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Cuestionarios de evaluación de la relación de pareja

Cuestionarios de evaluación de la relación de pareja

John Gottman (1942), Profesor Emérito de Psicología, director del Laboratorio de Investigación de la Familia de la Universidad de Washington es reconocido como experto mundial en estabilidad marital. Gracias a sus años de experiencia analizando el ecosistema matrimonial, Gottman ha logrado tal precisión que, sostiene, puede predecir con una exactitud del 94% cuáles parejas recién casadas terminarán separándose en los próximos tres a seis años.

Entre los instrumentos de estudio que utiliza se encuentran ciertos cuestionarios cuyo objetivo es evaluar determinados aspectos del funcionamiento de la pareja. Los profesionales los consideran como una primera aproximación que, a grosso modo, iluminan aquellas áreas de la relación que ameritan una mayor profundización.

Dichos cuestionarios han sido difundidos como autotest para el público en general en distintos medios de comunicación. Los puntajes obtenidos, que supuestamente serían indicativos del estado de la relación, son muy cuestionables y pueden prestarse para malosentendidos, especialmente si no se cuenta con un especialista a quien recurrir para aclarar las dudas que puedan surgir.

En primer lugar, cabe recalcar que los resultados que se obtienen no son, en absoluto, indicadores fehacientes de la calidad de la relación, sino que solamente corresponden a la percepción subjetiva de uno de los miembros de la pareja y, usualmente, estarían midiendo cómo esa persona evalúa su relación en este momento en particular.

En segundo lugar, quisiera advertir que, a los cuestionarios que se presentan a continuación, les hice algunas pequeñas modificaciones de redacción y de graduación:

1) Conozco las más importantes aspiraciones y esperanzas vitales de mi pareja.

2) Conozco las principales preocupaciones actuales de mi pareja.

3) Conozco los tres momentos más importantes de la vida de mi pareja.

4) Puedo fácilmente señalar los 3 aspectos que más admiro en mi pareja.

5) Procuro tener tiempo libre para disfrutarlo con mi pareja.

6) Nuestras relaciones sexuales son generalmente satisfactorias.

7) Mi pareja es una de mis mejores amistades.

8) Mi pareja me confiesa cuando ha tenido un mal día.

9) Normalmente beso y acaricio con afecto a mi pareja.

10) Estoy verdaderamente interesado/a en las opiniones de mi pareja.

11) Aprendo mucho de mi pareja, incluso en las cosas en que no estamos de acuerdo.

12) Siento que lo que digo es importante para mi pareja cuando tomamos decisiones.

13) Soy capaz de admitir que me he equivocado.

14) Incluso cuando estamos en desacuerdo puedo mantener el sentido del humor.

15) Mi pareja es capaz de calmarme cuando estoy enfadado/a.

16) Siento que mi pareja y yo hacemos un buen equipo.

17) Cuando discutimos, ganar no es el objetivo para ninguno de los dos.

18) Acepto que hay cosas que nunca resolveremos.

19) Compartimos valores similares en cuanto a los roles de cada uno.

20) Siente que ambos tenemos y compartimos muchos recuerdos agradables.

Puntaje: sumar todas las respuestas afirmativas

13 o más: es altamente probable que la relación va a ser estable en el tiempo

7 a 12: pareciera que están pasando por un momento crucial y sería conveniente que ambos reflexionaran qué podrían hacer para facilitar que la relación permanezca en el tiempo.

6 o menos: el riesgo de separación parece alto y sería recomendable que conversaran seriamente

 

Entre sus hallazgos, Gottman ha encontrado que la amistad es una de las características más importantes de una relación de pareja estable y satisfactoria. El siguiente cuestionario apunta a enterarse cuánto conocemos a nuestra pareja y su mundo interior:

