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La seducción del coaching

La seducción del coaching

Un interesante articulo de La Tercera sobre el coaching y su impacto en empresas y personas. Bien documentado.

Desde el actor británico Anthony Hopkins hasta Michelle Bachelet. Las personas y empresas que recurren a un coach suman y siguen. Su éxito va de la mano con un mundo cada vez más competitivo y que busca respuestas efectivas y más rápidas que una terapia. En nuestro país se estima que hay unos tres mil entrenadores de este tipo que ofrecen servicios en temas laborales, académicos y hasta sentimentales.

por F. Derosas/ J.M Jaque – 15/03/2014 – 02:20

La Tercera

LA PRINCESA Diana de Gales se sentía atrapada en su relación matrimonial con Carlos, pero el divorcio no estaba entre sus opciones. Eso, hasta que recurrió a Anthony Robbins, el coach de celebridades más popular del mundo. El mismo al que acudió Bill Clinton antes de ser sometido a un juicio político en 1998 por el escándalo Lewinsky y Andre Agassi cuando su rendimiento como tenista comenzó a decaer. A todos ellos, Robbins   -nominado por la revista de negocios norteamericana Forbes en 2007 como “Celebrity 100”- les dio un giro. Los sacudió. Los destrabó. Los inspiró de tal manera que hicieron un cambio profundo en su vida. Les hizo coaching, en definitiva.

Michelle Bachelet también sucumbió a los encantos del coaching. Dos semanas antes de iniciar su primer período presidencial convocó a cerca de 80 personas de su equipo de gobierno -incluidos ministros, subsecretarios e intendentes- para ponerse en manos de Julio Olalla, uno de los gurús del coaching en Chile, y durante tres días trabajaron la presión que significaba ponerse a la cabeza del país. “Fue una decisión valiente de su parte porque desafió la tradición del entrenamiento más duro y técnico que se buscaba en Chile”, comenta Olalla desde Estados Unidos.

Para algunos expertos, este episodio de Bachelet con Olalla fue uno de los factores que catapultó el coaching en Chile. Hasta ese entonces, esta disciplina no gozaba de una popularidad extendida en el país y a ella recurrían principalmente algunas empresas multinacionales que, siguiendo una tendencia mundial, cada vez más ponían el foco en perfeccionar sus  recursos humanos como motor de su éxito. Hoy, este tipo de servicios han seducido a importantes empresas en Chile como Coca Cola, Cencosud o BHP Billiton, que contratan a consultoras para que “entrenen” a sus trabajadores. Incluso Hilti, una compañía ligada a la construcción, ha ido más allá y decidió que sus gerentes tienen que certificarse como coachs.

No sólo las empresas buscan este tipo de servicios. También lo hacen personas comunes y corrientes que quieren mejorar algún aspecto de su vida. No por nada, la industria del coaching en 2011 movió alrededor de 20 millones de dólares en el mundo y cada vez hay más interesados en ofrecer este servicio: en el mundo hay más de 47.500 coaches profesionales, de acuerdo a un informe de la Federación Internacional de Coach (ICF, por sus siglas en inglés), una de las principales entidades que agrupan y certifican a quienes se dedican a esta disciplina, y en Chile hay cerca de tres mil, según estimaciones de Paul Anwandter, presidente de la Asociación Chilena de Coaching y director gerente de la consultora Inpact. “Es una proporción alta en relación a los números en el mundo”, comenta.

QUIERO LO MISMO QUE ELLA

En inglés, coach significa entrenador, y al igual que el entrenador deportivo, el coaching busca mejorar o desarrollar una habilidad determinada y se los puede encontrar en ámbitos bien diversos. En el libro Introducción al Coaching Integral, Paul Anwandter lo define como el conjunto de procesos guiados que permiten ayudar a que una persona logre por sí misma una transformación específica y beneficiosa para ella. El método más frecuente para hacerlo es utilizar preguntas que “muevan” al coachee (así se denomina a quien recibe el coaching) para que se vea a sí mismo y a sus problemas desde una perspectiva nueva.

