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Te quiero a ti, pero no quiero nuestra relación

Te quiero a ti, pero no quiero nuestra relación

SINCERAMENTE TUYO

No es el otro, ni siquiera es lo que él o ella hace lo que nos molesta y nos hace infelices: es la relación que como cómplices ayudamos a mantener todos los días.

Cuando ya tenemos poco que perder, podemos explorar y experimentar acciones que jamás nos atreveríamos hacer en otra circunstancia

 

No escojas sólo una parte

Tómame como me doy

Entero y tal como soy

No vayas a equivocarte

Nunca es triste la verdad

lo que no tiene es remedio

 

(“Sinceramente tuyo”, Joan Manuel Serrat)

 

En esta época del año proliferan las conversaciones en las cuales evaluamos el año.  En este año en particular me ha llamado la atención de la cantidad de personas que han confesado estar solas ya hace tiempo y estar “muy bien así”.  Declaran que no quisieran estar en pareja y mucho menos pensar en volver a vivir con alguien. Lo máximo, una relación esporádica, sin exigencias y por supuesto, totalmente “puertas afuera”. Cuando pregunto cuál es la razón para preferir evitar relaciones estables, la queja común son las “exigencias” de las parejas.

Un ejemplo de lo anterior; un amigo separado no hace tanto, había comenzado una relación que pretendía fuera de “amigos con ventajas”, pero al cabo de poco tiempo decidió dejar de verla definitivamente porque ella comenzó a pedir más. Prefirió cortar abruptamente todo de raíz antes que comunicarle momento a momento lo que no le gustaba.

No tiene nada de extraño que no queramos que nos exijan más de lo que podemos dar (como canta Alberto Plaza). Lo que llama la atención es que la respuesta sea callar-aguantar-ceder…y finalmente terminar la relación y muchas veces concluir que es preferible seguir solos en la vida.

¿Qué pasaría si en vez de eso aprendemos a poner límites?

NUNCA ES TRISTE LA VERDAD, LO QUE NO TIENE ES REMEDIO

Hagamos un ejercicio. Cuando sienta que ya no puede más con una relación (en su trabajo, con un su jefe, con su pareja, etc.) Piense lo siguiente. ¿Cuál es la solución más rápida y definitiva? Sin duda será terminar con esa relación, renunciar al trabajo; cortar por lo sano-como se dice habitualmente. Ahora pregúntese: ¿Qué otra cosa podría haber hecho un momento antes de tomar esta decisión radical y sin vuelta?: quizás una confesión sentida de “no poder más”, tal vez darse la media vuelta y salir de la situación que ya no soportamos, una advertencia clara y directa de las consecuencias de que la otra persona repita una vez más aquello que ya no queremos aceptar. En fin, la cantidad de acciones son muchas y son muy potentes, porque frente a la alternativa de que todo termine, la verdad es no tenemos mucho que perder Sin embargo, es curioso. La mayoría de las personas que declaran en las sesiones de coaching que “ya no pueden mas”, no se atreven enfrentar esta situación directamente con su pareja o su jefe. ((Ver: Mi cariño se me va: http://goo.gl/7Sx62X). Paradojalmente, están decididas a renunciar, pero no están dispuestas a soportar que el otro se enoje, se frustre o rompa con nosotros si decimos decirle nuestra verdad directamente. Están buscando otro empleo, pero no se atreven a decirle a su jefe que no están dispuestas a trabajar por ese proyecto el fin de semana (¿temerán que los despidan?). Están decididas a romper con una relación de pareja de muchos años y con hijos, pero no se atreven a decirle a su pareja que están disconformes con su vida sexual o que quizás deberían hacerse una terapia de pareja.

Al parecer muchos prefieren perderlo todo antes que poner límites o hacer una petición directa. Cualquier cosa, digo yo…antes que cambiar.

Estar a punto del dar el paso final en una relación es una situación que nos brinda una tremenda y dorada oportunidad de expandirnos y desafiar nuestras creencias sobre lo posible. Cuando ya tenemos poco que perder, podemos explorar y experimentar acciones que jamás nos atreveríamos hacer en otra circunstancia. En mi experiencia, el resultado es sorprendente para quienes dieron el paso al previo al paso final: la mayoría las veces se dieron cuenta que el otro nunca antes tuvo noción de lo que producía en nosotros.