1. Puedo nombrar el mejor amigo de mi pareja.

2. Conozco cuáles son los momentos estresantes que mi pareja tiene que enfrentar.

3. Conozco los nombres de las personas que han irritado a mi pareja en el último tiempo.

4. Puedo nombrar algunos de los sueños que tiene mi pareja para su vida.

5. Estoy enterado de la filosofía de vida de mi pareja.

6. Puedo listar los parientes con quienes mi pareja tiene conflictos.

7. Siento que mi pareja me conoce muy bien.

8. Cuando estamos separados, recuerdo y pienso en mi pareja.

9. Normalmente le expreso mi cariño a mi pareja besando y acariciando.

10. Siente que mi pareja realmente me respeta.

11. Siento que hay pasión en nuestra relación.

12. Intentamos que algo de romance forme parte de nuestra relación.

13. Mi pareja aprecia las cosas que yo hago en la relación.

14. A mi pareja le gusta mi personalidad en general.

15. Nuestra vida sexual es mayoritariamente satisfactoria.

16. Al final del día a mi pareja le agrada verme.

17. Mi pareja es uno de mis mejores amigos.

18. Nos encanta conversar entre nosotros.

19. En las discusiones que tenemos, los dos tenemos influencia sobre el otro y damos nuestros argumentos.

20. Mi pareja me escucha respetuosamente, aunque no concuerde conmigo.

21. Mi pareja es una gran ayuda al momento de resolver problemas.

22. Generalmente concordamos en nuestros valores y metas en la vida.

Puntaje: sumar todas las respuestas afirmativas

15 o más: existe una gran fortaleza en la relación

8 a 14: pareciera que están pasando por un momento crucial. Hay muchas ventajas que pueden aprovechar, pero también existen deficiencias que requieren su atención.

7 o menos: la relación puede tener problemas serios. Sería altamente recomendable que trataran de solucionar los conflictos.

 

Otra forma de evaluar el estado de la relación de pareja y, eventualmente, enfrentar preventivamente la situación, es identificar las posibles señales iniciales de deterioro:

1) Cuando estoy con mi pareja, muchas veces quisiera estar en otro sitio.

2) Muchas veces siento que existe tensión entre nosotros.

3) Creo que mi pareja apenas conoce mis pensamientos.

4) Siento que deberíamos estar más cercanos en estos momentos.

5) Mi pareja ha deseado estar sola últimamente.

6) Hemos estado peleando más últimamente.

7) No siento que haya habido mucha diversión en nuestra vida últimamente.

8) Pequeños problemas tienden a entrar en una escalada.

9) Siento que hemos estado dañando nuestros sentimientos últimamente.

10) Siento que realmente deberíamos hablar.

Puntaje: más de dos afirmaciones podrían estar indicando la existencia de algunos problemas

Terapia de Pareja: ¿Cuándo consultar?

Terapia de Pareja: ¿Cuándo consultar?

Las parejas están acudiendo a terapia con mayor frecuencia que antes. En esta época posmoderna, las expectativas (muchas veces irracionales) son muy altas y los vínculos son muy frágiles. Dada la nueva ética de la necesidad a ultranza de felicidad y, como han ido desapareciendo las amarras externas, actualmente el único adhesivo que las hace permanecer unidas es lo interno: amor, satisfacción, gratificación y apoyo mutuo.

Cabe señalar que, casi todas las parejas discuten, se distancian, la pasan mal juntos o han pensado en separarse. Así que no hay que salir corriendo a terapia si de vez en cuando se presentan estas dificultades. Las crisis o impasses seriales no serían patológicos. Por su misma naturaleza, las relaciones de pareja están cargadas de dificultades y vulnerabilidades.

Hecha esta aclaración, tampoco se trata de esperar excesivamente antes de consultar, ya que como bien afirma una colega española: “a nadie se le ocurre llevar un cadáver al médico para que lo cure”. Las investigaciones muestran que, cuanto menor sea el tiempo de evolución de la queja, mejor será el pronóstico y que la terapia de parejas es generalmente más exitosa que la individual. Sin embargo, incluso si han decidido separarse, una terapia puede ser útil para el futuro bienestar emocional de todos los implicados, ayudándolos a elaborar dicho doloroso proceso. Y, en ese sentido, nunca es demasiado tarde para consultar.

Una de las razones que llevan a posponer el inicio de una terapia es la renuencia de uno de ellos. Si bien lo ideal es que ambos participen, no es una condición indispensable. Si consideramos que la pareja es un sistema, el cambio en uno de ellos indefectiblemente producirá cambios en el otro y, por ende, en la interacción.

Entonces, cuándo consultar?. En términos específicos, existen ciertos indicadores de un potencial proceso de deterioro y que ameritarían una terapia. Para detallarlos es muy útil guiarse por el trípode que sustenta a una relación de pareja: amor, pasión y compromiso.

Intimidad (Amor y Comunicación):

A esta categoría pertenecen no solo la afectividad, sino que también la comunicación y la intimidad emocional. El sentimiento de amor (no el enamoramiento), se demora tanto tiempo en crearse como en extinguirse e incluye el apego, demostraciones de cariño, amar y sentirse amado (aunque no sea de la forma que preferiríamos). No obstante, con el amor no basta para hacer viable una relación. Los recursos emocionales son una condición necesaria, pero no suficiente. Una marcada disminución de las muestras de afecto y del interés por el otro; frialdad y distanciamiento de larga data; sentirse rechazados, solos, vacíos, sin trascendencia ni identidad y vivir la relación más bien como un sistema administrativo, serán obviamente condiciones negativas.

