por Ceppas | Dic 1, 2012 | Sexualidad |
A los sexólog@s nos asombra que, ya adentrados en el siglo XXI, algunas mujeres latinoamericanas todavía tengan prejuicios en contra de la masturbación femenina. Pero, por otro lado, también podemos observar como esta actitud se está modificando día a día a pasos agigantados y, probablemente, en la próxima década ya nos habremos acercado significativamente a lo que sucede en los países más desarrollados. En dichos países, la inmensa mayoría de las mujeres reconocen que la practican regularmente aunque tengan pareja y se la considera una útil herramienta terapéutica para las disfunciones sexuales femeninas desde hace muchas décadas atrás, fuera de los múltiples beneficios para la salud que se han ido descubriendo a lo largo del tiempo. Incluso la OMS (Organización Mundial de la Salud) ha declarado que la masturbación no causa ningún daño – ni físico ni psicológico – y promueve su uso.
Aunque se sabe que la masturbación ha existido desde siempre, en todo periodo histórico, en toda cultura, en toda clase social, a cualquiera edad, en ambos géneros y en los animales; continúa teniendo una mala reputación en nuestros países. Mientras que los hombres hablan sin tapujo de sus hábitos masturbatorios, para algunas mujeres – salvo para las más jóvenes – la masturbación continúa siendo un tema tabú y aún quedan resabios inexplicables de sentimientos de culpa o vergüenza.
En la clínica observamos que las pacientes reflejan una actitud ambivalente hacia esta práctica, a pesar de que no sean creyentes, que reconozca que no es perjudicial ni pecaminosa y que aporta una serie de ventajas para la salud – tanto física como psicológica – la aceptan a un nivel teórico pero la rechazan en sus vidas, sin ni siquiera saber por qué, aduciendo una vaga incomodidad o por ser algo “sucio”. Esta actitud negativa es mucho más común en casos de disfunciones sexuales, en comparación a cuando se consulta por problemas en otras áreas de la relación de pareja. Pero, lo que más nos llama la atención a los profesionales es que aquellas mujeres cuyas parejas sufren de bajo deseo sexual (Deseo Sexual Hipoactivo), son las más renuentes a masturbarse, debido a lo cual el hombre se siente el único responsable de su satisfacción sexual.
De modo similar, pareciera que en algún@s terapeutas sexuales también reinan los prejuicios, puesto que ell@s dan por supuesto que el hombre practica la masturbación habitualmente; en cambio, a la mujer le preguntan si lo hace o si lo ha hecho alguna vez. Es así como a la sexología le tomó su tiempo incorporarla como una técnica terapéutica indispensable. No obstante, ya a partir del comienzo del siglo XX, los psiquiatras, psicólogos y sexólogos empiezan a incluirla como tal y desde hace ya más de tres décadas que cada vez más especialistas la utilizan habitualmente en los tratamientos de las disfunciones sexuales femeninas. Más aún, hoy en día se suele recurrir también al uso de las TIC (tecnologías de la información y la comunicación) a modo de material erótico para estimular el deseo y las fantasías sexuales. Recordemos que el principal órgano sexual de la mujer es la mente.
Desde la antropóloga Margaret Mead hasta los padres de la sexología moderna Masters y Johnson, pasando por Kinsey, han señalado una marcada asociación entre la masturbación femenina y la capacidad orgásmica. También descubrieron que la mayoría de las mujeres que nunca se han autoestimulado no alcanzaban el orgasmo con su pareja y agregaron que aquellas que no se masturban tienen una personalidad más inmadura que las que sí lo hacen. Consecuentemente, hoy en día, la medicina, la psicología y la psiquiatría consideran que la masturbación es beneficiosa para el ser humano, para su sexualidad individual y para el desempeño sexual con su pareja. Pero, además, cuando el hombre sabe que ella también puede lograr el orgasmo sin su ayuda, les alivia la presión por su propio desempeño, algo fundamental en los casos de disfunción eréctil, eyaculación precoz y, en especial, de deseo sexual hipoactivo selectivo. En las últimas décadas, l@s sexólog@s han insistido en que las mujeres deben asumir la responsabilidad por su propio placer sexual, tanto de manera individual como cuando hacen el amor con su pareja.
