por Ceppas | Abr 5, 2010 | Sexualidad |

A partir de la obra clásica de Masters y Johnson a finales de los sesenta, la terapia sexual o sexología fue cambiando, en las dos décadas siguientes, hacia una perspectiva en que se entremezclan visiones conductuales, cognitivas y sociales. Entre los tantos aportes de los que se consideran padres de la sexología moderna, es haber establecido que los problemas sexuales deben considerarse como problemas de pareja. A partir de estos autores, la ciencia sexológica ha avanzado a grandes pasos, constituyéndose como un dominio independiente de conocimiento, y como una rama muy importante de la psicología y la medicina.
Sin embargo, Masters y Johnson se centraron en sus estudios exclusivamente en aquellas disfunciones sexuales que se relacionaban con el funcionamiento de los órganos genitales. Por lo tanto, prácticamente no fueron mencionados los problemas de la fase del deseo. Es así como la investigación del Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) se ha concentrado solamente en las últimas tres décadas.
En 1974, Helen Singer Kaplan, en su libro «La nueva terapia sexual», profundiza y rediseña las técnicas terapéuticas propuestas inicialmente por Masters y Johnson, formulando efectivas terapias breves. No obstante, su mayor contribución consistió en sus observaciones respecto del significativo papel que juegan los significados personales (actitudes, emoción, cognición) y los culturales (estereotipos, expectativas). Esta autora fue también la que primero etiquetó como tal al Deseo Sexual Hipoactivo.
En las revisiones de la literatura encontramos que, al menos desde 1972, se han ido reportando casos de bajo deseo sexual, pero no fueron etiquetados como tal hasta 1977, cuando dos investigadores, aunque en forma independiente, identificaron y describieron este fenómeno como un cuadro diferente a los reconocidos clásicamente. Por un lado, Kaplan lo denominó como Deseo Sexual Hipoactivo, en tanto que Lief, por su lado, le puso el nombre de Deseo Sexual Inhibido.
En los modelos previos de la terapia sexual se asumía que las personas tenían interés sexual y que el problema se centraba exclusivamente en un funcionamiento anormal o en la presencia de alta ansiedad. No obstante, fueron comprobando que en estos casos, las técnicas sexuales existentes a la fecha no tenían ningún efecto sobre el deseo sexual.
Al año siguiente, en 1978, Lief y Kaplan juntos propusieron a las APA (a la cual ambos pertenecían) que se incorporara esta disfunción en el próximo DSM. Es así como el DSI fue agregado al DSM de 1980. Sin embargo, en la revisión del DSM-III, publicada in 1987 (DSM-III-R), se cambia el término inhibido por el de hipoactivo, ya que el comité que revisó los desórdenes psicosexuales consideró que el término «inhibido» sugería una etiología psicodinámica (es decir, que la condición de deseo sexual existía, pero que la persona, por alguna razón, estaba inhibiendo su propio interés sexual). Entonces, el término «hipoactivo», si bien no era el más apropiado, era más neutral con respecto a sus posibles causas. El DSM-III-R estimaba que cerca de un 20% de la población tenía DSHy fue subdividido en dos categorías: Deseo Sexual Hipoactivo y Trastorno de Aversión Sexual. En el DSM-IV (1994), en los criterios diagnósticos se agrega la condición de provocar unmarcado malestar y que dificulta las relaciones interpersonales.
Para poder entender cómo se llegó a esta nueva etiqueta diagnóstica, es importante tener en cuenta el contexto sociológico en el cual fue creado. Sabemos que, en algunas culturas, un deseo sexual bajo puede ser considerado normal y un alto deseo algo problemático. En otras culturas, puede ser al revés. En tanto que en algunas partes tratan de restringir el deseo sexual, en otras se lo enaltece. Por lo tanto, el concepto de nivel “normal” de deseo sexual es culturalmente dependiente y raramente tiene un valor neutro.
