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Escúchame, quiero decirte algo

Escúchame, quiero decirte algo

Atiéndeme, quiero decirte algo
que quizá no esperes, doloroso tal vez
Escúchame, que aunque me duela el alma
yo necesito hablarte, y así lo haré.

Pedro Junco

“Mi pareja no me escucha” es una de las quejas más frecuentes en el coaching de pareja y a veces es el presagio de que algo anda muy mal en la relación. Con el tiempo, él o ella se cansa de intentar hacerse escuchar, prefieren callar y entonces, un día pasa un ángel…quizás ese ángel del que habla Silvio Rodríguez: Ángel para un final.

Emilio es colombiano, llegó a mi consulta por un tema laboral. Se vino a Chile contratado por una empresa chilena, (no había mucho trabajo en su país) pero no le estaba yendo muy bien en su nuevo trabajo. Su jefe directo le dio un feedback muy duro respecto de sus habilidades comunicacionales y temía que lo echaran. Cuando detectamos que su problema no estaba en su oratoria si no en su capacidad de escucha, me confesó con un fuerte sentido de injusticia: “mi pareja me dice lo mismo.”

La llamada Escucha Activa es una de las habilidades más valoradas actualmente en las organizaciones y el mejor predictor de éxito en el matrimonio. Todos sabemos lo importante que es. Sin embargo, es probable que más de alguna vez hayan sido acusados injustamente de no “no estar escuchando”. A su vez, también han sentido esa desagradable sensación de no sentirnos escuchados por el otro.

¿De qué estamos hablando cuando decimos que no somos escuchados?

Emilio me contaba que no lograba darse a entender con los demás gerentes en las presentaciones. El pensaba que se trataba de un tema cultural, pero yo sospechaba que detrás de su estilo de influencia había otro problema. Le propuse practicar su capacidad de escucha con su pareja. Patricia se había venido a Chile siguiéndolo, pero desde hace tiempo ya que estaban distanciados y casi no hacían el amor. Ella declaraba sentirse sola y no escuchada por Emilio.

Le pedí a Patricia que le contara a Emilio alguna preocupación que la aquejaba y allí pudimos entender de qué estaba hecho el equívoco. Emilio, al cabo de un rato dejaba de mirarla, se concentraba en el problema que le contaba Patricia y en medio de la narración la interrumpía para hacerle ver sus errores y decirle lo que tenía que hacer. Además, para ilustrar su idea se ponía hablar de ejemplos donde EL había resuelto un problema similar. En la cara de Emilia se podía ver evidente su frustración y desaliento. A pesar de los esfuerzos su pareja por ayudarla (Emilio en verdad la había escuchado), claramente Patricia no se estaba sintiendo escuchada.

Nos pusimos de acuerdo entonces en una distinción: una cosa es la capacidad de ESCUCHAR y otra la habilidad para lograr que el otro SE SIENTA ESCUCHADO.

¿Dónde reside la escucha?

Claudia es gerente de Recursos Humanos, muy orientada a los resultados y con una capacidad de aprendizaje como fortaleza. Estaba muy disgustada por los resultados en su área, algunas personas claves habían renunciado y eso era muy mal visto por sus pares. Tratándose justamente del área que lidera el tema del “clima laboral”, no era admisible. Ella misma pidió una evaluación 360 (donde opinan sus colaboradores, pares y su jefe). Una de las oportunidades de mejora que más se repetía en el informe era: “necesita aprender a escuchar más”. “Eso no es verdad”- se defendió en su primera sesión de coaching- “yo los escucho muy bien, incluso se los he probado repitiendo textualmente todo lo que acaban de decirme”.

Escuchar es una actividad que todos realizamos pero que nadie, que no sea uno mismo, puede dar fe de ella, porque es una actividad interna y subjetiva. Sin embargo se la trata como si fuera una capacidad física tangible y observable, como saber manejar un auto o calcular una formula. Incluso en las empresas se la mide como si fuera una sustancia que algunos ejecutivos poseen en mayor menor cantidad (como quien mide la bencina de un auto). Y nos ha tocado ver muchas veces que estos se esfuerzan en vano en poner mucha atención para aumentar su capacidad de escucha. (1) Por el contrario, aquí quiero proponer que “saber escuchar” es un atributo que no puede calificar o evaluar el que escucha, si no el que necesita ser escuchado. Al igual que la belleza, está en los ojos del observador.

La habilidad que podemos practicar entonces no es escuchar más, sino más bien lograr que el otro se sienta escuchado.

Con Emilio simulamos y ensayamos sus próximas presentaciones y detectamos que no parecía reparar en las preguntas que yo le hacía, seguía con discurso como si no hubiera hablado, sin embargo cuando le preguntaba era capaz de repetir fielmente lo que yo había dicho. Le pasaba lo mismo que con su pareja; no demostraba haber escuchado lo que había escuchado.

Demostrar escucha no se trata de repetir literalmente lo que el otro dijo. Eso lo podría hacer una grabadora. Lo que esperamos es que el otro haga algo diferente a lo que estaba haciendo antes de escucharnos, algo que nos demuestre que lo que dijimos modificó su forma de ver las cosas y cambio en algo su conducta. Esperamos que lo que dijimos haga una diferencia en el comportamiento del otro.

