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¿Qué nos enoja cuando nos enojamos con alguien?

¿Qué nos enoja cuando nos enojamos con alguien?

Estar enojado con alguien es tener una creencia acerca de esa persona (Joseph Le Doux)

¿Han pensado en las causas profundas que se esconden detrás de un enojo? Si bien algunos andan por la vida molestos por las imperfecciones, equivocaciones, injusticias o falencias del mundo que existen por doquier, no son los casos que nos interesan en esta ocasión. Queremos referirnos a aquellas otras situaciones mucho más comunes en las que nos enojamos específicamente con (¿contra?) alguien. ¿Cuáles son las “razones” que solemos esgrimir para justificar nuestro encono hacia una persona en particular? Les suenan frases tales como: porque no me escucha, no me considera, me ignora, me rechaza, no me respeta, me pasa a llevar, se aprovecha de mí, es injusto conmigo, me ofende, me insulta, se burla de mí, me humilla…

Si buscamos una base común a todos estos motivos de enojo, seguramente nos encontraremos con que hemos asumido inconscientemente un rol de víctima ofendida, donde estamos sufriendo una dolorosa sensación de afrenta, como si el otro – con sus palabras, acciones u omisiones – hubiese atacado lo más profundo de nuestro self, como si hubiese remecido los cimientos de nuestra identidad misma. En esos momentos es como si se despertase nuestro instinto de auto-preservación y transformamos esa “ofensa” en un asunto de sobrevivencia. De manera que cuando nos enojamos – taimándonos, culpando, criticando y/o agrediendo – estamos persuadidos que en el fondo lo que estamos haciendo es estar defendiendo nada menos que nuestra propia dignidad.

Mas ¿cómo llegamos a estar tan convencidos que esa otra persona nos ha ofendido? La respuesta es aparentemente muy simple, pero paradojalmente muy compleja a la vez. No son los demás los que nos injurian, sino que nosotros mismos interpretamos que nos han agraviado basándonos en aquellas creencias que inevitablemente hemos ido construyendo en torno a lo que valemos, a cómo deberían vernos y comportarse los demás con uno. El problema es que en el camino se nos olvidó que eran meramente juicios subjetivos y pasaron a ser verdades absolutas. Sin estar plenamente consciente tenemos la expectativa de que las personas deberían de ser diferentes a como son, que deberían actuar como nosotros pensamos que es la manera correcta de hacerlo.

Entonces es como si el otro hubiese incumplido o trasgredido nuestros principios o convicciones más profundos. En otras palabras, detrás de cada enojo hay una frustración de nuestros dogmas. Y nuestras emociones son generadas por nuestras creencias. Es decir, nuestros estados de ánimo son producto de nuestros pensamientos. Como el ser humano no puede biológicamente percibir la realidad tal cual es, toda percepción necesariamente es una interpretación. De ahí que: no son los hechos los que nos enojan, sino la interpretación que le damos a esos hechos.

Sin embargo, si introspectivamente ahondásemos más en nuestro interior descubriríamos que esa supuesta “ofensa” que nos provocó tanto dolor no se debió tanto a una frustración, sino que a que le atinó seco a alguna de nuestras viejas heridas narcisistas o a alguna de nuestras numerosas inseguridades. Pero en vez de darnos cuenta de ello, nuestro vulnerable ego nos lleva a creer que es esa otra persona la que nos ha ocasionado este dolor, como si un otro pudiese ser una fuente inherente de dolor, como si un otro tuviese el poder de producirnos esa sensación. E ignoramos que ese desequilibrio interno representado por nuestro enojo es causado por nuestro propio ego, ignoramos que el enojo y el ego funcionan de forma inseparable.

Pero ¿de dónde viene esa imprescindible necesidad de forjarnos un ego y de defenderlo rabiosamente a como dé lugar? Según la psicología budista proviene del peor veneno del alma: la ignorancia o incomprensión de la verdadera naturaleza de la realidad. No sabemos ni cómo somos ni cómo son los demás y al ignorar quién somos realmente, nos insegurizamos. Así que para sentirnos más seguros construimos una identidad lo más sólida posible, una suerte de “yo” al que nos aferramos como si fuese verdadero y permanente.