En la década del 70 se produjo una avalancha de mensajes que apuntaban a que el sexo era algo “bueno” y que “mientras más, mejor”. Dentro de este contexto, la gente habitualmente desinteresada en los aspectos sexuales y que antes no lo habían visto como un problema, comienzan a sentirse inadecuadas y aumentaron las personas que iban al terapeuta a quejarse de bajo deseo sexual.
La falta de deseo es uno de los problemas sexuales más escurridizos que existe, tanto para poder establecer un diagnóstico como para conocer los datos de incidencia real en la población. El deseo, como toda emoción, es muy difícil de medir. Por otra parte, el DSH constituye uno de los trastornos más complejos de la clínica sexológica, no existiendo aun un consenso concerniente ni a los aspectos etiológicos ni a los de su terapéutica.
En conclusión, actualmente existen muchas orientaciones teóricas y terapéuticas respecto al DSH, pero escasos datos científicos respaldan su validez. Hasta hoy subsisten solo modestas evidencias empíricas que validen los tratamientos, en parte debido a que las investigaciones no suelen utilizar una metodología rigurosa.
por Ceppas | Abr 1, 2010 | Separación |
La rabia es una reacción esperable en casi todas las rupturas de pareja, en ambos o en aquel que no desea la separación. ¿De donde viene esta rabia? ¿Tiene sentido permanecer con rabia? ¿Hasta cuando?
Esta reflexión aparece de incontables conversaciones tanto con mis pacientes como con mis colegas y amigos. A lo largo del tiempo he ido construyendo con otros posibles explicaciones de cómo entender esta rabia, la que a veces puede ir configurando nuestra historia post-separación hasta límites insoportables. No podemos desprendernos del otro por variadas razones, nuestra vida se detiene, nuestra historia se tuerce sin quererlo.
Dentro de las principales reflexiones que han surgido en este ejercicio es la frustración aplastante que sentimos al ver truncadas nuestras expectativas y sin duda, con más fuerza, ver como nuestro proyecto de familia se desvanece. Es cierto, la separación no tiene por qué quitarnos todo por lo cual hemos luchado, como si nos arrancase de la vida que queríamos. Pero, lamentablemente la vida es así, un sinfín de frustraciones. Y esta es una más, que en las circunstancias de una separación, muchas veces depende de otro, y nos enfrenta despiadadamente a sentirnos completamente vulnerables.
Algunas veces esta rabia nos mantiene atados a ese alguien que aún no somos capaces de soltar. Sí, como dice un verso de una de las tantas canciones dedicadas a la separación, muchas veces “…el rencor hiere menos que el olvido”. Ser olvidado, sentir la intensidad del rechazo puede afectar profundamente nuestra individualidad. La rabia nos sostiene ilusoriamente más dignos, pero sin embargo, igualmente dolidos y confusos.
La forma más común de emergencia de los sentimientos de rabia refiere al manejo de la pena de la pérdida, no solo de la persona que fue nuestra pareja, sino todo el mundo asociado a ésta. Los seres humanos continuamente nos decimos que la pena debe ser rápidamente superada, pero naturalmente, o por nuestra condición de humanos, casi nunca es así. Nos forzamos a rechazar esta emoción, por condicionamientos sociales, por costumbre, o por otras razones, pues no entendemos que esta pena es muy necesaria para dar el siguiente paso, para seguir adelante con nuestra vida. Es un duelo, que aunque cueste aceptarlo, puede durar un par de años. Vivir la pena de forma genuina permite sanar las heridas, reestablecer nuestra autoimagen y volver a mirar el mundo con lo aprendido. Cuando nos quedamos mucho tiempo en la rabia, el proceso de elaboración de este duelo suele alargarse mucho más de lo necesario.