Por otro lado, si bien una adecuada comunicación es un importante indicador de bienestar y su déficit se correlaciona con insatisfacción (sobre todo para la mujer), ha sido sobrevalorada. Las parejas afirman que “lo que nos pasa es que tenemos una mala comunicación”, “nos amamos mucho, pero vivimos discutiendo”.

La comunicación se encuentra implicada en la validación del otro (respeto, aceptación, admiración), en el humor, distribución del poder, capacidad de negociar y de resolver problemas. Por tanto, serán señales negativas el sentirse incomprendidos, descalificados, desvalorizados; compartir en forma escasa e insatisfactoria; eludir las crisis en vez de enfrentarlas o desgastarse infructuosamente en intentos de solución; hostilidad, repetidas discusiones y riesgo de violencia física o psicológica. Mención aparte merece el manejo del poder, el que se ha convertido en una de las áreas más frecuentes y fundamentales de conflicto.

A diferencia de la comunicación, el factor de intimidad emocional es poco conocido, a pesar de su relevancia. Apunta a la delicada danza de cercanía-alejamiento, a la comprensión y empatía, al confiar como para mostrarnos tal cual somos, especialmente nuestros miedos y falencias. Aquellos que se quejan de “no logramos entendernos”, deberían tener claro que la comprensión pasa por la aceptación de la individualidad y peculiaridad del otro como persona.

 Pasión (Sexualidad):

Se refiere al aspecto sexual de la relación e influye en la motivación general. Satisface la necesidad de contacto, de caricias físicas y de intimidad sexual. Como la respuesta sexual humana es altamente sensible a un gran número de estímulos aversivos, muchas parejas presentan algún problema en esta área, manifestándose en desavenencias en torno a la iniciativa, condiciones previas, horario, frecuencia y forma de expresión. Asimismo se quejan de que las relaciones sexuales son rutinarias y predecibles, que ha disminuido el contacto físico en general – no solo el coito – que la pasión ha ido desapareciendo y que parecen hermanos. En efecto, entre las disfunciones sexuales, el Deseo Sexual Inhibido en mujeres y hombres, es una de las más frecuentes en el grupo etario que bordea los treinta años.

Compromiso:

Sería el aspecto formal de la relación y se encuentra asociado a la necesidad de seguridad y apego. Incluye la decisión de formar una pareja, explicitada al otro y públicamente; proyectar una estabilidad a futuro; disposición a enfrentar juntos las situaciones adversas sin poner en cuestión la relación ante cada dificultad. Ejemplos tradicionales eran el casarse por “las dos leyes”, tener hijos, comprar bienes en conjunto. Actualmente el compromiso puede adquirir formas muy diversas. Indicios negativos se reflejan en proyectos de vida sin elementos en común e incluso divergentes; dudas en dar el próximo paso de compromiso; discrepancias en el deseo de mantener la unión; pensar con frecuencia en separarse, fuera de las amenazas abiertas de separación.

A modo de resumen y conclusión, en términos muy generales, sería aconsejable acudir a terapia cuando predominen notoriamente bajas tasas de conductas gratificantes y/o altas tasas de intercambios desagradables; o bien cuando, ya sea uno o ambos miembros de la pareja, subjetivamente han sentido – con cierta intensidad y por un tiempo determinado – insatisfacción, malestar o sufrimiento; o cuando han alcanzado un grado tal de infelicidad que ellos mismos se consideran incapacitados para realizar un análisis objetivo del conflicto y de encontrar soluciones alternativas.

Asimismo, ameritaría consultar si sienten que no logran lidiar con algunas situaciones puntuales o si presentan varias al mismo tiempo, tales como: celos, infidelidad, desadaptación frente a fases evolutivas (p. e. la llegada de los hijos); conflictos con las familias políticas y de origen, con los hijos, económicos, síntomas psicosomáticos o psíquicos de cierta recurrencia; problemas sexuales y si no pueden vivir “ni con ni sin el otro”.

No hay que olvidar que las parejas en conflicto tienen una menor expectativa de vida, mayor riesgo de enfermar y cuadros depresivos más frecuentes. Las parejas armoniosas se diferencias de las conflictivas en: la capacidad de afrontar y  resolver problemas de una forma aceptable para ambos; en la flexibilidad para efectuar los cambios deseables; en que ambos asumen su parte de responsabilidad sin buscar que el otro sea el que cambie; y en la alta motivación si deciden iniciar una terapia.