Paralelamente a estos cambios de actitud se han ido enumerando una serie de importantes dividendos derivados de una práctica regular y frecuente de la masturbación femenina, independientemente de si se lleva también una satisfactoria vida sexual con el compañero. En efecto, los investigadores han descubierto que aquellas mujeres que tienen más relaciones sexuales al mes son asimismo las que más se masturban, lo cual corrobora la ley de Fisher que dice: mientras más sexo le damos a nuestro cuerpo, más sexo nos pide nuestro cuerpo.
Entre los numerosos beneficios que se han encontrado en estudios e investigaciones se pueden señalar:
Fundamental para el desarrollo psicosexual, ya que posibilita que la mujer se conozca a sí misma, valore sus genitales, amplíe su repertorio sexual y descubra cómo funciona mejor su cuerpo, cuáles son las zonas y las formas que más les produce placer
Conservar incorporado el sexo a la vida cotidiana y mantener todo el sistema sexual funcionando adecuadamente, especialmente la lubricación vaginal y la capacidad orgásmica; gracias a lo cual aumenta la posibilidad de alargar – hasta el final de la vida – una satisfactoria actividad sexual
Aprender a soltarse física, mental y emocionalmente, liberándose de prejuicios y abandonándose al propio placer. Es fuente de creatividad y de enriquecimiento de la vida interior al conducir a elaborar fantasías sexuales, indispensables en el orgasmo femenino
Permite un aprendizaje de la respuesta sexual en un ambiente relajado, donde no hay que estar pendiente de la pareja y sin la presión de tener que ejercer un buen desempeño
Aumentar la probabilidad de alcanzar el orgasmo con la pareja en la medida que la mujer puede transmitirle mejor a su pareja lo que ha aprendido a solas
Confiar en que puede también gozar sexualmente, independientemente del coito y de su pareja, lo cual ayuda a que ella asuma su responsabilidad individual en el propio placer sexual.
Aliviarle al hombre la presión que siente ante el “deber” de satisfacer sexualmente a su mujer, con lo que estará menos tenso respecto a su propio desempeño sexual
Posibilita relajarse y liberar tensiones tanto sexuales, como fisiológicas (tensión menstrual y congestión pelviana) y psicológicas. Produce analgesia (bloquea dolores) y activa los mecanismos biológicos que combaten el estrés al liberar endorfinas y oxitocina
Es un ejercicio que tonifica los músculos y tiene efectos de embellecimiento al disminuir la grasa corporal, mejorar el pelo, la piel y la visión. Previene enfermedades al favorecer el sistema inmune, equilibrar el metabolismo, estabilizar la glucosa, reducir la presión arterial, mejorar los niveles de insulina, los parámetros hormonales y la circulación
Por otra parte, existen muchas maneras de masturbarse, entre las cuales cada mujer encuentra su modo muy particular de hacerlo, siendo todas ellas apropiadas. Algunas de las formas más comunes de practicarla son: estimulación de la zona clitórico/vulvar con la mano, descansando el cuerpo boca arriba o boca abajo; presionando y comprimiendo la zona clitórico/vulvar contra un objeto blando; apretando los muslos rítmicamente estando sentada, tendida o descansando sobre un costado; estimulación con agua en la zona clitórico/vulvar; inserción vaginal de un vibrador u de otros elementos.
En conclusión, la masturbación femenina – habitual y frecuente – no sólo es una práctica que no acarrea ninguna consecuencia negativa, sino que le aporta a la mujer una serie de beneficios y ventajas, especialmente para su salud y para la vida sexual con su compañero.
por Ceppas | Nov 2, 2012 | Sexualidad |
Seguramente todos ustedes – o sus parejas – han tenido alguna vez algún problema en el área sexual y se habrán preguntado si ameritaría consultar con un especialista. Cualquier conclusión a la que arribemos va a depender de lo que cada uno de nosotros entienda por “sexualidad normal”, lo que – a su vez – dependerá de quiénes somos y dentro de cuál contexto sociocultural nos movemos. Cada vez que nosotros – en nuestra condición de seres humanos – emitimos un juicio acerca de la anormalidad, deberíamos aclarar “desde dónde” vamos a evaluar una determinada conducta (u omisión de esta). Y, la respuesta que nos demos puede afectar – obviamente – a nuestra vida de pareja. Personalmente, nosotros estamos convencidos de que la interpretación que hagamos de los hechos es más importante que los hechos en sí mismos. Así es como vemos que algunas parejas llegan a consultar porque, aunque sea solo “a veces”, no funcionan sexualmente “tan bien”.