Finalmente quisiera transmitir que estas emociones, tanto la rabia como la pena, son vividas muchas veces de forma devastadora, pero sin duda forman parte necesaria de uno de los procesos críticos más difíciles de la vida. Como se sabe en la mitología urbana, crisis es cambio, y son parte íntegra de nuestro crecimiento personal.
por Ceppas | Mar 31, 2010 | Sin categoría |
A finales de la década de los ochenta del siglo XX, el psicólogo Robert Sternberg elaboró una Teoría Triangular del Amor. De acuerdo con el autor, el amor estaría compuesto por tres áreas básicas: Intimidad, Pasión y Compromiso (IPC).
Sin embargo, por supuesto que las personas que vivencian el amor-sentimiento (opuesto al amor-enamoramiento) sostienen que lo que experimentan es una sensación unitaria global, un conjunto de sentimientos, deseos y pensamientos que, percibidos en su totalidad, las llevan a concluir que lo que sienten es amor.
Intimidad: se refiere al aspecto afectivo de la relación y está asociado a la necesidad existencial básica de relaciones sociales y de afecto (Inteligencia Emocional). Está compuesta por el sentimiento de amor, la comunicación y la intimidad emocional. Más específicamente incluye: amar y sentirse amado, apego, demostraciones de cariño, compartir, amistad, compañerismo, diversión, empatía, aceptación, admiración y crecimiento como persona.
Pasión: se refiere al aspecto sexual y está relacionado con la necesidad existencial básica de la reproducción de la especie, con la necesidad de contacto placentero, de caricias físicas e intimidad sexual (Inteligencia Instintiva). Incluye el deseo, atracción y la sensación de enamoramiento.
Compromiso: se refiere al aspecto formal de la relación y corresponde a la necesidad existencial básica de seguridad y apego (Inteligencia Mental). Incluye la decisión de formar una pareja, explicitada al otro y públicamente; proyectar una estabilidad a futuro; disposición a enfrentar juntos las situaciones adversas sin poner en cuestión la relación ante cada dificultad. Ejemplos tradicionales eran el casarse por “las dos leyes”, tener hijos, comprar bienes en conjunto. Actualmente el compromiso puede adquirir formas muy diversas.
Según Sternberg, las combinaciones posibles entre Intimidad, Pasión y Compromiso permitirían diferenciar siete tipos de amor:

1.- Amistad: se refiere a la presencia de amor o cariño íntimo, sin los componentes de pasión ni de compromiso. La Amistad se caracteriza por la sensación de que existe un vínculo cariñoso y una íntima cercanía con la otra persona.
2.- Encaprichamiento: se refiere a la presencia de pasión sexual sin que haya ni intimidad ni compromiso. Esta sensación podría producirse en lo que se conoce comúnmente como “Amor a primera vista”. Este tipo de amor dominado por el apasionamiento es un capricho que puede eventualmente desaparecer en cualquier momento.
3.- Amor Vacío: se refiere a la presencia de un compromiso, pero en ausencia de intimidad y de pasión. Un amor que fue fuerte puede deteriorarse e ir perdiéndose el cariño y la atracción sexual. En las culturas donde existen los matrimonios arreglados, las relaciones suelen comenzar con un amor vacío.
4.- Amor Romántico: se refiere a la combinación de intimidad con pasión, pero el compromiso no está presente. Las parejas románticas están unidas emocional y físicamente, pero no existe una proyección a futuro. Casos típicos son los de amantes casados con otras personas.
5.- Amor Sociable: se refiere a la combinación de intimidad con compromiso, pero donde la pasión está ausente. Predomina el apego. Este tipo de amor frecuentemente se encuentra en aquellos matrimonios que se tienen gran cariño y quieren seguir compartiendo la vida, pero donde no existe el deseo de contacto físico ni sexual. Es más fuerte que el Amor Amistad, ya que son compañeros que no solo pasan mucho tiempo juntos, sino que existe además un compromiso a futuro. El cariño que se encuentra en la familia es una forma de Amor Sociable.