Dejar de ser pareja y continuar siendo padres

Esta parte sin duda es una de las más difíciles del proceso de separación. Nuestra sociedad tiende naturalmente a confundir dominios de existencia que no necesariamente son lo mismo (Maturana). Ser pareja y ser padres pertenecen no sólo a distintas dimensiones del ser humano, sino que se rigen por distintas reglas. Se nos dice que el matrimonio es para configurar una familia, y no para ser pareja. Los espacios de pareja suelen ser tremendamente reducidos, dándonos a entender que es un vehículo para estructurar una de las instituciones más relevantes de la sociedad.

A partir de esta reflexión, la confusión deja inmensos espacios vacíos al momento de vivir los primeros acuerdos de la separación. Pareciera que al separarse los padres, se destruye la familia, pero eso no es así. La familia continúa, la pareja no. ¿cómo es esto? La dimensión familia se constituye esencialmente en una estructura de relaciones, roles y funciones que no necesariamente cesan al momento que la pareja vive separada. Pareciera que el padre que ya no vive con sus hijos “pierde” el espacio de ser padre, sin embargo, un padre “no cotidiano” puede ser perfectamente un padre sólido, respetado y muy amado, aún cuando no viva con sus hijos. El gran temor de dejar el hogar es perder el vínculo con los hijos.

Una versión, una voz, dos padres.

No existe un manual para separarse, sin embargo, a partir de la experiencia de otros se pueden distinguir ciertas formas manejo que muestran ser menos perjudiciales para los hijos. A algunos les puede servir a otros no tanto.

Existe una línea continua entre una dolorosa realidad y un deseo de proteger a los hijos. No siempre se podrán evitar los extremos, pero es posible caminar en una línea media. Los hijos necesitan una cuota de realidad y otra de protección para que el proceso sea lo menos doloroso posible. Es decir, en necesario que puedan estructurar lentamente el cambio que están enfrentando como familia, donde las cosas ya no serán como siempre. He aquí algunas pequeñas pautas que han sido útiles a lo largo de mi experiencia clínica:

  • Comunicarle a los hijos en conjunto la decisión de separarse. ojala en términos simples y sin detalles y aclararles que ellos no tienen que ver en esta decisión (si preguntan por qué, es preferible no abrir el tema del conflicto delante de ellos). Nunca pensar que no saben nada, e incorporar la información de aquello que han visto en Uds.
  • Es sugerible que el padre que se va de la casa familiar no pierda contacto con los hijos, y les comunique que va a seguir presente en sus vidas. La negociación de cuidado de los hijos no depende de los hijos, sino que es una conversación exclusiva de los padres.  
  • Es sugerible que el padre que se queda en el hogar de las facilidades de contacto con los hijos, ojala en un lugar propio al padre que se ha ido. Que los hijos sientan que ambos padres pueden estar bien, están enteros y que pueden seguir con sus vidas.
  • Es preferible que el alejamiento de la casa familiar sea paulatina. Sólo por un breve período que es posible acordar, mantener ciertos rituales familiares con los hijos, sin que necesariamente esté presente el otro padre. Es importantísimo que los hijos sientan estabilidad y una rutina cotidiana.
  •  Los hijos pueden fácilmente confundirse en situaciones de ambigüedad de los padres.Después de separados, muchos padres intentan mantener una vida familiar relativamente normal, pero los hijos se percatan de los cambios (el polo de la protección).
  • Algunos padres tienden a proteger a los hijos siendo joviales y buena onda, de darles buenos momentos en las pocas situaciones que están juntos. No olviden que los hijos necesitan al padre que educa, llama la atención y que manda.
  • Que el padre que se va pueda asegurar un tiempo constante a los hijos pensando en 10 años para adelante, incluso imaginándose en otra relación y con más hijos. No dar demasiado al principio, pues pueden ir dejando de verlos o disminuyendo su aporte económico en la medida que sus vidas cambian.
  • Por sobre todo, cuidar a los hijos de la propia rabia, pena y de las peleas. Evitar en lo posible colocar a los hijos de mensajeros.
  • Si tienen nuevas parejas, esperar a que sean lo suficientemente estables para que los hijos lo/la conozcan. Básicamente hay que evitarles nuevas pérdidas y cambios bruscos de situación vital.
Pareja y Sociedad: el impacto de los cambios culturales y socio-psicológicos

Pareja y Sociedad: el impacto de los cambios culturales y socio-psicológicos

Las transformaciones ocurridas en las últimas décadas tuvieron efectos psicológicos más globales en la sociedad, afectando no sólo nuestra forma de vivir y de relacionarnos, sino que también desembocó en una profunda revisión de nuestras creencias y valores. La cultura en general se fue desacralizando, se hizo más abierta al cambio, más libre e informal, menos rígida y menos autoritaria. Se intensifica el inconformismo y el rechazo a las normas prescritas, impuestas por una autoridad o moralidad institucional externa – sea social, religiosa o política – respecto al comportamiento personal. Lo que ha ocurrido, en el fondo, es una metamorfosis del conjunto de los valores contemporáneos, renovándose los fundamentos de la ética así como las nociones de “verdad”, “bien” y “justicia”.