Y a veces puede ser algo muy simple.

En una sesión de coaching de equipo algunos colaboradores se atrevieron a confesarle a Claudia que no se sentían escuchados por ella. Les hice ver que no podían asegurar que su jefa no nos escuchaba y les pregunte: ¿Cuándo no se sienten escuchados? ¿Qué hace que los hace pensar que no los escucha?

Según el relato de los hechos, entre otras cosas, quedaba claro que Claudia no dejaba de mirar su computador o su celular mientras ellos les hablaban. Después de la sesión le sugerí a la gerente que cerrara su laptop cada vez que su gente le hablara y dejara a un lado su celular antes comenzar cualquier conversación con ellos. Y así lo hizo durante las dos semanas siguientes. En la siguiente sesión de coaching el reporte fue claro. Las cosas habían cambiado totalmente, Claudia los estaba “escuchando mucho mejor”. Sentirse mirados por su jefa hizo toda la diferencia.

¿Cómo hacer que el otro se sienta escuchado?

El otro no está “dentro” de nosotros como para saber que objetivamente estamos escuchándolo. Por lo tanto, su sensación de estar siendo escuchados tiene que ver necesariamente con algunas cosas que hacemos o dejamos de hacer en el momento mismo de la conversación.

A continuación algunos consejos prácticos para lograr que los demás se sientan escuchados:

Escuchar al otro sin interrumpir es algo básico que todos aconsejan para la escucha activa. Esto significa dejarlo llegar al punto que quiere mostrarnos antes de reaccionar. Si escuchamos hasta el final vamos a poder percatarnos del significado central de lo que el otro quiere decirnos: ¿nos está pidiendo algo? ¿Está mostrando un éxito? ¿Está reclamando? ¿Nos está agradeciendo? ¿Necesita que lo entienda?

Estar atento al rasgo fundamental de la intención comunicativa es poner la atención en la persona, no sólo en el contenido. Para eso tenemos que sostener durante la escucha la pregunta por el motivo que inspira al escuchado: ¿para qué me está contando esto? ¿Qué necesita de mí en este momento? (contención, confirmación, apoyo, consejo, reconocimiento, admiración, tiempo de escucha…). Esto nos permitirá responder empáticamente a la inquietud del otro, lo cual lo hará sentirse verdaderamente escuchado.

Emilio comprendió que su mujer necesitaba ser entendida primero, antes de poder escuchar ninguna solución. Se dio cuenta que en su relato ella le estaba mostrando sus esfuerzos, incluso que había seguido sus consejos y lo que esperaba era valoración y reconocimiento de su parte. Y por supuesto, ser ella la protagonista de la historia y no él. Con un poco de práctica Emilio comprobó que su nueva habilidad de escucha era mucho más sexy para su pareja que mostrase como el macho solucionador, siempre seguro de sí mismo, que tiene todas las respuestas.

Todo lo que hacemos es una respuesta

A Claudia le costó entender un principio clave de la comunicación; lo que hacemos o dejamos de hacer es vista por el otro como una respuesta. Por eso no se daba cuenta que no mirar a su interlocutor mientras habla es como decirle que su computador o la persona que le mando un correo a su celular es más importante que la persona que está al frente nuestro.

Lo he podido comprobar en  varias reuniones gerenciales que me ha tocado observar. Los ejecutivos acostumbran a pelearse la atención del gerente general en forma consecutiva. Cuando habla un gerente, los otros miran sus celulares y cuando termina de hablar, cambian de tema abruptamente como si nadie hubiera hablado. La sensación de frustración y desamparo del que hablo antes es evidente, pero nadie se da cuenta porque no lo miran. Aunque nadie le contesto nada, el silencio mismo fue la respuesta. Y la respuesta es: no me interesas, no me importa lo que dices.

Por esta razón no basta con quedarse callado para demostrar escucha, porque el otro puede interpretar nuestro silencio como que estamos pensando en cualquier otra cosa (algo que puede estar sucediendo efectivamente) o como una agresión contenida.  Tan importante como guardar silencio es apoyar y favorecer que el otro se sienta escuchado en todo momento y para eso es fundamental es mirar a los ojos, asentir, decir algunas expresiones como por ejemplo: ok, te entiendo, te sigo, o cualquier otra expresión de atención, cada vez que sintamos que el otro requiere confirmación de ser entendido en lo que dice. Estas expresiones le dan confianza y seguridad de que está siendo seguido en su discurso. Por el contrario, una cara inexpresiva, o una mirada evasiva hacia la ventana, el celular o el reloj, pueden hacerle perder toda la confianza en la escucha del otro.

De vez en cuando es muy importante chequear si estamos entendiendo bien y para eso sirve parafrasear (repetir con mis propias palabras) lo que estoy comprendiendo, con frases cortas, para corroborar que lo que interpreto es lo correcto. De paso, esas frases le servirán al otro para escucharse a sí mismo y adaptar su habla a nuestra compresión, dar ejemplos, explicar, etc.

Hacer breves preguntas es otra forma de chequear compresión y sobre todo para profundizar en el sentimiento del otro, con frases tales como » ¿Y cómo te lo viviste?»…¿»Qué pensaste en ese momento»? …¿Qué sentiste?