6.- Amor Fatuo: se refiere a la combinación de pasión con compromiso, pero donde no existe la intimidad. Son parejas que se basan en la atracción sexual y que deciden comprometerse, aunque son vacuas ya que no hay afecto ni confianza. Es el caso de los noviazgos-relámpagos que se casan en pleno estado “lelo” de enamoramiento, sin conocer realmente al otro.
7.- Amor Consumado o Amor Pleno: se refiere a la combinación entre los tres componentes básicos de Intimidad, Pasión y Compromiso, los que están presentes sin mayores deficiencias. Es una forma de amor completa y madura que implica una entrega total al otro. No obstante, no significa que este amor consumado sea incondicional ni necesariamente permanente.
Una relación de pareja que se basara solamente en uno de estos tres pilares tendría una menor probabilidad de permanecer en el tiempo que aquellas que se apoyaran en dos o en los tres componentes. Los problemas y conflictos dentro de una relación de pareja rara vez se inician en las tres áreas al mismo tiempo, sino que suelen comenzar en una de ellas y, probablemente si no se los enfrenta, pueden extenderse a otras áreas y afectar la evaluación sujetiva del sentimiento global.
por Ceppas | Mar 29, 2010 | Sin categoría |


A medida que se consolidaba el matrimonio por amor, más se esperaba de la pareja y aumentaba el divorcio. En esta sociedad inmediatista, hedonista e individualista, las relaciones fuertes se perciben como un peligro para la autonomía o bien se pretende tener el control sobre el otro. Surge tanto el miedo a las ataduras sin límite temporal como a la entrega afectiva; en el fondo, existe pánico a perderse uno mismo dentro de la relación.
Una de las mayores transformaciones en el área de la pareja, la cual se fue consolidando durante el s. XIX, fue el “matrimonio por amor”, tanto así que hoy en día se condena al que considera otros motivos para casarse que no sean el amor. Paradojalmente, a medida que se consolidaba el amor romántico como requisito para unirse en pareja, iban incrementándose los índices del divorcio. Si casi lo único que mantiene ensamblado al matrimonio moderno es el amor, cuando este se extingue (o se cree que se extingue), el vínculo tiende a deshacerse muy fácilmente.
Es así como se fue poniendo un énfasis cada vez mayor en la satisfacción de las necesidades afectivas, sexuales y de comunicación, conduciendo a exigencias inéditas y a que se cruzasen antes los umbrales de decepción o frustración. A este incremento de expectativas y demandas al interior de la relación, se le fueron sumando las complicaciones derivadas del matrimonio hasta que la muerte nos separe, dado el nuevo contexto socio-cultural “marcado por la inmediatez del eterno presente y por el consumismo hedonista, donde el individualismo y su correspondiente exagerada individuación característica de la Segunda Modernidad, lleva a que se perciban las relaciones fuertes como un peligro para los valores de autonomía personal” (Bauman). El para toda la vida suena como un plazo demasiado largo.
Para complicar aún más esta problemática, en los últimos años pareciera haberse ido modificando el auto-concepto que la pareja occidental tenía de si misma. Ahora existiría una nueva disposición emocional, con sus fantasías inconscientes correspondientes, orientada a tener el control sobre el otro (Campuzano). Este fenómeno podría formar parte de la actual ilusión de poder, en que pretendemos estar asegurados contra todo, dado las tantas inestabilidades e incertidumbres imperantes en el ambiente social. Por tanto, uno de los primeros retos sería lograr construir una vinculación profunda y duradera, con acuerdos estables y responsabilidades recíprocas, entre dos individualidades que defienden sus necesidades y proyectos, donde se deben tener en cuenta tanto los intereses colectivos de ambos como los personales de cada uno. Las personas se mueven entre el deseo de estar en pareja y la necesidad de ser independiente, entre el temor a la soledad y el miedo a quedar atrapado. Por lo tanto, el gran desafío sería poder conciliar el proyecto de vida propia con el anhelo de amor.