Quienes ofrecen este servicio comparten la misma consigna: las personas tienen un inmenso potencial. Lo que ellos hacen es entregar herramientas que provoquen un cambio que permita desarrollarlo. Para eso ofrecen un proceso, corto e intensivo, eso sí, porque lo que se busca son resultados rápidos (y, ojalá, medibles), un punto clave para diferenciarse de las terapias con sicólogos.

Hay distintas modalidades de coaching: el integral ayuda a que el cliente consiga sus metas y objetivos readecuando desde el lenguaje la construcción del mundo, sus valores y creencias. Otro modelo es el ejecutivo, que apunta a mejorar necesidades específicas del desempeño profesional y que es el más solicitado por las empresas porque puede mostrar resultados cuantificables. Por ejemplo, se puede medir el éxito de un equipo de ventas de una empresa antes y después de la intervención de un coach. Sin embargo, el más extendido en Chile es el coaching ontológico, que fue el primero en llegar al país y que tiene entre sus bases corrientes filosóficas -Nietzsche o Heidegger, por ejemplo- y biológicas, como los últimos avances en neurobiología. “Lo que hace el coach ontológico es ayudarte en un desplazamiento en tu estructura del sentido común para que te hagas cargo de lo que te afecta. En palabras simples, es un destrabador”, explica Rafael Echeverría, uno de los impulsores de este método en el mundo. Según él, el objetivo es que la persona se conecte con su ser más profundo y producir un cambio de perspectiva.

Su aterrizaje en el país se produjo en los 80. En esos años, Julio Olalla trabajaba en California (EE.UU.) con Fernando Flores -discípulo de Humberto Maturana-. Flores desarrolló lo que llamaba “talleres de comunicación para la acción” que dictaba junto a Olalla en Estados Unidos, Canadá y México. En 1985, Olalla realizó el primer taller en Chile, en el Hotel Sheraton, que luego se repitió cada tres o cuatro meses.  “La gente se inscribió en ese primer taller por el boca a boca de algunas personas que  habían estado con nosotros en Estados Unidos. En esa primera sesión había empresarios, políticos y hasta oficiales de Ejército”, cuenta Olalla.

Hasta ese momento el servicio se llamaba simplemente taller. Sin embargo, Olalla recuerda que un día se le acercó una mujer y le dijo: “Quiero que me hagas el mismo coaching que le hiciste a mi amiga”. A partir de entonces el término quedó instalado: “No nos dimos cuenta cuando nosotros mismos estábamos hablando de coaching”, cuenta.

En 1988, Echeverría se unió al grupo de Flores y Olalla, pero dos años después se separaron por diferencias con Flores cuyo estilo era más agresivo o radical. Olalla y Echeverría crearon Newfield Group y a principios de los 90 formaron la primera generación de coachs ontológicos chilenos.

Según Olalla, Chile es terreno fértil para esto porque se hace cargo de un vacío en la educación, que está orientada al conocimiento y se olvida del que conoce. Para Echeverría, el coaching ofrece una opción no terapéutica “para ver lo que no vemos”. En general, los expertos dicen que este método busca el aprendizaje de habilidades blandas, que hoy dominan el discurso empresarial y doméstico: la capacidad de escuchar, de comunicarse, de entender al otro, de trabajar en equipo.

Como esas capacidades sirven en todo el espectro de la vida, hoy existe coaching para todo. Para empresas, ejecutivos, personas que se paran frente al público, mamás que no saben cómo comunicarse con sus hijos, mujeres solteras que no encuentran pareja y niños que no están obteniendo buenos resultados en el colegio.

LIDERES, EJECUTIVOS, SOLTERAS Y NIÑOS 

De acuerdo a datos del ICF, los ámbitos en que más se busca coaching en el mundo son gestión del equipo (76%), solicitado principalmente por empresas para “entrenar” el trabajo en equipo y definir roles para evitar conflictos. Luego, relaciones interpersonales (74%), donde se entregan herramientas para mejorar la comunicación afectiva; gestión del cambio (52%), que ayuda a profesionales que no se sienten satisfechos con su profesión a buscar nuevas alternativas, y equilibrio entre la profesión y la familia (41%), para personas que sienten que no pueden compatibilizar las dos áreas de manera eficaz.