Hasta aquí algunas maneras de demostrar atención mientras el otro desarrolla su pensamiento, pero el momento crucial donde demostramos una escucha profunda es cuando respondemos. Es aquí donde se juega la verdadera habilidad de hacer que el otro se sienta escuchado, y es en este momento donde muchos se saltan o pierden oportunidades valiosas de lograr ese vínculo.

Los Conectores: ¿Qué tiene que ver lo digo con lo que dijiste?

Tenemos la costumbre de escuchar al otro desde nuestro pensamiento, nuestras creencias y nuestros juicios. Y lo demostramos ostensiblemente cuando el otro termina de hablar y nosotros acostumbramos a saltar a nuestra idea, a nuestra opinión, sin la menor consideración por lo que el otro acaba de decir.

Las personas ansiosas, muy orientada a los logros y a las soluciones pierden de vista la importancia de ligar lo que piensan con lo que el otro dijo. Emilio se dio cuenta al ver los videos de las conversaciones con su pareja: “Es como si olvidara que ella está allí”- me dijo.

Una forma de evitar este olvido es adquirir la costumbre de hacer siempre un comentario sobre lo último que acaba de decir el otro, antes de expresar ningún pensamiento nuestro: “me hace sentido eso que dijiste que…” “estoy de acuerdo en ese punto donde mencionaste…” “me genera una duda eso último…”, etc. Una buena forma  de hacerlo es manifestando alguna emoción o sentimiento –idealmente positivo-respecto de lo que acaban de contarte: ¡me gusto lo que dijiste, que pena que te pasara eso, encuentro genial lo que hiciste, me alegra que pienses así, te felicito por lo que lograste!

De esta manera demostramos que lo hemos escuchado hasta el final y de paso,  nos obligamos a hacerlo realmente.

Tan importante como lo anterior es conectar, explicar cuál es la relación entre lo que voy a decir con lo que acabo de escuchar del otro. De esa manera, éste puede darse cuenta no sólo que fue escuchado verdaderamente, sino que lo que dijo generó un aporte, una diferencia en mí. Normalmente no hacemos eso, si no que saltamos directamente al pensamiento que nos surgió en algún momento de la conversación y demostramos que sólo estamos esperando que el otro termine para decir lo nuestro. No es que no escuchamos al otro, por el contrario, lo que el otro dijo no hizo asociar ideas, prendió nuestra mente y nos permitió iluminar cosas nuevas. Pero olvidamos decírselo. Olvidamos explicitar la conexión de lo que vamos a decir con lo que él acaba de contarnos. Es tan simple como empezar diciendo por ejemplo: lo que acabas de decir (parafrasear lo que entendimos) me hizo pensar que…o…en relación a tu idea (parafrasear lo que entendimos) yo quisiera agregar que…etc. Y es algo que podemos ir hilvanando en todo momento, – lo que tu dijiste con lo que yo digo- como si la conversación fuera trenzado un lazo que nos une.

Todo lo anterior puede sonar mecánico o manipulador, como una fría fórmula para lograr que el otro se sienta escuchado. Lo maravilloso es que si lo hacemos permanentemente, los transformados seres nosotros:

– para poder comentar lo último que nos dijo el otro, necesariamente lo vamos a tener que escuchar hasta el final;
– al tratar de conectar lo que vamos a decir con algo de lo que dijo el otro, muy probablemente descubriremos el sentido profundo de lo que el otro me quiso transmitir;
– al parafrasear en nuestras palabras lo que el otro expreso, las haremos nuestras;
– expresar nuestra emoción será entonces algo que nos fluya naturalmente;
– y las ganas de saber si el otro se sintió escuchado serán genuinas y evidentes

Lo quieras o no, si haces todo este esfuerzo para que el otro se sienta escuchado, lo que lograras finalmente es escucharlo. Lo sentirás claro y fuerte adentro, como algo cálido que fluye, como algo nuevo que habita en ti y te cambió.

¿Prefieres tener la razón o ser felíz?

¿Prefieres tener la razón o ser felíz?

Ella tenía el juicio que las parejas deben vivir juntas o no merecen llamarse «parejas». Eran maduros, ambos con hijos y el no lo creía conveniente. Ella pensaba que tenía la razón y debía ser consecuente y dejarlo, pero se sentía deprimida de sólo pensar en perder esa relación. Le pregunte: ¿prefieres tener la razón o ser feliz?

 

«Lo que más nos preocupa no es lo que nos hicieron,  

si no lo que nosotros dejamos de hacer»

Alvaro Godoy, Coach Integral UC

 

Ella tenía juicios fuertes y duros respecto de su pareja. Estaba muy segura de tener la razón, pero tenía mucha pena, porque se sentía peligrosamente cerca de tener que romper con su relación.

El llegaba a las reuniones con sus colaboradores con las decisiones ya tomadas, porque tenía el juicio que ellos no tenían creatividad ni iniciativa, pero al mismo tiempo se quejaba que no se hacían cargo de su trabajo.