Tengan presente que, si prestamos demasiado oído a lo que dice la gente, podríamos concluir – erróneamente – que no somos “normales” o que nuestra pareja no lo es. Sin darnos cuenta estaríamos basándonos en comparaciones con estándares no realistas o, simplemente, en las mentiras que a menudo cuentan los otros acerca de su supuesta maravillosa vida sexual. Así que ¿cómo saber si lo que nos ocurre es realmente un problema? ¿Cómo saber si solamente estamos viviendo cambios en nuestra relación de pareja y/o en nuestra sexualidad que son propios de nuestra naturaleza humana, de nuestros procesos evolutivos normales o de nuestros límites personales?. Quizás lo único que sí sabemos – dejándonos perplejos y preocupados – es que ya no todo es como era antes y que ya no sentimos esa satisfacción subjetiva de otrora.
Pero, al final de cuentas: ¿qué es lo normal en el área sexual?. Intentar responder esta interrogante es uno de los temas más peliagudos para la psicología clínica en general y, lo es más aún, en este campo tan subjetivo que es la sexología. Como en nuestra evaluación de la sexualidad entran en juego desde políticas socio-económicas hasta la moralidad, pasando por las modas y lo políticamente correcto, se tiende definir la anormalidad mediante la combinación de varias normas, donde es imprescindible incorporar el contexto vital y factores individuales tales como edad, estado civil, status de pareja, estado de salud, educación, cultura, sociedad, raza, nacionalidad y medio ambiente en que se desenvuelve.
Sin embargo, a pesar de estas ambigüedades, existen ciertos criterios diagnósticos que sí son lo bastante útiles como para servirnos de referencia. En la sexología actual se considera normal aquello que sea conducente al goce sexual con miembros de la misma especie, dentro de los límites culturales del marco antropológico y que no sea dañino ni para nosotros ni para los otros. Se apunta a un modo de relacionarnos – entre adultos – que no nos haya sido impuesto, donde no haya mediado la violencia ni forma alguna de sometimiento o daño físico o mental, sino que – como cualquier otro acto libre – haya ocurrido con el total consentimiento de los participantes y que, en lo posible, haya sido satisfactorio.
Según nuestra visión, aquello que se conoce como lo no-natural, lo anormal, lo disfuncional o lo patológico son definiciones que – si bien pueden parecer análogas – hablan de parámetros distintos que apuntan a magnitudes diferentes. Es por ello que hemos elaborado una suerte de continuum imaginario, donde en uno de sus polos hemos colocado lo que denominamos como una “queja”, que indicaría el primer atisbo de una inconsistencia entre nuestras expectativas y lo que estamos experimentado. Por ejemplo, no sentir tanto placer como el esperado o no obtener la frecuencia sexual deseada. Una queja aparecería de forma puntual y sólo alteraría muy acotadamente la sensación de bienestar subjetivo. Suelen ser cuasi universales y consisten en inconvenientes menores, por lo que frecuentemente son fenómenos transitorios o pasajeros que no ameritan consultar, salvo que se compliquen y se extiendan demasiado en el tiempo.
A continuación vendría lo que hemos llamado una “dificultad”. Este nuevo grado se refiere a una pauta que perdura en términos relativos y que va más allá de los típicos altibajos propios de cualquier relación, por lo que conlleva una mayor sensación de malestar subjetivo. No obstante, esta dificultad no alcanza a alterar mayormente la convivencia, sino que se presenta como un malestar. Por ejemplo, que uno de los miembros de la pareja insista en querer tener relaciones sexuales a una hora o lugar determinados; o bien, que evite casi siempre los besos eróticos. Salvo excepciones, estos casos generalmente tampoco requieren terapia sexual, aunque a veces sí una acotada intervención en la relación de pareja.
El grado siguiente representa un salto cualitativo, ya que se trata de una disfunción sexual propiamente tal. Al hablar de “disfunción erótica”– como se las menciona más recientemente – estamos entrando derechamente en otro marco de referencia, donde se evalúa de acuerdo a ciertos criterios diagnósticos preestablecidos. Aunque no existen definiciones plenamente aceptadas por la mayoría de los especialistas, se suele describirlas como problemas de funcionamiento de índole muy diversa – entre los que se incluyen aspectos fisiológicos, cognitivos, afectivos o motores – que son recurrentes y persistentes (de una duración de al menos seis meses), los que se presentan en una o en varias fases del ciclo de la Respuesta Sexual Humana (la del Deseo, de la Excitación y la Orgásmica) al mismo tiempo.