Andrés Freudenberg, experto en life coaching de NextLevel Careers, explica que hoy los temas que más ponen sobre la mesa sus clientes tienen relación con modificar hábitos: comer mejor, dejar de fumar y hacer deporte. También piden asesoría para comunicarse con la pareja y con los hijos y para clarificar su relación con la carrera profesional.

Algo así buscaba Carolina Marcone, académica y consultora, cuando en noviembre de 2012 viajó a Nueva Jersey a tomar un curso de tres días con Tony Robbins. “Era muy trabajólica y ese estrés me estaba complicando la vida familiar”, cuenta. Con el life coaching de Robbins buscaba focalizar las energías de los distintos ámbitos de la vida. Lo que no esperaba era verse en medio de un centro de conferencias con cuatro mil personas animándola a cruzar por brasas encendidas a pies pelados.

Era una terapia de shock del curso: enfrentarse a una experiencia que la persona cree que no va a poder superar. “Es un momento de mucha ansiedad, de mucho nervio… Imagínate las brasas rojas. Pero luego de que cruzas te queda una sensación única”. Carolina dice que hay un antes y después de ese curso. La revisión personal le permitió visualizar cómo quiere ser y su foco hoy está en eso. “Hoy logré un equilibrio en los dos ámbitos”, asegura.

Tan específico se ha vuelto el mercado que las solteras también van a coaching para aprender a buscar pareja. En su taller “Qué quiero”, la coach de la consultora Punto Partida, María Cristina Vasconez, detectó una preocupación que se repetía entre las mujeres: caer en la relación equivocada. Por eso diseñó un programa de coching de hasta 12 mujeres que ya cumplió dos años. Hasta ahí, en general, llegan profesionales como médicos, profesoras, abogadas de entre 20 y 65 años, a las que Vasconez les propone una mirada más pragmática de las relaciones de pareja: “guiar las relaciones sobre la base del cosquilleo en el estómago es como saltar a un abismo”, les advierte. Por eso, les da herramientas para que reconozcan lo que buscan en una relación. Según Vasconez, los hombres también le están pidiendo lo mismo.

Pablo Menichetti también apostó por un nicho poco tradicional. Mientras vivía en Singapur trabajaba como coach para adultos y pasaba rabias por el rendimiento escolar de su hijo. Así instaló en 2010 Aprendizaje Inteligente, en el que ofrece un coaching intensivo de tres días con 100 niños en donde los hace vivir experiencias que los motiven y les hagan recuperar la confianza en el área académica. Menichetti cuenta que al lunes siguiente del intensivo, los niños llegan incluso con una postura diferente a la sala. La idea ha tenido tanto éxito que hoy tiene nueve centros y ha trabajado con 600 niños.

El diplomado de coaching también ha entrado fuerte en universidades, como la Adolfo Ibáñez o la Andrés Bello. Los programas que ofrecen, eso sí, no preparan para ser coach. Lo que hacen es “entrenar” a ejecutivos  para convertirlos en líderes.  Por eso, a estos diplomados llegan  principalmente ingenieros que ascienden a puestos gerenciales que buscan lo que sus carreras no les enseñan: habilidades blandas.

Los precios en este mercado son tan variables como las especialidades. Un taller de coaching para mujeres solteras (en cuatro sesiones) puede llegar a los 130 mil pesos. Tres días intensivos de coaching para motivar a los niños con sus habilidades académicas (con un mes de seguimiento) alcanza los 400 mil pesos. Una sesión de coaching ejecutivo en Inpact, la consultora de Anwandter, puede costar unos 250 mil pesos y Team Building, consultora que dirige Jorge Kenigstein, puede cobrar entre 60 y 100 UF (1.400.000 y 2.350.000 aproximadamente) por día de intervención en una empresa. En todo caso, lejos de los 5 mil dólares que cobra Tony Robbins por apenas evaluar la posibilidad de hacer el coaching.

