individual tal como las estrategias internas que gobiernan y dirigen nuestros actos; nos orienta sobre cuáles son nuestros miedos y deseos básicos más profundos.
Aunque en un primer acercamiento pueda parecer una simplista colección de rasgos de personalidad, en realidad consiste en un sistema altamente complejo y muy completo, el cual no se termina nunca de aprehender.
Como instrumento de auto-conocimiento y crecimiento personal, facilita itinerarios de evolución, tanto en el plano relacional como en el psicológico-existencial y en el espiritual.Y, el cambio entraña auto-conocimiento y el auto-conocimiento es sanador en sí mismo o espontáneamente autocorrectivo, ya que al conocerse a uno mismo con suficiente profundidad, ciertas cosas van a ir cambiando inevitablemente (Claudio Naranjo).
Concerniente a las posibles ventajas de este enfoque respecto de otras clasificaciones de personalidad, recurro a las palabras de Charles Tart:
… .examinándolo como psicólogo especialista de la teoría de la personalidad, el Eneagrama, se trataba evidentemente del sistema de personalidad más complejo y sofisticado que había conocido hasta la fecha, pero se trataba de una complejidad, más que confusa, sensible e inteligente. Comparados con el Eneagrama la mayoría de los sistemas de personalidad parecían excesivamente simples. Prácticamente casi todos los sistemas de personalidad conocidos y generalmente aceptados no van más allá del marco de la vida cotidiana. No son teorías transpersonales, aunque sean incluso humanistas. El momento en que se me explicó la naturaleza de mi tipo fue uno de los más esclarecedores de mi vida. Toda clase de acontecimientos y reacciones incomprensibles de mi vida empezaron a cobrar sentido Y, lo que es de mayor importancia, pude ver en qué fallaba básicamente mi enfoque vital y obtuve un bosquejo general del modo en que podía trabajar para modificarlo. Tras quince años de experiencia sigo creyendo que el Eneagrama de la personalidad nos ayuda a comprender, a ser solidarios y a relacionarnos con los demás(Charles Tart).
Personalmente, el Eneagrama me ha sido de mucha utilidad, tanto en mi vida personal como en mi rol de terapeuta. Este enfoque holístico, sistémico, dialéctico, dinámico e introspectivo, contiene una interesante teoría paradigmática acerca del desarrollo de la personalidad, con ciertos guiños etiológicos (es decir, al ¿cómo se nos enferma la personalidad?), pero sin ser patologista como lo son otros modelos. Entrega unos lentes diferentes con los que mirar al ser humano dentro de los distintos subsistemas en los que está inserto, ampliándonos la visión acerca de lo que se puede considerar normal versus patológico.
Si en el plano teórico es dable cuestionar su validez, el escepticismo es más difícil de sostener en el plano terapéutico, ya que, epur si move, como diría Galileo. En efecto, sin duda alguna como herramienta psicoterapéutica es indudablemente muy efectiva. Aporta gran cantidad de información sobre la personalidad del paciente y de sus procesos mentales, con muy pocos datos. Incluso los expertos pueden llegar a conocer el tipo de alguien a simple vista, observando sus rasgos fenotípicos. Además, el diagnóstico y la etiología suelen ser bastante precisos.
Las investigaciones acerca de la efectividad de la psicoterapia han demostrado repetidamente que uno de los factores más relevantes en el éxito terapéutico radica en que el paciente y el terapeuta coincidan en la forma de percibir el proceso de terapia, tanto en lo teórico como en lo técnico. Dado que el Eneagrama posibilita el compartir el mismo paradigma con el paciente, consecuentemente las terapias son más cortas y mucho más fructíferas.
Por otro lado, se facilita el reírse de uno mismo y reírse con el paciente, no tomarse tan en serio, lo que resulta muy terapéutico (también para el terapeuta). Al reconocer el tipo de personalidad del terapeuta, el paciente se va a sentir dentro de una relación más paralela, lo que redundará en mejorar el rapport y la alianza terapéutica. Por otra parte, tiene un efecto expansivo, ya que cuando evoluciona un miembro de la familia, inevitablemente se modificará el sistema familiar. Pero además, la persona aplica sus nuevos conocimientos a otras áreas de su vida (p.e. relación de pareja, laboral, amistades). Una ventaja no menor es que es muy entretenido.
Por supuesto que este sistema está lejos de ser perfecto y está expuesto a las mismas críticas que recibe cualquiera otra clasificación de personalidades, tal como el problema del encasillamiento y de la identificación del tipo; las dudas en torno al número de tipos de personalidad existentes; el problema de la validación; la escasez de evidencia empírica; el problema de la perspectiva negativa; etc. Aunque, sin duda, las mayores carencias del Eneagrama radican todavía en el área de la investigación científica.