Mas como también estamos inseguros acerca de tal identidad, necesitamos ir por la vida demostrándola emocionalmente. De modo que el enojo es la emoción que usamos para reafirmar nuestra identidad. A su vez, la rabia es otro de los más graves venenos del alma, el que se manifiesta en un rechazo iracundo de todo aquello que presentimos que le hace mal a nuestro ego. Por ejemplo, si basamos nuestro “yo” en ser alguien que siempre tiene la razón, cuando alguien nos critica o no está de acuerdo con nosotros, lo vemos como una amenaza a nuestra identidad y nos ponemos hostiles. Sentimos que el otro está rechazando nuestro ser, así que protegemos nuestro ego rechazando a esa persona.

En todo este proceso se nos olvida que el otro realizó actuó por sus propios motivos subjetivos, generalmente porque cree que uno lo ofendió primero y resuma por su propia herida narcisista. Y también se nos olvida que el dejarnos caer en el enojo nos hace mucho daño. Como dijo Buda: “Aferrarte a la ira es como agarrar un carbón caliente con la intención de tirárselo a otra persona; tu eres quien terminas quemado”. O como acota Séneca: La ira, si no es refrenada, es frecuentemente más dañina para nosotros que la injuria que la provoca. Además, últimamente la neurociencia ha demostrado que la rabia altera el funcionamiento de nuestra corteza prefrontal, por lo que cuando estamos en ese estado estamos biológicamente imposibilitados de razonar adecuadamente.

Terapia Individual de Adultos

Terapia Individual de Adultos

Nosotros en CEPPAS vemos al ser humano como un sistema en que se integran aspectos biológicos, psicológicos, familiares, socio-culturales y espirituales. Como nos centramos especialmente en las áreas del temperamento y la personalidad, nuestra forma de trabajo en Terapia Individual incorpora diversas maneras de facilitar el autoconocimiento a través del Eneagrama y de otras herramientas terapéuticas, teniendo presente que el tipo de síntoma y el momento en que surge nos está indicando algo muy significativo en la vida de nuestro paciente.

Consecuentemente, en cada paciente evaluamos su temperamento, personalidad, salud mental (depresión, ansiedad, estrés, obsesiones, problemas conductuales, entre otros), relación de pareja, sistema familiar y sexualidad. De este modo elaboramos objetivos terapéuticos muy concretos para que podamos confirmar si se están alcanzando o no.

Todos los terapeutas que trabajamos en CEPPAS asumimos siempre un rol activo y de psicoeducación, para evitar las recaídas y la sustitución de síntomas o de conflictos, pero también esperamos que el paciente sea un individuo que participe en todas las sesiones en su propio proceso, dentro de una experiencia colaborativa, llevando siempre una bitácora por escrito de la terapia y de sus avances, así como de la comprensión de la funcionalidad (beneficio secundario) del síntoma o conflicto. Para esto, trabajamos desde un modelo multiteórico, basado en lo histórico- narrativo y, además, pragmático, donde son importantes las tareas prácticas y de reflexión fuera de la sesión terapéutica.

Para esto, utilizamos aquellas estrategias de trabajo personal que hemos ido desarrollando en nuestro centro, tales como el desarrollo de la autoobservacion en torno al propio Eneatipo, las fortalezas y defectos relativos de la personalidad, la pirámide de prioridades en la vida, las expectativas vitales, nuestras conocidas reglas de la comunicación y negociación en el caso de haber conflictos relacionales y muchas otras técnicas psicoeducativas.

Sean los motivos de consulta referentes a Síndromes Depresivos, Ansiosos, Fobias, Obsesiones, Descontrol de Impulsos, Adicciones, Trastornos de Personalidad, Problemas Conductuales, Dificultades en manejo de Enfermedades Crónicas, Conflictos Laborales o problemáticas más específicas, nuestro equipo evaluará pertinentemente a cada paciente para ofrecer un tratamiento de alta especialidad.