La moralidad universal de antaño va desapareciendo; los valores cuasi sagrados se secularizaron o fueron rechazados livianamente, sin mayor análisis y surgen códigos éticos fragmentados. Ahora, cada uno construye sus propios valores personales, dentro de una cultura donde reina una infinita pluralidad de alternativas y una ilimitada tolerancia, donde casi nada nos genera culpa, ni nos es tabú ni nos escandaliza, nada es mejor ni peor, ni bueno ni malo. Sin criterios valorativos objetivos, sin juicios sobre lo verdadero o justo, sin requerirse justificaciones racionales; todas las opciones nos parecen igualmente válidas y terminamos amparándonos en lo cuantitativo, en la opinión mayoritaria o consensual. Esta nueva postura ética es producto de una actitud a-crítica, casuística y situacional; como dice Bruno, se trata de una soberbia antropocéntrica revestida con términos elegantes tales como individuación e independencia, donde las posiciones son volubles y acomodaticias. Caímos en una relatividad moral, en una permisividad en la que adaptamos nuestros valores a la conveniencia de los requerimientos del sobredimensionado presente (Vattimo).

Dado este presentismo, comenzamos a fijarnos en lo que el mercado nos inducía a valorar, tal como la fama, el poder, el dinero, el exitismo, etc. Nos sentimos impelidos a obtener status y logros, pero ojalá fáciles y rápidos,sin cuestionar el sentido de los mismos. La urgencia de resultados nos conduce a la inmediatez y a la superficialidad; todo tiene que ser instantáneo, no soportamos la espera, no toleramos la frustración y le tenemos pánico al fracaso. Vivimos comparándonos y compitiendo; hay que ganarle a otros para saber cuánto “valemos”. Y, sin resultados reales, recurrimos a las apariencias e incluso a las imposturas. Ya no importa el prestigio del buen nombre, sino la imagen que proyectamos, los oropeles. Buscamos figurar, ser conocido aunque sea por escándalos. Ser ignorado es ser un perdedor, no querido por nadie. Como si, en el fondo, tuviésemos una gran necesidad de ser amados y admirados, haciendo depender nuestra estima de la opinión externa. Nuestro psiquismo se fue volcado hacia fuera, nos fuimos identificando con lo externo, definiéndonos más por lo que primaba en el mercado, por el “hacer y parecer”, que por el “ser”. Nuestros límites se van desdibujando y caemos en una crisis de identidad, de la personalidad individual.

El individualismo nos fue invadiendo paulatinamente, sin darnos cuenta, hasta llegar a un cambio de tono cultural que se caracteriza por una gran exigencia de autonomía y por una exagerada individuación. Aspiramos a una libertad total y absoluta, a vivir sin represiones de ningún tipo, nada debe frenarnos ni amarrarnos. Antes se buscaban soluciones externas; hoy las soluciones pasan por la opción personal, se hace hincapié en la creatividad y expresión personal. Nuestros proyectos – cuando existen – son más bien efímeros y sin mayor significado; nuestros objetivos personales tienden a ser superficiales, facilistas y apuntan a lo externo; sin que estemos dispuestos, además, a conquistarlos mediante el esfuerzo y el sacrificio. Sentimos escasa empatía por los demás o nos son francamente indiferentes; la indiferencia misma nos parece una actitud cool. Fuimos relegando de nuestra existencia lo propiamente humanista. Apenas nos mueven los ideales colectivos, participar en lo público o las injusticias; carecemos de un proyecto común capaz de unificar las motivaciones y de otorgarnos un sentido de pertenencia; así, nos hemos ido aislando socialmente, replegándonos a nuestro pequeño mundo de la pareja, la familia, los amigos reales y virtuales.