Nuestros juicios son como esos lentes de colores, que nos permiten ver muy bien ciertos tonos, y definitivamente no son capaces de mostrarnos otros. De vez en cuando hay que cambiar de lentes. Pero para eso debemos darnos cuenta primero que los tenemos puestos.

Rara vez relacionamos nuestros juicios con nuestras decisiones. Más bien pensamos que no tenemos alternativa, que estamos obligados a hacer lo que hacemos. Peor aún, que es el otro el que nos obligó a actuar así. Lo único que no se nos ocurre es revisar nuestros juicios.

No se nos ocurre, porque no vemos nuestros juicios como juicios. Estamos convencidos que son descripciones de la realidad.

Los hechos son acontecimientos que han ocurrido en el pasado, para poder describirlos tienen que haber ocurrido antes. Los juicios, en cambio, hacen que las cosas ocurran, anteceden a lo descrito. Esto es así porque los juicios no son descripciones, son evaluaciones. Antes de evaluara que lo dicho por alguien es tonto, esa realidad no existía. Esto es así porque la tontera no es un hecho, es una opinión sobre un hecho. De allí, que habitualmente no coincidamos en nuestros juicios.

John Austin se refería a los juicios como “falacias descriptivas” porque parecen estar describiendo algo que existe en la realidad, cuando en verdad la están calificando. Dicho de otro modo, los juicios tiene la apariencia de un sustantivo cuando en verdad son adjetivos. Hablamos de La Mesa de la misma manera que hablamos de La Inteligencia. Construimos la misma frase cuando afirmamos que Julio ES chileno o cuando afirmamos que Pedro ES inteligente.

Todo lo anterior nos confunde. Somos atrapados por nuestros propios juicios, la propia estructura del lenguaje confabula para que redactemos nuestros adjetivos como si fueran sustantivos.Por esta razón dejamos de verlos como nuestros juicios y nos desresponsabilizamos de ellos. En el mismo instante que perdemos la paternidad de nuestros juicios, perdemos el poder sobre ellos. Cuando perdemos el poder sobre nuestros juicios, quedamos a merced de ellos.

¿Por qué perdemos poder?

Los hechos, dijimos, han ocurrido en el pasado. No podemos cambiarlos. Los juicios, sin embargo, si podemos cambiarlos.

Cuando tratamos a los juicios como hechos los contaminamos con sus cualidades: creemos que no podemos cambiarlos. En ese momento nuestros juicios comienzan a dominarnos.

Los juicios son nuestra principal herramienta para tomar decisiones. No hablan tanto del pasado, como del futuro. No sólo califican un conjunto de comportamiento pasados, sino que sobre todo proyectan su tendencia en el porvenir. Si describo a alguien como irresponsable, probablemente pensaré que lo seguirá siéndolo en el futuro, no confiaré en él, ni le encargue nada.

Cuando perdemos conciencia de cómo construimos nuestros juicios, el poder de decisión se transfiere de nosotros a la palabra. La palabra comienza a tener vida propia y comienza obligarnos a actuar de una determinada manera. Cuando sentimos que estamos viviendo un quiebre en nuestra vida, es probable que se deba a que nuestros juicios pasados han entrado en contradicción con nuestra vida actual. Estamos incómodos, perdimos la transparencia cotidiana. Entonces hacernos cargo de nuestro quiebre significa cambiar nuestras circunstancias o cambiamos nuestros juicios.

Esa mujer que juzgaba a su pareja desde hace tiempo en forma negativa, había dejado de revisar sus juicios hacia él. Por lo tanto, había cerrado la posibilidad de cambiarlos. Se había escuchado tantas veces decir esas palabras, que ya le parecían verdaderas, irrefutables. Se encontraba entrampada en la paradoja de pensar que estaba obligada a terminar con su relación, aun cuando su emoción le dictaba algo muy diferente. Ella quería ser consecuente con su razonamiento, con la verdad que emergía de sus juicios pasados. Pero se sentía deprimida de sólo pensar en perder esa relación. Le pregunte: ¿prefieres tener la razón o ser feliz?

Al cabo de tiempo la volví a ver. Seguían cada uno viviendo en sus casas, pero ella estaba contenta y sin contradicción. La relación seguía igual, lo que había cambiado eran sus juicios.


El jefe descontento de sus colaboradores dejo de llegar a las reuniones con decisiones tomadas. Se puso a observar sus juicios, lo que entendía por creatividad y por iniciativa y como el mismo generaba esa actitud de descompromiso al imponer sus decisiones.

Necesitamos hacer juicios para poder decidir. Cuando emitimos un juicio estamos cerrando la posibilidad de ciertas acciones y abriendo otras. Juicio y cursos de acción están íntimamente ligados. Por eso es tan importante hacer juicios en forma consciente y responsable y revisarlos de vez en cuando, de lo contrario nuestros juicios tomarán decisiones por nosotros.

La seducción del coaching

La seducción del coaching

Un interesante articulo de La Tercera sobre el coaching y su impacto en empresas y personas. Bien documentado.