Estos trastornos nos dificultan o incluso nos impiden disfrutar de la actividad sexual del modo en que quisiéramos – no nos estamos refiriendo sólo al coito – por lo que no logramos una satisfacción objetiva o bien subjetiva. Se trata de situaciones o vivencias más evidentes y continuas de malestar, las que han motivado a que los afectados hayan buscado – infructuosamente – maneras de resolverlo. En estos casos sí sería conveniente consultar con un especialista que no solamente sea sexólogo sino que también terapeuta de pareja.
Las disfunciones sexuales más frecuentes en las mujeres son la anorgasmia (antigua frigidez), el deseo sexual hipoactivo, la dispareunia (dolor en el coito) y el vaginismo. En los hombres son cada vez más frecuentes y serían: deseo sexual hipoactivo, eyaculación precoz, disfunción eréctil (antigua impotencia), dispareunia y eyaculación retardada. Cada una de ellas puede clasificarse de acuerdo con tres grandes categorías: cronología, intensidad y contexto. Cronológicamente hablando, algunas se manifiestan al comienzo de nuestra vida sexual (primarias) o después de haberse funcionado bien por años (secundarias); y, pueden surgir paulatina o súbitamente. En cuanto a la intensidad, la disfunción puede ocasionarnos una incapacidad total o bien una parcial (a veces podemos funcionar normalmente o con una cierta dificultad). Concerniente al contexto, algunas se presentan en toda ocasión y ante cualquier persona (generalizadas) o solamente en determinadas circunstancias (situacionales) o con determinadas personas (selectivas).
Los casos que más consultan actualmente son aquellas disfunciones para las cuales hemos acuñado el nombre de “selectivas-relacionales”. Consiste en hombres o mujeres que han funcionado bien por largo tiempo y en quienes permanece intacta la actividad masturbatoria; sin embargo, al intentar mantener alguna actividad sexual con la pareja estable a quien aman, el funcionamiento falla, ya sea total o parcialmente. Ambos miembros de la pareja perciben la disfunción sexual como un entrampe que – cualitativamente – altera visiblemente su vida o algún aspecto importante de la misma. Especialmente cuando se trata de un trastorno selectivo-relacional, el terapeuta debe ser sexólogo y terapeuta de parejas.
por Ceppas | Oct 30, 2012 | Separación |
Los hijos tienden naturalmente a sentir que deben ponerse de parte de alguno de los padres. Esto ocurre no sólo en situaciones de separación; en toda familia existe lo que en terapia familiar llamamos alianzas y coaliciones familiares. Éstas no necesariamente van a ser alineaciones disfuncionales, sino que forman parte natural del desarrollo de toda familia.
Toda relación familiar es compleja, pues tal como existen muchas combinaciones de cualidades de relación entre hermanos y entre éstos y los padres, lo que puede ocurrir en una separación, es la exacerbación de estas alianzas previamente existentes. Sin embargo, más que preferencias o alianzas, podrían generarse una coparticipación de los hijos en contra de uno de los padres. Los hijos que han considerado que el padre que se va es una víctima de la madre, tienden a ser silenciosos o expresos “enemigos” del progenitor que se queda. Especialmente, los hijos mayores, muestran este fenómeno de forma abierta, lo que de una u otra manera comienza a establecer una dinámica de guerra, muchas veces en forma de desobediencia o franca rabia. Los hijos pueden llegar incluso a juzgar a sus propios padres. Y, son los padres quienes, de alguna manera, les dan este sitial.
Aquí es donde debemos poner atención a las lealtades que se comienzan a establecer. Hay que partir con el supuesto que van a expresarse de todas maneras, no importando la edad de los hijos. Es parte de toda vida familiar el tomar parte en torno a los conflictos, por lo que, como siempre expresan los terapeutas familiares, es importante aceptarlos, visualizarlos y conversarlos, en vez de callarlos.
Los adultos tienden a sentir que es injusto que alguno de los hijos encuentre razón a la pena o quejas de la ex pareja, sin embargo, es importante no enganchar en esto, pues si dejamos que esto nos impacte, podríamos intentar “justificar” nuestros actos y dar mucha más información de la intimidad de la separación de la que es sano decir.
