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¿Me separo o no me separo? Respóndanse estas preguntas antes de decidir

¿Me separo o no me separo? Respóndanse estas preguntas antes de decidir

Por Ps. Dra. Alejandra Godoy y Ps. Antonio Godoy

Queremos adelantarles que nuestro próximo libro versará sobre cómo saber si cuando tenemos problemas de pareja la mejor decisión sea o no separarse. Dar el paso de desarmar una familia o terminar una relación de años amerita hacerlo sobre bases racionales, aquilatando información empírica de diversas fuentes y no decidir en forma impulsiva obnubilados por las emociones negativas. Por desgracia rara vez recurrimos a estos datos. Más bien al contrario, la mayoría de las veces nos apoyamos en un cóctel de prejuicios, rumores y sensaciones corporales intuitivas mezcladas con una buena dosis de wishfullthinking.

Los seres humanos precisamos entender lo que nos sucede y, si no contamos con los antecedentes suficientes, nuestro cerebro simplemente rellena a su gusto aquellos espacios vacíos. Los terapeutas de pareja habitualmente somos testigos de cómo él o ella suelen achacarle al otro ser la causa de las dificultades, creen que el otro es el que no hace, no piensa o no siente cómo supuestamente debería hacerlo. Todos hemos construido un modelo de pareja según los ideales imperantes en la cultura dentro de la cual nos hemos desarrollado y tendemos a vivir juzgando nuestra experiencia cotidiana comparándola al tenor de dicho modelo. Y, claro, sin duda que nuestro bienestar subjetivo depende de cuánto satisface nuestra pareja esas expectativas.

Muchas veces hemos visto que las parejas se convencen muy fácilmente de que ya han hecho todo lo posible por salvar esta situación. Pero, como seres humanos, solemos esperar que todo cambie, sin cambiar nosotros. ¿Estamos dispuestos a ser autocríticos?. Cuán simple y a la vez cuán difícil es lograrlo, sobre todo cuando estamos entrampados en ganar una guerra. Pareciera que luchamos a muerte por tener la razón, en vez de buscar estar bien con nuestra pareja.

En este artículo les mostraremos algunas de las clásicas preguntas con que solemos confrontar en la consulta a aquellas parejas que declaran estar ad portas de la separación. Nuestro objetivo es generar cuestionamientos y derribar certezas. En nuestro libro les entregaremos toda la información pertinente para que ustedes mismos decidan si se separan o no. Por el momento, la siguiente es una guía inicial que esperamos los ayuden a mirar vuestra relación, al otro y a ustedes mismos desde otro lugar.

Entonces, si les es útil, tomen lápiz y papel, y a reflexionar introspectivamente.

1.- ¿Tengo absolutamente definido por qué me quiero separar?

  1. ¿Será porque no me siento satisfecho con mi relación?
  2. ¿Será porque me siento solo?
  3. ¿Porque no estoy conforme con nuestra vida sexual?
  4. ¿Porque somos muy diferentes, porque no podemos comunicarnos bien y discutimos mucho?,
  5. ¿Será porque mi pareja me maltrata o porque hubo alguna infidelidad?

2.- ¿Creo que se acabó el amor? ¿Estoy seguro que esto va a seguir así aún si cambia, repara o reacciona?

  1. ¿Se acabó el amor que yo sentía por mi pareja?
  2. ¿Se acabó el amor que mi pareja sentía por mi?
  3. ¿Si no deseo a mi pareja, significa que ya no la amo?
  4. ¿No será que no puedo sentir el amor porque estoy muy cansado, enrabiado, frustrado, con pena o porque tengo mucho miedo?

3.- Me he preguntado cómo he participado yo en agravar los problemas con mi pareja?.

  1. ¿Me he cuestionado honestamente cómo ha sido hasta ahora mi historial de parejas, el por qué no funcionaron?
  2. ¿Cuáles temas problemáticos o reclamos recibidos de mis parejas anteriores se repiten con mi pareja actual?
  3. ¿Cómo contribuye mi temperamento y mi personalidad en mis dificultades de pareja?
  4. ¿Veo realmente los aspectos positivos de mi pareja y no solo los negativos? ¿me podría suceder algo parecido con una nueva pareja?