También están los que siguen en pareja o continúan en sus trabajos resignados, llenos de quejas y con muy baja vitalidad. Son los que inspiran a los que están solos a decir, mejor solos que mal acompañados. Ambas alternativas- estar solos o tener una relación mediocre- están atrapadas en un mismo paradigma: confunden al otro con la relación.

La buena noticia es que podemos seguir con el otro y sin embargo, terminar con la relación.

No es el otro, ni siquiera es lo que él o ella hace, lo que nos molesta y nos hace infelices: es la relación que -como cómplices- ayudamos a mantener todos los días. Lo que realmente nos cansa – por ejemplo- no es que nuestra pareja sea como es; es el inútil esfuerzo que hacemos en tratar de cambiarla, la frustración de no poder lograrlo, la desilusión que deviene de interpretar que ella no cambia porque no nos quiere. Lo que realmente nos sofoca y daña nuestra autoestima no son las exigencias de nuestro jefe; es la falta de fuerza que vemos en nuestro interior para poner límites, el miedo que experimentamos de sólo imaginarnos haciendo respetar esos límites, el pavor de tener que hacernos cargo de la libertad que lograríamos si tenemos éxito (ya no tendríamos a quien culpar de nuestras desdichas).

En rigor, no es al otro al que estamos rechazando cuando no queremos seguir más en una relación, es la propia relación la que ya no queremos más. Más específicamente aun, lo que en definitiva rechazamos es el papel que nosotros mismos tenemos en esa relación. Tristemente empezamos a sospecharlo cuando cambiamos a de pareja y de trabajo, pero volvemos a sentir la misma desdicha, experimentamos el mismo síntoma, la misma fiebre. Porque lo que hacemos es cambiar al personaje y la escenografía, pero no el argumento de nuestro querido drama. Lo que olvidamos cambiar es la relación.

Pero aun así nos resistimos a la evidencia que el factor común en nuestros fracasos relaciones somos… nosotros mismos y escuchamos con frecuencia personas que explican sus recurrentes fracasos diciendo: tengo mal ojo para elegir mis parejas o todos los (hombres-mujeres, jefes) son iguales.

La otra buena noticia es que si bien no está en nuestro poder cambiar a nuestra pareja o a nuestro jefe, si podemos cambiarnos a nosotros mismos. Pero nada eso ocurrirá si elegimos huir de nuestro síntoma- el dolor- pensando que el causante es el otro. Nuestra sombra seguirá igual tras de nosotros y- ya lo sabemos- el infierno propio es transportable

Estar en pareja tiene sus beneficios pero también tiene sus riesgos, y el mayor de ellos es que si queremos seguir en pareja y ser felices al mismo tiempo, probablemente estaremos obligados a cambiar. Y cuando cambiemos nosotros, necesariamente aquello cambiara la relación.

¿Qué nos enoja cuando nos enojamos con alguien?

¿Qué nos enoja cuando nos enojamos con alguien?

Estar enojado con alguien es tener una creencia acerca de esa persona (Joseph Le Doux)

¿Han pensado en las causas profundas que se esconden detrás de un enojo? Si bien algunos andan por la vida molestos por las imperfecciones, equivocaciones, injusticias o falencias del mundo que existen por doquier, no son los casos que nos interesan en esta ocasión. Queremos referirnos a aquellas otras situaciones mucho más comunes en las que nos enojamos específicamente con (¿contra?) alguien. ¿Cuáles son las “razones” que solemos esgrimir para justificar nuestro encono hacia una persona en particular? Les suenan frases tales como: porque no me escucha, no me considera, me ignora, me rechaza, no me respeta, me pasa a llevar, se aprovecha de mí, es injusto conmigo, me ofende, me insulta, se burla de mí, me humilla…

Si buscamos una base común a todos estos motivos de enojo, seguramente nos encontraremos con que hemos asumido inconscientemente un rol de víctima ofendida, donde estamos sufriendo una dolorosa sensación de afrenta, como si el otro – con sus palabras, acciones u omisiones – hubiese atacado lo más profundo de nuestro self, como si hubiese remecido los cimientos de nuestra identidad misma. En esos momentos es como si se despertase nuestro instinto de auto-preservación y transformamos esa “ofensa” en un asunto de sobrevivencia. De manera que cuando nos enojamos – taimándonos, culpando, criticando y/o agrediendo – estamos persuadidos que en el fondo lo que estamos haciendo es estar defendiendo nada menos que nuestra propia dignidad.