UNO COMO USTED

El estatus del coaching ha cambiado en la última década. Hasta hace unos años, quienes eran enviados a este tipo de talleres en las empresas pensaban que eran candidatos fijos al despido y que estaban mal evaluados. Hoy no sólo los ejecutivos piden coaching, sino que toman programas de liderazgo o incluso quieren convertirse en coach, cuenta Sylvia Yáñez, gerenta de Recursos Humanos de CorpVida. Algo así le ocurrió a ella: cuando era gerenta de Recursos Humanos de Retail Financiero en Cencosud tenía que ayudar a los ejecutivos de la empresa a desarrollar habilidades blandas para lo que contrató al coach uruguayo Jorge Méndez y a Team Building. “¿Te interesa hacerlo tú?”, le preguntó Jorge Kenigstein, que estaba introduciendo en Chile el programa Lider-HAZ-go! “¿Yo? ¿Están seguros?”, respondió con una mezcla de inseguridad y reticencia. Lo pensó y lo hizo.

El interés y los precios que están dispuestos a pagar los clientes individuales y las empresas, también han hecho que aumente el interés por prestar el servicio y por eso, cada vez es más común encontrar en el mercado a publicistas, ingenieros, sicólogos, arquitectos que pasaron de coachees a coachs. Es el caso de Sergio Motles, director ICF Chile.  Ingeniero comercial de la Universidad de Chile, conoció el coaching cuando ocupaba cargos gerenciales y directorios en empresas del Grupo Ergas (Centro Valle Nevado y Plaza San Francisco) y terminó seducido por esta disciplina.

Para poder prestar este tipo de servicios hay que hacer un curso como los que ofrecen empresas como Newfield Network, Newfield Consulting, Inpact y Asersentido. Allí se enseña habilidades para mejorar las relaciones interpersonales, técnicas para ser creativos y ayudar a otros a serlo, herramientas para comprensión de las emociones (propias y ajenas), elementos básicos de negociación y pensamiento sistémico, entre otros. Aunque a esos programas puede acceder cualquier profesional, algunas escuelas usan como “colador” las entrevistas personales: “Hay personas con algún tipo de trastorno que buscan estos cursos porque les resulta más barato que hacer terapia”, cuentan en una escuela.

El paso siguiente es certificarse con alguna entidad internacional, como ICF o International Coaching Community (ICC). “Seguir un sistema riguroso de certificación y de acreditación permite a la gente asegurarse de la calidad de quien se tiene al frente”, dice Sergio Motles. No es un tema menor: uno de los factores de la explosiva oferta es que el término “coaching” vende como pan caliente, lo que explica en parte que hayan “aparecido” tantos coachs y que se le ha puesto tantos “apellidos” a este servicio. Para conseguir el reconocimiento de una entidad internacional hay que estudiar en una escuela con programas certificados, tener un mínimo de 100 horas de experiencia profesional y rendir exámenes para ir midiendo el nivel de aprendizaje. Este tipo de certificación es una de las pocas formas que existen de garantizar la calidad de la persona que ofrece este tipo de talleres; sin embargo, en Chile todavía es poca la gente que cuenta con este tipo de acreditación.
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Fuente:  http://www.latercera.com/noticia/tendencias/2014/03/659-569564-9-la-seduccion-del-coaching.shtml

Y cada vez más tú, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros

Y cada vez más tú, y cada vez más yo, sin rastro de nosotros

Lo que más nos preocupa no es lo que nos hicieron,  si no lo que nosotros dejamos de hacer (Alvaro Godoy Coach integral UC)

 

El agua apaga el fuego
Y al ardor los años
Amor se llama el juego
En el que un par de ciegos
Juegan a hacerse daño
Y cada vez peor
Y cada vez más rotos
Y cada vez más tú
Y cada vez más yo
Sin rastro de nosotros

Amor se llama el juego (Joaquín Sabina)