Desde el actor británico Anthony Hopkins hasta Michelle Bachelet. Las personas y empresas que recurren a un coach suman y siguen. Su éxito va de la mano con un mundo cada vez más competitivo y que busca respuestas efectivas y más rápidas que una terapia. En nuestro país se estima que hay unos tres mil entrenadores de este tipo que ofrecen servicios en temas laborales, académicos y hasta sentimentales.

por F. Derosas/ J.M Jaque – 15/03/2014 – 02:20

La Tercera

LA PRINCESA Diana de Gales se sentía atrapada en su relación matrimonial con Carlos, pero el divorcio no estaba entre sus opciones. Eso, hasta que recurrió a Anthony Robbins, el coach de celebridades más popular del mundo. El mismo al que acudió Bill Clinton antes de ser sometido a un juicio político en 1998 por el escándalo Lewinsky y Andre Agassi cuando su rendimiento como tenista comenzó a decaer. A todos ellos, Robbins   -nominado por la revista de negocios norteamericana Forbes en 2007 como “Celebrity 100”- les dio un giro. Los sacudió. Los destrabó. Los inspiró de tal manera que hicieron un cambio profundo en su vida. Les hizo coaching, en definitiva.

Michelle Bachelet también sucumbió a los encantos del coaching. Dos semanas antes de iniciar su primer período presidencial convocó a cerca de 80 personas de su equipo de gobierno -incluidos ministros, subsecretarios e intendentes- para ponerse en manos de Julio Olalla, uno de los gurús del coaching en Chile, y durante tres días trabajaron la presión que significaba ponerse a la cabeza del país. “Fue una decisión valiente de su parte porque desafió la tradición del entrenamiento más duro y técnico que se buscaba en Chile”, comenta Olalla desde Estados Unidos.

Para algunos expertos, este episodio de Bachelet con Olalla fue uno de los factores que catapultó el coaching en Chile. Hasta ese entonces, esta disciplina no gozaba de una popularidad extendida en el país y a ella recurrían principalmente algunas empresas multinacionales que, siguiendo una tendencia mundial, cada vez más ponían el foco en perfeccionar sus  recursos humanos como motor de su éxito. Hoy, este tipo de servicios han seducido a importantes empresas en Chile como Coca Cola, Cencosud o BHP Billiton, que contratan a consultoras para que “entrenen” a sus trabajadores. Incluso Hilti, una compañía ligada a la construcción, ha ido más allá y decidió que sus gerentes tienen que certificarse como coachs.

No sólo las empresas buscan este tipo de servicios. También lo hacen personas comunes y corrientes que quieren mejorar algún aspecto de su vida. No por nada, la industria del coaching en 2011 movió alrededor de 20 millones de dólares en el mundo y cada vez hay más interesados en ofrecer este servicio: en el mundo hay más de 47.500 coaches profesionales, de acuerdo a un informe de la Federación Internacional de Coach (ICF, por sus siglas en inglés), una de las principales entidades que agrupan y certifican a quienes se dedican a esta disciplina, y en Chile hay cerca de tres mil, según estimaciones de Paul Anwandter, presidente de la Asociación Chilena de Coaching y director gerente de la consultora Inpact. “Es una proporción alta en relación a los números en el mundo”, comenta.

QUIERO LO MISMO QUE ELLA

En inglés, coach significa entrenador, y al igual que el entrenador deportivo, el coaching busca mejorar o desarrollar una habilidad determinada y se los puede encontrar en ámbitos bien diversos. En el libro Introducción al Coaching Integral, Paul Anwandter lo define como el conjunto de procesos guiados que permiten ayudar a que una persona logre por sí misma una transformación específica y beneficiosa para ella. El método más frecuente para hacerlo es utilizar preguntas que “muevan” al coachee (así se denomina a quien recibe el coaching) para que se vea a sí mismo y a sus problemas desde una perspectiva nueva.

Quienes ofrecen este servicio comparten la misma consigna: las personas tienen un inmenso potencial. Lo que ellos hacen es entregar herramientas que provoquen un cambio que permita desarrollarlo. Para eso ofrecen un proceso, corto e intensivo, eso sí, porque lo que se busca son resultados rápidos (y, ojalá, medibles), un punto clave para diferenciarse de las terapias con sicólogos.

Hay distintas modalidades de coaching: el integral ayuda a que el cliente consiga sus metas y objetivos readecuando desde el lenguaje la construcción del mundo, sus valores y creencias. Otro modelo es el ejecutivo, que apunta a mejorar necesidades específicas del desempeño profesional y que es el más solicitado por las empresas porque puede mostrar resultados cuantificables. Por ejemplo, se puede medir el éxito de un equipo de ventas de una empresa antes y después de la intervención de un coach. Sin embargo, el más extendido en Chile es el coaching ontológico, que fue el primero en llegar al país y que tiene entre sus bases corrientes filosóficas -Nietzsche o Heidegger, por ejemplo- y biológicas, como los últimos avances en neurobiología. “Lo que hace el coach ontológico es ayudarte en un desplazamiento en tu estructura del sentido común para que te hagas cargo de lo que te afecta. En palabras simples, es un destrabador”, explica Rafael Echeverría, uno de los impulsores de este método en el mundo. Según él, el objetivo es que la persona se conecte con su ser más profundo y producir un cambio de perspectiva.