4.- ¿Tengo claro lo que yo en el fondo espero de mi pareja y cuáles son mis expectativas acerca de cómo debería ser una relación de pareja?

5.- ¿Tengo claridad de por qué quiero separarme justo ahora y por qué no lo hice antes?

  1. ¿Hace cuánto tiempo que estoy totalmente decidido a separarme?
  2. ¿Qué ocurrió en las distintas áreas de mi vida y de nuestra vida en pareja con anterioridad a la aparición de los problemas actuales?

6.- ¿Hemos hecho ya todo lo posible por salir de la crisis de pareja en que estamos?

  1. ¿Qué intentos de solución hemos hecho hasta ahora, cuánto he cambiado yo para lograrlo?
  2. ¿Qué tendría que cambiar para que ya no quisiera separarme?
  3. ¿Estamos en una etapa de transición o la separación ya es definitiva?

7.- ¿Cuáles son las posibles consecuencias negativas de separarme en los distintos planos de la vida para mis hijos y para mí? ¿Emocionales, psicológicas, sociales, económicas, ambientales?

8.- ¿Quisiera volver a tener otra pareja o prefiero seguir sólo? ¿A qué dificultades me enfrento en cada una de esas dos opciones?

9.- Pero, la pregunta del millón sería: ¿Estamos dispuestos a ir a terapia de pareja y comprometernos por al menos 4-6 meses?

  1. ¿Valdrá la pena, por esos 5, 10 o 15 años de relación, comprometernos seriamente a revisarnos y a trabajar en conjunto durante esos pocos meses?

Ojalá les sea de utilidad

El Decálogo de los Separados

El Decálogo de los Separados

Después de justo un año participando en un espacio radial, he ido reconstruyendo ciertas pautas y temas relacionados con este dificil proceso de separación. No sólo he tenido la suerte de contar con las opiniones de los auditores, sus experiencias, sino también de una nutritiva conversación con sus locutores, amigos y familiares, a propósito de cada tema que hemos puesto en discusión.

Hoy puedo decir que mis explicaciones clínicas, mi forma de ver la separación se han enriquecido, contienen más vivencias y alternativas terapéuticas. Hoy quisiera reeditar el primer artículo del primer programa: 10 puntos sobre la separación.

Quisiera ser claro en que no hay mejores o peores maneras de separarse, cada uno va construyendo el propio camino, sin embargo, estas reflexiones son las que en mi experiencia se han ido repitiendo a lo largo de los años en mi práctica clínica.

Decálogo de los separados

Separarse es un proceso, no una situación puntual: Parte el día en que se habla por primera vez y termina cuando tenemos la certeza interna que es posible estar bien sin el otro. Esto nos coloca en la posición de vivir poco a poco las distintas etapas, desde el desconcierto hasta la pena de la pérdida de un amor y un proyecto.

Separarse no necesariamente significa “fracaso”: En mayor o menor medida tenemos la impresión que hemos hecho todo lo posible para evitar la separación, pero no todo está en nuestras manos. A veces, simplemente, no es posible seguir juntos. La relación de pareja no está en un ámbito de rendimiento, y evaluarla como fracaso o éxito puede llevarnos a mucha angustia. No estamos compitiendo con otros a tener una pareja estable. Además, una pareja que sigue junta no necesariamente es una pareja “exitosa”.

Uno se separa de la pareja, no de los hijos: Familia y pareja son dos sistemas sociales que transitan por caminos paralelos, pero no son lo mismo. Uno debe tener claro que siempre va a ser padre de los hijos y co-padre con la expareja. Al terminar la pareja, también desaparece el proyecto conjunto, sin embargo, no hay nada que no pueda ser negociado para mantener lo más importante de ese proyecto original con los hijos.

Hay que darse tiempo para estar con uno mismo, para curar las heridas, antes de reiniciar otra relación: Es muy común que tanto hombres como mujeres sientan que necesitan apoyo y afecto en esta situación tan dolorosa, pero es muy fácil en las primeras etapas de separación que exista confusión, rabia y pena en relación a lo perdido. La confusión puede generar más dolor en nosotros y los otros. Uno puede exteriorizar el dolor con quienes estén dispuestos a escuchar, sin necesidad de entrar en el campo amoroso. 