Este modelo partió siendo como un esqueleto al que se le fueron incorporando conocimientos de sabidurías antiguas integrándolos con hallazgos más modernos provenientes de la psicología, psiquiatría y biología, pero también de la antropología, sociología, religión, filosofía y, más recientemente, desde las neurociencias, las ciencias afectivas y el budismo.
Probablemente seguirá progresando gracias a los aportes derivados de las correlaciones que se han efectuado con otros sistemas y a nuevos resultados provenientes de otros campos de investigación. El mismo sistema muestra los caminos por donde proseguir avanzando hacia una teoría más general, más integrativa y más coherente en comparación con otras macroteorías.
Anexo 1:
Personalidad 1: país Suiza; caricatura del Boy Scout y Mr. Spock; personaje T. Moro y M. Tatcher; definición personal: soy empeñoso, razonable y objetivo; reacción ante identificación: tenía razón!, yo tengo la culpa; queja oculta: todo andaría mejor si me hicieran caso.
Personalidad 2 = país Italia; caricatura la mamma italiana; personaje Pavarotti y F. Nightingale; definición personal: soy bueno y afectuoso; reacción ante identificación: es bueno ayudar, pero cuesta mucho; queja oculta: siempre amo yo más de lo que me aman a mí.
Personalidad 3 = país Estados Unidos; caricatura el yuppie o el chilenensis Cuesco Cabrera; personaje J. Kennedy y Madonna; definición personal: soy triunfador, admirable y atractivo; reacción ante identificación: ¡que horror!, me descubrieron!; queja oculta: soy superior y por eso me tienen envidia.
Personalidad 4 = país Francia; caricatura del artista insatisfecho; personaje Johnny Depp y María Callas; definición personal: soy diferente, sensible e intuitivo; reacción ante identificación: ya no estoy sólo, por fin pertenezco a un grupo; queja oculta: soy distinto y por eso no encajo en ninguna parte.
Personalidad 5 = país Inglaterra; caricatura del ratón de biblioteca y el nerd (o girosintornillos); personaje Einstein y Simone Weil; definición personal: soy observador, perspicaz y sabio; reacción ante identificación: ¡qué vergüenza!, me están mirando!; queja oculta: casi nadie entiende las cosas como yo.
Personalidad 6 = país Alemania; caricatura de Hamlet, el que obedece órdenes y el Cumpa (de Condorito); personaje Freud y Diane Keaton; definición personal: soy confiable, responsable y amistoso; reacción ante identificación: ¡temo ser un 6!, ¿seré un 6?; queja oculta: cumplo las reglas aunque los otros no lo hacen.
Personalidad 7 = país Brasil; caricatura de Pindy, del Poto Loco y de Peter Pan; personaje Cole Porter y Bette Midler; definición personal: soy alegre, entusiasta y estoy bien; reacción ante identificación: ¡me encanta ser un 7!; queja oculta: soy feliz, pero lo sería más aún si….
Personalidad 8 = país España; caricatura de Rambo y Sansón; personaje Roosevelt y Golda Meir; definición personal: soy fuerte, asertivo y poderoso; reacción ante identificación: ¡ni hablar!, no es cierto que sea vengativo; queja oculta: ¡lucho por mi supervivencia para que no me aplasten ni me aventajen!.
Personalidad 9 = país México; caricatura del hippie, don Fausto y el pacifista; personaje Gandhi y Grace Kelly; definición personal: soy equilibrado, calmado y no tengo problemas; reacción ante identificación: ¿y? ¡qué más dá!, ¡qué tanto vale todo esto!; queja oculta: yo estoy conforme como soy, pero todos me presionen para que cambie.
Anexo 2:
Los 9 tipos de personalidad se agrupan en tríadas de acuerdo a determinados criterios. La agrupación más básica es la de los Centros de Inteligencia, la cual se fundamenta en los tres componentes clásicos de la psiquis humana: instintos, sentimientos y pensamientos. Platón utilizó la metáfora de un carro para ilustrar la interrelación entre los aspectos físicos (el carruaje), los emocionales (el caballo) y los mentales (el cochero). Gurdjieff también recurre a esta parábola, aunque agrega que, sentado en el asiento (el pasajero), se encuentra el Amo y Señor – el Ego – que es quien decide adónde se dirige el carro. Los tres tipos de personalidad que conforman cada Centro comparten una determinada forma de experienciar y percibir el mundo así como ciertos hábitos emocionales.
Debido a una multiplicidad de factores, desde la infancia nuestro ego se va desarrollando con más fuerza en torno a una de las tres funciones esenciales, aquella que nos sale más espontáneamente, con la que sentimos que lo hacemos mejor. Paulatinamente, el Centroque contiene a dicha función se transforma en la predominante en detrimento de las otras dos, culminando en un resultado paradojal, puesto que justamente este será el componente de la psique menos capaz de funcionar libremente.