El «Laboratorio del Amor»: Gottman y el estudio de la Relación de Pareja

El «Laboratorio del Amor»: Gottman y el estudio de la Relación de Pareja

John Gottman (1942), Profesor Emérito de Psicología, director del Laboratorio de Investigación de la Familia de la Universidad de Washington es reconocido como experto mundial en estabilidad marial. Con su segunda esposa, la Dra. Julie Gottman, actualmente dirigen un instituto de investigación sin fines de lucro e imparten cursos para parejas en crisis.

Amigo del especialista en inteligencia emocional Daniel Goleman, cercano a la Psicología Positivas, de temperamento optimista y con un divorcio a cuestas, a Gottman le llama la atención que los estudios sobre el matrimonio se centraban casi exclusivamente en el análisis de problemas. Como lo que le interesaba era encontrar las claves de un adecuado funcionamiento conyugal, decide analizar con igual rigor tanto los éxitos como los fracasos.

Con el fin de que la investigación fuese lo más objetiva posible, ideó una novedosa y escrupulosa metodología para estudiar a los matrimonios y poder registrar las observaciones de una forma minuciosa. En efecto, no solamente realizó un registro de los comentarios entre los miembros de la pareja, sino que desarrolló un método consistente en la medición de las reacciones corporales cuando se los hacía interactuar entre ellos.

En el llamado Laboratorio del Amor, se le pide a los cónyuges que conversen sobre algún tema en el que estén en desacuerdo como si estuvieran en el living de su casa, mientras permanecen conectados durante aproximadamente tres horas a la unidad de vigilancia intensiva de las emociones mediante ciertos sensores que registran hasta los más mínimos cambios fisiológicos (tensión arterial, ritmo cardiaco, pulsaciones). Al mismo tiempo, las cámaras de video graban los indicadores del lenguaje no verbal, lo que permite un análisis secuencial de las expresiones faciales (utilizando la metodología ideada por Paul Ekman), las características de la voz y los gestos.

Su propósito era poder cuantificar lo intangible, codificar las emociones, detectar los matices más sutiles y fugaces de las corrientes emocionales subyacentes, tales como  disgusto/aprobación, desprecio/admiración, tristeza/ humor. Los resultados observados constituye el equivalente a una radiografía emocional del matrimonio.

Gottman afirma que recién se están empezando a explorar científicamente las relaciones humanas y que, gracias a las observaciones directas de los procesos implícitos en las discrepancias, se ha podido cartografiar una especie de mapa científico de las emociones que componen la felicidad matrimonial.

Aunque ha sido criticado por “simplista” y él mismo reconoce que sus resultados no tienen la categoría de datos empíricos sólidos, sus estudios han permitido identificar conductas que contribuyen a mejorar la calidad matrimonial.

Por otro lado, el trabajo de Gottman representa un apoyo sumamente convincente al papel decisivo que desempeña la inteligencia emocional en la supervivencia de la pareja.

La Autoestima en la sociedad Occidental es muy diferente a en la Oriental

La Autoestima en la sociedad Occidental es muy diferente a en la Oriental

La sociedad occidental – dominada por una mentalidad competitiva y exitista le asigna demasiada importancia a la autoestima y muchos occidentales se quejan de sufrir una deficiente autovaloración.

¿Será esta situación privativa de nuestra cultura? ¿Qué sucede en otros lugares donde no dominan ni el paradigma judeo-cristiano ni los valores de moda reflejados en expresiones tales como «looser», «winner», «no le ha ganado a nadie», «llegar segundo no es igual» ¿O será que – globalización mediante – estamos todos ya inmersos en la misma problemática?. Pero además surge otra interrogante: ¿habría que intentar elevar nuestra autoestima lo más que podamos o quizás un aumento excesivo tiene también consecuencias negativas?

Aunque la psicología cultural se halla aún en un estado muy rudimentario, los estudios transculturales son suficientes como para demostrar la relación entre cultura y emoción, entre las que se incluye la autoestima. Obviando las mayores controversias, en Occidente se define la autoestima como la valoración general y relativamente estable que efectuamos acerca de nosotros mismos mediante un proceso evaluativo emocional y cognitivo. Dada la subjetividad implícita, se entiende que los valores culturales jueguen un rol muy significativo.