No hay razones “intelectuales” en esta decisión de los hijos de apoyar a un padre, sino razones “emocionales”. Ellos no saben lo que sucede, y menos saben lo que sentimos o sentíamos durante los meses o años de crisis de pareja; ni tampoco podrán entenderlo (pues forman parte de lo ocurrido). Nuestros hijos “creen” que deberían apoyarnos o defendernos, pues pareciera que los “necesitamos” en esta lucha. Pero nosotros, los adultos, sabemos que podemos enfrentar esta situación SIN ellos. Para recibir ayuda tenemos a la familia de origen o extensa, los amigos y los profesionales (desde consejeros hasta psiquiatras o psicólogos).
Generalmente, la lealtad de los hijos tiende a colocarse en el padre que sufre más expresamente. Aún cuando estemos muy mal, deprimidos o más gravemente afectados, los hijos no van a ser capaces de contenernos de la manera que necesitamos. Desde ahí, ellos tenderán a culpar al padre que se va o haya decidido la separación, pues sería quien “provoca este sufrimiento”. Y, nosotros los adultos, sabemos que esto no es así, la mayoría de las veces. En este caso, los hijos no sólo sufren porque ven a un padre vulnerable e incluso vitalmente frágil, sino además se quedan sin el otro, pues expresan su defensa y lealtad, como alejamiento y rechazo. Al fin del día, se quedan solos.
Puede ocurrir que uno de los padres sienta algún grado de culpa al estar deprimidos o mal, pues los hijos reaccionan naturalmente a esto; pero, esto no es así. Uno tiene derecho a estar mal, y a expresarlo, pero puede solicitar la ayuda pertinente y dejarlos expresamente fuera del propio dolor. Se puede expresar de esta manera: “Hijos, Uds. no pueden hacer nada”, “voy al psicólogo, no se preocupen que voy a estar bien”, aunque sean frases de la boca para afuera, son palabras que protegen.
Como diría alguien, el mundo donde los ex’s son capaces de hacerse cargo de sí mismos y dejar fuera a los hijos de una ruptura matrimonial, prácticamente no existe. Y, es verdad. Lo que muchas veces ocurre es que los hijos se ven atrapados en todo esto, a veces como verdaderas armas de guerra. La lealtades se hacen carne en abiertos ires y venires de la casa del padre a la de la madre o viceversa, traspasos de información de la vida privada de ambos, recriminaciones y alejamiento. Los padres, efectivamente, pueden usar a sus hijos como vehículo de su rabia, decepción o frustración, y además de muy diversas maneras. Cambiar horarios al antojo, no dar ninguna seguridad de donde van a estar o con quien, decirle a los hijos odiosamente que su ex es un “enfermo” o es “malo”, para que los hijos se alejen; no permitir la comunicación entre ellos, tratarlos de “traidores” si quieren ver al otro padre, alejarse de ellos si le muestran afecto, etc. Y, aunque hay veces que efectivamente un padre puede ser muy neurótico o algo peor, al final del camino, va a ser tarea de los hijos descubrirlo.
Chantajear o manipular a un ex es fácil. Sólo es necesario saber donde a ella o él le duele en lo referente a los hijos, amenazarla con develar o inventar algo que los vuelva en su contra, y así doblegar su voluntad. Aunque parezca horrible como lo expresamos, ocurre, y más de lo que creemos. Ahora, antes de continuar quisiéramos mostrar lo siguiente: si en algo nos importan nuestros hijos, su salud mental a largo plazo, hay que detenerse un momento. Hoy quizás parezca que no es nocivo, o que “naturalmente” esto puede ocurrir, sin embargo, el dolor mantenido en el tiempo puede modificar sus conductas, formas de ver la vida y las relaciones. Y, sin duda alguna, va a determinar la relación que van a tener con sus padres, como por ejemplo, pueden terminar rechazando al padre que chantajea. Todo se sabe en esta vida, todo dolor se expresa de una u otra manera. Cuando se habla livianamente que los hijos de padres separados – por definición – tendrán problemas psicológicos a futuro, no estamos haciendo un juicio justo acerca de lo que realmente sucede. Son aquellos hijos “triangulados”, confundidos en esta guerra, alejados emocional o físicamente de uno de los padres los que “reclaman” en sus dificultades vitales el haber sido expuestos de esta forma tan dolorosa a un conflicto de adultos. Si no nos importa que esto ocurra más adelante con nuestros hijos, sólo porque tenemos rabia o frustración, podemos estar frente a un problema personal mayor. Y, a esto hay que poner atención, seas el afectado o quien observa a un cercano en esta conducta. Los padres separados que han logrado mantener al margen a los hijos en el proceso de separación, los han cuidado evitando darles información, etc., en general, observan como sus hijos pueden adaptarse más fácilmente a los cambios, sin posteriores consecuencias conductuales y/o emocionales. A pesar de que no han podido evitarles el dolor fundamental: no poder tenerlos juntos.