Cuando la rabia ante la separación nos impulsan a hacer cosas que en otras circunstancias no haríamos, pongamos atención a las consecuencias que éstas nos pueden traer más adelante: Por más que queramos que el otro lo viva igual o peor que nosotros, eso no nos va a devolver lo que perdimos. Muchas veces he escuchado de grandes clínicos chilenos que la rabia a veces nos ayuda a vivir la pena, pero no es a través de ella que vamos a superarla. Es decir, la rabia oculta la pena y hace muchas veces que el proceso sea mucho más largo de lo necesario.

Cuando uno en la pareja toma la decisión de separarse, esto no implica que sea el culpable de ésta: Se requiere de mucha valentía para expresar que una relación ya no da más para uno. Aún cuando dicen que para ser pareja se necesitan dos, y para separarse sólo uno; la decisión la generamos desde una historia que parte en el primer beso. Todas las decisiones que hemos tomado a lo largo de la relación probablemente conducen a la decisión de separación de uno solo. Nadie es culpable, ambos son co-responsables. 

Cuidar a los hijos de las propias emociones: Es común que la pareja le cuente a los hijos su propia versión de los hechos, de quién es el culpable. Los niños y también los adolescentes sentirán que deben tomar partido, perdiendo al “padre culpable”. Eso genera habitualmente una reacción no menos intensa en ellos. Lo que muchas veces sirve a los padres es mirar a largo plazo. Hoy parece lógico, pero mañana puede ser un dolor más que no anticipamos. 

Al que se va: construir un nuevo espacio para vivir y compartir en lo social: A través de este espacio se puede ir reconstruyendo un nuevo YO. 

Al que se queda y vive con los niños: “¡muestra el cambio en la vida de la familia, hazte un espacio para ti, a solas, date permiso para volver a ser tú! (la voz de una de mis pacientes, hablándose a sí misma)

Ojalá hacer el proceso con ayuda profesional: Siempre es sugerible una terapia de separación o post-separación. Al principio puede parecer una forma de cuidar a los hijos, pero en el fondo va a ser para Uds.

Predictores del Divorcio: los Cuatro Jinetes del Apocalipsis

Predictores del Divorcio: los Cuatro Jinetes del Apocalipsis

Las grandes pasiones de los primeros años no constituyen garantía de una unión durable
Casi todas las parejas suelen tener los mismos conflictos
Casi el 70% de los problemas de pareja no tienen solución
Los problemas no disminuyen con el tiempo, sino que se agravan
Las parejas discuten por los mismos temas a través de los años
Las parejas que se divorcian tienen la misma cantidad de dificultades que las que permanecen juntas
La similitud de caracteres o de opiniones no son garantía para una relación estable
No existen parejas que sean incompatibles

Estas son algunos de los hallazgos de investigaciones realizadas en países tan disímiles como Australia, Alemania, Países Bajos y Nueva Zelanda llevadas a cabo, entre otros, por John Gottman y Clifford Notarius.

Por su parte, Ted Huston, en sus estudios de seguimiento a parejas recién casadas, encuentra que aquellas que se divorcian no se diferencian en casi ninguna categoría de las que permanecen casadas. La probabilidad de separación no se relaciona ni con la cantidad de desacuerdos ni con los tópicos conflictivos. Lo que distingue a las relaciones sólidas de las frágiles es la forma cómo se manejan los conflictos y la capacidad de aceptación de aquello que no se puede modificar.

Según Gottman, el problema no radica en las diferencias o conflictos mismos, pues son comunes e inevitables en la inmensa mayoría de las relaciones; sino que aquellas parejas que acaban separándose suelen quedar entrampadas dentro de intensas emociones negativas y caen en una espiral autodestructiva consistente en emplear sistemáticamente cuatro mecanismos comunicacionales que son altamente dañinas dado que dificultan solucionar lo enmendable o bien aceptar lo incambiable. Estando presentes en las interacciones de una pareja, se puede predecir el divorcio con un 85% o más de seguridad, especialmente si ellos no efectúan acciones reparatorias. Debido a su gravedad los denominó como Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis y se constituyen en los principales predictores del divorcio, a saber: Defensividad, Indiferencia, Crítica y Desprecio.