Mas ¿cómo llegamos a estar tan convencidos que esa otra persona nos ha ofendido? La respuesta es aparentemente muy simple, pero paradojalmente muy compleja a la vez. No son los demás los que nos injurian, sino que nosotros mismos interpretamos que nos han agraviado basándonos en aquellas creencias que inevitablemente hemos ido construyendo en torno a lo que valemos, a cómo deberían vernos y comportarse los demás con uno. El problema es que en el camino se nos olvidó que eran meramente juicios subjetivos y pasaron a ser verdades absolutas. Sin estar plenamente consciente tenemos la expectativa de que las personas deberían de ser diferentes a como son, que deberían actuar como nosotros pensamos que es la manera correcta de hacerlo.

Entonces es como si el otro hubiese incumplido o trasgredido nuestros principios o convicciones más profundos. En otras palabras, detrás de cada enojo hay una frustración de nuestros dogmas. Y nuestras emociones son generadas por nuestras creencias. Es decir, nuestros estados de ánimo son producto de nuestros pensamientos. Como el ser humano no puede biológicamente percibir la realidad tal cual es, toda percepción necesariamente es una interpretación. De ahí que: no son los hechos los que nos enojan, sino la interpretación que le damos a esos hechos.

Sin embargo, si introspectivamente ahondásemos más en nuestro interior descubriríamos que esa supuesta “ofensa” que nos provocó tanto dolor no se debió tanto a una frustración, sino que a que le atinó seco a alguna de nuestras viejas heridas narcisistas o a alguna de nuestras numerosas inseguridades. Pero en vez de darnos cuenta de ello, nuestro vulnerable ego nos lleva a creer que es esa otra persona la que nos ha ocasionado este dolor, como si un otro pudiese ser una fuente inherente de dolor, como si un otro tuviese el poder de producirnos esa sensación. E ignoramos que ese desequilibrio interno representado por nuestro enojo es causado por nuestro propio ego, ignoramos que el enojo y el ego funcionan de forma inseparable.

Pero ¿de dónde viene esa imprescindible necesidad de forjarnos un ego y de defenderlo rabiosamente a como dé lugar? Según la psicología budista proviene del peor veneno del alma: la ignorancia o incomprensión de la verdadera naturaleza de la realidad. No sabemos ni cómo somos ni cómo son los demás y al ignorar quién somos realmente, nos insegurizamos. Así que para sentirnos más seguros construimos una identidad lo más sólida posible, una suerte de “yo” al que nos aferramos como si fuese verdadero y permanente.

Mas como también estamos inseguros acerca de tal identidad, necesitamos ir por la vida demostrándola emocionalmente. De modo que el enojo es la emoción que usamos para reafirmar nuestra identidad. A su vez, la rabia es otro de los más graves venenos del alma, el que se manifiesta en un rechazo iracundo de todo aquello que presentimos que le hace mal a nuestro ego. Por ejemplo, si basamos nuestro “yo” en ser alguien que siempre tiene la razón, cuando alguien nos critica o no está de acuerdo con nosotros, lo vemos como una amenaza a nuestra identidad y nos ponemos hostiles. Sentimos que el otro está rechazando nuestro ser, así que protegemos nuestro ego rechazando a esa persona.