Una lectora nos escribió después de leer «Mi cariño se me va«

Llevo diez años de matrimonio. La falta de cuidado y atención de mi esposo a nuestra relación de pareja, el tiempo que deberíamos dedicarnos como pareja parece que sólo ha sido una necesidad para mí y no para él.  Eso me ha hecho sentir que no soy tan importante para él como pareja y compañera sino más bien como «la esposa», «la madre» y   «el apoyo» para los proyectos. Es algo que a comienzos del matrimonio con actitudes muy explosivas se lo hacía saber, con el tiempo fui cambiando la táctica y suavizando la situación pero al parecer al hombre le cuesta comprenderlo porque su actitud sigue siendo la misma.  Cambiar por un mes o una semanas y luego todo lo dicho se va al tanque de la basura. El aburrimiento, monotonía, rutina sumado a su descuido y ahora no sé si haberlo tolerado tanto tiempo, han hecho que hoy sólo sienta un gran deseo de que mi vida cambie pero no junto a él, un gran deseo de libertad y de ser feliz pero ya no junto a él.  

Decidí separarme, pero esta vez como otras más ha dicho que cambiará y para ser franca, ya estoy hastiada y fastidiada.  ´¨El no lo entiende ni lo han entendido nunca, ya me cansé de explicarlo, ahora sólo quiero descanso, alivio, irme, libertad, un nuevo camino, pero no junto a él.

RESPUESTA

Puedo entender y empatizar con tu cansancio y decepción. Veo que es tal, que estas dispuesta a descartar 10 años de relación que nos satisface tus deseos. Imagino que debe ser doloroso para ti. Es posible que pienses que hiciste todo lo posible para que tu cariño no se te fuera.

Sin embargo quisiera ofrecerte una distinción. Es diferente esperar que nuestra pareja se comporte como nosotros queremos que se comporte. Esas son NUESTRAS expectativas, legitimas, pero no es obligación que nuestra pareja tenga las mismas. Otra cosa muy diferente es que seamos capaces de lograr verdaderos ACUERDOS.

Los acuerdos, como bien dice la palabra, son aquellos comportamientos, actitudes, que ambos miembros de la pareja definen en común como importantes para ambos. Las expectativas son personales, los acuerdos son de pareja.

Tú hablas de «La falta de cuidado y atención de mi esposo a nuestra relación de pareja». Es posible que tu esposo espere de la relación de pareja algo diferente a ti. Puede que, por un rato, para darte el gusto, haya tratado de cumplir tus expectativas, pero lo que no se siente propio, se «cae», se «olvida». Nada obligado puede sostenerse en el tiempo. Se hace por miedo, por temor, pero cuando el temor cede, nos olvidamos. Tal vez tu marido no hacía lo que tú querías, porque era lo que TU querías, no lo que AMBOS querían.

El mundo de los acuerdos requiere una conversación muy distinta al temor y a la obligación. Debe salir de la confianza, del respeto por nuestras diferencias de expectativas. Supone un deseo autentico de compartir lo que en verdad somos y deseamos. Implica también saber NEGOCIAR las cosas que no estamos de acuerdo, como cuando vamos al cine y no tenemos los mismos gustos pero el valor de estar juntos es más importante que la película. A veces vemos la película que le gusta al otro y otras veces la que nos gusta a nosotros. A veces ¿por qué no? la que les gusta a ambos (aunque no sea la «mejor película)

Karina, tienes toda la razón. No hay razón para aceptar la rutina y el aburrimiento, principalmente porque ambas solo ocurren si nosotros mismo somos rutinarios. Nunca el otro podrá salvarnos del aburrimiento, porque el aburrimiento es algo que nosotros generamos al hacer siempre lo mismo, esperando que suceda algo distinto. Quizás el asunto no es tratar de distintas maneras que el otro haga lo que lo que esperamos, si no hacer nosotros  hacer algo diferente: explorar que nos gusta a ambos, que nos motiva realmente a los dos, que nos conmueve, para diseñar los sueños comunes que ambos- sin temor ni obligación-gozaremos de alimentar cada día.