Defensividad: rígida actitud de defensa automática ante lo que es percibido como ataque, eludiendo nuestra cuota de responsabilidad en la construcción del conflicto y desconfirmando las percepciones del otro. Se recurre a las tácticas de negación, no admitir estar equivocado, buscar excusas, inventar explicaciones, responder con otra queja y/o contraatacar. Con todo lo anterior se está implícitamente culpando en forma indirecta a nuestra pareja e invalidando su queja. El mensaje que emitimos es: “El problema no soy yo”. Al tratar de anticipar ataques potenciales, podemos caer en un estado hipersensible y de moderada paranoia, sintiendo que el responsable del malestar es el otro.

Indiferencia: en vez de emitir señales de estar atentos a la conversación, asumimos una postura evasiva de distanciamiento y superioridad consistente en desconectarse y replegarse en uno mismo, ignorando al otro como si no nos importara. Se recurre a las maniobras de poner cara inexpresiva, apartar la mirada, responder lacónicamente o mantenerse en total silencio. Con ello estamos implicando que hemos efectuado una condena previa en contra de nuestra pareja, desvirtuando su queja. Si sentimos que una situación es insoluble, probablemente creamos que la insensibilidad es la única salida o la menos destructiva. Usada de vez en cuando, esta táctica puede constituir una última defensa para no atacar. No obstante, empleada como norma, está reflejando un deseo de escapar más que un intento de aplacar los ánimos.

Critisismo: a diferencia de una queja, la crítica consiste en descalificaciones o ataques personales implacables y/o excesivos. Implica mucho más que una simple protesta por una conducta específica. Se trata de un atentado en contra de la otra persona, puesto que en el fondo es un juicio dirigido a su carácter y no a sus actos. Generalmente incluye las acciones de culpar y difamar, así como el uso del nunca y del siempre. Las críticas tienen un impacto emocional muy corrosivo, dejando al receptor avergonzado, disgustado, ultrajado y humillado.

Desprecio: implica una ostensible falta de respeto, de mirar en menos al otro y/o de sentir aversión. Incluye el uso del sarcasmo y del humor hostil, poner cara de desprecio o los ojos en blanco en un gesto de resignación o bien fruncir el labio, señal universal de disgusto. La forma más evidente consiste en la ridiculización mediante la burla remedando y en el insulto directo («idiota», «puta»), aunque el lenguaje corporal puede reflejar grados aun peores de menosprecio. Similar al odio, el desprecio puede relacionarse con la indignación y la amargura, creciendo a medida que vamos almacenando y alimentando durante largo tiempo pensamientos negativos acerca de nuestra pareja. Fuera del rencor, también refleja un sentimiento de superioridad, donde se mira al otro con condescendencia, devaluándolo y considerándolo indigno.

Estos cuatro mecanismos se van gestando desde los inicios de la relación,  agudizándose en períodos más vulnerables (como la llegada del primer hijo) y cada una de ellas sienta las bases para la siguiente, siendo el desprecio el más destructivo de todos. Se trata de factores que actúan como causa-efecto y que, en el fondo, implican que se ha efectuado un mudo veredicto de culpabilidad en contra del otro y lo que se le transmite es unasensación de rechazo, lo cual atenta contra la necesidad básica de sentirnos aprobados, aceptados y valorados por nuestra pareja. Si bien en ciertos momentos casi todos podemos habernos sentido rechazados y podemos haber incurrido ocasionalmente en algunos de ellos, la forma como se maneje esta situación determinará el nivel de daño que puede ocasionar.

En otras palabras, las disputas no son negativas en sí mismas y dentro de una relación funcional nos deberíamos sentir lo suficientemente seguros como para discutir o protestar abiertamente. No obstante, si no nos sentimos escuchados ni considerados, algo que partió como una queja concreta puede transformarse en un ataque. Pero una pareja se tornará disfuncional y estará en riesgo de divorcio solamente cuando recurre sistemáticamente a dichas maniobras comunicacionales, si predominan las interacciones negativas al no ser capaces de salirse de la espiral de agresiones, si no logran manejar el enojo sin menospreciar al otro y cuando no se intentan acciones reparatorias.