En todo este proceso se nos olvida que el otro realizó actuó por sus propios motivos subjetivos, generalmente porque cree que uno lo ofendió primero y resuma por su propia herida narcisista. Y también se nos olvida que el dejarnos caer en el enojo nos hace mucho daño. Como dijo Buda: “Aferrarte a la ira es como agarrar un carbón caliente con la intención de tirárselo a otra persona; tu eres quien terminas quemado”. O como acota Séneca: La ira, si no es refrenada, es frecuentemente más dañina para nosotros que la injuria que la provoca. Además, últimamente la neurociencia ha demostrado que la rabia altera el funcionamiento de nuestra corteza prefrontal, por lo que cuando estamos en ese estado estamos biológicamente imposibilitados de razonar adecuadamente.

¿Se puede amar a dos personas al mismo tiempo?

¿Se puede amar a dos personas al mismo tiempo?

Los pacientes suelen preguntarnos a los terapeutas de pareja si es posible estar enamorado de dos personas a la vez. Y ojo que no se trata de esos casos de infidelidad que son simple alimento para el ego o pasajeras aventuras sexuales, aunque es cierto que muchas relaciones que comienzan así pueden evolucionar a algo más serio si se alargan en el tiempo. Estamos refiriéndonos a cuando se está afectivamente tan involucrado con dos personas simultáneamente que se siente que se está realmente enamorado de ambas a la vez. ¿Es esto posible?

Para acercarnos a un conato de respuesta habría que recurrir a la bioquímica y a la semántica, a pesar de que no suene precisamente muy romántico. Es decir, habría que partir por mencionar las diferencias neurofisiológicas propias de las distintas etapas de una relación de pareja y con esa lectura en la mira osar definir lo que entenderemos por amor. La primera fase se conoce como enamoramiento y dura solamente entre ocho a quince meses. En ella priman las emociones, las cuales se caracterizan por invadirnos rápidamente y por ser muy intensas; pero, nuestro cuerpo está biológicamente imposibilitado de continuar sintiéndolas por mucho tiempo. Las principales sustancias químicas presentes son la adrenalina y la dopamina – hormona del placer que pone en funcionamiento el sistema de recompensa cerebral – la que aumenta su producción gracias a la avalancha de estímulos nuevos. Algunos se hacen adictos a estas sensaciones. Son los que podríamos calificar como enamorados del amor y que para poder seguir experimentándolas van cambiando de pareja cada vez que la intensidad decrece.

En aquellos casos en que la relación continúa se pasa a una segunda etapa conocida como amor romántico que puede prolongarse por un máximo aproximado de tres o cuatro años. En este período ya han perdido fuerza esas intensas emociones iniciales mas han ido emergido nuevas sensaciones asociadas a la acción de otros neuroquímicos entre los que destaca la oxitocina, la hormona del apego. Así se van construyendo muy paulatinamente los sentimientos, los que a diferencia de las emociones son mucho más profundos y duraderos. Sin embargo, según los expertos, lo que se siente durante estos primeros años se caracterizaría por ser aún un amor un tanto egocéntrico e inmaduro, donde más que el otro lo que nos importa es lo que nos da y lo que nos hace sentir.

De esta forma, recién después de cuatro años las parejas estarían en condiciones de llegar a una tercera etapa que, siguiendo el concepto desarrollado por Otto Kernberg, se denominaría amor sexual maduro y que por lo tanto podríamos catalogar de amor más “verdadero”. Dada su profundidad y estabilidad se trataría de un sentimiento mucho más real – aunque paradojalmente sea menos intenso – caracterizado por intimidad emocional (conexión profunda con sinceridad y confianza), generosidad y empatía, donde deseamos lo mejor para el otro y donde su sufrimiento nos es tan importante como el nuestro, por lo que no cabría dañarla con una infidelidad. Supuestamente si se llega bien a esta fase se habría producido una entrega total, definida como aquella basada en los tres pilares distintivos de una relación de pareja: sentimiento de amor, pasión sexual y compromiso con proyección a futuro. No obstante, no todas las relaciones de pareja que llevan años juntas han sido capaces de alcanzar este tipo de amor más evolucionado.