Su aterrizaje en el país se produjo en los 80. En esos años, Julio Olalla trabajaba en California (EE.UU.) con Fernando Flores -discípulo de Humberto Maturana-. Flores desarrolló lo que llamaba “talleres de comunicación para la acción” que dictaba junto a Olalla en Estados Unidos, Canadá y México. En 1985, Olalla realizó el primer taller en Chile, en el Hotel Sheraton, que luego se repitió cada tres o cuatro meses.  “La gente se inscribió en ese primer taller por el boca a boca de algunas personas que  habían estado con nosotros en Estados Unidos. En esa primera sesión había empresarios, políticos y hasta oficiales de Ejército”, cuenta Olalla.

Hasta ese momento el servicio se llamaba simplemente taller. Sin embargo, Olalla recuerda que un día se le acercó una mujer y le dijo: “Quiero que me hagas el mismo coaching que le hiciste a mi amiga”. A partir de entonces el término quedó instalado: “No nos dimos cuenta cuando nosotros mismos estábamos hablando de coaching”, cuenta.

En 1988, Echeverría se unió al grupo de Flores y Olalla, pero dos años después se separaron por diferencias con Flores cuyo estilo era más agresivo o radical. Olalla y Echeverría crearon Newfield Group y a principios de los 90 formaron la primera generación de coachs ontológicos chilenos.

Según Olalla, Chile es terreno fértil para esto porque se hace cargo de un vacío en la educación, que está orientada al conocimiento y se olvida del que conoce. Para Echeverría, el coaching ofrece una opción no terapéutica “para ver lo que no vemos”. En general, los expertos dicen que este método busca el aprendizaje de habilidades blandas, que hoy dominan el discurso empresarial y doméstico: la capacidad de escuchar, de comunicarse, de entender al otro, de trabajar en equipo.

Como esas capacidades sirven en todo el espectro de la vida, hoy existe coaching para todo. Para empresas, ejecutivos, personas que se paran frente al público, mamás que no saben cómo comunicarse con sus hijos, mujeres solteras que no encuentran pareja y niños que no están obteniendo buenos resultados en el colegio.

LIDERES, EJECUTIVOS, SOLTERAS Y NIÑOS 

De acuerdo a datos del ICF, los ámbitos en que más se busca coaching en el mundo son gestión del equipo (76%), solicitado principalmente por empresas para “entrenar” el trabajo en equipo y definir roles para evitar conflictos. Luego, relaciones interpersonales (74%), donde se entregan herramientas para mejorar la comunicación afectiva; gestión del cambio (52%), que ayuda a profesionales que no se sienten satisfechos con su profesión a buscar nuevas alternativas, y equilibrio entre la profesión y la familia (41%), para personas que sienten que no pueden compatibilizar las dos áreas de manera eficaz.

Andrés Freudenberg, experto en life coaching de NextLevel Careers, explica que hoy los temas que más ponen sobre la mesa sus clientes tienen relación con modificar hábitos: comer mejor, dejar de fumar y hacer deporte. También piden asesoría para comunicarse con la pareja y con los hijos y para clarificar su relación con la carrera profesional.

Algo así buscaba Carolina Marcone, académica y consultora, cuando en noviembre de 2012 viajó a Nueva Jersey a tomar un curso de tres días con Tony Robbins. “Era muy trabajólica y ese estrés me estaba complicando la vida familiar”, cuenta. Con el life coaching de Robbins buscaba focalizar las energías de los distintos ámbitos de la vida. Lo que no esperaba era verse en medio de un centro de conferencias con cuatro mil personas animándola a cruzar por brasas encendidas a pies pelados.

Era una terapia de shock del curso: enfrentarse a una experiencia que la persona cree que no va a poder superar. “Es un momento de mucha ansiedad, de mucho nervio… Imagínate las brasas rojas. Pero luego de que cruzas te queda una sensación única”. Carolina dice que hay un antes y después de ese curso. La revisión personal le permitió visualizar cómo quiere ser y su foco hoy está en eso. “Hoy logré un equilibrio en los dos ámbitos”, asegura.

Tan específico se ha vuelto el mercado que las solteras también van a coaching para aprender a buscar pareja. En su taller “Qué quiero”, la coach de la consultora Punto Partida, María Cristina Vasconez, detectó una preocupación que se repetía entre las mujeres: caer en la relación equivocada. Por eso diseñó un programa de coching de hasta 12 mujeres que ya cumplió dos años. Hasta ahí, en general, llegan profesionales como médicos, profesoras, abogadas de entre 20 y 65 años, a las que Vasconez les propone una mirada más pragmática de las relaciones de pareja: “guiar las relaciones sobre la base del cosquilleo en el estómago es como saltar a un abismo”, les advierte. Por eso, les da herramientas para que reconozcan lo que buscan en una relación. Según Vasconez, los hombres también le están pidiendo lo mismo.

Pablo Menichetti también apostó por un nicho poco tradicional. Mientras vivía en Singapur trabajaba como coach para adultos y pasaba rabias por el rendimiento escolar de su hijo. Así instaló en 2010 Aprendizaje Inteligente, en el que ofrece un coaching intensivo de tres días con 100 niños en donde los hace vivir experiencias que los motiven y les hagan recuperar la confianza en el área académica. Menichetti cuenta que al lunes siguiente del intensivo, los niños llegan incluso con una postura diferente a la sala. La idea ha tenido tanto éxito que hoy tiene nueve centros y ha trabajado con 600 niños.