Los investigadores han identificado 5 tipos de matrimonios, cada uno con distintos riesgos de divorcio:

Uno busca y el otro elude: es el tipo que tiene el riesgo más alto de fracaso. Generalmente es la mujer la que plantea los problemas y el hombre los desestima.

Desprendidos (desapegados): riesgo alto. Se trata de personas emocionalmente distantes que parecen no necesitar intimidad; reflejan falta de interés mutuo.

Inestables: riesgo alto. Se trata de personas volátiles y que se exaltan fácilmente. Su relación se caracteriza por ciclos de peleas y de acercamiento sexual.

Unidos: riesgo bajo. Esta pareja comparte las responsabilidades y al mismo tiempo gozan de autonomía. El matrimonio es para ellos un refugio.

Tradicionales: es el de menor riesgo. La pareja comparte una interpretación tradicional del papel preestablecido para cada género.

Según Gottman, las parejas que se mantienen juntas pueden ser clasificadas en tres grupos:

Inestables: algunas veces pelean y otras están apasionadamente involucradas

Sólidas: se aprecian y apoyan, son funcionales y satisfactorias

Evasivas: viven vidas paralelas pero continúan casados

Las parejas de los dos primeros grupos se declaran satisfechas con su vida matrimonial, mientras que los últimos estarían insatisfechas, pero por una serie de razones como el temor a estar solo, la dependencia mutua o sus ideales de familia, prefieren permanecer viviendo juntos.

En las parejas se pueden producir varias combinaciones. Por ejemplo, si uno de ellos es muy crítico y el otro muy sensible, probablemente se instaure la dinámica de crítica/defensividad, la cual es muy frecuente en los matrimonios chilenos. Suelen ser las mujeres las más propensas a criticar, y los hombres a defenderse, especialmente en el grupo etario entre los 30 y los 40 años. En tanto que la indiferencia la utilizan más los hombres, lo cual se relaciona con el bloqueo afectivo que sufren algunos debido a la educación recibida, en la que se fomenta suprimir las emociones para no mostrarse vulnerables ni débiles.

En la consulta podemos ser testigo de cómo se reflejan estos Cuatro Jinetes en las interacciones de pareja. Por ejemplo, se nota que no se está escuchando al otro, puesto que están ocupados elaborando una defensa en su mente. O bien, cuando uno de ellos está evidentemente muy conmovido, el otro permanece impasible. Las críticas cargadas emocionalmente son muy frecuentes y generalmente no sólo se transmiten mediante palabras sino que se expresan también en un lenguaje no verbal. Aunque de modo más disimulado, ocasionalmente también hay signos corporales de desprecio por el otro, a pesar de estar presente el terapeuta.

Anexo:

La Defensividad se podría corresponder con el rol de La víctima inocente; con El Pobre de mí, de la Novena Revelación; con el temperamento melancólico y con las personalidades 4 y 6 del Eneagrama. Probablemente los maridos tienden a usar más este mecanismo cuando son criticados por sus esposas. En vez de acoger la queja e intentar ser empático, se defiende, contra argumenta, niega situaciones, adoptando una actitud de víctima y culpa al otro, muchas veces insinuado que su mujer es histérica o incluso loca.  

La Indiferencia se podría corresponder con el rol de El taimado ofendido; con El Distante, de la Novena Revelación; con el temperamento flemático y con las personalidades 5 y 9 del Eneagrama. Probablemente la usan levemente más los hombres (acostumbrados educacionalmente a bloquear sus sentimientos) cuando sienten que sus esposas los acosan con constantes quejas y críticas.

El Criticismo se podría corresponder con el rol de El juez indignado; con El Interrogador, de la Novena Revelación; con el temperamento sanguíneo y colérico; con las personalidades 3 y 7 del Eneagrama, pero especialmente con el tipo 1. Suele ser más utilizado por las mujeres que por los hombres.

El Desprecio se podría corresponder con el rol del Narcisista agresivo;  con El Intimidador, de la Novena Revelación; con el temperamento colérico; con las personalidades 8 y 1 del Eneagrama. En general puede ser utilizado más por hombres que por mujeres.