Dadas estas condiciones, la díada solo puede mantenerse si logran un entendimiento tanto en el plano verbal como en el sexual, si tienen paciencia y sensibilidad hacia el otro, si desarrollan la destreza de poder llegar a acuerdos gracias a una continua negociacióny si es capaz de aprender a gestionar los sentimientos, la distribución de funciones y tareas, la balanza de poder, el establecimiento de solidaridades y prioridades, etcétera. Una labor que, como afirma Castro, puede ser angustiosa pero también muy satisfactoria y que generará tanto estrategias como respuestas que reconstruirán las dinámicas de la relación y que, seguramente, desembocará en un escenario de pareja diferente y complejo que no apuntaría hacia la desaparición de la pareja, pero sí a una crisis consistente en la ruptura de los modelos tradicionales.
Así llegamos a que uno de los fenómenos más característicos de esta época, según la mayoría de los especialistas, sea justamente el pánico al compromiso, no solo en hombres, sino que también – e incluso más – en mujeres. Uno de los índices en que se refleja este miedo al compromiso radica en el regular aumento de la cantidad de solteros en todo el mundo. Según Kaufmann, hay períodos más favorables a la soltería que otros y, si bien hoy existe una sensación de mayor fragilidad en la que se busca más protección y en que, por tanto, repuntan los valores familiares, para muchos jóvenes el vivir juntos sin mayor compromiso presenta un atractivo del que carecerían otros vínculos. En este tipo de lazos, las intenciones son modestas, no se hacen promesas ni declaraciones y, cuando las hay, éstas “no son solemnes, ni están acompañadas por música de cuerda ni manos enlazadas; casi nunca hay una congregación como testigo y tampoco ningún plenipotenciario del cielo para consagrar la unión. Se pide menos, se conforma con menos y, por lo tanto, los costos a cancelar son menores y el plazo del pago es menos desalentador (Bauman).
Cabe aclarar que dicho miedo al compromiso no se ha generalizado a todos los grupos etarios, sino que se encuentra entendiblemente concentrada entre los que bordean los 30 años, quienes parecieran tratar de eludir las problemáticas que implican un vínculo amoroso estable en el cual va surgiendo la interdependencia. Para esta generación, el hecho de entregarse se asocia a la pérdida del control sobre sus propios afectos, a quedar bajo el poder del otro y, por ende, a terminar sufriendo – tanto – que culmine en un daño a su salud, asunto que ha adquirido una inusitada importancia en la sociedad en los últimos años. En otras palabras, esta tendencia no consiste solamente en una elusión de las reglas y responsabilidades que implican un acuerdo formal, sino que también entraña algo más sutil e insidioso, un temor a la entrega total, en el sentido de “poner todos los huevos en la misma canasta”, en hacer converger los tres pilares fundamentales de una relación de pareja en una misma persona: intimidad emocional, sexo y compromiso.
Entonces, por un lado existe una suerte de fobia a las uniones comprometedoras, a las ataduras sin límites temporales y, por otro lado, se teme a la entrega afectiva, a caer en la dependencia, a perder el control; en el fondo, existe pánico a perderse uno mismo dentro de la relación. Singly acuñó una expresión muy decidora Libres ensemble (Libres juntos) para referirse principalmente a los jóvenes que se resisten a disolver su individualidad en el singular común «pareja» y donde el mayor problema ahora ya no es mantener la independencia, sino encontrar qué hacer juntos.