Puede que, si lo amenazas con separarte, logres que el haga lo que tú quieres pero no lo hará feliz a él, porque lo hará asustado. Y eso nunca te hará feliz a ti.

Mi cariño se me va

Mi cariño se me va

¿A quién le corresponde cuidar el amor que sentimos por el otro?


Sólo una palabra me devora

Aquella que mi corazón no dijo

Sólo me ciega y me hace  infeliz

La pelea de amor que no cause

JURA SECRETA

Estamos a veces tan preocupados de que el otro nos quiera. Todas las canciones hablan de aquello; de cómo conquistar o reconquistar el cariño de nuestro objeto amado. ¿Pero qué pasa con nuestra propia fuente de amor? ¿Quién cuida de ella? ¿A quién le corresponde cuidar el amor que sentimos por el otro?

Pensamos que amar es un acto pasivo que deriva de lo hermoso que es el otro, o de las cosas buenas que trae a nuestras vidas. Enamorarse y desenamorarse parecen fenómenos espontáneos, tan naturales e involuntarios, como inevitables. El amor siempre es efecto de lo que el otro es o lo que el otro hace. Tanto si me enamoro, como si me desenamoro, el otro es “culpable”. De manera que si el amor por el otro, por desgracia, se esta debilitando, lo máximo que puedo hacer es pedirle al otro que cambie. Yo no tengo poder sobre mi propio amor.

Sin embargo, cuando el amor se va definitivamente, nos sirve de muy poco responsabilizar al otro de esta desgracia. El hecho duro e irreversible es ya no lo amamos, aunque queramos que así sea. Hay hijos de por medio, el futuro que soñamos juntos cerró sus puertas y tenemos miedo de volver a fracasar. Pero ya es muy tarde.

¿Qué pasó? no es la pregunta que nos pueda servir, porque ya pasó. La pregunta que nos puede servir es: ¿Queremos dejar que siga pasando? ¿Queremos dejar que nuestro amor, el amor que sentimos por el otro se nos vaya?

Ahí murieron ya los momentos

Un amigo me conto desconsolado un día que pensaba separarse. Ella- según él- era muy celosa, lo iba a buscar después de su trabajo y no lo dejaba estar con sus amigos. Ante la pregunta si le había dicho que no lo hiciera más, me respondió: ¡estás loco, se enojaría mucho, eso sería una pelea segura! Mi amigo prefería dejar de amarla a soportar que ella se enojara y tener una buena pelea. Tenía miedo que las peleas los separaran. Finalmente se separo por miedo a separarse.

Es increíble la cantidad de parejas que se separan con tal de evitar esos pequeños disgustos que implican decirle al otro que nos está molestando o pedirle que deje de hacer aquello que nos duele. No retroalimentamos a nuestra pareja pero si esperamos que cambie.

Al hablar de retroalimentación no me refiero a esas discusiones eternas que tenemos al volver de una fiesta, porque no quisimos conversar el tema “delante de los demás”, porque “tratamos de no echar a perder la buena onda”. Me refiero a la reacción inmediata que le deja muy claro al otro que por ese camino no debe seguir. No hablo de “reflexiones” si no de “reacciones” claras y oportunas. No son verbalizaciones, son gestos, acciones efectivas que no permitan que lo que nos disgusta o nos duele siga ocurriendo. Me refiero por ejemplo a un comentario simple e inmediato  como “ese tono me está molestando”, o “eso que dijiste me dolió”. No hablo de enjuiciar al otro, sólo de informarle claramente nuestro sentimiento. Y si el otro sigue en lo mismo y no entiende el mensaje, la retirada es la acción más oportuna para evitar que el daño continúe y se agrande. Si el otro sigue tirando dardos sin darse cuenta, es el «blanco» el que tiene que moverse, es decir, nosotros. Seguir expuestos a sus flechas nos convertiría en su complice.