Como en la cultura oriental el aprecio por uno mismo es estimado igualmente esencial para la existencia como el aprecio por los demás, no sorprende que en algunos lugares de Asia ni siquiera exista el concepto de baja autoestima. La lingüística y la semántica afectan el modo en que experimentamos el mundo; incluso, el lenguaje crearía – hasta cierto punto – la realidad que percibe la persona. ¿Podría ser que el tan manido e indiscriminado uso del término baja auto-estima en Occidente, estuviese potenciando su propio aumento?.

Mientras que en Oriente no consideran que una alta autoestima sea un bien absoluto per se que deba elevarse al máximo, en la cultura occidental están excesivamente preocupados de elevarla (p.e. en USA se destinan millones de dólares a aumentarla en alumnos de colegios). Como para ellos el si mismo tiene gran importancia, tienden a realzar su Yo ante los demás. En cambio, los valores de los orientales los inducen a la modestia y a no sobresalir (p.e. los japoneses se sienten felices y virtuosos, pero sin incurrir en el desmesurado optimismo de los estadounidenses). Consecuentemente, en las investigaciones realizadas, los angloamericanos obtienen un mayor puntaje en autoestima comparado con los asiáticos, aunque la puntuación de estos últimos se encuentra dentro de rangos normales y ciertamente muestran una adecuada salud mental. Concerniente al caso de los inmigrantes orientales, cuanto mayor era el tiempo que llevaban expuestos a la cultura americana, más elevado era su nivel de autovaloración.

Las diferencias mencionadas anteriormente parecieran relacionarse con la percepción y apreciación del Yo propia de cada cultura. En un extremo se encuentra el denominado yo independiente, típico de la sociedad occidental y en el otro polo se halla el yo interdependiente, típico de la oriental. Los angloamericanos consideran al Yo como una entidad separada de los demás, alientan la singularidad con el objetivo vital de diferenciarse de los demás, por lo cual expresan emocionalmente sus creencias internas y lo que sienten, intentando subrayar su propia importancia. Los orientales, en cambio, consideran al Yo como más ligado a los demás, formando parte de un mismo contexto social, por lo que suelen acallar sus creencias y minimizar su importancia (la cabeza de quien sobresale corre peligro, proverbio japonés). Ellos se definen no en función de cualidades internas, sino según el papel social que desempeñan en sus relaciones familiares y sociales. P.e., ante la pregunta amplia ¿quién es usted?, un occidental suele responder soy ingeniero, en tanto que un oriental diría soy hijo de tal persona. No obstante, también existen culturas occidentales que no son tan individualistas como la estadounidense (la escandinava valora que el individuo no sobresalga y se muestran emocionalmente menos expresivos).

Pareciera que los occidentales se preocupan más por las consecuencias de una deficiente autoestima, en tanto que los orientales recalcan los aspectos negativos de una exagerada autoestima. Los angloamericanos que reportan alta autoestima suelen evaluar su vida como más satisfactoria y productiva; mientras que atribuye que su baja autoestima les afecta las relaciones interpersonales, la productividad y el bienestar psicológico (timidez, depresión, sensación de soledad).

Por otro lado, sin embargo, la excesiva admiración por uno mismo que fomenta la cultura occidental, se asocia a sentimientos ansiosos y depresivos provenientes de no estar a la altura de la imagen idealizada de su Yo. Ha aumentado el narcisismo y el trastorno de personalidad narcisista, donde se combinan una desorbitada imagen de sí mismo con una baja autoestima. El Dalai Lama ha señalado su extrañeza ante la cantidad de occidentales que se autodesprecian o que no se tienen autocompasión, ante aquellos que mantienen un incesante monólogo interno diciéndose a sí mismos ¡no soy capaz! o no me gusto.