Para Bauman, los nuevos vínculos de menor compromiso que han ido surgiendo se caracterizarían por ser narcisísticos, deteriorantes, frágiles, efímeros, precarios y con escasos proyectos vitales compartidos; donde se busca sólo el contacto para lograr los suministros afectivos y eróticos imprescindibles. La pareja es reemplazada por contactos íntimos circunstanciales, operatorios, de descarga, sin compromiso en lo afectivo profundo, acordando solo niveles sexuales, intelectuales o de amistad (Bruno), tal como se refleja en nuestros términos de “andar” o “salir con”, o en las interacciones por Internet. Estas últimas se han convertido en una especie de modelo que estaría infiltrando al resto de las relaciones interpersonales, donde más que relaciones se buscan conexiones que no necesiten una mayor implicación ni profundidad, en que cada uno decide cuando y como conectarse, en que siempre se puede pulsar la tecla Suprimir.
Coherentemente con el liberalismo económico imperante, existiría una mentalidad inmediatista y consumista ante las relaciones de pareja, en el sentido que el resto de personas pasan a ser consideradas como una especie de mercancía con la cual satisfacer alguna necesidad y el amor se convierte en una suerte de consumo mutuo guiado por la racionalidad economicista, donde el ethos económico invade las relaciones personales. Dentro de este contexto, los vínculos afectivos estables se convierten en una hipoteca (Bauman), sin que los afectados se percaten que esta ideología produce cualquier cosa menos una auténtica libertad. Bruno es especialmente duro con estos jóvenes dominados por el miedo al compromiso. Según este autor, faltaría una consistencia personal y una coherencia con las responsabilidades asumidas, todo debe acomodarse al interés actual del sujeto, pero es “sacrílego” pedirle que se atenga a sus compromisos. El horror al “sujeto sujetado” conduciría al posmoderno hacia una existencia amorfa y voluble, a ser un “flan” moral, a practicar “éticas de bolsillo” desechables a gusto del consumidor.
Sin embargo, los límites al compromiso emocional que erigen hoy los jóvenes, parecieran tener más bien la función de preservar del sufrimiento De acuerdo con Sabatini, para evitar el riesgo de sufrir – propio de la investidura de otro – se impone una “desnutrición vincular”, un empobrecimiento afectivo en las interacciones. En efecto, en los nuevos estilos de vínculo, el otro es fácilmente intercambiable, lo que reaseguraría de este modo contra la pérdida, el abandono y el doloroso duelo posterior. Todo este proceso implica unadeslibidinización y un descompromiso emocional, cuyo consecuencia inevitable es una sensación de vacío difícilmente tolerable, el cual se intenta paliar de múltiples maneras, como por ejemplo, buscando ansiosamente emociones intensas que creen encontrar en una nueva pareja, originándose un círculo vicioso.
Para finalizar cabe agregar que, en esta compleja época en que se busca una pareja teniendo como telón de fondo la autonomía y la evitación a ultranza del dolor, dentro de una sociedad en que se sobrevalora la equidad, el consumismo y la inmediatez, donde se exige el derecho a la felicidad y existe una escasa tolerancia a la frustración, donde todo es revisable entre dos personas que están ahora en igualdad de poder; la personalidad y la madurez emocional de sus integrantes, pasan a ser fundamentales.
por Ceppas | Mar 29, 2010 | Separación |
Estos últimos años me ha parecido alarmante la cantidad de parejas que solicitan terapia de pareja pre o post separación siendo que apenas llevan entre uno y dos años de casados o en convivencia. Algunos parecen convencidos que han llegado al final del camino, otros ven horrorizados como llegaron a estas circunstancias tan tempranamente en la relación. Y es que hoy nos encontramos en una particular manera de vivir, una era donde formamos parte de un macrosistema socio-económico diseñado para “pasarlo bien”. Más no hemos aprendido que es “pasarlo mal”. Una sociedad centrada en el ego, la propia satisfacción y la abundancia de alternativas. Estamos juntos para estar bien, para pasarlo bien, y todo aquello que implique un dolor atenta contra este objetivo. La decepción del otro o del amor como aquella ilusión de sanación se suma a un umbral bastante bajo ante la frustración. Alguna vez escuché de una pareja una frase como esta: “así no me sirves”. Y es la expresión de la funcionalidad que ocurre en esta época posmoderna en el ser pareja ¿para qué estamos juntos? ¿Para ser una pareja exitosa?