El diplomado de coaching también ha entrado fuerte en universidades, como la Adolfo Ibáñez o la Andrés Bello. Los programas que ofrecen, eso sí, no preparan para ser coach. Lo que hacen es “entrenar” a ejecutivos  para convertirlos en líderes.  Por eso, a estos diplomados llegan  principalmente ingenieros que ascienden a puestos gerenciales que buscan lo que sus carreras no les enseñan: habilidades blandas.

Los precios en este mercado son tan variables como las especialidades. Un taller de coaching para mujeres solteras (en cuatro sesiones) puede llegar a los 130 mil pesos. Tres días intensivos de coaching para motivar a los niños con sus habilidades académicas (con un mes de seguimiento) alcanza los 400 mil pesos. Una sesión de coaching ejecutivo en Inpact, la consultora de Anwandter, puede costar unos 250 mil pesos y Team Building, consultora que dirige Jorge Kenigstein, puede cobrar entre 60 y 100 UF (1.400.000 y 2.350.000 aproximadamente) por día de intervención en una empresa. En todo caso, lejos de los 5 mil dólares que cobra Tony Robbins por apenas evaluar la posibilidad de hacer el coaching.

UNO COMO USTED

El estatus del coaching ha cambiado en la última década. Hasta hace unos años, quienes eran enviados a este tipo de talleres en las empresas pensaban que eran candidatos fijos al despido y que estaban mal evaluados. Hoy no sólo los ejecutivos piden coaching, sino que toman programas de liderazgo o incluso quieren convertirse en coach, cuenta Sylvia Yáñez, gerenta de Recursos Humanos de CorpVida. Algo así le ocurrió a ella: cuando era gerenta de Recursos Humanos de Retail Financiero en Cencosud tenía que ayudar a los ejecutivos de la empresa a desarrollar habilidades blandas para lo que contrató al coach uruguayo Jorge Méndez y a Team Building. “¿Te interesa hacerlo tú?”, le preguntó Jorge Kenigstein, que estaba introduciendo en Chile el programa Lider-HAZ-go! “¿Yo? ¿Están seguros?”, respondió con una mezcla de inseguridad y reticencia. Lo pensó y lo hizo.

El interés y los precios que están dispuestos a pagar los clientes individuales y las empresas, también han hecho que aumente el interés por prestar el servicio y por eso, cada vez es más común encontrar en el mercado a publicistas, ingenieros, sicólogos, arquitectos que pasaron de coachees a coachs. Es el caso de Sergio Motles, director ICF Chile.  Ingeniero comercial de la Universidad de Chile, conoció el coaching cuando ocupaba cargos gerenciales y directorios en empresas del Grupo Ergas (Centro Valle Nevado y Plaza San Francisco) y terminó seducido por esta disciplina.

Para poder prestar este tipo de servicios hay que hacer un curso como los que ofrecen empresas como Newfield Network, Newfield Consulting, Inpact y Asersentido. Allí se enseña habilidades para mejorar las relaciones interpersonales, técnicas para ser creativos y ayudar a otros a serlo, herramientas para comprensión de las emociones (propias y ajenas), elementos básicos de negociación y pensamiento sistémico, entre otros. Aunque a esos programas puede acceder cualquier profesional, algunas escuelas usan como “colador” las entrevistas personales: “Hay personas con algún tipo de trastorno que buscan estos cursos porque les resulta más barato que hacer terapia”, cuentan en una escuela.

El paso siguiente es certificarse con alguna entidad internacional, como ICF o International Coaching Community (ICC). “Seguir un sistema riguroso de certificación y de acreditación permite a la gente asegurarse de la calidad de quien se tiene al frente”, dice Sergio Motles. No es un tema menor: uno de los factores de la explosiva oferta es que el término “coaching” vende como pan caliente, lo que explica en parte que hayan “aparecido” tantos coachs y que se le ha puesto tantos “apellidos” a este servicio. Para conseguir el reconocimiento de una entidad internacional hay que estudiar en una escuela con programas certificados, tener un mínimo de 100 horas de experiencia profesional y rendir exámenes para ir midiendo el nivel de aprendizaje. Este tipo de certificación es una de las pocas formas que existen de garantizar la calidad de la persona que ofrece este tipo de talleres; sin embargo, en Chile todavía es poca la gente que cuenta con este tipo de acreditación.
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Fuente:  http://www.latercera.com/noticia/tendencias/2014/03/659-569564-9-la-seduccion-del-coaching.shtml

Y cada vez más tú, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros

Y cada vez más tú, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros

Lo que más nos preocupa no es lo que nos hicieron,  si no lo que nosotros dejamos de hacer (Alvaro Godoy Coach integral UC)

 

El agua apaga el fuego
Y al ardor los años
Amor se llama el juego
En el que un par de ciegos
Juegan a hacerse daño
Y cada vez peor
Y cada vez más rotos
Y cada vez más tú
Y cada vez más yo
Sin rastro de nosotros

Amor se llama el juego (Joaquín Sabina)