¿Cómo entender la rabia hacia nuestra ex-pareja?

¿Cómo entender la rabia hacia nuestra ex-pareja?

La rabia es una reacción esperable en casi todas las rupturas de pareja, en ambos o en aquel que no desea la separación. ¿De donde viene esta rabia? ¿Tiene sentido permanecer con rabia? ¿Hasta cuando?

Esta reflexión aparece de incontables conversaciones tanto con mis pacientes como con mis colegas y amigos.  A lo largo del tiempo he ido construyendo con otros posibles explicaciones de cómo entender esta rabia, la que a veces puede ir configurando nuestra historia post-separación hasta límites insoportables. No podemos desprendernos del otro por variadas razones, nuestra vida se detiene, nuestra historia se tuerce sin quererlo.

Dentro de las principales reflexiones que han surgido en este ejercicio es la frustración aplastante que sentimos al ver truncadas nuestras expectativas y sin duda, con más fuerza, ver como nuestro proyecto de familia se desvanece. Es cierto, la separación no tiene por qué quitarnos todo por lo cual hemos luchado, como si nos arrancase de la vida que queríamos. Pero, lamentablemente la vida es así, un sinfín de frustraciones. Y esta es una más, que en las circunstancias de una separación, muchas veces depende de otro, y nos enfrenta despiadadamente a sentirnos completamente vulnerables.

Algunas veces esta rabia nos mantiene atados a ese alguien que aún no somos capaces de soltar. Sí, como dice un verso de una de las tantas canciones dedicadas a la separación, muchas veces “…el rencor hiere menos que el olvido”. Ser olvidado, sentir la intensidad del rechazo puede afectar profundamente nuestra individualidad. La rabia nos sostiene ilusoriamente más dignos, pero sin embargo, igualmente dolidos y confusos.

La forma más común de emergencia de los sentimientos de rabia refiere al manejo de la pena de la pérdida, no solo de la persona que fue nuestra pareja, sino todo el mundo asociado a ésta. Los seres humanos continuamente nos decimos que la pena debe ser rápidamente superada, pero naturalmente, o por nuestra condición de humanos, casi nunca es así. Nos forzamos a rechazar esta emoción, por condicionamientos sociales, por costumbre, o por otras razones, pues no entendemos que esta pena es muy necesaria para dar el siguiente paso, para seguir adelante con nuestra vida. Es un duelo, que aunque cueste aceptarlo, puede durar un par de años. Vivir la pena de forma genuina permite sanar las heridas, reestablecer nuestra autoimagen y volver a mirar el mundo con lo aprendido. Cuando nos quedamos mucho tiempo en la rabia, el proceso de elaboración de este duelo suele alargarse mucho más de lo necesario.

Finalmente quisiera transmitir que estas emociones, tanto la rabia como la pena, son vividas muchas veces de forma devastadora, pero sin duda forman parte necesaria de uno de los procesos críticos más difíciles de la vida. Como se sabe en la mitología urbana, crisis es cambio, y son parte íntegra de nuestro crecimiento personal.

¿Qué nos está pasando? Parejas que se separan tempranamente

¿Qué nos está pasando? Parejas que se separan tempranamente

Estos últimos años me ha parecido alarmante la cantidad de parejas que solicitan terapia de pareja pre o post separación siendo que apenas llevan entre uno y dos años de casados o en convivencia. Algunos parecen convencidos que han llegado al final del camino, otros ven horrorizados como llegaron a estas circunstancias tan tempranamente en la relación. Y es que hoy nos encontramos en una particular manera de vivir, una era donde formamos parte de un macrosistema socio-económico diseñado para “pasarlo bien”. Más no hemos aprendido que es “pasarlo mal”. Una sociedad centrada en el ego, la propia satisfacción y la abundancia de alternativas. Estamos juntos para estar bien, para pasarlo bien, y todo aquello que implique un dolor atenta contra este objetivo. La decepción del otro o del amor como aquella ilusión de sanación se suma a un umbral bastante bajo ante la frustración. Alguna vez escuché de una pareja una frase como esta: “así no me sirves”. Y es la expresión de la funcionalidad que ocurre en esta época posmoderna en el ser pareja ¿para qué estamos juntos? ¿Para ser una pareja exitosa?