En consecuencia, si entendemos por Amor este llamado amor sexual maduro, creemos que aquellos que se sienten confundidos afectivamente entre dos personas, la mayoría de las veces lo que están confundiendo son las emociones – más propias de los primeros tiempos de una relación de pareja – con los sentimientos que se corresponden más con la consolidación posterior. No son lo mismo esas intensas sensaciones que nos invaden cuando estamos recién conociendo a alguien nuevo que nos atrae, que esos otros sentimientos más profundos que son los que sustentan un amor más perdurable. Lo que generalmente puede estar ocurriendo es que con la primera pareja – la de más larga data – se encuentre en la segunda o tercera fase de la relación, en tanto que con la nueva pareja estaría en la primera o inicios de la segunda etapa.

Lo más frecuente es que esta sensación de amar a dos personas al unísono no dure por mucho tiempo, ya sea porque se desinfló al haberse basado predominantemente sobre la química; o porque es muy difícil mantener planes a futuro con dos personas distintas simultáneamente o ya sea debido a que alguna de las otras personas involucradas dan por terminada la relación. En cualquier caso estas relaciones paralelas suelen culminar con sufrimiento y daño a la salud psíquica y física de todos los implicados, al menos en nuestra sociedad occidental donde se valora la monogamia como un valor intrínseco y por lo tanto se tiene que vivir largo tiempo ocultando a los demás un aspecto importante de la vida.

No obstante, también existen relaciones paralelas que llevan muchos años así y a veces teniendo hijos con las dos. Es posible que con la segunda pareja haya perdurado la intensidad de las sensaciones iniciales más de lo común debido a que, al ser una relación clandestina y llena de obstáculos, haya continuado el aumento de producción de adrenalina y dopamina. En este tipo de situaciones muchas veces existe una disociación amor-sexo en que el cariño tierno está presente en una de las relaciones – casi siempre en la primera – y la pasión sexual con la segunda pareja.

Lo que sí podríamos conjeturar es que cuando se cree sentir “amor” por dos personas al mismo tiempo, de acuerdo con la definición de amor sexual maduro, no se estaría amando realmente a ninguna de las dos. Posiblemente aquellas personas propensas a confundir sus sentimientos sean aquellas que no han podido evolucionar con su pareja inicial a la fase de amor maduro, muchas veces debido a que prevalece el miedo a la intimidad emocional o a la entrega total a una sola persona. En estos casos la nueva pareja vendría a jugar el rol de lo que se conoce en psicología como el “tercero incluido”, cuya función es precaverse de una cercanía que estiman riesgosa, papel que también puede cumplir el exceso de trabajo, la excesiva dedicación a los hijos, el abuso del alcohol, etc.

Ahora en librerías: «Te amo, pero no te deseo»

Ahora en librerías: «Te amo, pero no te deseo»

La disminución del deseo sexual en la pareja pareciera haberse transformado en una verdadera epidemia. Personas que se aman, pero que no se desean, sufren un sinfín de negativas y dolorosas consecuencias.

¿Qué está ocurriendo en el plano de la intimidad? ¿Cómo ha cambiado la sexualidad de las mujeres y los hombres en el último tiempo? ¿Será que los cambios en nuestra sociedad han traído nuevos desafíos a las parejas?

Dos psicólogos de renombre —Alejandra y Antonio Godoy— abordan este complejo tema de pareja con el objetivo de ofrecer respuestas sobre la sexualidad de hoy. Y lo hacen con un libro profundo, informado y llano que nos ayudará a vivir el amor más plenamente.

«Un excelente libro para quienes estén interesados en adentrarse en los misterios del sexo y la emocionalidad. Los autores nos hacen reflexionar sobre el sentido de la vida, su quehacer, y el lugar de la sexualidad y el deseo en una época de transición hacia una mayor igualdad entre los sexos. Un esfuerzo notable y bien logrado, de integración entre la teoría y la práctica psicoterapéutica.» Diana Rivera Ottenberger, PhD, Escuela de Psicología, Pontificia Universidad

GRIJALBO, CHILE
Lanzamiento en Noviembre de 2013

Bajo deseo sexual en hombres jóvenes: rol de la Testosterona

Bajo deseo sexual en hombres jóvenes: rol de la Testosterona

La testosterona (T) es imprescindible para el deseo sexual y la erección. En las últimas dos décadas ha aumentado ostensiblemente la cantidad de hombres jóvenes con niveles anormalmente bajos de esta hormona y, consecuentemente, también han aumentado significativamente las disfunciones sexuales masculinas. Es fundamental que en cada paciente se indague a qué se debe la disminución de T en su caso en particular. La terapia de reemplazo hormonal es el tratamiento indicado en general para el hipogonadismo en hombres mayores, pero en los jóvenes no sería aconsejable dada los riesgos para su salud en el largo plazo. Al igual que con la fiebre, no se debería atacar simplemente el síntoma sin haber identificado la causa de fondo.