Estar en esta confusión también puede llevar al desarrollo de ciertas conductas en torno a los padres. La llamada “manipulación” de los hijos no es un mero aprovechamiento de la situación, es mucho más que eso. Devela un malestar mayor, una necesidad de recuperar el control de la propia vida cuando no hay nadie quien contenga o proteja. Esta forma de mirar surge de la experiencia clínica, donde en ciertos casos ha resultado de esta manera; es una forma de ver y no de culpar en forma facilista. Es común escuchar en estos hijos (los que son armas o parte de la guerra de sus padres) lo desprotegidos que se sienten. Sus padres se han debilitado, se vuelven reactivos a las agresiones y se olvidan de aquello que es por “el bien de ellos”, se enfrascan en sus propias miserias, y por lo tanto, parecen padres ausentes. Y, alguien debe tomar el control, decir algo. Tal cual como ven manipulaciones, ellos, desde sus propias vivencias como parte de este puzzle, actúan en consonancia para reordenar el mundo a su manera, de forma egocéntrica, quizás, manipulando.
Este llamado de atención es para todos, desde una responsabilidad parental y social. Sin embargo, en esto quisiéramos ser enfáticos: los padres no son culpables, pero sí responsables.
Para esta pareja de padres, lidiar con el propio dolor y todos los costos de una separación puede parecer demasiado como para tener la suficiente energía para enfrentar todo lo demás. Es cierto, es muchísimo. Pero, nunca olviden, Uds. son los ADULTOS en esta historia y siempre va a ser posible pedir ayuda a otro adulto.
por Ceppas | Oct 1, 2012 | Separación |
Definitivamente, es lo primero que aparece en nuestra mente. Fracasé. No fui capaz de mantener una relación como se supone que tiene que ser: para toda la vida. Esta sensación de fracaso puede inundar todas nuestras vivencias, incluso ensombrecer nuestros éxitos en otros ámbitos. Pero, ¿se trata de que una relación de pareja sea una empresa que busca ser exitosa? ¿Estar juntos para toda la vida es sinónimo de éxito? Aquí, cabe ponernos a pensar si es que aventurarnos a formar pareja sería casi como iniciar una maratón, a ver si completamos los 42 km. Sin llegar cansados, obviamente.
En mi experiencia clínica, me he encontrado la mayoría de las veces, que al separarse, muchos se sienten fracasados, como si efectivamente no hubiesen podido llegar a la meta que debían. ¿La relación de pareja es un camino o un objetivo?
Por un lado, esto puede tener que ver con las expectativas sociales, aquel campo que cada día nos exige más y más de nuestro ser humanos. Hombres y mujeres buscan muchas veces, en la vida de pareja, una personal salvación. Una gran parte de nuestra sociedad cree que una relación de pareja puede sanarnos de nuestras propias vivencias de abandono y tristeza, y así, las expectativas en la relación pueden subir de manera incontrolable, hasta llegar al “y fueron felices para siempre”. Sentimos que, en el deber de “darnos felicidad”, tenemos incluso que “borrarnos a nosotros mismos”. Debemos hacer feliz al otro. Y, obviamente, el otro nos debe hacer felices también. Claro, para eso somos pareja. De ahí en adelante, las frustraciones naturales ante una expectativa inalcanzable aparecen una y otra vez, dejando a mujeres y hombres absolutamente perplejos: “esto no es lo que yo quería”. Y, como no se consigue la tan ansiada recompensa del amor, no hay sino que decir que fracasamos en esta empresa. ¿Pero, realmente es ese el fin de una relación de pareja?
A veces, pareciera difícil creer que en cada relación ocurren un sin fin de desencuentros absolutamente naturales, de dolores que se repiten una y otra vez y, al mismo tiempo, también creer que eso no es un fracaso. Resultaría obvio que el lector dijera que estoy absolutamente equivocado, que existen las parejas exitosas. ¿Qué hace que una pareja sea exitosa? ¿aquella que no pelea? ¿Aquella que nunca se distancia? ¿Aquella que es capaz de hablar de todo tranquilamente? ¿O será la pareja que discute y sufre continuamente pero, sin separarse? Yo no creo que una pareja que sigue junta sólo por estarlo, sea una pareja exitosa. Hay muchos factores que influyen en el bienestar de los miembros de la pareja cuando están juntos.