¿Pero, se trata de que una relación de pareja sea una empresa que busca ser exitosa? ¿Estar juntos para pasarla bien es sinónimo de éxito? Aquí cabe ponernos a pensar si es que aventurarnos a formar pareja se ha transformado en una maratón, a ver si completamos los 42 km. sin llegar cansados, obviamente.  En mi experiencia clínica me encuentro siempre o en el 99% de los casos con hombres y mujeres que al separarse me dicen que se sienten fracasados, como si efectivamente no llegaron a la meta que debían llegar.  ¿La relación de pareja es un camino o un objetivo?

Aquí entramos en el tema de las expectativas sociales, aquel campo que cada día nos exige más y más de nuestro ser humanos. Muchas veces utilizo la metáfora de los cuentos de hadas donde después un beso de amor se sella definitivamente un “y fueron felices para siempre”. Muchas generaciones crecieron no sólo con las tragedias propias de Hansel y Gretel, o del Patito feo (y no hay eufemismos al hablar de tragedias, ya que dentro de sus tormentosas vidas los finales felices parecen momentáneos). Más bien me refiero a la Cenicienta, Blanca Nieves y otras tantas princesas que ante la tragedia de la envidia o el abandono, encuentran a este maravilloso hombre que les significa la felicidad desde ese primer encuentro. Y esto no opera unidireccionalmente en cuanto a género. Hombres y mujeres buscan esta salvación. No quisiera decir que estas historias tienen la culpa de hacernos creer que tal felicidad existe, sino que nosotros, al creer que una relación de pareja puede sanarnos de nuestras propias vivencias de abandono y tristeza, las expectativas en la relación suben de manera incontrolable. Y sentimos que en el deber de “darnos felicidad”, somos capaces incluso de “borrarnos a nosotros mismos”. Debemos hacer feliz al otro. Claro, para eso somos su pareja.  Puede ser tal el grado de exigencia al cual nos solemos embarcar que esto de estar juntos más parece una tarea, un trabajo más, que un lugar amoroso. ¿Qué sucede? Sucede que no sólo quisiéramos ser un buen marido-mujer-pareja, excelentes profesionales o padres, tener una buena vida social, sino también ser buenos hijos y buenas personas. En las 18 horas del día, hacerlo todo bien. Y si no funciona, mejor dejarlo. Y generalmente no nos damos cuenta en que estamos, sino que funcionamos como si esto “debiese ser así”.

De ahí en adelante, las frustraciones naturales ante una expectativa inalcanzable aparecen una y otra vez, dejando a la princesa y el príncipe absolutamente perplejos: “esto no es lo que yo quería”. Y como no se consigue la tan ansiada recompensa del amor, no hay sino que decir, que fracasamos en esta empresa.

Que difícil resulta creer que cada relación de pareja ocurre en un sin fin de desencuentros absolutamente naturales, de dolores que se repiten una y otra vez y al mismo tiempo creer que eso no es un fracaso. Resultaría obvio que el lector dijera que estoy absolutamente equivocado, que existen las parejas exitosas. ¿Qué hace que una pareja sea exitosa? ¿aquella que no pelea? ¿Aquella que nunca en la relación se distancia? ¿Aquella que es capaz de hablar de todo tranquilamente? ¿O será la pareja que discute y sufre continuamente pero sin separarse?  Yo no creo que una pareja que sigue junta sólo por estarlo sea una pareja exitosa. Hay muchos factores que influyen en el bienestar de los miembros de la pareja cuando están juntos. Y esa tarea les compete sólo a los miembros de esa pareja: Uds. definen que es estar bien, pero, ojalá esperando lo que realmente podemos dar. Hoy nos cuesta darnos cuenta de nuestra humanidad, de nuestros límites y neurosis…vivir bien es también saber mirar que lo que tengo es bueno…

Artículo relacionado: Pareja y Sociedad: El impacto de los cambios culturales y socio-psicológicos 

Dejar de ser pareja y continuar siendo padres

Esta parte sin duda es una de las más difíciles del proceso de separación. Nuestra sociedad tiende naturalmente a confundir dominios de existencia que no necesariamente son lo mismo (Maturana). Ser pareja y ser padres pertenecen no sólo a distintas dimensiones del ser humano, sino que se rigen por distintas reglas. Se nos dice que el matrimonio es para configurar una familia, y no para ser pareja. Los espacios de pareja suelen ser tremendamente reducidos, dándonos a entender que es un vehículo para estructurar una de las instituciones más relevantes de la sociedad.