Similarmente, nos hemos ido refugiando en nuestro interior, centrándonos en nosotros mismos, en nuestro yo; aspirando, como meta, a ser uno mismo y a lograr el equilibrio interno; mientras que a la vez, buscamos ávidamente satisfacer nuestras necesidades ególatras y narcisistas. No obstante, paradojalmente, paralelamente se fue produciendo un vaciamiento del yo. Al concentrarnos tanto en las apariencias, hemos descuidado el contenido real de nuestro ser y de nuestra existencia, dejando de lado la fidelidad a un proyecto de vida coherente. Se entiende así que tengamos dificultad para disfrutar la vida y que, especialmente cuando nos quedamos solos, nos invada unasensación de vacío (descrito inicialmente en 1983 por Lipovestky en “La era del vacío. Ensayo sobre el individualismo contemporáneo”), el que experimentamos no como tal, sino como una suerte de ansiedad o angustia vagas, como una insatisfacción generalizada en que constatamos que lo tenemos todo, pero no somos felices.

Probablemente en el proceso de intentar calmar o al menos aminorar este vacío, nos fuimos orientando hacia dimensiones psicológicas narcisistas. Nos hemos ido poniendo egocéntricos y hedonistas; sobrevaloramos la juventud, le tememos a la vejez y le rendimos culto al cuerpo, invirtiendo en centros de estética, gimnasios, operaciones estéticas. Hay una aceptación implícita de dejarnos llevar por nuestros deseos y no por los deberes; pareciera que nuestra conciencia estuviese anestesiada, por lo que percibimos amortiguadamente las consecuencias de nuestros actos. Evitamos fóbicamente estar solos y nos abandonamos a nuestros impulsos inmediatos, como si estuviéramos bajo el imperio de los instintos básicos propios del reino animal; permitimos que prevalezca la acción por sobre la reflexión, la sensación por sobre la estabilidad y la profundidad, hipervaloramos al sexo y hemos desvirtuado su sentido; caemos en un polisensualismo, yendo constantemente tras emociones intensas que aturdan los sentidos, tal como la pornografía cibernética, las happy tour, etc.

Si se postergan nuestras gratificaciones, caemos en el infantilismo, nos irritamos e incluso nos ponemos hostiles o nos bajoneamos. Desde unaposición de victima, sea del sistema o de lo que sea, reclamamos un trato de favor que sentimos legitimado y que nos permitiría utilizar cualquier medio para obtener un fin. Hemos desarrollado una “cultura del placer”, una suerte de nueva ética epicúrea muy sui géneris, donde prevalece un mandato de que tenemos que pasarlo bien, nada debe ser fome, nunca deberíamos estar aburridos. En el fondo, buscamos afanosamente esa felicidad que creemos que se nos debe y a la que tenemos derecho. Pero, desde otra perspectiva, al estar preocupados por nuestra felicidad, también lo estamos por la calidad de nuestras relaciones interpersonales.

Hemos ido desarrollando un aparato psicológico sin mayor complejidad interna; aspiramos a un pasar despreocupado y a un continuo estado vivencial ausente de malestar, alentado por un credo terapéutico que refuerza el autoescrutinio psicológico y por una nueva cultura psicológica en la que se sobredimensiona, por ejemplo, la autoestima y la psicofarmacología cosmética. Nos volcamos hacia una vida light, en que se pretende ser divertido e intrascendente, nunca denso. Pasamos de cosmovisiones filosóficas fuertes y bien perfiladas, a modos de pensamiento estereotipados con un matiz nihilista, triviales y débiles, tal como la sensibilidad “psi”, propia de la cultura new age. Sin embargo, por otro lado, un pensamiento más débil posibilita considerar, al mismo tiempo, lógicas múltiples y contradictorias entre sí, fuera de que ayuda a frenar los intentos de imponer por la fuerza una “verdad” totalitaria.

Por tanto, si bien, por un lado, nuestra sociedad es mucho más desarrollada que antes en todo sentido, donde los adelantos tecno-científicos han sido espectaculares, la pobreza ha disminuido, la vida se ha alargado, muchas enfermedades están bajo control, nuestra libertad de pensamiento y acción es increíblemente mayor; por otro lado, casi todas nuestras certezas y esperanzas se fueron derrumbando, así como el sentido más profundo de la vida. Ya no tenemos referentes estables calificados, ya no podemos apoyarnos ni en la religión, ni en la tradición, ni en la ciencia, ni en la razón, ni en grandes líderes ni en proyectos con sentido. Sabemos que no existen las verdades absolutas, nada dura mucho tiempo, jamás podremos abarcar tanta información nueva.