Aquí, podríamos extendernos más allá de los límites de este artículo, ya que sostengo que cada pareja puede generar su propia definición de éxito. Sacudámonos de los cánones de normalidad que nos da la cultura y la sociedad. Para mi, y desde las enseñanzas de Maturana, YO defino que es normal, exitoso o aceptable. Y en cuanto a pareja, es el acuerdo para ellos que es una pareja normal. Y pueden haber tantas versiones como parejas existan y no hay nada malo en ello.
Pero, ¿por qué separarse tiende a ser visto como un fracaso? Primero, y como razón general, es que sienten que no han logrado superar un problema. Y en segundo término, y no es para nada menor, que el proyecto de pareja y familia que habían construido con los años, desaparece. Como clínico he tenido, con los años, una perspectiva diferente, no sólo porque creo que los problemas de pareja pueden manejarse – en especial cuando ambos son capaces de sostener un compromiso a pesar de los problemas – sino que al momento de separarse no necesariamente se diluye el proyecto de familia. Eso depende de cómo van a tomar la disolución de la pareja: en una revancha, un rechazo profundo o en la aceptación de que ya no es posible vivir juntos.
El fracaso es vivido como una falencia, una autoculpabilidad, una sensación de no haber cumplido lo esperado o sencillamente una gran frustración vivida a propósito del incumplimiento del otro . Pero, ¿quién es el culpable de este “fracaso”? Ninguno y ambos. Nunca olvidemos nuestra co-responsabilidad en nuestras historias de pareja.
Quiero hacerles notar que no he visto que las parejas que se separan queden congeladas en el tiempo, sino que de una u otra manera siguen adelante, con pena, rabia o frustración, pero siguen sus vidas. Algunos demoran más, otros menos, pues la vida se las arregla para empujarnos hacia el crecimiento.
Para mi, una separación no es un fracaso, sino el fin de un proyecto (sin apellido), de los tantos que podemos tener en la vida. Y, no lo digo desafectadamente, sino en la certeza que he visto a muchas personas a mi alrededor construir buenas y mejores empresas que las que tuvieron inicialmente, y en especial, aquellas que han aprendido de sí mismos, y conocen de su participación en el fin de su relación de pareja.
por Ceppas | Sep 12, 2012 | Separación |
Una de las partes más complejas, en los momentos de crisis es poder identificar cuando es momento de separarse. Suele ser más fácil cuando hay una evidente trasgresión a los acuerdos fundamentales de la relación, como infidelidades repetidas o una deslealtad mayor, si es que ya se habían advertido las consecuencias a estas faltas. Y, aún así, podemos tener dudas ya que sentimos que todavía amamos a nuestra pareja o nos da miedo enfrentar una vida sin el otro.
Es también complejo cuando existe un problema enquistado hace años y ya han pasado por muchos momentos de crisis por esa razón, pues a veces es difícil colocar el límite del “hasta cuando”. Algunos pueden tener una cierta tendencia de carácter muy resistente al malestar y pueden sentir que son capaces de tolerar hasta lo indecible. Pero, todo tiene un límite.
Cuando nos encontramos en la situación de que, en una crisis de pareja, comienzan a aparecer escaladas cada vez más intensas en las peleas o sencillamente están tan distanciados que no se están sintiendo en lo absoluto escuchados, el primer paso es ir informando al otro, comunicándole clara y directamente, que uno está mal en esta situación. Es decir, ya no se trata de culpabilizarlo, de responsabilizarlo de que la situación se está volviendo insostenible, sino plantearle que es tal su malestar, que está repercutiendo en su ánimo y en el deseo de seguir con la relación. Este proceso, siempre es sugerible comunicarlo de manera pausada, pero sostenidamente en el tiempo. Si el otro no reacciona, por que no puede o no quiere, sin duda llega el momento de dar un nuevo paso en este proceso.
La idea de separarse puede estar presentándose una y otra vez de manera intermitente durante los momentos críticos en una pareja, sin embargo, ésta puede aparecer como una sensación donde no hay certezas; más bien, surge como una necesidad de huída de una situación vivida como insostenible. Hay que poner atención a estos saltos emocionales. Si comunicamos que queremos separarnos cuando tenemos rabia o queremos huir, y al día siguiente nos arrepentimos y le decimos cuánto la/le amamos, podemos generar una gran confusión. A veces esto agrava las crisis, ya que el otro puede sentirse manipulado.