Además, la relación entre T y disfunción sexual es bastante compleja, por lo que no basta con regular sus niveles para recuperar la funcionalidad. Por un lado, la medición de T de la mayoría de los jóvenes que sufren de bajo deseo sexual o Deseo Sexual Hipoactivo (DSH) es perfectamente normal, siendo estos los pacientes que más nos consultan en CEPPAS (Centro de la Persona, la Pareja y la Sexualidad). Por otro lado, a pesar de que muchos hombres mayores de 60 años que presentan graves déficits de T, logran mantener su deseo sexual. Por lo tanto, este sería un factor que – aunque muy importante – contribuye a la aparición y mantenimiento del síntoma sexual, pero ni es el único ni es necesariamente el decisivo.

El hipogonadismo, término médico que se aplica cuando los testículos no pueden producir la cantidad adecuada de T, puede ser congénito o adquirido. Si bien las posibles causas del tipo adquirido son muy variadas, su incremento en hombres jóvenes esencialmente sanos ha sido atribuido a factores muy específicos: ambientales (polución, uso de aparatos electrónicos), exceso de entrenamiento deportivo y obesidad, pero por lejos el factor que se señala como el más decisivo es el estrés. La secuencia sería la siguiente: el estrés aumenta el nivel de cortisol y el cortisol disminuye la producción de T, pudiendo además provocar problemas de fertilidad al disminuir la cantidad de espermatozoides.

Parte importante del proceso de diagnóstico es el examen de sangre que indica los niveles de T. Sin embargo, no existe consenso entre los especialistas ni respecto al nivel límite para diagnosticar el hipogonadismo ni tampoco bajo cuáles condiciones se debería aplicar la terapia de reemplazo en hombres jóvenes. La Sociedad Americana de Endocrinología ha manifestado su preocupación debido a que en la última década se han triplicado el número de casos que han recibido dicho tratamiento, cuestionando el que se estaría indicando para niveles normales en su rango inferior así como también para quienes no presentan déficits de T, sino que solamente están cansados o deprimidos. Agregan que muchos urólogos están prescribiéndolo sin contar con un diagnóstico fehaciente de hipogonadismo propiamente tal y sin tener en cuenta los riesgos.

Como faltan estudios a gran escala para evaluar la eficacia y seguridad de estas terapias de reemplazo de T, aun se ignora cuáles podrían son todos sus efectos adversos a largo plazo. Los endocrinólogos señalan que, como no se trata precisamente de un fármaco sin riesgos, el aplicarla de manera prolongada desde edad tan temprana podría traer graves consecuencias más adelante. Lo que sí se sabe es que pueden aumentar la incidencia de cáncer de próstata, acné, enfermedades cardiovasculares, atrofia testicular, apnea del sueño y engrosamiento de la sangre.

Frente a esta situación, los hombres jóvenes deberían considerar seriamente la relación riesgo-beneficio. Mientras algunos especialistas consideran que es una solución posible, otros estiman que este tratamiento puede provocar más efectos negativos que positivos. De todos modos, esta decisión tan personal debería tomarse después de que un endocrinólogo les informe detalladamente de los peligros implícitos.

Ahora, como es el estrés el factor base que más frecuentemente está asociada a los déficits serios de T, los pacientes deberían tratar de disminuirlo mediante psicoterapia y técnicas ad hoc: yoga, meditación y ejercicios de respiración. Dado que las causales de estrés en los casos de DSH selectivo – aquél que se presenta únicamente con la pareja estable – suelen asociarse a ciertas dinámicas de pareja, sería recomendable asimismo someterse a una terapia de pareja.