Una lectora nos escribió después de leer «Mi cariño se me va«

Llevo diez años de matrimonio. La falta de cuidado y atención de mi esposo a nuestra relación de pareja, el tiempo que deberíamos dedicarnos como pareja parece que sólo ha sido una necesidad para mí y no para él.  Eso me ha hecho sentir que no soy tan importante para él como pareja y compañera sino más bien como «la esposa», «la madre» y   «el apoyo» para los proyectos. Es algo que a comienzos del matrimonio con actitudes muy explosivas se lo hacía saber, con el tiempo fui cambiando la táctica y suavizando la situación pero al parecer al hombre le cuesta comprenderlo porque su actitud sigue siendo la misma.  Cambiar por un mes o una semanas y luego todo lo dicho se va al tanque de la basura. El aburrimiento, monotonía, rutina sumado a su descuido y ahora no sé si haberlo tolerado tanto tiempo, han hecho que hoy sólo sienta un gran deseo de que mi vida cambie pero no junto a él, un gran deseo de libertad y de ser feliz pero ya no junto a él.  

Decidí separarme, pero esta vez como otras más ha dicho que cambiará y para ser franca, ya estoy hastiada y fastidiada.  ´¨El no lo entiende ni lo han entendido nunca, ya me cansé de explicarlo, ahora sólo quiero descanso, alivio, irme, libertad, un nuevo camino, pero no junto a él.

RESPUESTA

Puedo entender y empatizar con tu cansancio y decepción. Veo que es tal, que estas dispuesta a descartar 10 años de relación que nos satisface tus deseos. Imagino que debe ser doloroso para ti. Es posible que pienses que hiciste todo lo posible para que tu cariño no se te fuera.

Sin embargo quisiera ofrecerte una distinción. Es diferente esperar que nuestra pareja se comporte como nosotros queremos que se comporte. Esas son NUESTRAS expectativas, legitimas, pero no es obligación que nuestra pareja tenga las mismas. Otra cosa muy diferente es que seamos capaces de lograr verdaderos ACUERDOS.

Los acuerdos, como bien dice la palabra, son aquellos comportamientos, actitudes, que ambos miembros de la pareja definen en común como importantes para ambos. Las expectativas son personales, los acuerdos son de pareja.

Tú hablas de «La falta de cuidado y atención de mi esposo a nuestra relación de pareja». Es posible que tu esposo espere de la relación de pareja algo diferente a ti. Puede que, por un rato, para darte el gusto, haya tratado de cumplir tus expectativas, pero lo que no se siente propio, se «cae», se «olvida». Nada obligado puede sostenerse en el tiempo. Se hace por miedo, por temor, pero cuando el temor cede, nos olvidamos. Tal vez tu marido no hacía lo que tú querías, porque era lo que TU querías, no lo que AMBOS querían.

El mundo de los acuerdos requiere una conversación muy distinta al temor y a la obligación. Debe salir de la confianza, del respeto por nuestras diferencias de expectativas. Supone un deseo autentico de compartir lo que en verdad somos y deseamos. Implica también saber NEGOCIAR las cosas que no estamos de acuerdo, como cuando vamos al cine y no tenemos los mismos gustos pero el valor de estar juntos es más importante que la película. A veces vemos la película que le gusta al otro y otras veces la que nos gusta a nosotros. A veces ¿por qué no? la que les gusta a ambos (aunque no sea la «mejor película)

Karina, tienes toda la razón. No hay razón para aceptar la rutina y el aburrimiento, principalmente porque ambas solo ocurren si nosotros mismo somos rutinarios. Nunca el otro podrá salvarnos del aburrimiento, porque el aburrimiento es algo que nosotros generamos al hacer siempre lo mismo, esperando que suceda algo distinto. Quizás el asunto no es tratar de distintas maneras que el otro haga lo que lo que esperamos, si no hacer nosotros  hacer algo diferente: explorar que nos gusta a ambos, que nos motiva realmente a los dos, que nos conmueve, para diseñar los sueños comunes que ambos- sin temor ni obligación-gozaremos de alimentar cada día.

Puede que, si lo amenazas con separarte, logres que el haga lo que tú quieres pero no lo hará feliz a él, porque lo hará asustado. Y eso nunca te hará feliz a ti.

Despues del incendio…

Despues del incendio…

Luego de que el 28 de Enero nos llamaran a las 4 am, pues un incendio se había declarado en el Edificio Médico Alcántara, donde atendíamos a nuestros pacientes,  fuimos inmediatamente para ponernos al tanto de lo sucedido.

Y las noticias no fueron auspiciosas. El edificio había perdido toda la red eléctrica y le tomaría al menos un año volver a funcionar normalmente. Ante este escenario, al inicio de las vacaciones, fuimos gestando cómo renacer de las cenizas.

Luego de varias semanas viendo alternativas, por fin encontramos un lugar donde seguir nuestra labor diaria en CEPPAS.

Stitched Panorama

Nuestra nueva ubicación es en el Edificio Oficinas de Córdova, en Badajoz 130, esquina Alonso de Córdova, of. 1101, a pasos del Metro Manquehue.

Los esperamos!

Alejandra y Antonio Godoy, Directores CEPPAS