¿Pero, se trata de que una relación de pareja sea una empresa que busca ser exitosa? ¿Estar juntos para pasarla bien es sinónimo de éxito? Aquí cabe ponernos a pensar si es que aventurarnos a formar pareja se ha transformado en una maratón, a ver si completamos los 42 km. sin llegar cansados, obviamente. En mi experiencia clínica me encuentro siempre o en el 99% de los casos con hombres y mujeres que al separarse me dicen que se sienten fracasados, como si efectivamente no llegaron a la meta que debían llegar. ¿La relación de pareja es un camino o un objetivo?
Aquí entramos en el tema de las expectativas sociales, aquel campo que cada día nos exige más y más de nuestro ser humanos. Muchas veces utilizo la metáfora de los cuentos de hadas donde después un beso de amor se sella definitivamente un “y fueron felices para siempre”. Muchas generaciones crecieron no sólo con las tragedias propias de Hansel y Gretel, o del Patito feo (y no hay eufemismos al hablar de tragedias, ya que dentro de sus tormentosas vidas los finales felices parecen momentáneos). Más bien me refiero a la Cenicienta, Blanca Nieves y otras tantas princesas que ante la tragedia de la envidia o el abandono, encuentran a este maravilloso hombre que les significa la felicidad desde ese primer encuentro. Y esto no opera unidireccionalmente en cuanto a género. Hombres y mujeres buscan esta salvación. No quisiera decir que estas historias tienen la culpa de hacernos creer que tal felicidad existe, sino que nosotros, al creer que una relación de pareja puede sanarnos de nuestras propias vivencias de abandono y tristeza, las expectativas en la relación suben de manera incontrolable. Y sentimos que en el deber de “darnos felicidad”, somos capaces incluso de “borrarnos a nosotros mismos”. Debemos hacer feliz al otro. Claro, para eso somos su pareja. Puede ser tal el grado de exigencia al cual nos solemos embarcar que esto de estar juntos más parece una tarea, un trabajo más, que un lugar amoroso. ¿Qué sucede? Sucede que no sólo quisiéramos ser un buen marido-mujer-pareja, excelentes profesionales o padres, tener una buena vida social, sino también ser buenos hijos y buenas personas. En las 18 horas del día, hacerlo todo bien. Y si no funciona, mejor dejarlo. Y generalmente no nos damos cuenta en que estamos, sino que funcionamos como si esto “debiese ser así”.
De ahí en adelante, las frustraciones naturales ante una expectativa inalcanzable aparecen una y otra vez, dejando a la princesa y el príncipe absolutamente perplejos: “esto no es lo que yo quería”. Y como no se consigue la tan ansiada recompensa del amor, no hay sino que decir, que fracasamos en esta empresa.
Que difícil resulta creer que cada relación de pareja ocurre en un sin fin de desencuentros absolutamente naturales, de dolores que se repiten una y otra vez y al mismo tiempo creer que eso no es un fracaso. Resultaría obvio que el lector dijera que estoy absolutamente equivocado, que existen las parejas exitosas. ¿Qué hace que una pareja sea exitosa? ¿aquella que no pelea? ¿Aquella que nunca en la relación se distancia? ¿Aquella que es capaz de hablar de todo tranquilamente? ¿O será la pareja que discute y sufre continuamente pero sin separarse? Yo no creo que una pareja que sigue junta sólo por estarlo sea una pareja exitosa. Hay muchos factores que influyen en el bienestar de los miembros de la pareja cuando están juntos. Y esa tarea les compete sólo a los miembros de esa pareja: Uds. definen que es estar bien, pero, ojalá esperando lo que realmente podemos dar. Hoy nos cuesta darnos cuenta de nuestra humanidad, de nuestros límites y neurosis…vivir bien es también saber mirar que lo que tengo es bueno…
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