El propósito- no hay que perderlo de vista- no es cambiar al otro, hacerlo entrar en razón ni convencerlo, si no tan sólo evitar que siga ocurriendo lo que nos quita energía y felicidad.

Hazlo de nuevo

Debemos tener presente que siempre estamos dándole retroalimentación a los demás con nuestra conducta. Cada vez que preferimos disimular una incomodidad para  evitar una «discusión», en realidad le estamos comunicandole al otro que todo esta bien. Si nos quedamos “soportando”, esperando un momento “más adecuado” para evitar una discusión pública o un “mal rato, lo que estamos haciendo en realidad es darle permiso al otro para que siga haciendo eso que nos molesta o nos ofende. Estamos dándole una retroalimentación positiva. Es decir, le estamos enseñando a que repita su conducta.

Tradicionalmente se nos aconseja no conversar «en caliente», que es mejor esperar un momento a solas, cuando los ánimos estén más calmados, para poder tener una reflexión más equilibrada. Sin embargo, lo que ocurre es que después – de la fiesta en este ejemplo- después de haber soportado calladamente, disimuladamente lo que nos molesta, llegamos a casa muy cargados negativamente contra el otro. Lo más probable es que el estado emocional sea tan malo que el único propósito de la conversación-discusión, sea descargarse. Entonces salen los juicios, las generalizaciones, el pasado, el “tu siempre”, el “tú nunca”. Nada bueno saldrá de allí.

Si no damos una retroalimentación oportuna, perdemos ya los momentos. Perdemos la oportunidad de mostrarle al otro la acción específica que nos está alterando en mismo momento que nos altera, perdemos también la oportunidad de evitar que siga curriendo. Y lo más importante, perdemos la oportunidad de hacernos responsables de lo que nos ocurre. Y esa conversación que tratamos de evitar, la tenemos igual, y se repite incansablemente, pero dentro de nuestra cabeza; la palabra que no dijimos y que después mascullamos y rumiamos solos sin podernos dormir. Al día siguiente nos levantamos, sorprendidos de lo cansados que estamos.

Somos los principales y primeros responsables de cuidarnos. Nadie mejor que nosotros sabe donde nos “aprieta el zapato”. La responsabilidad de mostrarle claramente al otro que acto suyo está provocando en ese momento nuestra incomodidad, es sólo nuestra. El otro no puede adivinar cuando te esta «pisando los callos», menos lo puede predecir (más aun cuando la vez anterior nos quedamos callados). Por otra parte, las conversaciones posteriores del tipo “con eso que hiciste me faltaste el respeto” no sirven de mucho y se vivencian como injustas, porque el otro no tiene como saber necesariamente con qué actos te sientes irrespetado, menos si no se los has mostrado anteriormente.

Cuidarse y ponerle límites a los demás en un ambiente amoroso, requiere estar conectados con lo que nos pasa y saber comunicarlo a tiempo. Tambien requiere tener compasión y comprender que el otro no puede adivinar que sentimos, ni saber cuando nos puede estar pasando a llevar. Por lo tanto, nuestra comunicación debe ser firme pero amorosa. Es decir, asumir que el sentimiento es nuestro, pero que el otro debe respetarlo.

No se trata de hacerle «una lista» de lo que no se debe hacer con nosotros. No podemos delegar en el otro nuestro propio cuidado, es una responsabilidad propia y permanente. Esto incluye estar comunicados con otro en forma constante, retroalimentarlo, en lo positivo y en lo negativo. Y sobre todo de forma oportuna. Ninguna «conversación posterior» puede reemplazar el efecto poderoso de poner el límite en momento preciso que esta siendo traspasado. Porque cuidarnos es no permitir que continue aquello que nos quita la energía, aquello que nos desgasta, aquello que va matando nuestro amor. En ese instante, cuidarnos y cuidar nuestro amor es lo mismo.

Só uma palavra me devora                         
Aquela que meu coração não diz               
Só o que me cega, o que me faz infeliz

A briga de amor que não causei

JURA SECRETA

http://www.youtube.com/watch?v=bkswF5nFd0M