Suele parecer más claro cuando esta idea es consistente en el tiempo, todos los días por al menos 4 meses. Sin embargo, siempre es bueno hacer un segundo movimiento antes de comenzar a pensar seriamente en la separación misma. Es muy importante advertir al otro que si la situación sigue así, puede devenir en la decisión de ella o él de separarse. Y, esto es más efectivo cuando no están en medio de una pelea, sino en una conversación calma y seria.
En mi experiencia clínica, este tipo de acciones genera espacios de cambio, aún cuando no necesariamente se resuelve la conflictiva; quizás, éste movimiento abre posibilidades que – aunque puedan ser mínimas – dan pie a conversaciones o reacciones esperanzadoras. En esta situación hay que estar atentos a recibir los signos de una posibilidad de reorganización de pareja. Si aún no han asistido a Terapia, bueno, este es el momento, ya que hay mayor disposición en ambos a escucharse y sacar algo en limpio.
Si aún en la advertencia, la situación no cambia, es sugerible replegarse y volver a pensar en la separación, pero, aún queda un último movimiento.
Aunque pareciera que ya no hay nada que hacer, existe la posibilidad de transmitir la urgencia de cambio a través de otros canales. También, es posible sugerir un distanciamiento más claro, a nivel no verbal, pero sin dejar el hogar que comparten. Por ejemplo, separarse de camas, es decir, dormir en distintos dormitorios, el cese de conversaciones acerca de la relación, pero en un marco de cordialidad-distante, funcionando “como si” estuvieran separados, etc. En mi experiencia y la de Alejandra Godoy, nos hemos percatado que las “separaciones de prueba” fuera del hogar no resuelven nada, sino que complican más la crisis. Muchos me comentan que, al separase por un tiempo, pueden volver a “sentir que extrañan al otro” y que con eso se van a reencantar. Lo que he observado es más bien un cambio momentáneo de emoción, pero sin un contenido a la base, sólo postergando la crisis. Esta emoción suele disolverse con mucha facilidad. Además, debo comentar que considero que, cuando uno deja el hogar, esta acción es percibida como una reacción muy fuerte ante una crisis, lo que puede – posteriormente – generar desconfianza y miedo. Si aún así y sin terapia de por medio, no hay una disposición a abordar los problemas que tienen, estaríamos ad-portas de una separación. Sin embargo, el siguiente paso es una reflexión personal, a solas.
Como lo dije en otro artículo, tomar la decisión de separarse debiese ser una decisión informada; es decir, es muy importante saber cuales son las razones de porqué le voy a plantear a mi pareja que la relación va a terminar. Si escribir una lista de razones es necesario para visualizar el escenario de la crisis, háganlo. No sólo porque la pareja tiene todo el derecho a saber porqué la vida de ambos va a cambiar, sino como parte del inicio de la reflexión acerca de que fue lo que no funcionó. La culpa y la incomprensión son parte de estos eventos vitales y es justamente esta organización mental la que puede despejar de buena manera los excesos de “culpa y recriminación”.
Puede parecer que esta forma da pie a que se descalifiquen nuestras razones para separarnos, sin embargo, hay siempre que tener claro que aún cuando se nos prometa el oro y el moro, decir “me separo” se instala como un límite absoluto donde no hay más oportunidades, ya que uno siente que FUE SUFICIENTE. Ya no más intentos. Y esa es una decisión subjetiva que no admite cuestionamientos. Las razones no están en el mismo campo que las emociones. La disposición a actuar de cierta manera da un marco único posible para responder a ciertas expectativas y no otras. Es decir, muchas parejas pueden acceder a reintentarlo, pero su emoción, de frustración por ejemplo, se mantiene inamovible y no le permite recibir absolutamente nada de las muestras de cambio del otro. Es así como se mantiene una sensación continua de que todos los esfuerzos son inútiles. Y es cierto, se requiere de un fuerte cambio de emoción para permitir una apertura al otro después de una crisis. Pero, ¿Y si aún lo/a amo? Muchas veces se habla que el amor no es suficiente para sostener una relación, pero hay que entender por qué.
Si aún están pensando si deben separarse o no, les sugiero que lean “Las preguntas que hay que responder antes de separarse”
Suerte!
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