Según la psicología budista, una autoestima demasiado alta dificultaría la percepción realista de nuestras cualidades y alentarían la construcción de expectativas desproporcionadas, tornándonos vulnerables a la ilusión y al posterior desengaño. De acuerdo con dicho enfoque, la excesiva autovaloración se derivaría del apego al Yo y de un sentido de autoidentidad falso producto de la importancia que uno se concede a sí mismo, pudiendo conducir a la aflicción mental de la arrogancia y de sentimientos afines. Por tanto, considera que la autoestima es constructiva y beneficiosa solamente cuando es merecida y equilibrada, ni tan baja ni tan alta.

En lo que si concuerdan tanto en Occidente como en Oriente es en que la capacidad de amar y de empatizar con los demás, requiere de la previa capacidad de poder amarnos y entendernos a nosotros mismos.

¿Realmente sirve una Terapia?

¿Realmente sirve una Terapia?

¿Es más beneficioso someterse a una terapia que no hacer nada?

¿De qué depende el éxito de una psicoterapia?

¿Cuál enfoque o modelo es más eficiente?

¿Existen terapeutas más competentes que otros?

¿Que rol juega el paciente en el resultado de su propia terapia?

Hoy en día en esta sociedad posmoderna en que las vacas y profesiones sagradas están diluyéndose, en que esas verdades absolutas que nos daban seguridad están siendo puestas en duda, todos nos creemos un poco economistas, políticos, médicos, psicólogos…… Dentro de este panorama, recientemente se ha afirmado que la eficacia de la psicoterapia podría ser un mito. No obstante, hace muchos años atrás, un eminente psicólogo ya la había cuestionado seriamente, originando un terremoto que condujo a un necesario replanteamiento desde dentro mismo de la psicología.

A partir de entonces, mucha agua ha pasado bajo el puente y, actualmente, si bien persisten algunas deficiencias metodológicas, los sofisticados metaanálisis han permitido un relativo consenso respecto de las variables que están más asociadas al cambio de síntomas y trastornos:

aprox. un 40% del cambio es atribuible a factores extraterapeúticos

aprox. un 15% del cambio es atribuible al efecto placebo

aprox. un 30% se atribuye a variables terapéuticas generales

aprox. un 15% del cambio se atribuye a las técnicas

Entre los resultados anteriores, uno muy esperanzador para la gente apunta a que algunos síntomas y trastornos desaparecen sin que la persona se halla sometido a ninguna acción terapéutica (remisión espontánea), sino que el cambio se produjo gracias al apoyo del entorno natural (amigos, familia….), lo cual estaría evidenciando los beneficios de una comunicación empática con otro ser humano (y no necesariamente con un psicoterapeuta, aunque nos duela el ego profesional).

Otro importante hallazgo destaca la relevancia de la sugestión. Aquellas personas que creen haber recibido alguna intervención terapéutica cambian más que aquellas que permanecieron en una lista de espera y, a su vez, estas últimas lo hacen más que las del grupo control (quienes no tenían ninguna expectativa de recibir pronto algún tratamiento).

Pero entonces, ¿es mejor optar por una psicoterapia que conversar con un amigo?. Efectivamente, al compararse grupos sometidos a terapia formal versus muestras no tratadas, se comprueba que el tratamiento psicológico es muy superior a la remisión espontánea, al efecto placebo y, en ocasiones, hasta que el psicofármaco, en una amplia gama de trastornos y condiciones maladaptativas.

Sin embargo, aunque sus resultados suelen ser estables, ni siquiera las terapias largas e intensivas constituyen una «vacuna» contra futuros problemas emocionales. Pero además, entre un 5% a un 10% de los pacientes no mejoran con la terapia e incluso algunos empeoran (fenómeno conocido como iatrogenia).

Ahora bien, ¿a cuáles factores se atribuye el que una psicoterapia sea más eficiente? Sorprendentemente, la mayor eficacia no depende tanto ni de la escuela teórica, ni de la técnica aplicada, ni de las cualidades profesionales del terapeuta y, ni siquiera, de la condición patológica del paciente. Lo que más influye son ciertos factores comunes propios de cualquier proceso psicoterapéutico, dentro de los cuales los más significativos son la calidad de la relación paciente-terapeuta y la implicación emocional del paciente.