A partir de esta reflexión, la confusión deja inmensos espacios vacíos al momento de vivir los primeros acuerdos de la separación. Pareciera que al separarse los padres, se destruye la familia, pero eso no es así. La familia continúa, la pareja no. ¿cómo es esto? La dimensión familia se constituye esencialmente en una estructura de relaciones, roles y funciones que no necesariamente cesan al momento que la pareja vive separada. Pareciera que el padre que ya no vive con sus hijos “pierde” el espacio de ser padre, sin embargo, un padre “no cotidiano” puede ser perfectamente un padre sólido, respetado y muy amado, aún cuando no viva con sus hijos. El gran temor de dejar el hogar es perder el vínculo con los hijos.

Una versión, una voz, dos padres.

No existe un manual para separarse, sin embargo, a partir de la experiencia de otros se pueden distinguir ciertas formas manejo que muestran ser menos perjudiciales para los hijos. A algunos les puede servir a otros no tanto.

Existe una línea continua entre una dolorosa realidad y un deseo de proteger a los hijos. No siempre se podrán evitar los extremos, pero es posible caminar en una línea media. Los hijos necesitan una cuota de realidad y otra de protección para que el proceso sea lo menos doloroso posible. Es decir, en necesario que puedan estructurar lentamente el cambio que están enfrentando como familia, donde las cosas ya no serán como siempre. He aquí algunas pequeñas pautas que han sido útiles a lo largo de mi experiencia clínica:

  • Comunicarle a los hijos en conjunto la decisión de separarse. ojala en términos simples y sin detalles y aclararles que ellos no tienen que ver en esta decisión (si preguntan por qué, es preferible no abrir el tema del conflicto delante de ellos). Nunca pensar que no saben nada, e incorporar la información de aquello que han visto en Uds.
  • Es sugerible que el padre que se va de la casa familiar no pierda contacto con los hijos, y les comunique que va a seguir presente en sus vidas. La negociación de cuidado de los hijos no depende de los hijos, sino que es una conversación exclusiva de los padres.  
  • Es sugerible que el padre que se queda en el hogar de las facilidades de contacto con los hijos, ojala en un lugar propio al padre que se ha ido. Que los hijos sientan que ambos padres pueden estar bien, están enteros y que pueden seguir con sus vidas.
  • Es preferible que el alejamiento de la casa familiar sea paulatina. Sólo por un breve período que es posible acordar, mantener ciertos rituales familiares con los hijos, sin que necesariamente esté presente el otro padre. Es importantísimo que los hijos sientan estabilidad y una rutina cotidiana.
  •  Los hijos pueden fácilmente confundirse en situaciones de ambigüedad de los padres.Después de separados, muchos padres intentan mantener una vida familiar relativamente normal, pero los hijos se percatan de los cambios (el polo de la protección).
  • Algunos padres tienden a proteger a los hijos siendo joviales y buena onda, de darles buenos momentos en las pocas situaciones que están juntos. No olviden que los hijos necesitan al padre que educa, llama la atención y que manda.
  • Que el padre que se va pueda asegurar un tiempo constante a los hijos pensando en 10 años para adelante, incluso imaginándose en otra relación y con más hijos. No dar demasiado al principio, pues pueden ir dejando de verlos o disminuyendo su aporte económico en la medida que sus vidas cambian.
  • Por sobre todo, cuidar a los hijos de la propia rabia, pena y de las peleas. Evitar en lo posible colocar a los hijos de mensajeros.
  • Si tienen nuevas parejas, esperar a que sean lo suficientemente estables para que los hijos lo/la conozcan. Básicamente hay que evitarles nuevas pérdidas y cambios bruscos de situación vital.