Vivimos en un mundo de paradojas y complejidades, un mundo que nos parece riesgoso e incierto, caracterizado por la transitoriedad y la inestabilidad, donde predominan la velocidad y el olvido; donde la fe, la credulidad, la ingenuidad y la entrega están en retirada; donde reina una gran inseguridad en torno a los valores, los saberes y los vínculos; donde tendemos a la anhedonia, donde nuestra identidad está en crisis y donde la sensación de vacío nos amenaza en cada esquina. Se nos fue generando una sensación de incertidumbre en casi todos los ámbitos, unainquietud y ansiedad permanente, un desamparo tanto en lo personal como en lo socio-comunitario. Nos encontramos inmersos en una crisis personal y social. Hemos dejado atrás el tono esperanzado del Modernismo, apareciendo – a cambio – uno nostálgico o melancólico. Hasta en los menores podemos observar el escepticismo, la desesperanza y el negativismo.

A modo de conclusión, quizás como defensa ante tanto perplejidad, desorientación, frustración, desencanto y alienación – así como buscando escapar de la sensación de vacío e inseguridad – nos hemos ido aislando socialmente y encerrándonos en nosotros mismos, volcándonos hacia unavida individualista, egocéntrica, hedonista y light, con valores permisivos y relativizados, donde nos damos permiso para dejarnos llevar por nuestros impulsos en una búsqueda incesante de logros e intensidad. En sus aspectos más exacerbados, nos hemos inclinado a la egolatría y al narcisismo.

Mi marido no me desea, pero para él todo está bien: ¿de quién es el problema?

Mi marido no me desea, pero para él todo está bien: ¿de quién es el problema?

Problema es…. cuando quiero solucionarlo (Álvaro Godoy H.)

Él me ama mucho, nos llevamos muy bien y queremos pasar juntos el resto de nuestra vida, pero … Antes hacíamos el amor todos los días y a veces más, pero ahora ……. Lo tenemos todo para ser felices, somos jóvenes, nos gustan nuestros trabajos, no tenemos apuros económicos ni otro tipo de preocupaciones, podemos viajar porque todavía no tenemos hijos, pero …. Todo bien, salvo que él no me desea y que no reconoce que tiene un problema, así que no quiere ir adonde un especialista.

 Si es la mujer quien nos viene a consultar porque considera que su pareja sufre de una seria disminución de deseo sexual: ¿de quién es el problema?

Esta pregunta que parece tan simple implica otra serie de interrogantes muy difíciles de responder respecto al deseo sexual humano: ¿qué es lo natural, cuánto es lo normal, quién está “mal” o “equivocado”; o bien, solo son diferencias en el grado de deseo sexual? ¿Cómo saber si se trata de DSH? y, de ser así, ¿cuáles serían sus causas?. La ausencia de deseo: ¿a cuál subtipo corresponde, se presenta ante cualquier mujer y en todo momento, inclusive cuando se masturba; o bien, aparece exclusivamente ante su pareja estable? ¿Acarrea consecuencias para el hombre y/o para ella y/o para la relación?. Aunque no haya deseo: ¿es conveniente ceder y cuánto en pro del otro o de la relación?. ¿Compete solo al varón o bien éste carga el síntoma de un sistema de pareja disfuncional y/o de un sistema sociocultural “disfuncional”?

Al final de cuentas: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de un problema, qué es un problema, tiene solución? Y, ¿de quién es el problema: del que consulta, de su pareja o de la relación? Más importante aún: ¿por qué él no consulta: porque NO lo vive como un problema (egosintónico) y/o cree que el problema lo tiene ella; o bien, siente que “algo anda mal” (egodistónico), pero no quiere reconocerlo ante ella? No admite que sea un problema, pero ¿SI quiere que algo cambie?. ¿Estima que su falta de deseo no afecta a la relación o teme por su futuro – justamente – si van a terapia? ¿Sospecha qué es lo que le (les) está pasando o realmente no sabe?

Y qué pasa con ella: ¿Considera que tiene la culpa y que es ella la que está fallando en algo; o bien, supone que el problema es sólo de él y que ella no ha influido ni en el desencadenamiento ni tampoco en la mantención del problema? Si fuese así: ¿está dispuesta a asistir a una terapia o solo lo haría para “ayudarlo” a él? ¿Y si es ella la que se niega a participar? ¿Se puede intervenir terapéuticamente si él o ella no asisten a las sesiones? ¿Quién es – por último – nuestro paciente: el que consulta, el que no asiste, la relación de pareja o los tres?

Las anteriores son solo algunas de las tantas complejas interrogantes cuyas respuestas, no solamente no pueden ser definitivas, sino que rebasarían los objetivos de este artículo. Cabe señalar que las dificultades asociadas al deseo sexual son uno de los dilemas más escurridizos y desafiantes para la sexología moderna, tanto respecto a su diagnóstico, etiología, terapéutica e incidencia como concerniente a su misma definición, coexistiendo diversas conceptualizaciones teóricas – con escasos datos científicos que las respalden – que generan diferentes interpretaciones acerca de la naturaleza del deseo sexual.