Es así como se ha comprobado repetidamente que una adecuada alianza terapéutica – evaluada desde la subjetividad del paciente – es la variable con mayor capacidad predictiva de éxito en todas las modalidades de tratamiento y poblaciones. Incluso la eficiencia de una técnica depende más de la interacción terapéutica, que de la técnica en sí o de las cualidades del terapeuta.

Consecuentemente, si bien son relevantes su experiencia y competencia, los terapeutas más eficaces serían aquellos que tienen mejores habilidades para relacionarse y mayores cualidades personales como ser humano, ya que ellos serían más capaces de generar una atmósfera propicia para desarrollar tanto una positiva relación terapéutica como para incentivar a que el paciente se involucre emocionalmente. No obstante, aunque el rol del terapeuta es significativo, es el paciente mismo quien más contribuye a su propio cambio.

De acuerdo con estos hallazgos, el trabajo esencial de una psicoterapia debería consistir en generar una alianza terapéutica tal que facilite que el paciente se pueda cambiar (pro)activamente a sí mismo. En el fondo, se podría plantear que una terapia sería un proceso conducido por seres humanos y aplicado a seres humanos, donde la interacción entre ellos se constituye en el medio para lograr que los pacientes se encaminen en la dirección que ellos mismos desean o para que alcancen ciertas metas consensuadas.

Por tanto, la psicoterapia bien podría ser considerada – más que como un mero tratamiento – como una suerte de relación muy especial y privilegiada, dentro de la cual las personas involucradas – en conjunto – construyen e intentan poner en práctica formas de vida alternativas. Se pretende que el paciente aprenda y aprehenda determinadas habilidades tanto para su evolución general como para enfrentar las dificultades propias de la existencia humana.

En resumen, las conclusiones de las investigaciones de las últimas décadas han evidenciado fehacientemente que son las características de la relación terapéutica y las del paciente los principales ingredientes del cambio.

FACTORES DEL PACIENTE

Se benefician más de una psicoterapia aquellas personas predispuestas a buscar apoyo y a resolver problemas; las que toleran mejor la frustración y la confrontación; cuyas expectativas son racionales; las que poseen habilidades sociales y una “mentalidad psicológica”, es decir, son introspectivos, reflexivos, capaces de identificar los problemas, de percibir lo nuevo y de comprenderse a si mismo; los que atribuyen el cambio a sus propios recursos y no creen que sus dificultades se deban a factores externos (locus de control interno).

El pronóstico será mejor si el paciente acepta la racionalidad del tratamiento y adhiere al mismo, si su motivación es alta, si realiza acciones tendientes a superar el problema, si se implica emocional y conductualmente, aun durante las crisis terapéuticas; si confía en el terapeuta como persona y como profesional competente y con experiencia; si las expectativas de mejoría son altas, si se siente capaz de cambiar, si no es resistente y si existe apoyo social (si tienen con quien conversar sus problemas).

El pronóstico será peor a mayor severidad de síntomas y conflictos, si hay comorbilidad (coexisten más de un trastorno), si el trastorno tiene más de 2 años de duración; si el paciente rechaza las demandas interpersonales del tratamiento, si presenta dificultades en sus relaciones sociales y/o familiares. Particularmente resistentes al cambio son los trastornos de personalidad, generalmente egosintónicos (“soy así”). En tanto que trastornos como los adictivos, alimenticios, depresivos crónicos y de personalidad, son los más susceptibles de recaídas.

FACTORES DEL TERAPEUTA

Todas las escuelas psicológicas muestran fracasos y ninguna es clínicamente adecuada para todos los problemas, clientes y situaciones. Aunque recalcan sus diferencias, ningún modelo técnico ni teórico es mejor (‘paradoja de la equivalencia’ o veredicto del Dodo Bird) y, cuando alguno parece superior, se debe a la credibilidad otorgada por el paciente y a como éste percibe su compatibilidad con el terapeuta, más que al enfoque en sí.

Fuera de sus años de experiencia y competencia, la eficiencia del terapeuta depende – principalmente – de su capacidad para involucrarse emocionalmente y de si el paciente lo percibe como capaz de ayudarlo. Además se han mencionado las siguientes cualidades: empatía, comprensión, calidez, aceptación incondicional, capacidad de persuasión y apoyo, baja hostilidad, comodidad con la intimidad, bienestar emocional general, congruencia, credibilidad y autenticidad. Incluso la neutralidad y abstinencia clásica del psicoanálisis han sido superadas por una mayor interacción, espontaneidad y autenticidad.