En este estado de desequilibrio energético nos comportamos en forma no integrada, vale decir, buscamos la solución a nuestros problemas casi exclusivamente a partir de nuestro propio centro de pertenencia, desde donde hacemos operar a los otros dos (p.e. podemos pensar con nuestros sentimientos). Alrededor de dicha estrategia se va formando nuestro estilo de personalidad, con su visión de vida sesgada por la llamada función predisponente, aquella que nos inclina a percibir y responder a la realidad del modo en que lo hacemos.
Cuando uno de estos centros intenta hacer el trabajo de los otros, nos desbalanceamos y actuamos demasiado impulsivamente, demasiado emocionalmente o demasiado racionalmente. En una situación ideal – en cambio – las tres inteligencias se utilizan de forma interdependiente y funcionan libremente, cada una en su ámbito de acuerdo a las circunstancias dadas. Lograr una armonía entre – lo que hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos – nos lleva a experimentar una sensación de plenitud, integración y equilibrio.
Anexo 3:
El Centro Instintivo (8, 9 y 1: inteligencia visceral) está relacionado con el paleoencéfalo (cerebro reptiliano) y abarca aquellas funciones que ayudan a afirmar nuestro «territorio» y a reafirmarnos a nosotros mismo, tales como la energía, rabia y sexualidad. Nos entrega las sensaciones físicas de cómo lo estamos haciendo y nos informa de un modo natural lo que necesitamos. Precisamos de lo visceral para interactuar con el entorno y con los demás. Se trata de la familia de la pereza, la que ha perdido contacto con su propia interioridad. Ven la vida como una selva donde hay que tratar de sobrevivir, por lo que están más centrados en el presente. Suelen tener problemas con los límites respecto a los demás y con el control; buscan poder y autonomía; se sienten dominados por la emoción de la rabia y por tendencias impulsivas.
El Centro del Sentir (2, 3 y 4: inteligencia emocional) está relacionado con el mesoencéfalo (cerebro mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a contactarnos con los demás, a sentirnos unidos, plenos y valiosos, dignos de ser amados. Nos entrega el sentido emocional de quién somos respecto a los otros y cómo lo estamos haciendo en las interrelaciones personales. Necesitamos lo emocional para la vida afectiva y para relacionarnos más íntimamente. Se trata de la familia de la vanidad, con su problemática de inautenticidad. Ven la vida como donde se establecen las relaciones afectivas, por lo que están más centrados en el pasado. Suelen tener problemas de autoestima y conflictivas en sus relaciones interpersonales; buscan atención y amor; se sienten dominados por la emoción de vergüenza y por un vago anhelo carencial melancólico.
El Centro del Pensar (5, 6 y 7: inteligencia intelectual) está relacionado con el telencéfalo (cerebro neo-mamífero) y abarca aquellas funciones que nos ayudan a orientarnos y a sentirnos seguros. Nos entrega el sentido racional referente a de dónde venimos, a qué y adónde vamos. Nos permite encontrar dirección, propósito y significado en la vida, así como proyectarnos en cuanto a personas y eventos. Se necesita lo mental para discernir y decidir las acciones. Se trata de la familia del miedo, con presencia de angustia inhibidora. Ven la vida como un puzzle o un enigma a resolver, por lo que están más centrados en el futuro. Suelen tener problemas de desconfianza, desorientación y con el hacer; buscan conocimientos y seguridad; se sienten dominados por la emoción del miedo y de la ansiedad.
Anexo 4: el problema del etiquetamiento y del encasillamiento
Esta problemática siempre ha estado presente en los intentos de clasificación de las personalidades a lo largo de la historia. La psicología se ha movido entre el conocimiento general taxonómico o psicología nomotética (los seres humanos serían en esencia parecidos) y la especificidad irrepetible o psicología ideográfica (cada persona es única), intentando evitar el nihilismo respecto al estudio científico de la personalidad, ya que la ciencia avanza descubriendo principios generales. Como la existencia de «diferencias» implica «similitudes» y ambas caen dentro de dimensiones medibles, se considera factible formular leyes generales a partir de muestras pequeñas y no representativas. Mientras que la mayoría de las tipologías se centran en aspectos parciales de la personalidad descuidando otros, el Eneagrama, aunque apunta más a las diferencias interindividuales, también se aboca a la estructura individual (incluida la esencia). Este modelo entrega categorías generales, sin sacrificar la individualidad. Postula que solo el tipo básico es definitivo, aunque se recalca que no existen ?tipos? sino que solo personas. La forma holística y dinámica en que está estructurado este sistema, supone que cada tipo básico se combina con otras variables (p.e. el instinto predominante), conformándose más de 100 diferentes subtipos secundarios, los cuales pueden ir cambiando con el transcurso del tiempo en un mismo individuo.
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