Una de las primeras preguntas que deberíamos contestar – en conjunto con los pacientes – es si se trata de una queja, de un problema o de una disfunción sexual. Si los inconvenientes son transientes, probablemente estemos ante una queja producto de alguna situación puntual, la cual comúnmente remite sin intervención terapéutica. Si, por el contrario, son de larga data y ambos concuerdan en que afectan a la relación, estaríamos ante un problema, dentro de los cuales el más común son aquellas discrepancias en el deseo sexual (discronaxias sexuales) que van más allá de los típicos altibajos propios de cualquier relación de largo plazo. En estos casos, podría ser recomendable una breve intervención terapéutica con la pareja.

Finalmente, las disfunciones sexuales serían más severas, indudablemente persistentes y cumplen con criterios diagnóstico preestablecidos, requiriendo frecuentemente algún tratamiento. No obstante, nos topamos con una serie de obstáculos que dificultan este proceso diagnóstico. En general, en el ámbito de la sexualidad, como toda conducta se produce dentro de un contexto y de un continuum, es muy engorroso delimitar lo que esnatural, normal o patológico, no existiendo ningún elemento aislado ni suficiente que lo defina como tal, sino que depende de la combinación de variadas condiciones de la persona y del sistema de pareja. Específicamente, concerniente al deseo sexual, dado su alta subjetividad coligada a la motivación y a otras emociones, dicha delimitación es aun más incierta y no se puede precisar un nivel universal estimado como «normal».

Si la conducta sexual humana representa una intrincada interacción entre factores biológicos, psicológicos, relacionales y socioculturales, una disfunción sería necesariamente un trastorno muy complejo y multicausado. En el caso de los desórdenes del deseo sexual, existe consenso en que su análisis y evaluación es más arduo que en las otras disfunciones, partiendo por las falencias en los criterios diagnósticos de los manuales de salud mental (DSM y CIE), cuyas imprecisiones solo permitirían un diagnóstico bastante arbitrario. Dichas falencias obstaculizan el distinguir entre una dificultad sexual menor manifestada por una persona individual como una queja y la presencia de problemas más serios asumidas como tal por la pareja.

Habitualmente, una disfunción sexual se determina de acuerdo con promedios estadísticos y evaluaciones subjetivas tanto de la persona supuestamente sintomática como de su pareja. En el DSM se define al DSH como una inhibición persistente y recurrente de la libido, ocasionando que disminuya la frecuencia de los encuentros sexuales. Empero, no se clarifica a qué se refieren con “persistente” o “recurrente” y tampoco toman en cuenta que se puede tener actividad sexual aunque no haya deseo.

En cuanto a lo subjetivo, tradicionalmente en el proceso diagnóstico se indaga si hay efectos sobre la relación de pareja y si el hombre vive su sexualidad como adecuada, suficiente y gratificante o si, por el contrario, se siente insatisfecho con su funcionamiento, quisiera tener más deseo pero no siente las ganas. En el fondo, si considera que “algo no anda bien” y quisiese que algo cambiase, entonces estaríamos ante un problema. En estos relativistas tiempos posmodernos lo “normal” o el “problema” es más provechoso que lo validen la o las personas subjetivamente, en vez de que sea una etiqueta impuesta desde afuera por un “experto”.

En aquellos casos en que el hombre insistiese en que, aunque reconoce su falta de deseo sexual, para él no es un problema y por tanto se niega a asistir a una terapia: ¿de quién es el problema?. Desde una mirada sistémica, quien se queja es quien tiene el problema y quien tendría que solucionarlo.

Ahora bien, si se ha concluido que estamos ante un problema, surge la siguiente interrogante: las dificultades sexuales son un problema de la persona individual o de la relación de pareja? Ya en los años setenta, uno de los tantos aportes de Masters y Johnson – padres de la sexología moderna – fue establecer que las disfunciones sexuales deben considerarse casi siempre como problemas de pareja.

Por último, ¿qué sucede si alguno de los dos no está dispuesto a participar en una terapia? Si consideramos que la pareja conforma un sistema, entonces cuando algo cambia en uno de sus miembros, inevitablemente influirá en el otro y, por ende, en la relación. Por lo tanto, aunque obviamente no sea la opción ideal, teóricamente es factible modificar el sistema mediante la intervención con uno solo de sus miembros.