Estas características son relevantes en la medida que afectan la alianza terapéutica. Para dicha alianza es fundamental el vínculo emocional, aunque lo más relevante es laafinidad electiva, cuando ambos adhieren a un mismo modelo teórico-práctico, es decir, concuerdan en sus creencias en torno a los determinantes del trastorno, las metas y las tareas terapéuticas.

En el último Congreso Mundial de la Society Psychotherapy Research, realizado en Chile en 2009, los especialistas de 30 países confirmaron la significativa relevancia del vínculo terapéutico, el cual se asocia a la calidad del psicoterapeuta. Fuera del entrenamiento, de su flexibilidad y su empatía, se hizo además mención a la importancia de que el clínico tenga la capacidad de reflexionar sobre sí mismo, de elaborara una teoría etiopatológica, de comprometerse con su paciente como para determinar los objetivos a lograr y generar cambios a nivel emocional y cognitivo. Destacaron asimismo la necesidad de estar abierto a considerar otras orientaciones teóricas distintas a la propia.

Rolf Degen: Lexicon der Psycho-Irrtümer (2000)

Hans Jürgen Eysenck: The effects of psychotherapy (1952);

Behavior theory and neuroses (1960)

Michael Lambert: IV Congreso Mundial de Psicoterapia, Buenos Aires, Argentina, 2006

Congreso Mundial de la Society Psychotherapy Research; Santiago, Chile, 2009

¿Qué está pasando hoy en día con las relaciones de pareja?

¿Qué está pasando hoy en día con las relaciones de pareja?

He decidido separarme porque no estoy siendo cien por ciento feliz”, me dijo una paciente. Otro me dice que no quiere seguir con una relación donde se aburre. Desde hace tiempo que están aumentando las consultas por problemas de pareja, las separaciones y el divorcio. Hace años que vengo observado nuevas tendencias. Hoy en día son diferentes los tipos de conflicto y la forma en que se presentan; tampoco los motivos de consulta y los objetivos terapéuticos son los mismos de antes y han variado sustancialmente las actitudes del hombre y la mujer ante la relación de pareja.

Creo que el aprender a vivir en pareja es uno de los grandes desafíos del siglo XXI. Para nadie es novedad que las consecuencias de una “mala” relación se reflejan en los hijos, en la salud física y mental de ambos miembros de la pareja, en la organización socio-económica y en los dramáticos casos de femicidio.

La terapia de pareja ha sufrido grandes cambios en las últimas décadas. Los desafíos que debemos enfrentar los terapeutas son distintos y me atrevería a decir que mayores que antes. Años atrás consultaban matrimonios que llevaban un buen tiempo casados; las áreas de problemas eran generalmente la sexual y la comunicación; las discusiones eran por plata, por diferencias de criterio en la educación de los hijos o por incumplimiento de ciertos acuerdos implícitos en el contrato matrimonial, principalmente relativos a la fidelidad.

Solía ser el hombre el que decidía separarse y era muy frecuente que ya tuviese otra persona. La mujer se mostraba más motivada con la terapia y estaba muy interesada en “arreglar” su matrimonio. Recuerdo que una de las preguntas en mi examen de doctorado fue cómo lograr que el marido se incorporase a la terapia y estuviese dispuesto a cooperar; o bien, cómo realizar una terapia de pareja sin la asistencia del marido.

¡Cómo cambian los tiempos! Hoy en día es la mujer la que quiere separarse y quien está siendo más infiel. La mayoría de las veces es ahora el hombre quien pide la hora y el que se muestra más angustiado ante la probabilidad del quiebre de la relación.

¿Qué está pasando con la pareja actual? ¿Por qué siguen aumentando las separaciones y la insatisfacción dentro de la relación de pareja? ¿Cuáles son hoy los motivos de mayor conflicto?

Los invitamos a opinar y a conversar